3×1189 – Renegados

Publicado: 09/03/2019 en Al otro lado de la vida

XXVI. DESTIERRO

Todo acto tiene sus consecuencias

1189

 

Costa oriental de Nefesh

27 de enero de 2009

 

Trece pares de ojos observaban alejarse el coche desde el baluarte sur. Ninguno de ellos les apuntaba con arma alguna, pero tanto Bárbara como su hermano se sentían como si realmente lo estuvieran haciendo. En esos momentos pesaba más el orgullo herido por haber sido expulsados del grupo cual apestados que la conciencia de que realmente se lo habían ganado a pulso, arrastrando consigo en el proceso a la pequeña de la cinta violeta en la muñeca.

Ellos, aún bastante aturdidos por la inesperada revelación, no hacían más que corroborar que efectivamente se iban, sin ser realmente conscientes de lo que acababan de hacer, ignorantes que al exponerles de ese modo a una muerte más que probable, sin haberles dejado siquiera ocasión para explicarse, no eran en absoluto mejores que ellos. Guillermo había puesto rumbo al sur por mera inercia, alejándose de la urbe.

El silencio reinaba en el interior de coche que sus potenciales verdugos habían consentido en brindarles para su destierro, tan solo roto por el ocasional ruido del limpiaparabrisas. Nadie osaba mirar a los ojos del prójimo. Guillermo, que había amanecido convencido que ya nada podía salir peor, y que era imposible sentirse más mal de lo que ya se sentía, estaba sorprendido por la envergadura de su equivocación. No habrían avanzado ni un kilómetro, a duras penas habían tenido ocasión de perder de vista a Bayit, cuando el investigador biomédico aminoró la marcha hasta detener el vehículo. Por fortuna, no habían visto un solo infectado vivo desde que partieran.

BÁRBARA – ¿Qué haces?

Guillermo inspiró profundo y soltó el aire lentamente entre los labios.

GUILLERMO – Os voy a llevar de vuelta. No os puedo arrastrar conmigo en esto. Vosotras no tenéis culpa de nada. Yo sí me lo merezco. Vosotras no.

Bárbara cruzó su mirada a través del retrovisor con la de Zoe, que se encontraba detrás de ella, en uno de los asientos traseros del vehículo. Era la primera vez que lo hacían desde que se subieran al coche.

BÁRBARA – Haz el favor de callarte, ¿quieres? Ellos no son mejores que tú. No saben absolutamente nada de lo que pasó, de lo que tú has pasado, y aún así, nos han echado a los leones, por mera venganza ciega. Tú también lo has perdido todo.

GUILLERMO – No. Bárbara. Ellos tienen razón. Es lo que tú decías, desde el principio.

El investigador biomédico negó con la cabeza a toda velocidad, al tiempo que comenzaba a girar el volante. Su hermana le puso una mano encima de la suya, con delicadeza pero con contundencia.

BÁRBARA – Que no, que pares.

Guillermo la miró a los ojos, tan parecidos a los suyos, que habían adquirido un brillo característico. Daba la impresión que fuese a estallar en llanto de un momento a otro.

GUILLERMO – ¿Qué quieres que hagamos? No tenemos a dónde ir.

BÁRBARA – Te equivocas.

GUILLERMO – Abril también nos va a echar a patadas en cuanto se entere. Y no pienso estar dando vueltas por ahí con vosotras hasta que nos acaben matando. Ya tengo demasiadas muertes en la conciencia.

La profesora negó sutilmente con un gesto de la cabeza, muy segura de sí misma. Se llevó una mano al bolsillo, hizo a un lado la minúscula bolsa de plástico en la que se encontraba la pajarita de papel que había hecho su sobrino meses atrás, y sacó de nuevo la mano, mostrando unas llaves.

BÁRBARA – En esta isla infecta ya no se nos ha perdido nada. Pero los tres sabemos de un sitio en el que podemos empezar de cero.

Guillermo conocía muy bien esas llaves. Eran las de Nueva Esperanza, el barco que les había traído hasta Nefesh. Guillermo no alcanzaba a comprender cómo Bárbara había podido hacerse con ellas antes de abandonar el barrio.

