3×1172 – Frenesí

Publicado: 15/12/2018 en Al otro lado de la vida

1172

 

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

25 de enero de 2009

 

Paris tuvo serias dificultades para proseguir con su concienzudo avance hacia el barrio con la luna delantera de la furgoneta hecha añicos por la metralla de la descomunal explosión que él mismo había provocado. El vehículo, con aquella carga tan inestable, se ladeó peligrosamente al pasar a toda velocidad sobre el cráter aún humeante, y a punto estuvo de volcar cuando accedió al Jardín.

El dinamitero, con una sonrisa de loco dibujada en el rostro, hizo derrapar la furgoneta, que quedó finalmente parada frente al taller mecánico. La música seguía a todo volumen, acallando el zumbido lejano del paso de los cientos de infectados que se dirigían al barrio. La nube de polvo comenzó a asentarse pesadamente tan pronto el edificio del centro de ocio, que había colapsado parcialmente hacia el sótano, mostrando las entrañas de una de las salas de cine, recuperaba su pretérita inmovilidad.

Escrutado por unos incrédulos Christian y Carlos en sendos baluartes, Paris bajó la ventanilla y cruzó su mirada con la de Fernando, que le observaba severamente, con las manos envueltas en un trapo manchado de grasa de motor. El dinamitero negó ligeramente con la cabeza, algo contrariado, pero no modificó ni un ápice su plan original: era demasiado tarde para echarse atrás.

Tan pronto sospechó de las intenciones del dinamitero, Fernando se apresuró hacia la persiana y comenzó a bajarla al tiempo que Paris cogía un puñado de cilindros de cartón atados por cinta americana del asiento del copiloto y los tiraba al interior del taller. Consiguió hacerlos entrar justo a tiempo antes que la persiana tocase el suelo.

Paris aceleró hacia el baluarte sur, alejándose del taller, y entonces accionó el detonador. La explosión en el interior del taller, pese a ser mucho más discreta que la que abrió aquella gran brecha en la muralla, destruyó tanto la persiana como la pared lateral que comunicaba con la calle corta. Paris frenó en seco junto al baluarte, se quitó los tapones de las orejas y salió a toda prisa del vehículo. Por fin había conseguido lo que se proponía: ya no había ninguna barrera entre el mundo exterior y el corazón del barrio. Sólo precisaba hacer una última cosa antes de volver por donde había venido.

Dio un par de pasos hacia la trasera de la furgoneta, escudándose en ella para no ser visto por los muchos curiosos, armados, que le seguían la pista desde ventanas y balcones del edificio azul, con la firme convicción de abrir el portón trasero y liberar a sus antiguos amigos del instituto. Paró en seco, sorprendido, al encontrarse cara a cara con Christian, que le apuntaba desde arriba del baluarte sur con su rifle de francotirador. Para entonces, la horda de infectados estaba ya a punto de llegar al barrio.

Christian apuntó y disparó en dos ocasiones. Dio de lleno en su objetivo. Paris abrió los ojos, muy sorprendido al no haber recibido ningún impacto de bala. El chico no era el mejor tirador del barrio, pero a esa distancia, y con un blanco de tal envergadura, resultaba improbable que fallase. El dinamitero miró en derredor y enseguida se dio cuenta que no le había disparado a él, sino a los neumáticos de la furgoneta, que se deshinchaban a una velocidad alarmante. Paris se encendió de ira, pues el chico acababa de truncar la última fase de su plan, pero no por ello tiró la toalla.

PARIS – ¡¿No os ha contado nada, verdad?!

La voz de Paris no consiguió imponerse al atronador sonido de la música. Christian alzó de nuevo el rifle y apuntó a los altavoces. Hicieron falta más de seis disparos para que el silencio reinase de nuevo en el barrio. Paris negó con la cabeza, aún más enfadado que antes. Nada de eso entraba dentro de sus planes, y el tiempo jugaba cada vez más en su contra.

PARIS – Yo no soy tu enemigo. ¿No te das cuenta?

Christian frunció el ceño, ladeando ligeramente la cabeza. Le apuntó con el rifle.

PARIS – El hermano de Bárbara fue el que provocó la epidemia, el que provocó toda esta mierda. Por su culpa tu madre está muerta. Por su culpa han muerto todos tus amigos. Pero es a mí a quien apuntas con ese rifle.

Christian abrió la boca, en algo parecido a un bostezo muy sobreactuado. Paris no le dio importancia. El eco de los pasos resultaba cada vez más próximo, unido al rugido de los infectados que ocupaban la parte trasera de la furgoneta, más excitados que nunca.

PARIS – Bárbara lo sabía todo desde el principio, y no nos dijo nada. ¡A nadie! ¡Merecen morir!

El dinamitero, viendo que Christian no parecía especialmente inclinado a dispararle, se dirigió a la parte trasera de la furgoneta y abrió el portón. Lo que él no sabía era que el ex presidiario aún estaba demasiado afectado por la primera detonación, y no había sido capaz de escuchar una sola palabra de lo que el dinamitero le había dicho. El chico estaba en esos momentos demasiado entretenido subiendo a la cubierta de chapa del baluarte, en previsión del caos que reinaría en el nivel del suelo en cuestión de un minuto, como para preocuparse de nada más que su propia seguridad.

