3×1185 – Náutica

Publicado: 23/02/2019 en Al otro lado de la vida

1185

 

Puerto deportivo de Bejor

7 de octubre de 2008

 

GUILLERMO – ¡La virgen!

Guillermo desabrochó a toda prisa el cinturón que retenía a su hijo y tiró con fuerza de su brazo. Guille se puso nervioso y comenzó a gimotear, intentando contrarrestar los esfuerzos desesperados de su padre por sacarle del coche. Olga se debatía sobre si correr con su hermano para intentar salvarse o ayudar al desesperado padre. No le costó demasiado tomar una decisión.

GUILLERMO – ¡Guille, por el amor de Dios, no es el momento!

Entre los dos consiguieron sacar al niño del coche, no sin serias complicaciones, pues éste, aterrorizado como estaba, se agarró con fuerza primero al asiento y después a la puerta, poniéndole cada vez más fáciles las cosas a los infectados que corrían para darles caza. El investigador biomédico le agarró de las axilas y le arrastró contra su voluntad por la tambaleante tabla, mientras Olga capitaneaba la vanguardia, volviendo con su hermano, que se encontraba frente a la puerta abierta.

Guillermo se sobresaltó al notar cómo el infectado más avanzado daba finalmente con su objetivo, agarrando al chaval por el pantalón. Dio un tirón, intentando liberar a su hijo, pero el infectado tenía demasiado claras las ideas como para dejarse amedrentar. La flecha voló por el aire a una velocidad asombrosa. El investigador biomédico llegó incluso a temer por su integridad física, al sentirla tan cerca.

Cruzó su cuello de un extremo al otro, y a punto estuvo de seguir adelante como si nada. Guillermo miró al chico con los ojos bien abiertos. Aún sostenía el arco con los dedos temblorosos, incapaz de creer lo que acaba de hacer. No estaba acostumbrado a tirar a objetivos móviles, y pese a estar sorprendido e incluso orgulloso de su hazaña, por haber podido ayudar a Guillermo, lo que más le impactó fue la naturaleza de ésta. Acababa de disparar a una persona. No estaba en absoluto orgulloso de ello.

El infectado, ensartado como estaba, comenzó a vomitar sangre por la boca y enseguida aflojó el abrazo de la pierna de Guille. Dio con las rodillas en la madera y se llevó ambas manos al cuello, intentando librarse de aquello que tanto le incomodaba. Guillermo no lo dudó un instante y continuó su avance a la desesperada, increíblemente agradecido por la ayuda que le había brindado el joven arquero. Era plenamente consciente que detrás de ese primero venían tres más, y sin duda otro montón acudiría ante el revuelo que ahí se estaba formando.

El asesino arco yacía inerte en el suelo. Ambos hermanos ya tenían la tabla sujeta por su extremo, esperando que padre e hijo pasaran al otro lado. Tan pronto lo hicieron, tiraron con todas sus fuerzas, pero éstas no fueron suficientes para levantarla: los demás infectados ya transitaban por encima. Estaban demasiado cerca. Fue la ayuda de Guillermo la que decantó la balanza, tan pronto soltó a Guille, que corrió a refugiarse a la escuela de náutica.

Con la ayuda de una fuerza que ni él mismo supo de dónde había salido, ahora sí, entre los tres, consiguieron levantar la tabla, haciendo caer a los infectados que intentaban sortear a su moribundo compatriota. La empujaron con las pocas fuerzas que les quedaban y ésta cayó al agua con un chapoteo que salpicó en todas direcciones, quedando a merced del suave oleaje.

Tres de los cuatro infectados cayeron al agua, al lado derecho del paseo, donde no podían hacer pie. El cuarto se quedó parado al extremo opuesto del paseo, observando los fútiles intentos desesperados de sus compañeros por mantenerse a flote. Los dos hermanos se quedaron mirándolos, obnubilados por su torpeza. Gustavo había recuperado el arco, e incluso había preparado una nueva flecha para hacer frente a cualquiera que osara poner en jaque de nuevo su seguridad: no le haría la menor falta.

Guillermo, al ver que el peligro más inminente ya había pasado, miró en derredor, y el corazón le dio un vuelco al comprobar que no había rastro alguno de su hijo. Accedió al interior de la escuela a toda prisa. Tardó cerca de un minuto en dar con él. Estaba agazapado tras el mostrador de recepción, hecho un ovillo. Lloraba. Le costó bastante tranquilizarle, pues aún estaba muy excitado por cuanto había ocurrido.

Olga y Gustavo accedieron poco después, trayendo consigo a rastras la tabla que habían rescatado del agua, cerrando la robusta puerta a su paso. Temían que alguno de aquellos infectados que se habían congregado al otro lado del paseo, temerosos de seguir adelante al comprobar lo que les había ocurrido a quienes habían caído al agua, osaran entrar. Ahí dentro todo parecía en regla, de no haber sido por el eco de las voces de los infectados que habían dejado atrás.

Habían olvidado todo en el coche, que había quedado con una de las puertas traseras abierta de par en par. Lo único que conservaban, además de la empapada ropa, era el arco de Gustavo, con ocho flechas. Tras consensuarlo, después de poner a Guille en un lugar seguro, gritaron para llamar la atención a cualquier otro infectado que rondase por el edificio. Para su tranquilidad, no obtuvieron respuesta alguna.

Tras una más que concienzuda inspección del frío y oscuro edificio, haciendo uso de la vieja linterna que había encontrado Olga en uno de los cajones del mostrador de recepción, pues para esos entonces ya era noche cerrada, lo único que encontraron fueron tres cadáveres, que no parecían en absoluto recientes. Uno de ellos descansaba sobre un charco de su propia sangre ya seca. Tenía un martillo de encofrador todavía clavado en la cabeza. Era el único de los tres que tenía los ojos rojos tan característicos de los infectados. Los otros dos, un hombre y una mujer completamente desnudos, no lucían ningún tipo de marcas de violencia, y sus ojos, marrones, no inspiraban desconfianza alguna. A juzgar por el tarro vacío de pastillas que yacía junto a ambos cadáveres, abrazados sobre un colchón en mitad de una de las aulas, habían decidido suicidarse juntos.

Tras concluir que ese sería un lugar seguro en el que pasar la noche, acordaron hacerlo todos juntos en la misma sala: la secretaría que se encontraba en la primera planta. Así lo hicieron durante cerca de una hora, cuando los hermanos tomaron la decisión de irse a la sala contigua, el despacho de dirección, incapaces de soportar los pánicos nocturnos de Guille. Guillermo se disculpó por ello, incapaz de hacer nada por apaciguar a su primogénito. Esa no sería más que la primera de muchas noches que pasarían ahí dentro.

Para cuando finalmente consiguieron conciliar el sueño, aquellos tres cuerpos ya sin vida navegaban en la deriva por el Mediterráneo con destino incierto.

comentarios
  1. Carlos dice:

    Buenas noches.
    Ya me he puesto al día de nuevo.
    Muchas gracias, David, por tus aportes.
    Deseando que llegue el sábado para seguir avanzando en la historia.
    Un saludo.
    Carlos.

    • Si todo va como tengo planeado, creo que podré ofreceros los dos capítulos semanales de rigor hasta el último capítulo de la trilogía, sin más parones.
      Actualmente voy once capítulos por delante de vosotros, y ando atando los últimos cabos sueltos. 🙂

      David.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s