3×1186 – Medidas

Publicado: 26/02/2019 en Al otro lado de la vida

1186

 

Frente a la escuela de náutica, puerto deportivo de Bejor

7 de diciembre de 2008

 

Dio un único bocinazo. Tragó saliva y miró hacia atrás, hacia el paseo. El sol caía a conciencia aquél mediodía de otoño, y los infectados de Bejor dormían a pierna suelta dondequiera que hubieran ido a parar en su deambular nocturno. No obstante, Guillermo no las tenía todas consigo, y no se quedaría tranquilo hasta que cruzase al otro lado del paseo. Ellos jamás lo hacían.

Hacía dos largos meses que buscaba a su hermana. Todo esfuerzo había caído en saco roto, y él no era capaz de dar crédito a cómo aún seguía con vida, riéndose a cada nuevo día en la cara del peligro. Recorrió de cabo a rabo todo el litoral de Bejor, y cuando se dio por vencido, probó con Iyam y con Hatulim. Esos eran los lugares más evidentes, pero en ellos no encontró rastro alguno de Bárbara. Cada vez amplió más y más su radio de acción, en viajes suicidas que en ocasiones se demoraban varios días, como era este el caso, pero jamás encontró ni una sola pista sobre su paradero. La frustración empezaba a resultar abrumadora.

Durante sus frecuentes viajes encontró otros asentamientos; otras personas que también lo habían perdido todo. Algunas resultaron ser hostiles, otras en extremo bondadosas. Encontró un sinfín de infectados y tuvo más de un susto, aunque en realidad tuvo bastante suerte. Por fortuna, disponía de combustible más que suficiente para poder efectuar esos viajes, gentileza del centro de refugiados que a punto estuvo de acabar con su vida y con la de su hijo. Sin embargo, no encontró rastro alguno ni de su hermana ni sus dispares compañeros de viaje.

Todo esfuerzo había resultado estéril, y de nuevo volvía con el rabo entre las piernas, agotado y abatido, al punto de partida, con la sensación de que le estaba fallando tanto a su hijo como a su hermana.

Hacía cosa de veinte minutos había pasado frente a aquél centro de refugiados al que todos, pese a no verbalizarlo, se habían negado a acudir el día que se asentaron en Bejor. Guillermo sintió un escalofrío por la espalda al pasar por delante. Su estado distaba años luz del que había lucido la primera vez que lo visitase, hacía unas siete semanas, cuando acudiera a preguntar por su hermana. En esos momentos el centro se encontraba en todo su esplendor, mucho mejor de lo que el de Midbar llegó a estar jamás. Ahora resultaba imposible distinguirlo de cualquier otro de cuantos habían caído en el transcurso de aquella pesadilla.

Respiró aliviado al ver cómo los dos hermanos se asomaban por una de las ventanas de la escuela. Gustavo parecía más ilusionado por la visita que su hermana: hasta el momento habían estado jugando a cartas, y Olga le estaba pegando una paliza épica. Hacía más de cuatro días que Guillermo había abandonado la escuela, y ambos hermanos, que habían quedado al cargo de Guille, temían que no volviese. Pese a la actitud huraña del chaval, Olga y Gustavo supieron cuidar de él tan bien como lo hubiera podido hacer su padre.

OLGA – ¡Bajamos!

Guillermo asintió y les vio desaparecer de nuevo. Se volvió a girar y respiró aliviado al ver que no había infectados en la costa. No le costaría mucho echarse al agua y nadar hasta el otro extremo, pero prefería no pasarse el resto del día tiritando. Esperó pacientemente a que colocasen la tabla para dejarle paso, y entre los tres la recogieron de nuevo y cerraron tras de sí al entrar a la escuela.

OLGA – ¿Ha habido suerte?

