3×1202 – Otra

Publicado: 23/04/2019 en Al otro lado de la vida

1202

 

Islote Éseb

3 de febrero de 2009

Le enterraron prácticamente en el mismo lugar en el que había perdido la vida. Escarbar en la arena resultaba mucho más sencillo que hacerlo en tierra firme, y a Bárbara le pareció una solución más digna que incinerar su cuerpo o entregárselo al mar. De nuevo sintió la injusticia que manaba de tal decisión, pero en este caso se limitó a ignorarla. Ya tenía demasiados problemas como para enzarzarse en una reflexión filosófica.

Lo tuvieron que hacer directamente sobre la arena; en el islote no había ataúd alguno con el que poder darle sepultura, aunque Bárbara lo hubiera preferido así. Ambas procedieron de manera prácticamente mecánica, sin apenas mediar palabra. No era la primera vez que debían lidiar con un problema de tal cariz, aunque deseaban con todas sus fuerzas que fuera la última.

El investigador biomédico se había ido apartando de ella más y más cada día, despidiéndose en cierto modo, asumiendo que no merecía ni su amor ni su compasión, después de cuanto mal le había hecho a ella y al resto del mundo. Lo que más le sorprendía era que no le guardaba rencor. Sí tenía mucha rabia acumulada, no obstante, una cantidad rayana en el dolor físico, pero era toda hacia sí misma, por no haber sabido reaccionar a tiempo, por no haberle sabido dar motivos suficientes para quedarse a su lado. Pero ahora ya nada importaba. Guillermo se había ido, y jamás volvería.

Suya había sido la decisión de quitarse la vida y Bárbara no pudo hacer menos que respetarla, e incluso envidiarla en cierto modo. Él ya no tendría que volver a preocuparse por sí mismo ni por los demás: por fin era libre. Ella le hubiera acompañado de buen grado dadas las circunstancias, de no haber sido por Zoe y por la criatura que crecía en su vientre. En realidad ni se lo llegó a plantear. Zoe era para ella lo que Guille había sido para él y, por fortuna, la niña seguía de una pieza. Imaginó cómo se sentiría ella si la perdiera, y ello fue de gran ayuda para no odiar a Guillermo por lo que había hecho.

Bárbara no pronunció una sola palabra en aquella especie de sepelio al aire libre. Zoe se mantuvo en todo momento a su lado, pero se sentía increíblemente impotente, incapaz de encontrar palabras de aliento que pudieran hacer que la profesora se sintiera mejor. No era la primera muerte cuyo duelo compartían, pero ella sabía que ésta sería muy distinta al resto.

Eventualmente la dejó sola, sentada en el suelo frente al montículo de arena que delataba el lugar donde descansaba el cadáver de su hermano. Bárbara no paraba de darle vueltas a la cabeza. La incansable búsqueda Guillermo había sido prácticamente una obsesión para ella desde el inicio de esa pesadilla. Encontrarle, la mejor de las noticias imaginables. Asumir que le había perdido de nuevo, y en esta ocasión para siempre, no sería en absoluto tarea fácil.

Una hora más tarde Zoe volvió con ella. La profesora se limitó a girar la cabeza hacia la niña y esbozar de nuevo una sonrisa rota por un rictus de dolor emocional. Entonces su mandíbula inferior comenzó a moverse incontrolablemente, y el llanto fue inevitable. Zoe se mantuvo fuerte, consciente de lo sencillo y poco útil que resultaría que ella también se pusiera a llorar.

ZOE – Bárbara, ven… vien… ¿vienes a comer?

La profesora le aguantó la mirada. Daba la impresión que no la hubiese oído. Tenía la cabeza demasiado embotada. Zoe se acercó algo más a ella, le dio un beso en la mejilla y la cogió de la mano, llevándola consigo hacia el comedor, en el que había estado trabajando desde que la dejase a solas.

La niña había guisado un arroz blanco con un par de latas de atún al natural. No era una gran cocinera, pero se podría comer, si hacían uso del tarro de tomate frito y el pote de orégano que también había traído a la mesa, sobre la que descansaba una botella de agua de litro y medio sin desprecintar, de las que habían traído de Nefesh. Ahora podían compartir botella sin necesidad de preocuparse por hacerse enfermar la una a la otra.

Bárbara agradeció el gesto de la pequeña y Zoe le quitó importancia. La niña estaba asustada de imaginar que Bárbara pudiese seguir el ejemplo de su hermano, y que ella acabase finalmente quedándose sola. Se había propuesto no volver a perderla de vista ni un momento. En una isla tan pequeña, tampoco debía resultar muy complicado.

Llevarían unos quince minutos comiendo aquél soso plato cuando Bárbara rompió el silencio tenso que se había apoderado del comedor.

BÁRBARA – Zoe.

La niña apartó su mirada del plato.

ZOE – ¿Sí?

Había hecho una cantidad a todas luces excesiva de comida, y hacía ya un buen rato que tan solo jugueteaba con el tenedor, ahíta.

BÁRBARA – Estoy embarazada.

Zoe se quedó de piedra, sin saber cómo reaccionar. Esa era una de las últimas cosas que hubiera podido prever. Bárbara, con la mirada perdida en el oleaje que bañaba la orilla de la bonita playa que tenían delante, inhaló hasta que los pulmones no dieron más de sí. Luego soltó el aire por la boca, muy lentamente.

ZOE – ¿Có… cómo…?

BÁRBARA – Es de Carlos.

La pequeña de la cinta violeta en la muñeca frunció ligeramente su pecosa nariz.

BÁRBARA – ¿Tú sabes cómo…?

La niña asintió. No conocía los pormenores, pero había hablado al respecto con sus padres alguna que otra vez, y ellos habían preferido mostrarle un relato meramente biológico que una fantasía que a la corta tuvieran que desmentir. Se levantó de su asiento y dio media vuelta a la mesa, hasta quedar cara a cara con Bárbara.

ZOE – Enhorabuena. Vas a ser muy buena madre.

Bárbara sonrió de manera sincera, consciente de lo mucho que necesitaba a esa niña en su vida, y preocupada al mismo tiempo de la fuerte dependencia emocional que ambas compartían.

BÁRBARA – Gracias. Gracias, Zoe, muchas gracias por todo.

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