3×1195 – Desolación

Publicado: 30/03/2019 en Al otro lado de la vida

1195

 

Velero Nueva Esperanza, Mar Mediterráneo

1 de febrero de 2008

 

Bárbara y Zoe aún dormían. Guillermo estaba fumándose un cigarro en la cubierta. Era el tercero seguido. Lo hacía por mera inercia, siquiera sin ser consciente de ello: ya ni se ocultaba de su hermana ni de la niña al encenderlos. La panorámica del alba en mitad del mar resultaba abrumadoramente bella, pero él había perdido la capacidad de apreciar la belleza en el mundo. Tras la muerte de su hijo, ya nada tenía sentido para él. Si seguía adelante, era únicamente por no ponérselo aún más difícil a Bárbara.

Aspiró el humo del tabaco y lo mantuvo en los pulmones una cantidad a todas luces excesiva de tiempo, hasta que no pudo soportarlo mas y empezó a toser. Aunque sabía que el virus que corría por sus venas no le permitiría hacerse daño, por más que él quisiera, sentía la necesidad de autolesionarse. No había momento que no se arrepintiese de haber estado ausente, charlando con Abril, cuando Paris subió al ático a descargar sobre él toda su ira, después que Juanjo le lavase el cerebro. Deseaba con todas sus fuerzas haber sido él su víctima, y no el pobre Guille, que no tenía culpa de nada. Pero eso era algo escrito a fuego en el libro del destino que él jamás podría cambiar.

Consumió el cigarro hasta prácticamente comenzar a quemar el filtro, y acto seguido lo tiró por la borda despreocupadamente, igual que había hecho con los anteriores. Lo siguió con la mirada, y no fue hasta entonces cuando se dio cuenta de lo que había tenido delante de las narices durante varios minutos. Por inesperado, lo que vio le sorprendió y le inquietó a partes iguales.

Era madera, o tal vez plástico. Estaba demasiado chamuscado para determinarlo con claridad, pero de lo que no cabía duda era que flotaba. Una rápida inspección ocular le convenció que no se trataba de algo meramente circunstancial: había muchos más escombros y basura, la mayor parte de los cuales resultaba evidente que habían sido quemados, flotando a la deriva alrededor del barco. El problema residía en el hecho que estaban ya muy cerca del islote. No se lo pensó dos veces y fue a avisar a las chicas de su hallazgo.

Aún con cara de sueño, intentando ocultar un bostezo, Bárbara descubrió el islote en la lontananza haciendo uso de los prismáticos. Zoe se mostró especialmente inquieta ante el hallazgo: no auguraba buenas noticias, y ella había puesto toda su ilusión y su esperanza en reencontrarse con Samuel y con el amigo de su padre, en esa nueva etapa de su vida. De todos modos, estaban demasiado lejos para adelantar cualquier conjetura.

Tras una brevísima discusión tomaron la decisión de aproximarse al islote a aclarar a qué era debido todo aquello. No les hizo falta siquiera encender el motor: la fuerza del viento fue más que suficiente para guiarles hacia su destino, sin apenas variar el rumbo. De hecho, no lo habían encendido más que para alejarse de Nefesh, y si lo habían hecho había sido por la martilleante insistencia de Zoe, que aún tenía grabado a fuego el hundimiento del barco que les llevó a la isla por primera vez, del que seguía sintiéndose única responsable. Habían sabido guiar la nave con mano experta desde entonces, sin ningún contratiempo, y con un margen de error prácticamente nulo. Darío hubiera estado orgulloso de ellos.

Eso era algo en lo que Bárbara había pensado mucho los últimos días. Era bien cierto que su hermano había empujado la primera ficha del macabro dominó que había acabado desembocando en aquél desastre, pero también era cierto que de no ser por él, Darío seguiría postrado en una silla de ruedas, haciéndose las necesidades encima, sin recordar el nombre de su nieta. Maya también seguiría postrada en una silla de ruedas, de por vida, y Christian, quién más había puesto de su parte para expulsarles, y a quien más rencor guardaba Bárbara, con toda seguridad estaría muerto a esas alturas, pues Héctor se la tenía jurada, y antes o después hubiera encontrado la oportunidad para apuñalarlo por la espalda. Le resultaba especialmente irónico que el ex presidiario hubiese sido el primero en echarles en cara haber ocultado su secreto, cuando él tardó meses en desvelar el suyo propio, siendo el motivo de tal arrebato de sinceridad el desafortunado comentario de uno de sus compañeros de prisión, y no su propia iniciativa.

El ánimo fue decreciendo a medida que menguaba la distancia que les separaba del islote. El silencio se apoderó de Nueva Esperanza, cuyo nombre resultaba muy poco afortunado en esos momentos. De la enorme cantidad de barcos que habían visto rodeando el islote la última vez que estuvieron ahí, tan solo quedaban tres en pie: dos de ellos estaban medio chamuscados, y el tercero tenía una brecha enorme en el casco, que había inundado el interior, pero que por algún extraño motivo, no había supuesto su hundimiento. Si no se habían ido a la deriva era exclusivamente porque seguían anclados al fondo marino. Los pedazos chamuscados que habían visto flotando debían proceder tanto de ahí como de otro montón de barcos que a esas alturas servirían de casa a los peces, porque el nivel de basura flotante alrededor del islote era enorme.

A la que tuvieron ocasión de acercarse algo más pudieron contemplar, apesadumbrados, que la infección también había llegado hasta Éseb. Guillermo se maldijo por ello. No debían quedar más de quince personas con vida en el islote, pero todas y cada una de ellas estaban infectadas, y habían reparado en ellos. No obstante, parecían saber muy bien que no les convenía adentrarse en el agua: con toda seguridad habrían visto perecer a muchos de sus congéneres, y se limitaron a seguirles por la orilla, ansiando que se acercasen para poder echarles el guante.

Con un nudo en el estómago, imaginando que Jesús, Marta, Víctor o incluso Samuel podrían perfectamente ser uno de ellos, se aproximaron algo más. Un rápido vistazo con los prismáticos les invitó a convencerse de lo contrario, pero al mismo tiempo les permitió comprobar que había muchos, incluso demasiados cadáveres diseminados por el suelo, lo cual no resultaba en absoluto un consuelo. Ninguno de los tres alcanzó a comprender lo que estaban viendo. Aquello no albergaba ningún sentido para ellos.

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