Guillermo negó con la cabeza, al tiempo que dejaba sobre el mostrador de recepción la mochila que había estado acarreando. No tenía muchas ganas de hablar. Traía consigo menos víveres de los que tenía al partir, y cada vez acusaba más la malnutrición. Había perdido mucho peso las últimas semanas, y de un tiempo atrás lucía una desarreglada barba que caneaba por los lados. Lo único que no abandonaba jamás era aquella fea riñonera roja, a la que los chicos nunca hacían mención en su presencia.

GUILLERMO – ¿Ha dado mucha guerra, Guille?

OLGA – Qué va.

Olga mintió. Las noches resultaban harto complicadas para Guille siempre que su padre no estaba cerca, y pese a que los hermanos lo habían hecho lo mejor que habían podido, ambos se alegraron mucho de no tener que volver a preocuparse del niño. Ellos jamás podrían emular el vínculo que había entre padre e hijo.

OLGA – Quiero… Me gustaría que me dijeras qué opinas de una cosa…

GUILLERMO – ¿No puede ser luego? Estoy bastante cansado, y quiero ver a mi hijo…

OLGA – No, si… sólo quiero que me digas qué te parece… Será sólo un segundo…

El investigador biomédico puso los ojos en blanco, inhaló aire y lo expulsó lentamente entre los labios.

GUILLERMO – Tú dirás.

Olga trató de poner en orden sus ideas. Eso era algo que llevaba rondando su cabeza desde hacía semanas, algo que sólo había compartido con su hermano, que opinaba lo mismo que ella.

OLGA – Me gustaría que fuéramos a la comisaría.

GUILLERMO – ¿A la comisaría, para qué?

OLGA – Hemos estado mirando unos mapas. Hay una bastante cerca de aquí. La idea… me la dio el hombre aquél negro, el amigo de tu hermana… Walter, creo que se llamaba.

Gustavo arrugó la frente, convencido que ese no era el nombre del policía que acompañaba a Zoe y a Bárbara, aunque en esos momentos a él tampoco le venía el nombre a la cabeza.

OLGA – Nos estamos quedando sin comida y apenas nos queda agua. No podemos seguir así mucho más tiempo…

GUILLERMO – Lo sé…

OLGA – Hemos pensado que…

GUILLERMO – Este sitio es muy seguro. No creo que sea conveniente que nos vayamos.

OLGA – No, no, no. No digo que nos vayamos. Aquí… se está de lujo. Pero… necesitamos ir a buscar más comida. Más agua.

El investigador biomédico asintió tan pronto lo comprendió. El único modo que tendrían de salir de ahí era encontrar algo con lo que defenderse.

OLGA – Sólo tenemos los arcos y… el único que sabe utilizarlo es él. Hemos pensado que… tal vez ahí podríamos encontrar más armas, con las que… salir a buscar más comida, y así…

Gustavo asentía a medida que su hermana hablaba. Habían discutido largo y tendido al respecto durante el último viaje de Guillermo. El argumento de la joven tenía sentido, si uno obviaba lo extremadamente temerario que resultaba.

GUILLERMO – Vale.

OLGA – Si nos…

Olga dejó la frase a medias. No esperaba esa respuesta. Creía conocer a Guillermo lo suficiente, después de tanto tiempo, pero al parecer se equivocaba.

GUILLERMO – Vale, tienes razón. Déjame que vaya a saludar a Guille y de aquí media horita nos vamos.

La joven de los pendientes de perla asintió, con un nudo en el estómago. Pese a que había sido ella misma la que lo había propuesto, ahora empezaba a sentir el vértigo. Llevaban demasiado tiempo ahí encerrados, sin tener que preocuparse de los infectados. Al menos, sería por una buena causa.

comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Que gran detalle! Muchas veces recordamos el nombre de alguien y pensamos que ese es el nombre y cuando finalmente recordamos bien, no es ni parecido.
    Walter, jajajajaja que gran apunte!

    D-Rock.

    • Esto es un guiño al nombre provisional que le di a Morgan cuando empezaba a esbozar los primeros guiones de la novela, antes de bautizarlo oficialmente como todos le conocéis. Me pareció interesante incluirlo como ese matiz que bien señalas. 🙂

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