Archivos para 04/05/2019

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Los días dieron paso a las semanas, y éstas a los meses. La vida en el islote seguía su curso, envuelta en una bruma a medio camino entre la monotonía y la melancolía, pero ante todo, excepcionalmente tranquila. Tanto que incluso resultaba inquietante.

Por más tiempo que pasaba, el mayor temor de Bárbara jamás llegó a materializarse: no recibieron una sola visita durante los meses que ahí convivieron, cada vez más cálidos, ni bienvenida ni indeseada. Tampoco avistaron barco alguno en el horizonte marino, ni tuvieron la más remota noticia del exterior. Por lo que a ellas respectaba, el mundo bien podría haberse acabado definitivamente y ellas ser las dos últimas supervivientes sobre la faz de la Tierra, juntamente con aquél pequeño pato, al que Zoe acabó apodando Ernesto, por algún motivo que Bárbara no alcanzó a comprender jamás.

El embarazo de la profesora fue resultando más evidente a medida que pasaba el tiempo. Su vientre comenzó a abultarse y sus discretos pechos comenzaron a ganar en volumen. Su actitud, otrora lánguida y pesimista, fue virando de nuevo en la mujer luchadora y enérgica que Zoe había conocido poco después de quedarse huérfana. La niña de la cinta violeta en la muñeca se sintió extremadamente agradecida de tal cambio de actitud, que aunque fue lento y complicado, le acabó de demostrar que la profesora estaba en lo cierto cuando le prometió que jamás la abandonaría.

Bárbara tomó la costumbre de conversar con su difunto hermano todas las mañanas antes de desayunar. Se acercaba al lugar donde le habían dado sepultura, se sentaba sobre la arena y comenzaba monólogos filosóficos que en ocasiones podían llegar a demorarse más de una hora. Empezó de un modo completamente fortuito y en absoluto premeditado, pero pronto acabó convirtiéndolo en una especie de terapia, y por estúpido que aparentase, surtió muy buen efecto.

Tal actividad le ayudó mucho a superar el duelo y a asumir que lamentándose a la única que se hacía daño era a sí misma, y por ende, a Zoe. La niña al principio se sorprendió e incluso se asustó un poco al verla de tal guisa, temiendo que estuviese comenzando a perder el juicio, pero pronto acabó por integrarlo como parte de la rutina diaria, y enseguida dejó de darle importancia, en cuanto vio los buenos frutos que brindaba. No obstante, nunca le perturbó en sus momentos de intimidad, y ello fue algo que Bárbara valoró muy positivamente.

Los mareos y las náuseas de las primeras semanas enseguida quedaron atrás, y el embarazo siguió su curso con aparente normalidad, al menos hasta donde aquella extraña pareja alcanzaba a comprender. De haberlo puesto en común con Abril, ésta hubiera puesto el grito en el cielo, pues Bárbara estaba obviando la mayor parte de los síntomas del mismo, pero habida cuenta de la anómala condición de la profesora, tan imprevisibles como eran sus efectos, hubiera acabado asumiéndolo como poco más que un golpe de suerte. Ser una infectada también tenía sus ventajas.

Tal fue el nivel de comunión en la convivencia diaria con Zoe, que la profesora empezó a sentir algo de lástima por ella. Si de algo no cabía la menor duda era que la niña había tenido que abandonar tal condición acuciada por las circunstancias. En muchas ocasiones la comparaba con sus alumnos del Sagrado Corazón, allá en aquél remoto pasado que ahora se le antojaba un espejismo, y le costaba horrores reconocerla como uno más de ellos. Sentía que había perdido la infancia para no recuperarla jamás, y que ella era en parte responsable de eso.

Pese a que en muchos aspectos seguía adoptando la actitud infantil que su edad exigía, Bárbara veía con relativa frecuencia en Zoe algo parecido a una mujer atrapada en el cuerpo de una niña. Desde sus reflexiones, en ocasiones bastante inspiradoras, hasta el modo cómo afrontaba los problemas y las necesidades del día a día, tan bien como podría hacerlo la propia Bárbara, la niña mostraba un nivel de madurez en absoluto acorde a su edad. Todo ello hacía sentir a la profesora sentimientos fuertemente encontrados: por una parte se sentía increíblemente orgullosa de ella, pero al mismo tiempo temía que hubiese perdido algo que jamás podría recuperar.

En ocasiones Bárbara se esforzaba por ponerse en su piel, e inventaba juegos con las que ambas mataban la ingente y asfixiante cantidad de tiempo libre del que disponían. La niña se lo pasaba genial en su compañía, y ello hacía que Bárbara se sintiese algo mejor, pero luego la veía tan preocupada por ella, tan solícita y atenta a sus necesidades y a sus por otra parte cada vez menos frecuentes bajones de ánimo, que no sabía muy bien qué pensar de ella, más allá de ser consciente de la enorme suerte que había tenido que cruzarse en su camino.

A medida que pasaban las semanas, de lo que no cabía la menor dura era que el momento de la partida era ineludible. Lo que antaño vieran como una obligación a muy largo plazo, fue volviéndose más acuciante a medida que el vientre de Bárbara iba abultándose más y más. Pese a que mantenían desenfadadas conversaciones al respecto con relativa frecuencia, ambas se esforzaban de manera activa por ignorarlo el resto del tiempo, y seguir demorando lo inevitable, acomodadas como estaban en esa vida sencilla y tranquila, aquél mar de paz y serenidad que tan alejado estaba de la pesadilla que les había llevado hasta ahí. Pero al mismo tiempo eran conscientes que mientras más lo postergaran, más difícil resultaría dar ese paso.

De lo que no cabía la menor duda era que ahí eran demasiado vulnerables, y que la enorme suerte que habían tenido hasta el momento no tenía por qué prolongarse eternamente. También eran conscientes que tanto el parto como el cuidado del bebé de Bárbara resultarían mucho más complicados si no actuaban cuanto antes para aprovisionarse de todo cuanto necesitaban para llevar al bebé a buen puerto. Finalmente tomaron la decisión, acertada o no, una fría mañana de primavera.