3×1207 – Brasas

Publicado: 11/05/2019 en Al otro lado de la vida

1207

 

Velero Nueva Esperanza, en algún lugar del Mediterráneo

16 de abril de 2009

 

Bárbara y Zoe se mantuvieron en un silencio únicamente roto por el silbar del viento en sus oídos, aquella soleada tarde de primavera. No obtuvieron ningún tipo de respuesta a su demanda, y aunque dadas las circunstancias esa era la mejor de las repuestas, no acabaron de quedarse del todo tranquilas.

ZOE – ¿Qué hacemos?

La profesora miró a Zoe, que la escrutaba con sus ojos inyectados en sangre, y acto seguido miro aquél desvencijado y minúsculo barco que navegaba a la deriva con las velas hechas jirones. Ambas sostenían sendas pistolas cargadas y listas para ser disparadas ante cualquier eventualidad.

Lo más sencillo hubiera sido pasar de largo y alejarse en pos de su objetivo sin darle mayor importancia. Resultaba evidente que ahí no había nadie, ni sano ni infectado. De lo contrario, ya habría dado señales de vida a esas alturas. Aquél barco, en tal estado, era ingobernable, y cualquiera en su sano juicio, de haber escuchado la voz de un desconocido que le hubiera podido salvar de una muerte segura, habría respondido sin pensárselo dos veces.

Estando tan solo ellas dos, la perspectiva cambiaba drásticamente. Antaño la hubiera dejado al cargo de quien quiera que las acompañase, y ella habría ido a investigar por su cuenta, o en compañía de Carlos en el mejor de los casos. Ahora debía optar entre dejarla a solas o traerla consigo. La segunda opción siempre parecía más atractiva: ya la había perdido demasiadas veces, y no tenía intención alguna de volver a sentir aquella acongojante sensación de no saber si estaba bien, o siquiera si seguía con vida.

Pero por algún motivo la curiosidad fue mucho más grande que el sentido común, y Bárbara se negó a dar media vuelta. Tal vez tuviera que ver el hecho que se sentía en la obligación de tener más compañía, temerosa como estaba que Zoe se quedase sola en el mundo si ella llegaba jamás a faltar. Tal vez tuviera que ver el hecho que llevaba más de dos meses envuelta en una vorágine de monotonía tediosa, y ese episodio se le antojaba la más atractiva de las aventuras.

Fuera cual fuese el motivo, acabó decantándose por acercarse aún más, para intentar dilucidar el motivo por el cual aquél barco había acabado en ese estado tan lamentable. Al fin y al cabo, suya había sido la decisión de acercarse a investigar, virando ligeramente el rumbo, aún cuando el barco no era más que una motita incierta en el horizonte marino.

BÁRBARA – Acerquémonos, pero… al menor signo de peligro, volvemos por donde hemos venido.

Pese a que Zoe no las tenía tampoco todas consigo, su curiosidad también era muy grande, y ambas acabaron acordando echar el ancla y acercarse con la barca de remos a indagar. Ambas intentaron convencerse que era para saquearlo, si es que tenía algo que pudiera seres de utilidad, aún cuando tenían todo cuanto necesitaban y mucho más; tanto que apenas podían moverse por las estancias inferiores del velero sin tener que ir esquivando cajas.

No tardaron ni cinco minutos en llegar a la minúscula cubierta. Volvieron a saludar en voz alta, y al obtener idéntica respuesta, decidieron internarse en las entrañas del navío. Tan pronto abrieron la puerta notaron aquél desagradable e inconfundible hedor, tan familiar.

La infectada estaba hecha un cuatro sobre el sofá. Por el aspecto que lucía la estancia, debía haber pasado muchas horas tratando de salir de ahí, sin éxito. Estaba todo manga por hombro. A aquella pobre infeliz le faltaban la mayor parte de las uñas, que en un intento desesperado por salir de aquella cárcel, se le habían desprendido de los dedos. Resultaba escalofriante imaginar a un ser humano tan increíblemente estúpido como para no conocer el funcionamiento de un tirador o la mera existencia de una puerta, pero aquella mujer era el más claro ejemplo de ello.

