3×1201 – Giro

Publicado: 20/04/2019 en Al otro lado de la vida

XXVII. BÁRBARA Y ZOE

Como al principio

 

 

1201

 

Islote Éseb

3 de febrero de 2009

 

Zoe despertó algo aturdida. Siempre le resultaba complicado ubicarse después de un cambio de localización, y últimamente había vivido demasiados. Le costaría cerca de un minuto adaptar por completo sus ojos a la cantidad de luz matutina que se filtraba a través de la ventana, tapada tan solo por una rudimentaria cortina hecha con mimbre. Su particular condición, a medio camino entre un infectado al uso y otro que jamás hubiese sido vacunado, como bien podían serlo Bárbara o Guillermo, también tenía sus inconvenientes. No obstante y por fortuna, éstos no eran tan acusados como los de un infectado cualquiera.

Estiró los brazos al aire, tratando de desperezarse. Había pasado su segunda noche en el islote, en una de las cabañas que disponían de camas. Se sorprendió al comprobar que la de Bárbara estaba vacía. La profesora se había tomado incluso la molestia de hacerla, cosa que no era demasiado frecuente en ella. Zoe no le dio mayor importancia, consciente que había dormido hasta tarde, habida cuenta del cansancio con el que se acostó la noche anterior.

Ahí todo estaba en silencio. Resultaba algo triste. No es que en Bayit fuera muy diferente, pero si uno aguzaba el oído, habitualmente podía escuchar la voz de quienes charlaban entre ellos en alguno de los pisos, alguien trabajando en el Jardín o al incansable Fernando arreglando algo en el taller mecánico con la música de aquella vieja radio de cassettes de fondo. La niña se entristeció al asumir que esa era una vida que jamás volvería a vivir, del mismo modo que había asumido mucho antes que jamás recuperaría la previa a la pandemia.

Desde que llegaran al islote, Guillermo apenas hablaba con su hermana, mucho menos con Zoe, y Bárbara, pese a que se esforzaba mucho por mostrarse afable frente a ella, también estaba muy decaída por los últimos acontecimientos y no resultaba especialmente comunicativa. Demasiadas malas noticias en un período de tiempo muy corto habían hecho mella en todos.

La niña salió de la cama, se vistió, se calzó y se dispuso a averiguar dónde se encontraba Bárbara. Estaba hambrienta, y quería preguntarle si ella ya había desayunado, para poder hacerlo juntas en caso negativo. Al abrir la puerta se sorprendió al escuchar un sonido muy extraño, no muy lejos de ahí. No se puso en alerta, pues estaba convencida que no se trataba de un infectado. Tampoco hubiera tenido el menor sentido, habida cuenta que habían acabado con todos antes incluso de arribar al islote.

Caminó con paso dubitativo hacia el sonido, que provenía de la bonita playa que había frente al comedor. Lo hizo por el mismo lugar al que Bárbara le había insistido en varias ocasiones que no debía acercarse, porque podría caer desde una altura de más de tres metros y hacerse mucho daño, en la porción de suelo artificial que hacía las veces de techo de aquella estancia a todas luces desproporcionada en escala, ahora que tan solo disponía de tres comensales.

Se acercó al borde con cautela, consciente del cambio de cota, y vio a lo lejos la fuente de aquél sonido. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que se trataba de Bárbara. Estaba abrazando a su hermano en la orilla, mojándose con el suave oleaje, sentada en la húmeda arena, acunándole tal como la había visto hacer cientos de veces con los bebés en Bayit. Se mecía alternativamente hacia delante y hacia atrás, en una especie de trance hipnótico, mirando al horizonte marino. Resultaba evidente que algo no andaba nada bien.

Una distorsión en su visión perimetral la obligó a girarse hacia la derecha. Aquél pequeño pato estaba también al borde de la cubierta del comedor, observando a la profesora y a su hermano. Ambos cruzaron la mirada un segundo. El pato graznó, de aquél modo que tanta gracia le solía hacer a ella, y saltó al vacío sin pensárselo dos veces. Abrió las jóvenes alas y planeó torpemente en dirección a los hermanos, en apariencia tan curioso como la propia niña por lo que ahí estaba acaeciendo.

Zoe desanduvo sus pasos y bajó la pendiente que la llevaría de nuevo a la cota inferior. Ignorando por completo la arena que se le metía por los zapatos, caminó a buen ritmo hasta llegar donde se encontraba Bárbara. Si ella la escuchó, no ofreció el menor signo de haberlo hecho. Viendo el motivo de su anómala actitud, Zoe comprendió que hubiese reaccionado de igual modo de haberse tratado de una horda de infectados hambrientos reclamando su cuerpo para alimentarse.

Pese a que el agua del mar había limpiado la mayor parte de la sangre, aún se podía ver con claridad una mancha rojiza en la arena bajo el cuerpo ya sin vida de Guillermo. Zoe sintió un escalofrío al ver sus muñecas: ambas lucían un feo corte longitudinal en la dirección del brazo, de unos cinco centímetros de longitud, que habían cercenado varias venas, por las que se le había escapado tanto la sangre como la vida. La niña lamentó el dolor que tuvo que haber sentido al hacerse tales heridas, pero luego cayó en la cuenta de su error. El hecho de haber perdido la capacidad de sentir dolor sin duda le habría resultado de gran ayuda para su particular empresa. El arma con el que se había quitado la vida, un simple y barato cuchillo de entrecot, yacía inerte en el suelo, manchado de arena y sangre.

ZOE – Bárbara…

Fue entonces cuando la profesora despertó de su trance. Se giró hacia la niña y entrecerró los ojos varias veces, esforzándose por enfocarla, recordando de repente dónde se encontraba. Había olvidado incluso el motivo por el que había acudido a su hermano en primera instancia. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar, y la mandíbula inferior le traqueteaba incontrolablemente. La visión de Zoe no hizo sino empeorar su estado. La niña dio un paso al frente, también superada con creces por la situación, e hizo lo único que creyó oportuno, dadas las circunstancias: la abrazó con fuerza, por la espalda.

Sin parar de llorar, Bárbara esbozó una ligerísima sonrisa. Al menos no lo había perdido todo.

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