3×1181 – Simbiosis

Publicado: 09/02/2019 en Al otro lado de la vida

1181

 

Campamento de refugiados a las afueras de Midbar

7 de octubre de 2008

 

GUILLERMO – ¿Pero… cuánto tiempo hace de eso?

OLGA – Cuatro… cuatro o cinco días lo sumo.

Guillermo trató de mostrarse sereno, pero le estaba resultando una tarea harto complicada. Se sentía a un tiempo ilusionado y expectante: su hermana, contra todo pronóstico, seguía con vida. Aquellos dos jóvenes habían convivido unas horas con ella, mientras él estaba encerrado en su casa. Todos los demás problemas parecían ahora nimios: su orden de prioridades había dado un vuelco de ciento ochenta grados. Ahora que sabía que su hermana estaba viva, movería cielo y tierra hasta que finalmente pudieran reencontrarse.

Estaban los cuatro a buen recaudo en la caseta del sargento Serrano, donde los chicos habían estado comiendo hasta que él les interrumpió haciendo sonar el claxon. Guillermo se mostró sorprendido por el repentino cambio de actitud en la joven, tan huraña y hostil como se había mostrado al encontrarse con él hacía escasos quince minutos. Ello no hizo sino delatar que realmente había estado interpretando un papel, protegiendo a su hermano ante cualquier potencial peligro, ahora que sus padres habían muerto.

GUILLERMO – Y ella estaba… ¿bien? Quiero decir… ¿No…?

Olga y Gustavo se miraron por un instante, algo extrañados. Guillermo tenía una pregunta en la cabeza, pero era perfectamente consciente que no debía formularla, jamás, y no era capaz de encontrar las palabras precisas para dar un rodeo que le permitiese encontrar la respuesta que buscaba sin despertar sospechas. Por fortuna, la joven de los pendientes de perla salió en su ayuda, aún sin ser consciente de ello.

OLGA – No, no. Ella estaba perfectamente. Tu hermana estaba sana como una manzana. Igual que el policía y que la niña. Lo único que tenía… eran bastantes ojeras. No parecía que hubiese dormido mucho últimamente, pero… se la veía bien.

Guillermo sonrió. Eso era muy normal en su hermana. Acarreaba unas imponentes ojeras incluso desde niña. El joven arquero estaba distraído, observando de reojo a Guille, oculto por la capucha de su sudadera negra. El pequeño se había quedado arrinconado en el suelo, en la esquina opuesta a la que ocupaban los otros tres supervivientes. Gustavo hizo el amago de acercarse a él, pero Guillermo le cortó en seco, con un simple gesto de negación de la cabeza que el chico entendió y respetó. Guille no había abierto la boca desde que su padre le trajese hasta la caseta, cogido de la mano, una vez aparcaron el coche en el interior del complejo, ya cerrado a conciencia.

OLGA – El único que parecía algo más enfermo era el chico… estaba algo… Estaba demasiado delgado. Como… Pero no de… infectado, ¿eh? Los cuatro estaban… bien. Bien… dentro de las posibilidades.

El investigador biomédico asintió y respiró hondo. Ahora venía lo más difícil.

GUILLERMO – ¿Sabes hacia dónde iban?

OLGA – Nos dijeron que iban hacia el sur, hacia algún lugar de la costa. Eso sí que lo recuerdo.

GUILLERMO – ¿Pero a dónde, a qué pueblo? ¿A qué…?

OLGA – No…

GUILLERMO – Iyam, Bejor, Hatulim… ¿Seguro que no dijeron dónde?

Olga negó con la cabeza. Uno de los principales motivos por los que había decidido no acompañarles había sido precisamente ese: que parecían estar improvisando demasiado, de un modo excesivamente temerario al que no quería exponer a Gustavo. Estaba más que convencida que no habían dicho hacia dónde se dirigían, principalmente porque ni ellos mismos lo sabían en esos momentos.

GUILLERMO – Intenta hacer memoria, te lo pido por favor. Es… Es muy importante…

Olga se sorprendió al escuchar la voz de su hermano a su lado.

GUSTAVO – Te está diciendo la verdad. Querían alejarse de aquí, pero no tenían claro hacia dónde. Sólo sabemos que se dirigían a la costa. Siento que no podamos ayudarte más.

