3×1187 – Señal

Publicado: 02/03/2019 en Al otro lado de la vida

1187

 

Glorieta frente a la comisaría de Bejor

5 de diciembre de 2008

 

No era la primera vez que Guillermo aparcaba en mitad de una rotonda desde el inicio de la pandemia. Aquella le agradó especialmente, pues tenía en su centro una pequeña colina artificial con césped al que le habían crecido malas hierbas, y desde ahí arriba disponían de una panorámica inmejorable de los alrededores. Todo estaba sumido en un silencio y una calma que resultaban incluso desagradables.

La previsión original de un trayecto de unos cinco o diez minutos se acabó demorando más de media hora. Sin embargo, todos estaban increíblemente satisfechos, pues no se habían cruzado con un solo infectado desde que abandonaran la escuela de náutica, dejando a Guille encerrado en una de las aulas, con alimento y agua a su alcance, amén de su amada colcha de Ratatouille.

Con la llegada del frío, los infectados parecían menos activos que de costumbre, y raramente abandonaban sus escondrijos diurnos a no ser que algún ruido les molestase. Guillermo había aprendido, por las malas, que era más aconsejable circular a baja velocidad por las calles abandonadas que hacerlo a toda prisa, pues de ese modo, la precaución extra le permitía no perturbar su sueño. No tenía ninguna intención de volver a vivir el desasosiego de ser perseguido por un centenar de aquellas bestias sin saber si la siguiente calle que tomaría en su huída desesperada estaría o no cortada.

Se trataba de un edificio relativamente reciente. Poco o nada tenía que ver con la escuela de marina donde habían pasado los últimos dos meses. Su monolítica fachada de bloques prefabricados de hormigón, con minúsculas e idénticas aberturas para dejar pasar la luz, no invitaba a pensar que lo tendrían fácil para acceder. Fue Gustavo el que se dio cuenta de aquella pequeña brecha en el perímetro, y corrió a avisar a su hermana y a Guillermo.

Volvían a llegar tarde, aunque curiosamente eso se traducía en buenas noticias. Alguien se les había adelantado ahí también. Los barrotes que protegían las ventanas de cualquier inconsciente que osara intentar acceder a las bravas a la casa de la ley y el orden eran a todas luces infranqueables. Sin embargo, en aquella alejada y discreta ventana del primer piso, el joven arquero se percató que faltaban unos cuantos, y que la ventana que protegían estaba entreabierta.

Dada la pendiente de la calle, en aquél punto el edificio estaba parcialmente soterrado y les hizo falta arrastrar hasta ahí un enorme contenedor verde que olía a rayos para poder entrar. Olga fue la primera en hacerlo, seguida de cerca por su hermano, que no había soltado el arco un solo instante desde que abandonaran el vehículo. El chico se rajó la mejilla con uno de los barrotes al intentar acceder a la comisaría. Gritó de dolor, con lo que se ganó el reproche de Guillermo. Aquellos barrotes, que parecían haber sido serrados con una radial, cortaban como cuchillas.

Por fortuna, tan solo se trataba de un corte superficial, y aunque dejaría una pequeña cicatriz, no requeriría siquiera puntos. El investigador biomédico se sorprendió al entrar y descubrir que se encontraban en los lavabos para hombres, a juzgar por los tres urinarios que les dieron la bienvenida. En esta ocasión estaban bastante mejor preparados que la vez anterior, e hicieron uso de una linterna cada uno para inspeccionar la zona. En cualquier caso, aquél parecía un lugar seguro, y Guille, sin lugar a dudas, estaría durmiendo a pierna suelta a esas horas. No tenían prisa.

La buena noticia era que el edificio había sido precintado poco después del inicio de la pandemia, y ahí jamás había entrado un solo infectado. La mala, que quienes les habían puesto tan fácil el acceso tenían idéntico objeto que ellos. La armería había sido saqueada a conciencia. Quienes les precedieron habían destruido su puerta con una generosa cantidad de explosivos, a juzgar por su estado y por los tres extintores vacíos que yacían alrededor de aquél pedazo chamuscado de pasillo.