BÁRBARA – ¿Te acuerdas de dónde dejamos el barco?

El investigador biomédico asintió, cabizbajo. No le gustaba un pelo la actitud que estaba adoptando su hermana, pero no se sentía con fuerzas para discutir con ella. Al fin y al cabo, su propuesta era bastante más atractiva que devolverlas a ambas a Bayit para acto seguido abandonarse a la desidia y acabar muriendo en pocos días.

BÁRBARA – Pues ya sabes.

Guillermo tragó saliva, debatiéndose internamente sobre si hacer caso de las órdenes de su hermana o por el contrario ignorarla y volver sobre sus pasos.

BÁRBARA – ¡No! Vamos a hacer las cosas bien. Vamos a hacer las cosas bien por una… vez. Quiero hablar con Abril.

El investigador biomédico chistó con la lengua.

GUILLERMO – No va a servir de nada.

BÁRBARA – No sé si va a servir o no de nada, pero no quiero irme de aquí sin darle la oportunidad de mandarnos al infierno. Y si aún así, después de explicárselo todo, quiere venirse con nosotros, será bienvenida.

GUILLERMO – Nos va a mandar a freír espárragos. Lo que no sé es por qué no lo has hecho tú todavía, Zoe.

Guillermo giró el cuello y cruzó su mirada con la de la niña, que enseguida se puso en tensión. Había estado escuchando la conversación, sin intención alguna de involucrarse, y ahora el corazón le latía a toda velocidad bajo el pecho.

BÁRBARA – Vamos a ir donde Abril, y luego pondremos rumbo a Éseb. No se hable más. Y le vamos a explicar a Zoe todo. Todo. Creo que se lo merece.

El investigador biomédico asintió. No podía estar más de acuerdo con su hermana. Tragó saliva. No hizo falta que Bárbara le insistiera. Era algo que necesitaba hacer desde hacía demasiado tiempo.

GUILLERMO – Nuestro padre, José Vidal, fue quien fundó la compañía farmacéutica ЯЭGENЄR. Yo, en cuanto acabé la carrera y el doctorado, me puse a trabajar con él. Él fue quien inventó la vacuna, quien ayudó a miles de millones de personas en todo el mundo. Ahí… también trabajaba tu padre, Adolfo. Yo le conocí. Era muy buen hombre, muy educado y atento.

Zoe notó cómo se le humedecían sus ojos, otrora verdes, ahora inyectados en sangre.

GUILLERMO – Hace unos veinte años, nuestra madre enfermó. Mi padre se obsesionó con curarla, aún sabiendo que el mal que había contraído no tenía cura. Sí la hubiera tenido hoy en día, irónicamente… Trabajaba día y noche, contrarreloj, intentando encontrar una manera de evitar que muriera, desechando una tras otra docenas de versiones de la vacuna con la que pretendía salvarla, pero… no llegó a tiempo. Nuestra madre murió.

Se lo explicó todo, con pelos y señales, desde el modo cómo intentó recuperar a su padre, hasta el motivo por el que ella, milagrosamente, había salvado la vida después de resultar infectada, motivo por el cual sus ojos lucían ahora aquél inquietante aspecto. La niña lo escuchó todo sin abrir la boca, sorprendida y escandalizada a partes iguales.

Todo cuanto escuchó de boca de los dos últimos integrantes de la familia Vidal no hizo sino reafirmar su decisión de unirse a su grupo de renegados. Sabía a ciencia cierta que, de haber tenido en su mano la oportunidad de recuperar a alguno de sus padres, ella tampoco hubiese dudado un segundo en intentarlo, fuera cual fuese el precio a pagar.

Para cuando Guillermo acabó su larguísimo monólogo ya había parado de llover, y no les faltaba mucho para llegar a la mansión de Nemesio.

comentarios
  1. Fran dice:

    Muy buen capítulo, David, me ha gustado y se nota que se acerca el final.
    Gracias, David.

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