3×1191 – Justo

Publicado: 16/03/2019 en Al otro lado de la vida

1191

 

Ensenada Tamir, costa este de la isla de Nefesh

27 de enero de 2009

 

Bárbara acabó con la vida de Juanjo instantes antes de reconocer su identidad. El banquero cayó al duro y frío suelo de la nave con seis agujeros más de los que tenía al despertar esa mañana: los cuatro que había recibido en el torso efectuados por el arma del aterrido Guillermo, el del certero y oportuno disparo en la cabeza que le brindó Bárbara y el de la fea herida de su cuello, la misma que había acabado con su vida horas antes y le había transformado en infectado.

Su periplo a solas tras la gran revelación que había brindado a los habitantes de Bayit empezó genuinamente bien. Con el enorme botín que había ido acumulando para el invierno como la hormiga del cuento popular en su poder, había huido del barrio tal como lo hiciera el irresponsable capitán de un barco que se está hundiendo: al fin y al cabo, éste ya no era un lugar seguro.

Por primera vez en mucho tiempo se sentía realmente a gusto: él era una persona extremadamente misántropa y algo sociópata, perfil que se había acentuado hasta cotas insospechables desde el inicio de la pandemia, y la vida en esa microsociedad jamás le había acabado de gustar. Estaba tan ilusionado por la nueva etapa lejos de una gente a la que había aprendido a detestar con toda su alma, como enojado con Paris por todo el mal que había hecho a sus anteriores planes en su ridícula misión suicida, haciendo del barrio un lugar igual de poco apetecible que cualquier otro rincón de la isla.

Sabía muy bien lo que hacía y hacia dónde debía dirigirse para llevar a término la última fase de su plan de ermitaño: muchos de sus anteriores clientes habían vivido ahí, y al fin y al cabo, él era un vecino más de la isla y conocía perfectamente la zona. El hecho de no encontrar ningún infectado por el camino hizo que bajase la guardia. Llegó a la ensenada en un abrir y cerrar de ojos, y se sorprendió muy gratamente al descubrir que el barco seguía ahí, de una pieza, aunque debajo de aquella enorme lona azul.

No fue más que un descuido, un error acentuado por la especial parsimonia y cautela con la que se movía aquél joven infectado, que lo único que buscaba era un lugar donde resguardarse de la lluvia que pronto remitiría. Tan emocionado estaba con su hallazgo que olvidó cerrar la puerta. Sabía a ciencia cierta que los infectados odiaban la lluvia, y se confió. Ese fue su error.

Tan solo pretendía quitar la lona para contemplar su nueva adquisición: no debería tardar ni un minuto. El infectado, que había estado rondando la zona a solas desde hacía varios días, se había acercado atraído por el ruido de la furgoneta, y había visto el cielo abierto al encontrar la nave: todas y cada una de las casas de la zona estaban concienzudamente cerradas, y él ya no podía soportar más aquella ominosa sensación de impotencia al recibir en su cuerpo el embate de la naturaleza en forma de lluvia.

Juanjo aún estaba tirando de la lona para liberar a Nueva Esperanza cuando el infectado, un joven de unos doce años cuyo padre él mismo había desahuciado de su vivienda pocos meses después del fallecimiento de su esposa, se abalanzó sobre él y le hundió los dientes en la yugular, cual vampiro diurno.

No murió al instante, e incluso tuvo tiempo de acribillar a balazos al chaval. Pese a estar armado, era increíblemente torpe y acabó vaciando en su joven cuerpo hasta la última bala que había en el cargador de su pistola semiautomática, demostrando no haber aprendido absolutamente nada de los consejos  que le había dado el dinamitero. No estaba en absoluto preparado para lidiar solo con un problema de semejante calibre. No fue hasta entonces que comprendió la importancia de la comunidad; las bondades del apoyo del prójimo en momentos tan críticos.

El dolor resultaba lacerante, y contemplar semejante cantidad de sangre, aunque fuese la suya propia, le hizo perder el conocimiento. Despertó un par de minutos más tarde, sobre un charco rojo. Su rostro había palidecido, y se sentía mareado y débil, pero enseguida se puso en movimiento, consciente que si seguía perdiendo sangre a esa velocidad, acabaría muriendo en menos de una hora.

Intentó practicarse un torniquete en el cuello, tan solo para darse cuenta que era una idea en entero ridícula. De todos modos, era perfectamente consciente que ya estaba infectado, y habida cuenta que estaba vacunado, acabaría pereciendo como cualquier otro hijo de vecino. Pero ello tampoco le amedrentó. Intentó por todos los medios cortar la hemorragia, gritando de dolor al taponar la fea herida con sus rechonchas manos, pero todo esfuerzo fue en vano. Murió desangrado media hora más tarde, junto al cadáver del chico. Su muerte fue igual de gratuita y ridícula que su vida.

Tardó varias horas en resucitar. Cuando lo hizo, la lluvia ya hacía largo rato que había remitido. Se levantó, ya con la herida cicatrizada, mientras su cuerpo se afanaba en fabricar nueva sangre que repusiera tanta como había perdido. Estaba hambriento, aunque en realidad no tenía hambre. Era otro tipo de hambre la que le aquejaba, y tal hecho le estaba resultando de lo más molesto.

Lo primero que hizo fue reparar en el chico que él mismo había matado a sangre fría. Se arrodilló junto a él y le olisqueó. Algo dentro de sí le dijo que por más hambriento que estuviera, hincar el diente en su joven carne no era una buena idea. Se puso de nuevo en pie y comenzó a deambular por la nave, sin ningún tipo de plan, cuando de repente, escuchó un sonido.

Se trataba del ruido de un motor de coche, aunque a esas alturas él ya había perdido la capacidad para discernir de qué se trataba. Comenzó a caminar hacia la puerta de entrada y al ver aquellas dos siluetas en su umbral, corrió para alcanzarlas, llamándoles la atención con un alarido animal. Las balas le alcanzaron mucho antes que él pudiera posar sus ensangrentadas manos sobre ninguno de los hermanos Vidal.

comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Ay pero que lindo!!!!

    D-Rock.

  2. Carol dice:

    Bueno….Pues ya está. El título del capítulo hace honor al contenido.
    PD: David, en el último párrafo creo que hay un pequeño error: “se trataba del ruido del un motor de un coche”. Entiendo que debería ser “se trataba del ruido de un motor de coche”

  3. Angela dice:

    Gracias David!! cuando leí el comienzo del capitulo, se me formo una sonrisa en la cara pensando en que por fin había pagado sus malas artes ese pusilánime, después leí que había sido infectado, pues mejor o quizás se les habría pegado como pulga a perro.
    Un maldito menos.
    Excelente capitulo.

  4. Fran dice:

    Diosssss!!! Por fin!!!
    Odiaba con toda mi alma a ese personaje.
    Gracias David.

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