3×1196 – Reconquista

Publicado: 01/04/2019 en Al otro lado de la vida

1196

 

Islote Éseb

1 de febrero de 2009

 

No era la primera vez que lo hacían, pero de algún modo, ésta fue muy diferente al resto.

Acabar con la vida de todos aquellos infectados no fue tarea complicada, incluso con el hándicap añadido del vaivén de las olas. Los sujetos se mantenían relativamente quietos, y para cuanto ellos estaban acostumbrados, había muy pocos. A ello se le debía sumar el hecho que sabían a ciencia cierta que sus vidas no peligraban, pues los infectados no tenían modo alguno de alcanzarles, y que disponían de munición más que suficiente para hacer frente a muchos más que ellos, aunque malgastaron bastante.

El problema residía en sus identidades. Esas eran las personas con las que pretendían venir a convivir, tras haber sido expulsados del último asentamiento en el que habían vivido durante meses, al que incluso habían llegado a considerar su hogar. Por fortuna, no tuvieron que lidiar con la siempre desagradable experiencia de ajusticiar a un infectado que en tiempos había sido una persona cercana.

Sin embargo, pese a que no les conocían personalmente, sí reconocieron entre ellos algunas caras, de los muchos que tan bien les habían tratado la última vez que estuvieron ahí, acogiendo a Samuel en su seno sin ningún tipo de titubeo. Incluso se sintieron mal, porque no fueron capaces de recordar el nombre de ninguno de ellos. Resultaba excepcionalmente triste, e invitaba a la misma reflexión en la que se sumergían durante el extraño trance en el que se sumían siempre que se veían obligados a acabar con las vidas anónimas de quienes tan solo habían tenido menos suerte o menos habilidad que ellos para mantenerse con vida.

Acabaron pronto, pero no se sintieron orgullosos de su hazaña. Incluso tuvieron la impresión que los infectados hubieran estado esperándoles, demandando que acabasen con el sinsentido en el que se había convertido su vida, al no ofrecer ningún tipo de resistencia. El que peor lo llevó fue Guillermo, que, sumido en ese hondo pozo de martirio en el que llevaba hundido desde que descubriese a su hijo muerto, se sabía doblemente verdugo de cada infectado al que libraba de la humillante y triste carga que aquél maldito virus había impuesto a su cuerpo y a su mente.

Pese a que nada de lo que estaba ocurriendo formaba parte del plan original, cuanto habían arriesgado para llegar hasta ahí bien seguía justificando con creces arribar al islote. En cierto modo, era como volver a Nefesh, pero en miniatura. La isla pasaba a ser un islote; el amplio grupo, un simple trío de personas. Ahí la ingenua e irrealizable idea de librar de infectados a la isla, con la que todos habían soñado en más de una ocasión durante los turnos de limpieza, era perfectamente viable.

Atracaron haciendo uso del bote rojo de remos, después de haber dejado a Nueva Esperanza anclada a corta distancia. Lo hicieron los tres, armados, serios y sin apenas mediar palabra. Tan solo encontraron un par de infectados vivos más, encerrados en dos de las pequeñas cabañas de madera. Acabaron con su inútil existencia y, de igual modo que habían hecho con el resto, les arrastraron hasta la orilla, dejándoles a merced del oleaje, para que el mar se hiciera cargo de ellos: resultaba mucho más rápido, sencillo y eficiente que incinerarles.

Por más que revisaron a conciencia todo el islote, desde el gran comedor, pasando por todas y cada una de las cabañas de madera, e incluso los contenedores marítimos, no fueron capaces de encontrar a nadie vivo que no estuviera infectado. Daba la impresión que todos hubiesen huido, llevándose consigo todos y cada uno de los animales, a excepción de un pequeño pato, que parecía haber sido capaz de despistar durante días a todos los infectados, pero que se resistía a salir volando en busca de un destino mejor.

No había rastro de ningún otro de los muchos animales que vieran la última vez que estuvieron ahí, salvo algún que otro cadáver mordisqueado. Tampoco fueron capaces de encontrar ningún tipo de alimento, ni el pienso de los animales, el agua, y la mayor parte de las herramientas y útiles, al igual que el fruto de los cultivos y casi todos los barcos. Ninguno de los tres alcanzaba a entender qué podía haber cambiado en tan poco tiempo para que aquél idílico paraje, la tierra prometida donde se habían querido convencer que podrían empezar de cero, acabase de ese modo.

Un análisis más exhaustivo les brindó pistas sorpresivas a la par que inquietantes. Lo que de entrada daba la impresión de haber sido un rápido declive como el de Nefesh, cuando finalmente la infección acabó reclamándola, mucho más tarde que al resto del mundo, se diluyó al tiempo que iban observando los demás cadáveres que se iban encontrando desperdigados por doquier. La enorme mayoría de ellos habían recibido disparos en cabeza o pecho, pero ni una cuarta parte de ellos habían resultado infectados antes de morir, a juzgar por el aspecto de sus ojos. Uno o dos de ellos, bien podrían haberlos atribuido al fuego amigo de personas asustadas que tratasen de salvar la vida, pero eran a todas luces demasiados. Los tres tuvieron idéntica impresión: la de que lo que había ocurrido ahí había sido fruto del hombre, y no de la infección. Ello les hizo sentirse algo más tranquilos, dadas las circunstancias, pues ahí ya no quedaba nada más por robar.

Había cascotes de bala por doquier, incluso cuando ellos sabían que los habitantes del islote carecían de armas de fuego con las que defenderse. Bárbara no pudo evitar recordar las palabras de Víctor cuando ella le ofreció su pistola; el modo cómo la había rechazado, la expresión seria y triste en sus ojos. Se lamentaba por ello, porque aunque no fueron capaces de encontrar su cadáver ni el de Samuel, la profesora estaba convencida que la habrían necesitado, a juzgar por lo que todo apuntaba a que había ocurrido ahí.

Sí encontraron el cadáver de Marta, aunque por fortuna no el de su hijo. Estaba al fondo de todo del comedor, frente a aquellas bellísimas vistas a la playa virgen de arena blanca. Ella sí había resultado infectada, pero alguien se había encargado de acabar con su vida, a juzgar por el orificio de bala que lucía su sien izquierda. Salieron del comedor en silencio y con bastante mal cuerpo. Pese a lo absurdo y arbitrario que resultaba, Zoe se empeñó en darle sepultura, y Bárbara no supo decirle que no. El suyo fue el único cadáver que enterraron en vez de echar a la mar.

La profesora se sintió bastante reconfortada y agradecida. Ello le hizo reflexionar sobre la crueldad inherente al modo como habían estado deshaciéndose de los cadáveres de todos cuantos habían matado hasta el momento, que podían contarse por cientos. Que conociesen a Marta no hacía que todos los demás no tuviesen también una vida previa a su infección, y mereciesen idéntica deferencia en su despedida definitiva.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David por estos capítulos llenos de… desolación… ahora estoy pensando que aparecen en escena unos nuevos malvados que van surcando mares saqueando y matando las personas sanas, pobres los que quedan en Nefesh, si los llegan a encontrar.
    Regresaran a la Isla?
    Volverán al continente?

  2. Fran dice:

    El avión que avistaron tendrá algo que ver,,,?

  3. Carol dice:

    David, ya lo has vuelto a hacer (aunque, en algún momento has parado? 😁)…En fin, que aquí estamos otra vez dándole a la cabeza para ver qué significan las pistas!. Pues eso, que tengo exactamente la misma pregunta que Fran. Será eso….o algo 😉

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