3×1182 – Justicia

Publicado: 12/02/2019 en Al otro lado de la vida

1182

 

En el coche de Guillermo, de camino a la costa

7 de octubre de 2008

 

OLGA – Pero el de Iyam es más… grande. Y… tampoco está tan lejos.

GUILLERMO – Mira, no sé dónde está mi hermana, pero no hace mucho que se fue. Lo más lógico es que hayan ido al puerto más cercano. ¿No? Vamos, digo yo.

OLGA – No… no tiene por qué. Piénsalo… Si lo que quieren es encontrar un barco, lo suyo es que hayan ido al puerto más grande, no necesariamente al que está más cerca. Yo… si fuera ella, hubiese ido a Iyam, no a Bejor.

GUILLERMO – Antes de salir habíamos quedado que íbamos a probar suerte primero en Bejor, ¿no?

OLGA – No, ya… Sí, pero…

Guillermo resopló. No haría ni quince minutos que habían abandonado el centro de refugiados, y Olga no había cerrado la boca desde entonces. Guillermo, tan acostumbrado como estaba al silencio, y a la única compañía de su hijo, que hacía demasiado tiempo que no articulaba palabra, estaba empezando a arrepentirse de haber accedido a llevar consigo a los dos hermanos. Hasta el momento, el trayecto había transcurrido sin el menor contratiempo, pero aún tenían un largo camino por delante.

OLGA – Pero si yo lo digo por ti, no vaya a ser que…

GUSTAVO – ¡Para, para! ¿Puedes parar?

Guillermo miró al chico por el retrovisor. Aminoró la marcha sin llegar a detener el vehículo, visiblemente molesto. El joven arquero observaba desde el asiento trasero, junto al silencioso Guille, un coche accidentado, volcado de lado, que descansaba en la mediana.

GUILLERMO – ¿Qué pasa?

GUSTAVO – Ese coche…

El investigador biomédico puso los ojos en blanco. Su paciencia se estaba agotando a marchas forzadas.

GUILLERMO – Hay muchos coches accidentados, chico. No tienes que darle demasiada importancia. Yo… he visto más de uno desde que…

GUSTAVO – No, no, no. No es eso. Olga. ¿Quieres decir que ese no es…?

OLGA – ¡Sí! ¡Para, para, para!

Guillermo resopló de nuevo, se hizo a un lado y accionó por mera inercia el botón que dio vida a los cuatro intermitentes. Detuvo el vehículo en el arcén, a unos cien metros del coche accidentado. Nada invitaba a pensar que en aquella carretera fueran a encontrar peligro, pero él no estaba dispuesto a dejar nada al azar, y no le hizo la menor gracia la deriva que llevaban los dos hermanos.

GUILLERMO – Mira, como no empecéis a…

OLGA – Escúchame, haz el favor. Ese coche… es el que llevaba la gente aquella de la que te hablamos. Los dos chicos con el niño. Los que nos robaron. Te lo he explicado antes, ¿te acuerdas?

La expresión de la cara de Guillermo cambió por completo.

GUILLERMO – ¿Estás segura de eso?

OLGA – Si no es el mismo, es uno idéntico. Pero igualito, ¿no es verdad, Gus?

GUSTAVO – No. Es el mismo.

Guillermo respiró hondo, dio marcha atrás y se dirigió hacia el vehículo accidentado. Olga fue la primera en abandonar el coche, seguida de cerca por Gustavo. El investigador biomédico no hacía más que mirar en derredor. Por fortuna, no había mucho a lo que mirar. Se trataba de una carretera intercomarcal en una zona muy plana, con una visibilidad excelente en todas direcciones: no tendrían compañía, ni la tendrían en mucho tiempo si estaban mínimamente alerta a cuanto les rodeaba.

El motivo del accidente resultaba evidente incluso en el lamentable estado en el que se encontraba el coche. El capó, al igual que el parachoques, estaba abollado en su parte central, y a la misma altura el parabrisas lucía una telaraña concéntrica que delataba dónde había rebotado la persona, presumiblemente infectada, que habían atropellado durante su huida al sur.

Se acercaron con cautela al lugar del siniestro, llevándose las manos a la cabeza al descubrir las cajas destrozadas de cuanto les habían robado, que lucían desperdigadas y hechas pedazos varios metros a la redonda. Guillermo no osó acompañar a los hermanos hasta que hubo comprobado mecánicamente que las puertas que había cerrado electrónicamente estaban, en efecto, cerradas, de modo que Guille estuviera a salvo de los infectados. Tal era su ignorancia al respecto de la condición de su hijo.

Olga se llevó la mano a la boca al comprobar que los tres ocupantes del vehículo seguían ahí. Jonatan y Mónica habían muerto en el accidente, presumiblemente en el acto. De los tres, solo él llevaba puesto el cinturón, pero aquél coche era tan viejo que no tenía airbag, y el joven no había podido aguantar el embate de las vueltas de campana que su coche había dado antes de quedar inmóvil. El niño, pese a tener las dos piernas partidas, había conseguido reptar hasta los asientos delanteros y se estaba alimentando del cuerpo de su madre. A juzgar por el estado del pecho y el estómago de la misma, debía llevar varias horas así.

Más de una docena de moscas zumbaban dentro del coche, y otras tantas habían acudido, atraídas por el intenso olor a sangre corrupta y heces que ahí dentro se estaba formando. Los tres, hombro con hombro, se quedaron mirando, fascinados y asqueados a partes iguales, cómo el niño devoraba el cuerpo de su madre. Desconocían si no había reparado en ellos, o si sencillamente estaba demasiado interesado en su particular banquete incestuoso, pero el pequeño infectado no se dignó siquiera a dirigirles la mirada.

Pese a lo fatal que les habían tratado, Gustavo se sintió mal por ellos. Llegó incluso a ponerse en su piel y los ojos se le velaron por las lágrimas, mientras comenzaban a recoger todo lo que había esparcido por los alrededores. Olga, sin embargo, concluyó que se trataba de un acto de justicia divina, algo así como un karma vengativo que les había tratado como sin duda merecían. No comentaron nada al respecto, porque ya se conocían demasiado el uno al otro, y ello hubiera estado de más.

Veinte minutos más tarde, una vez concluyeron que no encontrarían nada más, pues tanto la baca, como el maletero y todo el terreno en más de doscientos metros a la redonda ya habían sido barridos a conciencia, volvieron al Audi de Guillermo. Habían visto algo más dentro del vehículo, pero estaba todo tan manchado de sangre que prefirieron dejarlo estar. Además, no tenían la menor intención de perturbar la macabra actividad del pequeño Izan.

Retomaron el camino con bastante mejor ánimo, incluso después del desagradable espectáculo del que habían sido testigos, pues reemprendían el viaje con más del triple de reservas de alimento que con las que habían partido.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, buen capitulo, que tengas un muy buen día.

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