Guillermo suspiró. Por un momento había llegado a convencerse que podría reencontrarse fácilmente con Bárbara, pero ahora volvía al punto de partida. Aunque existía una diferencia sustancial: ahora tenía conocimiento de que seguía con vida, o al menos así había sido hasta hacía poco menos de una semana, y eso era mucho más de lo que hubiera podido siquiera soñar escasas horas antes.

El investigador biomédico estaba muy inquieto y no era capaz de pensar con claridad. Tenía demasiadas ideas en la cabeza y mucha prisa por llevarlas todas a cabo. Se acabó de un sorbo el café que Olga le había entregado y se levantó de la silla. Los hermanos le miraron, sorprendidos.

GUILLERMO – Muchas gracias por todo.

OLGA – ¿Os vais, ya?

Olga frunció ligeramente el ceño. Ella también lidiaba con sus propias tribulaciones, y la repentina prisa por marcharse de Guillermo le había cogido con la guardia baja.

GUILLERMO – Sí. No quiero entreteneros más. Habéis sido muy amables dejándonos pasar y explicándome lo de Bárbara. Pero… como comprenderéis… ahora me voy a dirigir hacia el sur, a ver si la encuentro.

Guillermo echó un vistazo a su hijo. Éste parecía haberse quedado dormido encima de la silla. De hecho, tenía serias dudas sobre si realmente lo había hecho, pues había pasado muy mala noche, sin apenas pegar ojo.

OLGA – ¿Puedes esperar un segundo?

El investigador biomédico asintió, distraído, y vio cómo ambos hermanos abandonaban la estancia principal y entraban al dormitorio contiguo. Desde la destrozada puerta, que dejaron entornada, se podía ver la cama deshecha en la que ambos habían dormido la noche anterior.

Les oyó cuchichear durante un par de minutos. Hablaban en una voz demasiado baja para que él les pudiera escuchar: ese era precisamente su objetivo. Guillermo despertó a su hijo y le hizo ponerse en pie. El niño rezongó un poco, pero acabó acatando la orden de su padre. Enseguida los dos hermanos salieron del dormitorio y se reunieron de nuevo con ambos Guillermos en la sala principal. Olga dio un paso al frente. La expresión de su cara distaba años luz a la que había mostrado cuando le recibió, rifle en mano.

OLGA – Nos gustaría venir contigo.

Guillermo frunció el ceño, sorprendido. Eso era algo que no se había llegado siquiera a plantear. Olga respiró hondo, consciente de las posibles implicaciones de la apresurada decisión que acababa de consensuar con su hermano.

OLGA – Tenemos bastante comida y agua, y…  bastante combustible.

El investigador biomédico reflexionó durante unos instantes. Ahora más que nunca, necesitaba ayuda con Guille: alguien que se pudiera hacer cargo del chico si él moría. La respuesta vino sola. Ellos le necesitaban tanto con él les necesitaba a ellos.

Una hora más tarde, con la baca del coche hasta arriba con todo cuanto habían desenterrado del pedregal que había a los pies del roble que había salvado la vida de Olga y de Gustavo, partieron los cuatro hacia el sur en el coche negro de alta gama de Guillermo, con una mezcla bastante equilibrada de pánico y esperanza.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, se van uniendo los hilos de la historia!!

    aquí hago referencia a algunos pequeños errorcitos que encontré aunque por lo demás se entiende perfectamente.

    “GUSTAVO – Y ella estaba… ¿bien? Quiero decir… ¿No…?” ese párrafo le corresponde a Guillermo.
    “OLGA – Nos gustaría venir contigo.” en este caso no corresponde decir que les gustaría ir con él?
    “Ellos le necesitaban tanto con él les necesitaba a ellos.” es como el…

    Disculpa, nunca hago esto pues pienso que luego tu solo te puedes dar cuenta pero como tengo tiempo…😅
    gracias por el capitulo.

    • ¡Al contrario! Yo agradezco y mucho que me señaléis estos gazapos. Vosotros leéis siempre la versión más beta de lo que escribo. Luego voy revisándola y corrigiéndola, y edito el capítulo que he colgado para mlstrar la versión corregida. Me doy cuenta de muchas, pero otras se me pasan y no las veo hasta la quinta relectura. Y sobre todo los errores de concordancia con quién es el que habla son los que más me cuesta detectar. De modo que un millón de gracias. En cuanto saque un momento lo corrijo. 🙂

      David.

      • Angela dice:

        No hay porque David, muchas gracias a ti por darnos la oportunidad de leer antes de que sea puesto el libro a la venta.

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