3×1170 – Detonación

Publicado: 24/11/2018 en Al otro lado de la vida

1170

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de enero de 2009

 

El silencio reinaba en el barrio aquella fría mañana de invierno. Aunque sería por poco tiempo.

Bárbara y Guillermo velaban el cuerpo sin vida del pequeño Guille, que seguía sobre la cama, aunque con una vestimenta más adecuada para el sepelio que más temprano que tarde deberían brindarle, pero para el que jamás encontrarían momento adecuado. No habían pegado ojo en toda la noche, a caballo entre los lamentos por la muerte del niño y la incertidumbre que había surgido a tenor de la revelación de Paris, preguntándose una y otra vez de qué modo podría haber llegado a conocimiento del dinamitero su oscuro secreto.

Zoe había pasado la noche con Ío, consciente que Guillermo sería la mejor compañía para Bárbara en esos momentos tan duros. Ío todavía estaba muy afectada por los últimos acontecimientos, y pensó que sería lo más oportuno. Ambas dormían plácidamente, del mismo modo que el resto de habitantes del bloque azul, a excepción de los hermanos Vidal. Era demasiado pronto.

Abril había abandonado el barrio por su propio pie la tarde anterior, haciendo uso de uno de los vehículos cuyas llaves habían encontrado por casualidad la temporada que se entretuvieron en ir asaltando pisos. Fernando se había encargado de ponerlo a punto y con gasolina más que suficiente para el viaje. Escogió uno automático, ya que el esguince que Paris le había regalado antes de abandonar el barrio le hubiera impedido conducir uno con marchas sin ver las estrellas. Había decidido no volver jamás a Bayit, en parte avergonzada por haber cuidado de Héctor y en consecuencia haber permitido que ocurriese aquella barbarie, y en parte porque seguía convencida que estaría mucho más segura en la mansión de Nemesio.

Fernando trabajaba en el taller en esos momentos. Desde su estancia en prisión había adoptado la costumbre de madrugar bastante, y no paraba de darle vueltas a lo ocurrido, sintiéndose en gran medida culpable de la muerte de Marion y de los bebés, tanto como de la de Guille. Él había convivido e incluso congeniado en cierto modo con ambos verdugos: Héctor y Paris. No paraba de repetirse que podría haber evitado que todo aquello hubiese ocurrido.

Carlos hacía guardia en el baluarte norte. A diferencia de lo que Bárbara temía, todavía no había compartido con nadie ninguno de sus hallazgos. No tenía la menor intención de hacerlo, al menos no antes de mantener una larga conversación con la profesora. Había pasado a solas el resto del día, dándole vueltas a cuanto había ocurrido, y la inercia le había acabado llevando al baluarte. Necesitaba algo con lo que ocupar su mente, y proteger al barrio de la posible vuelta de Paris, si es que la infección no había acabado ya con él, le pareció la mejor manera de hacerlo.

En un primer momento creyó que se trataba de imaginaciones suyas. Aguzó el oído. El instalador de aires acondicionados echó un vistazo al reloj dorado de su muñeca. Marcaba las seis y cuatro minutos de la mañana. A duras penas había dado una corta cabezada esa noche, preocupado por el paradero del dinamitero, y aún se encontraba algo mareado y soñoliento.

A medida que el sonido fue haciéndose más audible, no le cupo la menor duda: se trataba de música clásica. Una mirada cómplice con Christian, que se encontraba en el baluarte sur, le convenció que estaba en lo cierto: no lo había imaginado. Aquél loco había escogido La cabalgata de las valquirias para hacer su reentrada más épica. Le detestó por ello.

No le hicieron falta siquiera los prismáticos. Era la misma furgoneta que había robado el día anterior, huyendo de la iracunda Bárbara. La vio acercarse a gran velocidad por la carretera de la costa. Pese a que iban bastante rezagados, como no podía ser de otro modo con la música a semejante volumen, una horda de infectados la seguía, como las ratas al flautista de Hamelín. Desde esa distancia era imposible determinar su envergadura, pero Carlos se puso en lo peor.

El instalador de aires acondicionados se quitó los guantes, ayudándose de los dientes, y apuntó con el rifle a la aún lejana furgoneta. Si hacía falta matar a Paris para evitar que esos infectados accediesen al barrio, no dudaría en hacerlo. Ya le habían dado demasiadas oportunidades. Le temblaban los dedos debido al frío que reinaba en el ambiente. Él fue el único de todo el barrio que le vio acercarse, el único que pudo haber dado la señal de alarma. Pero no tuvo ocasión. Paris se le adelantó.

La detonación fue a todas luces excesiva: no tuvo nada que envidiar a la del barco que acabó con la vida de todos aquellos ex presidiarios y cercenó el brazo de Héctor con la metralla. Carlos tuvo que agarrarse con fuerza al muro de hormigón para no caer al suelo con la onda expansiva. Se agachó a tiempo de evitar que la bola de fuego le devorase por completo, auque sí le chamuscó el vello de la coronilla. Se rompieron cientos de cristales de ventanas y coches, y una lluvia de cascotes, tierra y piedras voló por los aires, destruyéndolo todo a su paso. En adelante Carlos no escuchó nada más. Temió incluso haberse quedado sordo.

Por fortuna, el baluarte se mantuvo de una pieza y se llevó la peor parte. No corrió la misma suerte la enorme porción de la muralla que voló por los aires, víctima de la dinamita que Paris había ocultado hábilmente la noche anterior, sin que nadie se percatase de su intromisión. Carlos se asomó justo a tiempo de ver, entre la humarasca, cómo el edificio del centro de ocio, donde el propio Paris había vivido, colapsaba sobre sí mismo. Se vio obligado a refugiarse de nuevo tras el baluarte para evitar ser engullido por la nube de polvo que pronto lo envolvió todo.

La explosión y el posterior derrumbe habían comunicando con el mundo exterior tanto el Jardín, como la calle corta y la calle larga. La música sonaba cada vez más cerca.

comentarios
  1. Ismael Bermejo dice:

    Tanto Carlos como Christian están en el mismo baluarte, el sur. Deberían estar en 2 distintos, no?

    • Estás totalmente en lo cierto, Ismael. Ya está subsanado el error. Los capítulos suelen tener a las espaldas al menos cinco revisiones antes de darlos por buenos, a la espera de la enésima una vez acabe el libro. Lo que cuelgo aquí lo hago prácticamente en tiempo real a cómo escribo, y hasta que no pasan unas semanas, no tiene a las espaldas todas las revisiones para detectar gazapos y faltas como esa. Gracias por señalarla, y… ¡bienvenido al otro lado! Creo que es la primera vez que hablamos. 🙂

      David.

  2. Fran dice:

    Bufff, la que se va a liar, no???

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