3×1192 – Ironía

Publicado: 19/03/2019 en Al otro lado de la vida

1192

 

Ensenada Tamir, costa este de la isla de Nefesh

27 de enero de 2009

 

Ambos hermanos se miraron, incapaces de dar crédito a lo que les mostraban sus ojos. Ese era el último sitio en el que hubieran esperado encontrar al banquero. Zoe entró a toda prisa en la nave, agitada, sosteniendo su propia arma: llegaba tarde. La niña contempló el cadáver que yacía a escasos cuatro metros de la entrada, y se llevó la mano izquierda a la boca.

ZOE – ¡Es Juanjo!

La niña pelirroja miró a Bárbara, como exigiéndole una explicación. La profesora estaba tan sorprendida como ella, y aún le duraba el temblor en las piernas ante el susto. Eso era algo que, por más tiempo que pasara, jamás desaparecía. Por más que a esas alturas ya se habían acostumbrado a vivir en ese nuevo mundo hostil, esos picos de pánico y adrenalina resultaban siempre genuinamente inesperados y poco bienvenidos.

GUILLERMO – ¿Qué diablos? ¿Qué hacía este tío aquí?

BÁRBARA – Pues… con toda seguridad, lo mismo que nosotros.

Zoe se adelantó un poco más y le observó de cerca. Los ojos de Juanjo eran idénticos a los suyos, salvo por el hecho que los de él carecían de vida, y miraban al vacío, a algún lugar indeterminado entre la cubierta a dos aguas y la pared frontal de la nave. Era plenamente consciente que si ella estaba ahí, si Bárbara y su hermano habían sido expulsados de Bayit, era debido exclusivamente a las malas artes de aquél hombre bajito y huraño. No sintió la menor lástima por él, pero tampoco se alegró por su muerte. De lo que no cabía la menor duda era que no volvería a levantarse: la profesora había hecho un trabajo excelente.

Bárbara se colocó a su vera, y ambas se aguantaron la mirada unos segundos. Guillermo se mantuvo quieto frente al umbral de la puerta. Seguía ampliamente consternado: él no estaba tan acostumbrado como ellas a disparar y acabar con la vida de aquellos viles seres. Ambas hicieron el mismo camino que había tomado Juanjo, pero a la inversa, y encontraron el cadáver de su verdugo, un chico algo mayor que Zoe, con una cantidad a todas luces ridícula de agujeros de bala por todo el cuerpo. También descubrieron varios impactos en la pared del fondo, igualmente salpicada de sangre. La historia se explicaba por sí misma.

La profesora echó un vistazo a aquellas grandes letras negras mayúsculas en la eslora del barco, y no pudo evitar recordar a su autor. Aún le costaría mucho asumir que Carlos se había ido para no volver.

GUILLERMO – ¡Chicas!

Bárbara y Zoe se giraron al escuchar la voz de Guillermo. Aunque no parecía en absoluto asustado, su hermana salió corriendo hacia la puerta de entrada, pues su voz venía de fuera. El investigador biomédico había encontrado las llaves de la furgoneta en uno de los bolsillos del anorak que el banquero llevaba puesto, y la había utilizado para abrir el portón trasero de la furgoneta. Lo que vio ahí detrás le dejó tan perplejo que no pudo evitar compartirlo con sus compañeras de viaje.

La cantidad de comida y agua que Juanjo había robado impunemente del barrio durante meses resultaba abrumadora. No les costó reconocer que la fuente de semejante botín era la misma de la que ellos habían estado alimentándose desde que comenzaron a vivir en el barrio amurallado: la sala de baile de la discoteca del centro de ocio. Se sintieron increíblemente estúpidos y ultrajados por no haberse percatado antes.

Juanjo había estado robándoles desde sólo Dios sabía hacía cuánto tiempo, y tras echarles a los leones, delatando a Guillermo con el único propósito de crear más confrontación entre ellos, igual que había hecho con Paris, había abandonado Bayit para robar el barco y dejarles desamparados, a merced de los infectados. Bárbara incluso se alegró de haber acabado con su vida, infectado o no. Ese hombre era la maldad personificada, y merecía cuanto le había ocurrido.

La furgoneta estaba tan cargada que a duras penas hubieran podido meter un par de cajas de zapatos. Tras sacar de la nave los dos cadáveres, Guillermo se encargó de introducir la furgoneta, de igual modo que el coche que les había traído hasta ahí, y acto seguido cerraron tras de sí, sabiéndose de nuevo seguros.

Comenzaron a desperdigar el contenido de la furgoneta por el suelo, frente a aquella pequeña oficina. La mayor parte de su contenido era alimento y bebida, pero también había algunas armas y algo de munición. Incluso munición de armas que el banquero no había traído consigo. También encontraron varios libros y manuales de navegación, así como bastante material de pesca e incluso un extraño artilugio que parecía extremadamente caro y delicado, que no tardaron mucho en averiguar que se trataba de una desalinizadora portátil de agua salada, que les haría la vida mucho más fácil en alta mar.

Para cuando acabaron de hacer inventario de todo cuanto disponían, al menos diez o doce veces más de lo que tenían al llegar, ya era demasiado tarde para llevar el barco al puerto y partir de Nefesh. Cenaron en la pequeña oficina de la que disponía la nave, a la luz de las linternas, aún incapaces de creerse la suerte que habían tenido, después de lo increíblemente mal que había empezado el día. Devolver todo eso a los actuales habitantes de Bayit fue algo que ninguno de los tres llegó siquiera a contemplar.

Habida cuenta que disponían de dormitorios más que suficientes en el barco, decidieron pasar ahí la noche. Zoe y Bárbara ocuparon una de las grandes camas; Guillermo se acostó en otra, en el extremo opuesto del navío. Pasada la medianoche, Bárbara despertó, tras el enésimo codazo de la niña. Zoe dormía a pierna suelta, emitiendo aquellos extraños soniditos tan característicos. Bárbara se dirigió al baño, pero antes de entrar echó un vistazo a la puerta entreabierta del dormitorio de su hermano: la cama estaba vacía.

Tras revisar el barco y concluir que Guillermo no estaba dentro, bajó y anduvo en silencio por la nave, hasta aquella pequeña oficina. Un hilillo de luz se filtraba por debajo del minúsculo cuarto de baño. Bárbara se acercó un poco más, pero paró en el umbral de la puerta de la oficina al escuchar los sollozos y el llanto de su hermano. Algo se rompió dentro de sí. Llegó incluso a colocar su mano sobre el tirador de la puerta, pero no tuvo valor para abrirla, y acabó volviendo sobre sus pasos, con el alma a los pies.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, Juanjo termino bien después de todo lo que hizo, nadie lo culpo, nadie se entero de sus egoísmos y vil proceder, solo ellos tres después de muerto, se enteraron de lo urdido y de los planes que este tenia.
    Claramente Guillermo se encuentra en una crisis, son malas decisiones, malos actos, mala suerte y todo ha ocurrido de manera muy rápida, pregunto… seguirá adelante?
    qué pasara con los antes amigos de Barbara y Zoe?? los volverán a ver?

  2. Fran dice:

    Seguimos bien…
    Una cosa David, cuando Guillermo dice:
    – “¡Chichas!”
    No querrá decir
    – “¡Chicas!
    ¿O se refiere a comida? 😉

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