Estaba tan deshidrataba que su piel se parecía más a la de una ciruela pasa que a la de una persona, y entre las grietas que la sequedad había impuesto a sus labios supuraba sangre infecta. De no haber estado ambas ya infectadas, no se lo hubieran pensado ni un momento antes de volver por donde habían venido. Incluso así, el aspecto que lucía aquella pobre mujer era del todo menos amenazador.

Estaba despierta, y les observaba con los ojos entornados, idénticos a los de Zoe. Intentaba emitir algún tipo de sonido, advirtiéndoles de que acto seguido procedería a destruirlas y alimentarse de sus cuerpos aún calientes, pero lo único que era capaz de emitir era un leve siseo, que tan solo pudieron escuchar gracias al sepulcral silencio que reinaba en el ambiente.

Resultaba harto evidente que llevaba meses sin alimentarse ni beber una sola gota de agua. Los huesos se le marcaban de un modo que resultaba incluso doloroso de ver, hasta el punto de dar la impresión que en cualquier momento alguno de ellos acabaría por perforar la piel. La mera visión resultaba dantesca. Bárbara se acerco un poco más, y el ruidito que emitía la garganta de la infectada se tornó más agudo, al tiempo que una de sus manos, agarrotada en un rictus fetal, hacía el amago de extenderse, con nulo éxito.

Hubo quien dijo que los infectados eran inmortales, que tan solo se podía acabar con ellos con un disparo al corazón, a la cabeza o rebanándoles el cuello. Bien podían o no equivocarse, pero de lo que no cabía la menor duda era que su instinto de supervivencia era más que discutible, y que tras un prolongado período de inanición, suponían la misma amenaza que el canto de una mesa para un bebé que comienza a andar.

ZOE – Está sufriendo.

Bárbara negó con la cabeza, obnubilada por aquella dantesca visión.

BÁRBARA – Los infectados no sienten dolor.

Zoe imitó el gesto de la profesora. Echó un vistazo más concienzudo a la infectada y chasqueó la lengua. Tenía la edad y la complexión de su madre, y por algún motivo sintió incluso ganas de llorar al verla en ese estado.

ZOE – No. Estará mejor muerta. Esto… no se lo merece. Nadie se merece esto, Bárbara. Ya me encargo yo.

Ambas cruzaron la mirada un instante. Bárbara estaba muy seria. La niña asintió con la cabeza, y asió de nuevo la pistola, con la que apuntó a la cabeza de aquella pobre infeliz. Pese a que ahora que habían sido expulsadas de Bayit el inventario de balas era finito y limitado, no lo dudó un momento a la hora de devolverle a aquella pobre infeliz la paz que la infección le había arrebatado.

No tardaron en volver a Nueva Esperanza y seguir su camino, como si nada hubiera pasado. Ahí no había absolutamente nada que les pudiera ser de utilidad. Lo hicieron prácticamente sin mediar palabra, cada cual absorta en sus propias reflexiones: Zoe sobre la crueldad inherente en aquella maldita enfermedad, y el opresivo sentimiento de culpa por haber sido la única persona sobre la faz de la tierra en hacer trampa y eludir sus catastróficos efectos; Bárbara al respecto de la reacción de la niña, ahora más convencida que nunca que cada vez la necesitaba menos.

comentarios
  1. Battysco dice:

    Ya me he puesto al día. Saludos a mis antiguos compañeros y a los nuevos. Y gracias de nuevo, David, por seguir deleitándonos con tu historia.

    Me he encontrado por ahí con algún giro que me han dejado alucinada. ¡Te has cargado a Guillermo! Pim- pam-pum. Mi teoría principal al traste, ohhhh. Y luego ese embarazo sorpresa, jaja. Yo apuesto a que será niño. La verdad es que me hubiera gustado que Carlos hubiera podido ser padre 😦
    Bueno, también está lo ocurrido en el Islote… Se nos acumulan las intrigas. Por aquí sigo y ya hasta el final. Súper interesante!!

  2. El placer es mío. 🙂

    David.

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