3×1183 -Reabastecimiento

Publicado: 16/02/2019 en Al otro lado de la vida

1183

 

Polígono comercial de Bejor

7 de octubre de 2008

 

El color anaranjado que estaba adquiriendo el cielo luchaba por hacer perder definitivamente los nervios a Guillermo. Se maldecía una y otra vez por haber hecho caso a los hermanos, parando en aquél complejo comercial, más cuando la distancia que les separaba de su destino era ya tan corta.

Ambos habían hecho del largo viaje a la costa un verdadero suplicio, sin un minuto seguido de silencio. Incluso Guille se había demostrado incómodo ante tal verborrea, gimoteando en un par de ocasiones cuando el tono de voz de los hermanos se volvía demasiado alto. No obstante, Guillermo no daba crédito a lo bien que se estaba portando el niño: mucho mejor de lo que él había imaginado. Se mostraba mucho más tímido y ensimismado que de costumbre, lo cual era cuanto menos sorpresivo, aunque extremadamente oportuno. El investigador biomédico se sintió satisfecho, cada vez más seguro que no debería dar demasiadas explicaciones, al ver que, sencillamente, su hijo pasaba desapercibido por completo a los sobreexcitados hermanos.

Le estuvieron acribillando a preguntas, a las cual él respondió como mejor pudo, obviando todo lo que pudiera resultar sospechoso, dando respuestas vagas y en muchas ocasiones con meros monosílabos. Eso no fue óbice para que los dos hermanos siguieran en sus trece. Le explicaron la trágica historia que les había llevado al centro, y fueron capaces de encontrar un buen puñado de divertidas anécdotas del tiempo que ahí habían convivido aún sin ser plenamente conscientes de ello, debido al gran número de gente que ahí se llegó a reunir.

Las horas al volante se dilataban como un chicle, principalmente por todos los rodeos que tuvieron que dar a carreteras cortadas por coches abandonados. El investigador biomédico se vio tentado a hacer un alto en el camino para proseguir al día siguiente, pero lo acabó descartando. El principal motivo era la consciencia plena de que luchaba a contrarreloj, pues su hermana le llevaba casi una semana de ventaja, y si su intención era la de coger un barco para abandonar la península, quizá un par de horas podrían marcar la diferencia entre reencontrarse con ella o no volver a verla jamás.

Durante el interminable trayecto a la costa Olga y Gustavo no mostraron interés alguno por parar, y él se aprovechó de ello para apurar al máximo las horas de sol. Sabía demasiado bien lo que podía ocurrir si seguía adelante una vez cayese la noche, pero estaba demasiado cegado por la idea de encontrar a su hermana para pensar con claridad. Tener de nuevo un objetivo en el que centrar toda su atención era un arma de doble filo. Por una parte le mantenía anclado a la realidad, con ganas de seguir luchando y de sobrevivir a toda costa, pero por la otra le volvía insensato y temerario, y eso, en los tiempos que corrían, no era en absoluto aconsejable.

No fue hasta que se encontraban a escasos cinco kilómetros de la línea de la costa cuando Gustavo imploró a Guillermo que parase en el polígono comercial que había a las afueras del pueblo costero. El investigador biomédico llevaba demasiadas horas sentado, quería estirar los pies y comprobar en qué estado se encontraba Guille, amén de darle algo de comer. No lo pensó demasiado. No tenían por qué ser más de cinco minutos, y ese parecía un lugar excepcionalmente tranquilo. Aún sin saber muy bien por qué, acabó accediendo a sus súplicas.

Hacía más de quince minutos que ambos hermanos habían accedido a aquella enorme nave de equipamiento deportivo, y Guillermo estaba que se subía por las paredes. Había tenido tiempo de dar de comer y de beber a su hijo, había caminado en círculos alrededor del coche y había orinado con él en un alcorque lineal cercano lleno de malas hierbas. Ahí ya no se le había perdido nada más. El cielo se oscurecía a marchas forzadas, y aún tendrían que encontrar un lugar seguro en el que pasar la noche, si no querían hacerlo dentro del coche, a merced de cualquier infectado que diera con ellos en su deambular errático. Guillermo resopló por enésima vez.

GUILLERMO – ¿¡Pero todavía no estáis!?

GUSTAVO – Sí, sí. Ya lo tengo.

Para su sorpresa, ambos hermanos emergieron por el irregular agujero de la puerta automática, ahora muerta, por la que habían entrado un cuarto de hora antes. Ella llevaba tres mochilas a la espalda, cargadas de suplementos alimentarios, barritas energéticas, bebidas isotónicas, y cuatro chaquetas de pluma de oca, cada una de una talla distinta. Guillermo no se fijó demasiado en ella, pues toda su atención se centró en su hermano.

Gustavo llevaba a la espalda tres enormes arcos olímpicos que parecían extremadamente caros, que aún parecían más grandes en contraste con la escasa estatura del chico. También llevaba tres carcajes de cuero negro y una bolsa que parecía más pesada incluso que las tres abultadas mochilas de su hermana juntas, llena hasta los topes de flechas.

Ellos mismos habían roto la puerta para poder acceder al interior, ilusionados al descubrir que la nave había resultado inviolada desde el inicio de la pandemia. Al parecer, un comercio de equipamiento deportivo resultaba mucho menos atractivo que el supermercado destrozado y saqueado hasta la extenuación que había en la nave contigua. Por ello se demoraron tanto, al saberse seguros ahí dentro, maravillados al poder llevarse cuanto quisieran sin tener que rendir cuentas a nadie ni pagar por ello. Era una sensación realmente extraña, y sorpresivamente placentera.

GUILLERMO – ¿Ya estáis?

Olga asintió, al tiempo que entregaba una de las mochilas a Guillermo. Hacer entrar todo eso en el abarrotado coche o en la saturada baca sería sin duda una tarea complicada, pero tan pronto le dijeron lo que habían traído consigo, el investigador biomédico concluyó que no había sido tan mala idea después de todo. Disponer de algo más que llevarse a la boca y de armas con las que poder defenderse bien valía esa demora.

Reemprendieron el camino al mismo tiempo que el crepúsculo empezaba a dar el testigo a la noche y las primeras estrellas se dejaban ver. Llegaron a la costa a tiempo de ver cómo se ponía el sol en la línea del horizonte marino, subrayada por el puerto deportivo de Bejor, en el que hacía semanas desde que botó el último barco. Por más que todos sospechaban que eso sería lo que encontrasen al llegar, les resultó ciertamente inquietante.

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