Revisaron de arriba abajo el edificio, pero lo único que sacaron en claro fueron tres cargas de cinco litros del dispensador de agua y varios kilos de café en grano en un armario en la sala de descanso, junto a la cafetera. Ya estaban a punto de tirar la toalla y volver por donde habían venido cuando Olga reparó en algo que le llamó poderosamente la atención en una pequeña sala con un montón de archivadores.

OLGA – Espérate. Espérate, espérate, espérate.

Olga se quitó la mochila que llevaba a la espalda y comprobó que, en efecto, había traído consigo aquél viejo bloc de notas.

GUILLERMO – ¿Qué pasa?

La joven de los pendientes de perla accedió a aquél cuartucho y señaló ilusionada la mesa que había al fondo. Se trataba de una estación de radio prácticamente idéntica a la que Gustavo había estropeado en el centro de refugiados. Un brillo especial se dibujó en sus ojos. El principal problema residía en el hecho que el edificio hacía meses que se había quedado sin corriente eléctrica.

Guillermo encontró una solución rápida a la par que eficaz a ese problema. Tan solo les hizo falta encontrar un alargo para enchufar la radio al generador portátil que había visto en otra sala de la misma planta. Un corto viaje de vuelta al coche para traer una de aquellas garrafas rojas  llenas de combustible fue suficiente para devolver la vida a aquél viejo aparato que había quedado obsoleto hacía años, que habían trasladado por mero romanticismo de la anterior sede de la comisaría de Bejor, que actualmente era una galería de arte.

El ruido que hacía el ajado generador portátil era tan estreident que tuvieron que alejarlo tanto como pudieron del cuarto de la radio para poder oír algo, haciendo uso del alargo negro que acabó en tensión.

GUILLERMO – Yo voy a seguir buscando, a ver si encuentro algo más, ¿vale?

Olga asintió, algo decepcionada al ver que el investigador biomédico no tenía intención alguna de hablar con Samuel. Les dejó a solas en la pequeña estancia. Los hermanos acercaron un par de sillas a la mesa, cerraron la puerta y Olga puso en funcionamiento la radio, con un cosquilleo muy agradable en el estómago. En el bloc de notas tenía anotados los números que le pondrían en contacto con Samuel. El chico respondió en menos de un minuto.

OLGA – ¿Sam?

SAMUEL – ¿Sí? ¿Quién es? ¿Te conozco?

OLGA – Soy yo, Olga.

SAMUEL – Olga…

Ambos hermanos se miraron, sorprendidos y algo decepcionados. Al fin y al cabo, habían pasado del orden de dos largos meses desde la última vez que hablaron con él. El ruido del generador portátil resultaba molesto, pero podrían comunicarse con Samuel sin necesidad de los auriculares.

Samuel no solo seguía con vida y a salvo, sino que les recordaba. Ello les reconfortó. Los hermanos le pusieron al día de los cambios que habían experimentado desde la última vez que conversaran, haciendo especial hincapié en el geográfico. Él siguió mostrándose tan hermético que las primeras veces, pero Olga y Gustavo estaban tan excitados y alegres de tener alguien más con quien hablar, que no le dieron importancia.

Hicieron mención tanto a Guillermo como a su hijo, pero pese a que a esas alturas Samuel ya conocía sobradamente a Bárbara, a la que le unía una bonita amistad, no alcanzó a atar cabos. La conversación no fue muy larga, pero sí lo suficientemente intensa para que ninguno de los tres pensara en otra cosa el resto del día.

Instantes después de cortar la comunicación, la puerta se abrió de un empujón y ambos hermanos dieron un respingo al ver entrar a Guillermo.

GUILLERMO – Chicos. Chicos, tenemos que parar esto.

GUSTAVO – ¿Qué pasa?

Guillermo subió con delicadeza la persiana, e invitó a los hermanos a echar un vistazo a través de la ventana. El ruido del generador había atraído a un buen puñado de infectados, que deambulaban despistados alrededor del edificio, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse. Estaban rodeados.

Tardaron más de tres horas en deshacerse de la mayor parte de ellos y tener la certeza de que el resto habían abandonado la zona antes de armarse de valor y volver al coche de Guillermo. De no haber contado con el arco de Gustavo y su envidiable puntería, esa noche la hubieran pasado ahí dentro.

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