3×1199 – Dilación

Publicado: 12/04/2019 en Al otro lado de la vida

1199

 

Comisaría de Bejor

15 de diciembre de 2008

 

CHRISTIAN – Seguro que no… seguro que… Deben estar al caer.

CARLOS – Tu hermana es una mujer muy fuerte, créeme. Pondría la mano en el fuego por ella. Lo que pasa es que… deben estar apurando al máximo el viento, para no gastar combustible, y… por eso están tardando tanto. Ahí en mitad del mar… no les puede pasar nada. Tú… estate tranquilo.

Guillermo notó titubear la voz de Carlos a través de la estática de la radio, pero no le dio importancia. El instalador de aires acondicionados sabía a ciencia cierta que no por estar en alta mar dejaban de correr riesgos: Salvador y Morgan bien podían dar fe de ello, allá donde estuvieran. Él estaba tanto o más preocupado por Bárbara que su propio hermano, y esa demora de más de una semana, sumada a la ausencia de Zoe, le traía por el camino de la amargura.

GUILLERMO – Ojalá tengas razón.

Era la tercera vez consecutiva que volvían a la comisaría desde que Bárbara, acompañada por aquél viejo pescador y su nieta, había abandonado Nefesh para ir a rescatarles. Habían ignorado la petición que la profesora le había hecho a su hermano antes de partir de Nefesh, suplicándole que no abandonaran la escuela de marina, pero Guillermo estaba tan preocupado por ella, y Olga y Gustavo tan ilusionados ante la idea de barrio amurallado, seguro y lleno de alimento que Carlos y Christian les habían prometido, que fueron incapaces de quedarse quietos.

La dilación en su llegada les estaba empezando a hacer mella, amén del hecho que ya apenas tenían con qué alimentarse. Saberse a punto de ser rescatados había hecho que dejasen de racionar la comida con la misma disciplina que hasta el momento, y ésta cada vez escaseaba más. Pero por más y más días que pasaban mirando el horizonte marino a través de las ventanas de la escuela de náutica, el barco prometido jamás aparecía.

Pese a todas sus trabas morales autoimpuestas y la férrea oposición de su hermana, Gustavo se había empeñado en acompañarles en todas las visitas a la comisaría. No en vano, él era el único de los tres que podía realmente hacer frente a un infectado y, aunque a regañadientes, Olga acabó dando su brazo a torcer, consciente que con su presencia, sus probabilidades de volver de una pieza crecerían exponencialmente. Tan solo había tenido que gastar tres flechas, en la primera de las nuevas visitas, y el infectado al que iban dirigidas ni siquiera había muerto, aunque sí había resultado lo suficientemente aturdido como para permitirles subir de nuevo al coche sin tener que lamentar más que un pequeño susto.

Las conversaciones, tanto con Carlos y Christian como con Samuel solían ser escuetas. Ésta no fue una excepción. Al fin y al cabo, al carecer de novedades y apenas conocerse, habida cuenta que su único nexo era la propia profesora, tampoco tenían mucho más de lo que hablar, y enseguida se despedían, deseando que la próxima vez fuese la definitiva, y que por fin tuvieran buenas nuevas que contarse.

CARLOS – Ah, y… otra cosa. No olvidéis decirnos si… la niña está con ellos, cuando lleguen. Estamos muy preocupados.

Guillermo puso los ojos en blanco. Pese a las pocas ocasiones en las que habían hablado, ya había perdido la cuenta de las veces que el instalador de aires acondicionados le había hecho esa misma solicitud. Todos sospechaban que la niña se había colado en el barco para poder acompañar a Bárbara, pese a la negativa de ésta. Si no estaban en lo cierto, lo más probable es que Zoe ya estuviese muerta a esas alturas. Sus compañeros estaban muy preocupados por ella.

Tras cortar la conversación, Olga, con su melena morena recogida en una trenza lateral que su propio hermano le había hecho esa misma mañana, tomó la delantera y abandonó aquél cuartillo. Su hermano la siguió, arco en mano. Pese a que sabían a ciencia cierta que la comisaría era segura y que ahí dentro jamás había accedido infectado alguno, no estaban dispuestos a dejar nada al azar. Guillermo se demoró un poco más, reflexionando sobre lo acaecido, sin poder evitar seguir imaginando un sinfín de escenarios, a cada cual más trágico, que justificasen tal tardanza.

Su sorpresa fue mayúscula cuando, al asomarse de nuevo por la ventana del baño, vieron que ningún infectado había acudido por esa calle al ruido del generador portátil con el que habían devuelto a la vida la estación de radio. Algo más animados, aunque siempre alerta, volvieron sobre sus pasos y subieron de nuevo al coche de Guillermo.

Habían venido con aquella enorme tabla reforzada firmemente atada a la baca del coche. Pese a que había dejado a su hijo a buen recaudo en la escuela de marina, en una habitación pequeña, oscura y tranquila, el investigador biomédico no acababa de quedarse tranquilo sabiendo que cualquiera pudiera entrar y encontrarle, ya fuera infectado o no, y había preferido cubrirse las espaldas de ese modo. No era la primera vez que lo hacían.

Las calles parecían más tranquilas que de costumbre, y ello les hizo sentirse incluso más nerviosos, temiendo que una horda de aquellas bestias sin alma apareciese detrás de cualquier esquina dispuesta a despedazarles. Por fortuna, Guillermo conocía bien el mejor camino, y sorteaba hábilmente las calles cortadas, siguiendo la vía más rápida y más segura.

A poco menos de un kilómetro de su destino vieron un par de cuerpos tirados en mitad de la calzada, a al sombra de un alto edificio de pisos. El investigador biomédico estaba convencido que no estaban ahí cuando pasaron hacía una escasa hora, y decidió tomar un desvío. Sería tan solo un pequeño rodeo, y enseguida podrían reemprender el camino hacia la escuela de náutica. Fue Olga la que vio la persiana mal cerrada de aquél bar, y la que le llamó la atención. Fue suya la decisión de hacerle caso y estacionar el coche delante. Lo que no sabía ninguno de los dos era que aquél joven infectado, que en tiempos fuera el hijo menor del alcalde, había escogido ese lugar para resguardarse del sol diurno y dormir hasta que volviese a oscurecer.

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