3×1180 – Fraternal

Publicado: 05/02/2019 en Al otro lado de la vida

1180

 

Frente al campamento de refugiados a las afueras de Midbar

7 de octubre de 2008

 

Guillermo se armó de valor, cerró los ojos y apretó el centro del volante con la mano abierta. El sonido del claxon lo llenó todo, y el investigador biomédico no pudo evitar sentir un escalofrío recorriéndole la espalda. Pese a que no habían encontrado ningún tipo de hostilidad por el camino, él estaba aterrado. Guille, desde su posición en el asiento del copiloto, con el cinturón puesto, gruñó asustado al escuchar el característico sonido. Su padre trató de apaciguarlo, casi tan nervioso como él. En los tiempos que corrían, llamar la atención de aquél modo en un lugar en apariencia tranquilo jamás era una buena idea.

Tenía el motor del coche en marcha, y estaba más que dispuesto a salir de ahí a toda velocidad si entraba en juego cualquier tipo de hostilidad propiciada por su llamada de atención, aunque todo parecía apuntar a lo contrario. Al poco de llegar había dado un par de vueltas al complejo, salvaguardado por el coche pero, para su sorpresa, lo encontró totalmente vacío. Ahí sencillamente no había nadie. Ni infectado ni sano.

Tampoco había rastro alguno de los muchos cadáveres que dejaron atrás al huir aquél fatídico día, y ello, sencillamente, no tenía el menor sentido para él. Pensó que algunos o incluso muchos de ellos habrían podido abandonar la zona por su propio pie, al resultar resucitados. Pero no todos. Ahí había algo que no encajaba, y el hecho que las vallas volvieran a estar en pie, por más que él recordaba perfectamente haberlas visto caídas antes de partir, no ayudaba a brindar más luz a ese extraño enigma.

Guillermo, una vez fue consciente que no había atraído a ningún infectado con el sonido del claxon, abandonó el vehículo y se dirigió al portón de entrada, ataviado con aquella ridícula riñonera roja que contenía, entre otros enseres de primera necesidad, el último vial con aquél fármaco que revertía el efecto de la vacuna ЯЭGENЄR. Una chica joven que no tendría ni veinte años, de oscura melena, que sostenía un rifle con el que apuntaba al suelo, acudió presta a su encuentro. Por la expresión de su cara no parecía muy contenta con la visita. Pese a no ser buen fisonomista, Guillermo estaba convencido que la había visto antes, ahí mismo.

GUILLERMO – Buenos días.

OLGA – Hola.

Guillermo frunció ligeramente el ceño. No pretendía hallar a nadie ahí, y el perfil de aquella joven distaba mucho de cuanto había imaginado que podría encontrar. Por fortuna, para bien.

GUILLERMO – ¿Estás tú sola?

Olga cerró los ojos y respiró profundamente. Guillermo concluyó que debía medir muy bien sus palabras, si no quería acabar con un cartucho entre ceja y ceja.

OLGA – ¿Qué es lo que quieres?

GUILLERMO – Bueno… quería… A ver… Yo vivía aquí en este campamento, con… mi hijo.

El investigador biomédico miró instintivamente al pequeño Guille. Éste seguía con la mirada perdida en el infinito, totalmente ajeno a la conversación que estaban manteniendo su padre y Olga a escasos tres metros de ahí.

GUILLERMO – Tuvimos que irnos, hace cosa de una semana, cuando… vinieron unos…

OLGA – Sí. Yo también estaba aquí. Sé lo que pasó.

Guillermo hizo un gesto afirmativo. Estaba en lo cierto. Habían convivido en el campamento hasta que éste se vino abajo.

GUILLERMO – Pero he visto que ya lo… que ya está arreglado. Muy buen trabajo.

El investigador biomédico esbozó una sonrisa forzada. Olga se mantuvo imperturbable. Entonces fue cuando vio al chico. Un lustro más joven que ella, pero resultaba imposible negar que eran hermanos. Le saludó amistosamente, y eso pareció molestar aún más a la joven de los pendientes de perla, que enseguida reprendió a Gustavo por haber abandonado su escondite. Se giró de nuevo hacia Guillermo, con cara de pocos amigos.

OLGA – ¿Qué es lo que quieres?

GUILLERMO – Bueno… Me gustaría… entrar. Parece que éste vuelve a ser un lugar seguro, y dudo mucho que encuentre nada mejor por los alrededores…

OLGA – Pues me temo que eso no va a ser posible.

Olga se cambió el rifle vacío de mano. Guillermo se dio por enterado y tragó saliva. Estaban jugando a un delicado juego de ajedrez, y ella le tenía en jaque. Intentó replantear su estrategia. Al fin y al cabo, ella no hacía más que proteger lo que él había venido a buscar.

GUILLERMO – Tengo… Traigo algo de comida, en el coche. Si es por eso… Mi hijo y yo sólo necesitamos un par de camas de la carpa dormitorio. No necesitamos nada más. Si fuerais tan…

OLGA – Lo lamento.

GUILLERMO – ¿Puedo al menos entrar a recoger unas cosas que me dejé en una maleta? Es más que nada ropa, y algo de…

OLGA – No lo hagas más difícil.

Guillermo agachó la cabeza, rendido. No quería seguir tirando de la goma, porque estaba convencido que acabaría por darse con ella en la frente. Y eso no se lo podía permitir, no en el estado en el que se encontraba Guille.

GUILLERMO – Siento haberte molestado.

OLGA – No pasa nada.

Dio media vuelta y se fue por donde había venido. Entró de nuevo al coche y arrancó el motor, dispuesto a volver a casa. Necesitaría idear un nuevo plan, pero concluyó que eso era lo más sensato, tras ver la hostil bienvenida con la que había sido recibido. Se quedó unos segundos tras el volante, con la mirada perdida. Entonces una idea estúpida le cruzó por la cabeza. Trató de desecharla, pero fue incapaz. Al fin y al cabo, no perdía nada por intentarlo. Apagó el motor y volvió sobre sus pasos, hacia el portón de acceso. Olga no se había movido ni un centímetro.

GUILLERMO – Perdona… Perdona que te moleste otra vez… Es… seguramente es una tontería, pero…

Guillermo no pudo evitar fijarse en cómo se tensaron los dedos de la joven, que sostenían aquél robusto rifle. Se rascó la coronilla.

GUILLERMO – No habrás visto una… una chica joven. Algo mayor que tú. De unos… veinticinco años. Es rubia, y tiene el pelo muy, muy largo… Es… es mi hermana.

Para su sorpresa, ambos hermanos se miraron el uno al otro, en una conversación muda. El joven arquero dio un paso al frente y se dirigió a él.

GUSTAVO – ¿Tu hermana se llama Bárbara?

El corazón de Guillermo se paró por un momento. Eso sencillamente no podía estar ocurriendo. Una lágrima fugaz recorrió su mejilla, sin que él supiera siquiera de dónde había emergido. No podía tratarse de una simple coincidencia.

Si ese era, en efecto, el hermano que Bárbara había creído muerto, y encajaba bastante bien con su descripción, por poco que se pareciese a ella, Olga estaba convencida que movería cielo y tierra por encontrarla. La joven de los pendientes de perla suspiró largamente, consciente que ahora ya no podrían quitarse de encima a aquél hombre tan fácilmente.

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