3×1179 – Vencido

Publicado: 02/02/2019 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 10

Dejar reposar en un lugar frío y oscuro

 

1179

 

Casa de Guillermo en Sheol

7 de octubre de 2008

 

Guille miró el tenedor que su padre sostenía entre el índice y el pulgar. Tragó saliva, con la cabeza entre los hombros, y acercó la temblorosa mano al pedazo de salchicha que había ensartado en la punta. Cogió la carne con la palma de su rechoncha mano, se alejó un par de pasos hacia atrás y se la llevó a la boca, sin perder de vista a quien se la había suministrado. Guillermo, pese a lo psicológicamente agotado que se encontraba, no pudo evitar sonreír.

El tormento de no saber si jamás podría recuperar a su hijo era intermitente. De lo que no cabía la menor duda era que Guille no estaba sano. Pero al mismo tiempo tampoco estaba infectado. De algún modo, al inocularle aquél fármaco, el investigador biomédico había hecho que el chico se quedase en un limbo entre ambos estados, no lo suficientemente cuerdo como para considerar que lo había salvado, pero tampoco lo suficientemente enfermo como para siquiera plantearse tirar la toalla con él. Al contrario. Guillermo era consciente que ahora, más que nunca, Guille le necesitaba. Y él estaba dispuesto a llegar hasta el fin del mundo si fuera necesario, con tal de devolverle lo que aquél fatídico mordisco le había arrebatado, aunque tuviera que volver a enseñarle todo desde cero.

Cinco largos días, con sus cinco largas noches: habían resultado una verdadera pesadilla para el asustado padre. Pese a que su estado distaba años luz del chico que fuera antes de resultar infectado, la evolución de Guille había sido excepcionalmente rápida e incluso esperanzadora. Le costó muchísimo que el chico dejase de desconfiar de él, otro tanto que osara alimentarse en su presencia y mucho más repetir aquellos escasos y lamentables intentos por ofrecerle algún tipo de dignidad higiénica. No obstante, Guille demostró ser un buen pupilo, y su padre el mejor y más paciente de los maestros.

Pero ahora parecía haberse estancado. Había conseguido que tolerase su presencia e incluso daba la impresión que disfrutase de ella por momentos. Había conseguido apaciguar su espíritu al conseguir que se alimentase y que no se hiciera las necesidades encima, pero por más que lo intentaba, era incapaz de robarle una sola palabra. Temió que lo hubiese olvidado todo, y que tuviera que enseñarle a hablar como cuando era un bebé. Hubiese estado incluso satisfecho de haber sido así, pero el chico, sencillamente, no mostraba ningún tipo de evolución a ese respecto. Guillermo se sentía cada vez más ridículo y más frustrado, al sentir que trataba a su primogénito como aun loro, pero el niño no mostraba signo alguno del menor progreso.

El chico parecía odiar especialmente las fuentes de luz intensas y vestía a todas horas una vieja sudadera con capucha. Su padre había intentado quitarle aquella costumbre, pero le había resultado del todo imposible. El niño aprendió incluso a ponérsela él mismo, cuando su padre se la quitaba, y llegó un momento en el que el investigador biomédico acabó tirando la toalla. Al fin y al cabo, así no hacía daño a nadie.

Sus sospechas se habían demostrado ciertas. Su hijo tan solo le había mordido en aquella primera ocasión por puro pánico. En su interior no habitaba la necesidad de hacer daño que sí compartían el resto de infectados. Ahora incluso él mismo lo achacaba a su ignorancia al respecto de su peculiar situación: le había forzado demasiado, en un momento en el que el chico estaba muy asustado, y éste se había defendido como mejor había sabido. Si aún quedaba algún atisbo de duda al respecto de cómo y por qué se propagaba la infección, aquél mordisco, que hacía días que había cicatrizado ya, no le dejó lugar a dudas: la vacuna era la culpable de todo. La vacuna que su padre se había encargado de hacer llegar a la corriente sanguínea de prácticamente todo ser humano sobre la faz de la tierra.

Aunque aún disponían de unos pocos víveres y agua con los que aguantar unos días más, Guillermo había tomado una determinación: debían volver al campamento de refugiados que se encontraba a las afueras de Midbar. Pese a los pésimos recuerdos que ese lugar le traía, pues ahí había sido donde había perdido a Guille, para recibir a cambio a aquél huraño y asustadizo niño que habitaba su piel, sabía a ciencia cierta que ahí podría encontrar todo cuanto necesitaba para poder seguir trabajando duro con él para devolverle la niñez que la pandemia le había robado. Nadie en su sano juicio podría haberse quedado ahí después de lo que ocurrió, y si para entonces los infectados ya habían partido, aquél enorme botín estaría en entero a su disposición.

Le dio muchas vueltas al respecto. No sabía si traerle consigo o dejarle en casa. No tenía ninguna garantía de éxito en esa peligrosísima empresa, del mismo modo que tampoco la había tenido en ninguna de las anteriores. Si le dejaba ahí encerrado, tal era la involución a la que había sido sometido en el niño, que no sería capaz siquiera de salir de ahí por su propio pie a buscar alimento, y sin duda acabaría pereciendo de inanición si a él le pasaba cualquier cosa y no podía volver. Si se lo traía consigo y durante el camino encontraban problemas, su destino raramente sería mejor que morir de hambre. Pensó que, habida cuenta que ambas alternativas eran igualmente poco halagüeñas, al menos teniéndole a su lado podría conservar el espíritu en calma, sabiendo cómo se encontraba en todo momento.

Amparándose en que no había visto un solo infectado desde que volvieran a la casa, tras abandonar a la carrera los laboratorios que habían sido pasto de las llamas y ahora no eran más que un feo esqueleto chamuscado, subió al niño a su coche de alta gama, con el depósito lleno con cuanto había podido robar la tarde anterior del coche de uno de sus vecinos de calle, y se puso en marcha. Guille estaba demasiado distraído para fijarse en el cadáver medio devorado de un imponente dragón de Komodo junto al que pasaron al poco de abandonar la que había sido su casa durante décadas, y a la que jamás volverían ninguno de los dos. Su padre, sin embargo, no pensó en otra cosa durante el trayecto.

comentarios
  1. angela dice:

    Gracias David!

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