Los excitados infectados, que habían estado esperando ese momento desde hacía horas, se abalanzaron hacia el exterior, atropellándose unos a otros. Un joven adolescente al que le faltaban la mitad de los dientes saltó hacia Paris mientras él intentaba desandar sus pasos de vuelta tras el volante. El dinamitero cayó de espaldas al suelo, golpeándose la parte trasera de la cabeza. Se incorporó enseguida, algo aturdido.

PARIS – ¡Es a ellos a quienes tenéis que matar, yo os he liberado, yo os he dado de comer!

En esos momentos empezaron a sonar un sinnúmero de disparos, amplificados por la reverberación del ambiente. Paris miró en derredor, a tiempo de darse cuenta que no iban dirigidos hacia él, sino al cráter por el que había accedido con la furgoneta al Jardín, por donde ahora entraban los infectados cual marabunta de hormigas.

El dinamitero se quitó al famélico infectado adolescente de encima de un fuerte empellón, mientras los demás seguían saliendo de la furgoneta. El muchacho cayó rodando al suelo, gritando airadamente en el proceso. Paris se levantó y golpeó en la mandíbula a otro infectado con el puño, lastimándose los nudillos. Sin saber muy bien cómo, consiguió volver a su asiento sin recibir más que algún arañazo superficial y un par de desgarrones en la ropa.

Trató de arrancar la furgoneta, que aún con dos neumáticos pinchados sería mejor alternativa que intentar huir de ahí a pie. No reparó en que tenía la ventanilla bajada hasta que media docena de manos accedieron al interior, intentando darle alcance. El dinamitero trató de subirla girando la manivela, pero lo único que consiguió fue que tres de ellos hincasen sus dientes en la chaqueta que llevaba puesta y que otro le arrancase de un certero mordisco el dedo anular. Paris gritó de dolor al tiempo que ocho infectados más se subían al capó del coche y acababan de destrozar la maltrecha luna delantera, hundiéndola con su peso. Su mirada se cruzó de nuevo con la de Christian.

PARIS – ¡Ayúdame!

El ex presidiario negó con la cabeza. Tampoco le había oído, pero entendió muy bien lo que decía. No obstante, se limitó a observarlo desde su posición privilegiada, sin ser capaz de dar crédito a lo que veía. No se le pasó por la cabeza en ningún momento levantar el rifle para disparar a quienes habían rodeado al dinamitero con la única intención de devorar tan opíparo manjar. Estaba convencido que aunque lo hubiese querido auxiliar, que no era el caso, no habría podido hacerlo. El resto de habitantes de Bayit que se encontraban en el edificio azul disparaban sin cesar a la miríada de infectados que seguía accediendo incansablemente al barrio.

Varios consiguieron entrar a la furgoneta, otros se limitaron a destrozar los cristales para obtener parte del último regalo en forma de alimento que el dinamitero les brindaría jamás: su propio cuerpo. Las manos y la cabeza de Paris fueron las primeras víctimas de la sed de sangre de aquellos seres sin ningún tipo de compasión y mucha hambre, pero pronto consiguieron hacerse paso a través de las capas de ropa hasta dar con el plato fuerte, mientras Paris, cada vez más desesperado y aterrado, trataba inútilmente de quitárselos de encima.

Intentó en más de una ocasión salir de la furgoneta, hechizado por una risa histérica fruto de los nervios, pero en esos momentos era tal el número de infectados que había accedido al Jardín, que no hubiera podido dar un solo paso antes de ser engullido por aquella horda incontrolable que él mismo había llevado hasta ahí. Murió tras el volante entre terrible sufrimiento, bañado en su propia sangre, viendo cómo una docena de infectados hurgaban entre sus entrañas, peleándose por la pieza más jugosa.

comentarios
  1. Betty dice:

    Uff!! Estos capítulos son adrenalina pura!!

  2. Fran dice:

    Coincido, Betty, adrenalina pura que me sabe a muy poco, necesito 10 capítulos más del tirón!!! jajaja
    Por cierto, David, cuando pones “El dinamitero trató de bajarla girando la manivela,…”, ¿no sería trató de subirla? Porque ya estaba bajada y la intención es que no accedan al interior de la furgoneta por la ventanilla, ¿no?
    Venga, va, danos más que lo estamos deseando (no trato de presionar, que lo primero es lo primero) 😉

    • Pues si éste os ha parecido intenso, ¡poca broma con el de mañana!
      Tienes toda la razón al respecto de lo de la ventanilla. Lo que pretendía era cerrarla, pero… de poco le sirvió. XD Ahora lo corrigo. Gracias por la apreciación. 🙂
      Todavía quedan seis capítulos antes del siguiente salto. Confío poder sacar tiempo para poder colgarlos del tirón a razón de los dos por semana habituales.
      ¡Gracias por seguir al otro lado! 😀

      David.

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