3×1198 – Despertar

Publicado: 08/04/2019 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 11

Emplatar y servir. Bon appétit.

 

 

1198

 

Comisaría de Bejor

7 de diciembre de 2008

Guillermo estaba que se subía por las paredes. Hacía del orden de cinco minutos que habían cortado la comunicación, aunque si le hubieran preguntado, él hubiera jurado que había pasado más de media hora. No cabía en sí de nerviosismo, y Olga, su única compañía en aquella comisaría abandonada, había preferido no mediar palabra con él, viéndole tan afectado.

Por lo que le habían contado, al parecer Bárbara había perdido el conocimiento fruto de la fuerte impresión al saber que él seguía con vida. De todos modos, y aunque se tratase de una tontería sin importancia, el investigador biomédico no se quedaría realmente tranquilo hasta que volviese a oír su voz.

La idea de cortar la comunicación había sido de un tal Carlos, otro de los habitantes de aquél barrio amurallado en el que vivía su hermana. Sugirió llamar a una amiga que tenían, que era médico, para que les asesorase sobre cómo proceder con Bárbara. Guillermo, aunque a regañadientes, acabó accediendo. Ahora se arrepentía enormemente de su decisión, convencido que serían incapaces de volver a restaurar la conexión de radio, y que jamás volvería a saber nada de su hermana.

Un estridente sonido le abstrajo de sus lúgubres cábalas. Aunque consciente de lo que tanto ese sonido como el del generador portátil podrían entrañar, el investigador biomédico sintió un regocijo mayúsculo. Sin duda echarían mucho de menos a Gustavo y a su envidiable puntería con el arco cuando decidieran abandonar la comisaría. Al menos esta vez habían aparcado mucho más cerca de la ventana del baño por la que se habían colado, y con un poco de suerte no tendrían que lidiar con la mayor parte de los infectados que sin duda habrían acudido o acabarían acudiendo al amparo del ruido.

La inconfundible voz de Samuel, ligeramente distorsionada por la radio, sonó alta y clara por los altavoces.

SAMUEL – ¡Ahí lo tienes!

GUILLERMO – ¡¿Bárbara?!

El corazón de Guillermo amenazaba con salírsele del pecho. Esperó un segundo. Dos. Su hermana no respondía. Cruzó su mirada con la de Olga, pero ésta se limitó a alzar los hombros. Su mandíbula empezó a traquetear incontrolablemente.

GUILLERMO – ¿Estás ahí? ¿Estás bien?

BÁRBARA – Sí. S… Sí. Guillermo, ¿eres tú de verdad?

GUILLERMO – Sí, Barbie, sí.

Un reconfortante calorcillo emergió del estómago de Guillermo y se extendió rápidamente por todo su cuerpo. Se trataba de su hermana, no cabía el menor atisbo de de suspicacia al respecto, y a juzgar por sus palabras, estaba en posesión de sus plenas facultades mentales. Se sintió extremadamente vinculado con ella, pues al parecer, ella también había movido cielo y tierra para encontrarle, con idéntico éxito hasta que aquél joven negro se había cruzado por casualidad en sus vidas.

La conversación resultó de lo más extraña y artificial para él. La primera y principal preocupación de la profesora fue el estado de su sobrino. Guillermo tuvo que morderse la lengua, y limitarse a responder con evasivas, aunque sin engañarla. Por fortuna, Olga le echó un cable a ese respecto. Deseaba con todas sus fuerzas hacerle mil preguntas y compartir con ella mil y un secretos, pero era consciente que ese no era el momento ni el lugar. Había demasiada gente escuchando.

Pronto la conversación derivó de un modo que él jamás hubiera podido prever, aunque en honor a la verdad, a esas alturas de su vida era mucho más abierto a dar crédito a cosas que antaño hubiese creído impensables e incluso ridículas.

BÁRBARA – ¿Estáis… estáis bien y… seguros ahí donde estáis viviendo ahora?

GUILLERMO – Sí… Es… es un buen sitio.

BÁRBARA – ¿Tenéis comida… para… para aguantar unos días?

GUILLERMO – Sí. Bueno… no mucha, pero vamos tirando. La última vez que salimos a buscar… se nos dio bastante bien.

BÁRBARA – Pues… no os mováis de ahí. ¿Entendido? Quedaos encerrados en la escuela de náutica y no salgáis de ahí pase lo que pase. ¿Vale?

Olga y Guillermo se miraron de nuevo, ambos con el ceño fruncido, expresión que se tornó en el más absoluto desconcierto al escuchar lo que vino a continuación.

BÁRBARA – Voy a ir a buscaros.

GUILLERMO – ¿Qué…? Pero… pero… ¿cómo?

Incapaz de dar crédito al vuelco radical que había dado su vida los últimos minutos, Guillermo se quedó momentáneamente sin palabras. Unos segundos de silencio tenso en los que sólo se oyó el ruido de la estática hicieron aún más incómoda la conversación. Al otro lado de la línea, la situación no era muy distinta.

BÁRBARA – Tenemos un barco.

GUILLERMO – Pero… ¿No se había hundido, cuando…?

BÁRBARA – Otro. Tenemos otro barco.

GUILLERMO – Pero… ¿Vosotros dónde estáis? ¿Quieres decir que sabrás…? Que… ¿Cómo vas a hacer para llegar hasta aquí, para saber dónde…?

BÁRBARA – Eso es cosa mía, Guille, es mi problema. Lo único que necesito de vosotros es que os encerréis donde estáis y no volváis a salir de ahí por nada del mundo hasta que yo llegue a buscaros. ¿Me puedes prometer eso? ¿Puedes hacerlo?

El investigador biomédico no sabía qué responder. Estaba extremadamente ilusionado por el desarrollo de los acontecimientos, y le estaba resultando muy complicado dar crédito a lo sencillo que su hermana se lo estaba pintando todo. Había pasado de un extremo al otro en cuestión de unos minutos, y deseaba con todas sus fuerzas poder contar la buena nueva a su hijo, incluso aunque éste no fuera capaz de comprender sus palabras.

GUILLERMO – Sí… Sí, claro…

BÁRBARA – Pues en unos pocos días nos veremos.

La conversación entre los dos hermanos se demoró más de una hora, aunque no hicieron más que revolotear una y otra vez sobre los mismos temas, siendo incapaces de abordar los que realmente ambos deseaban, por miedo a la reacción que éstos pudieran entrañar en quienes les escuchaban, que no habían osado abrir la boca prácticamente ni un momento desde que ambos hermanos comenzasen a recuperar a marchas forzadas el tiempo perdido.

Cuando finalmente cortaron la comunicación, ya no tenía sentido seguir utilizando la radio. La intención original había sido la de hacer uso de ella para encontrar a Bárbara, pero Samuel se les había adelantado. Olga estaba de muy buen humor, y Guillermo parecía que hubiese estado fumando marihuana, a juzgar por su actitud y la expresión de su cara.

En efecto, todo el jaleo que habían armado en la silenciosa ciudad se había acabado traduciendo irremisiblemente en compañía poco deseada. Tuvieron que pasar la noche ahí, y cuando finalmente consiguieron volver a la escuela de marina la mañana siguiente, lo hicieron prácticamente al mismo tiempo que Gustavo salía por la puerta, arco en mano, dispuesto a ir a rescatarles. Por fortuna no hizo falta.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David. Muy buen capitulo.

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