3×1210 – Cuna

Publicado: 21/05/2019 en Al otro lado de la vida

1210

 

Tienda especializada en neonatos, Iyam

18 de abril de 2009

 

Bárbara mostró una sonrisa algo triste al ver aquél brillo de genuina ilusión en los ojos de Zoe. Ella también estaba ilusionada, pero su felicidad no era plena: jamás podría serla. Había soñado cientos de veces con vivir esa misma experiencia, con la salvedad del hecho que en tal caso tendría que haber pagado por lo que se llevase, pero en compañía de Enrique. Ahora quien la acompañaba no era su prometido, que tampoco era el padre del bebé que esperaba, sino la hija de uno de los guardas de seguridad de la empresa farmacéutica que había fundado el padre con el que tan mal se había llevado sus últimos años de vida. Nada de eso tenía el menor sentido, y aunque se esforzaba por disfrutarlo, no era capaz hacerlo tanto como le hubiera gustado.

La niña había disfrutado mucho escogiendo la ropa para los primeros años del bebé y ahora estaba muy emocionada porque Bárbara le había dicho que podía escoger también la cuna que se llevarían consigo de vuelta a Éseb. Tenían una de pediatría que habían tomado prestada del desierto hospital, del que se llevaron también un sinfín de medicinas y otros tantos libros, pero Bárbara quería una algo menos impersonal. La niña no paraba de dar vueltas, linterna en mano, de un extremo a otro de la enorme tienda a la que habían entrado hacía pocos minutos, incapaz de tomar una decisión, consciente de la enorme responsabilidad que había recaído sobre sus hombros.

Hasta el momento no se habían cruzado con un solo infectado, al menos con ninguno que conservase aquella más que discutible vida. La ciudad costera parecía haber sido evacuada de aquellas bestias, aunque a diferencia de la propia Sheol, nada apuntaba a pensar que hubiera razones para ello. Ambas agradecieron mucho no tener que hacer uso de las armas que llevaban bien a mano por si surgía cualquier contratiempo, pero aún así, no bajaban la guardia. La supervivencia en aquél mundo hostil en el que les había tocado vivir lo exigía.

Del mismo modo que los saqueadores ignoraban el detergente para la ropa, la crema solar o la arena para los gatos en los supermercados por los que pasaban, el pasillo destinado a los bebés solía encontrarse en perfecto estado de revista, al menos en la mayoría de los que ellas visitaron ese día. En dos de ellos habían arrasado con los tarritos de papilla y la papilla en polvo, pero en el tercero el pasillo estaba idéntico a como lo habían abandonado sus trabajadores, solo que con algo más de polvo en las estanterías. Afortunadamente pudieron hacer acopio de todo cuanto quisieron y mucho, mucho más.

A esas alturas ya tenían en su poder todo cuanto necesitarían durante los primeros años de vida del bebé. De hecho, con todo lo que habían acumulado en la parte trasera del furgón policial, Bárbara bien podría dar a luz trillizos, que igualmente no echaría en falta haber traído nada más. Todo estaba saliendo a pedir de boca, y en nada se parecía a todo cuanto ellas habían imaginado durante el corto viaje de vuelta a la península. La ausencia total de hostilidad era algo con lo que no contaban.

Tras la no fácil elección de la cuna perfecta, finalmente ambas salieron de nuevo a la calle, con aquél viejo carro de la compra nuevamente lleno hasta los topes. Bárbara fue la primera, y tras comprobar que la calle era segura, Zoe la siguió de cerca. El cielo se había despejado un poco las últimas horas, pero aún estaba bastante encapotado. Contra todo pronóstico, no había caído una sola gota en todo el día, lo cual hubiera resultado aún más oportuno.

Después de cargar la parte trasera del furgón con todo cuanto habían sustraído de la tienda en aquél barrio de alto standing en el que ninguna de las dos había estado jamás antes, Zoe se dirigió instintivamente hacia la puerta del copiloto. Bárbara, que se encontraba a su vera, chistó tres veces seguidas, llamándole la atención.

BÁRBARA – No.

Zoe destensó la mano sobre el tirador, que aún no había llegado a accionar, y la miró, extrañada.

ZOE – ¿Qué pasa?

BÁRBARA – Quiero que conduzcas tú.

La niña mostró una expresión facial de la más extrema incredulidad acompañada de una ligera sonrisa insegura. Temía que le estuviese intentado tomar el pelo, pero ese no era el estilo de Bárbara, y menos para ese tipo de cosas.

ZOE – ¿En serio?

La profesora hizo un gesto afirmativo, segura de su decisión.

BÁRBARA – Estamos juntas en esto. Y las dos recibimos las mismas clases de Fernando.

ZOE – A mi no me cuesta nada, ¿eh? Pero…

BÁRBARA – Si no quieres…

ZOE – No, no, no. Al contrario. Claro que quiero. ¡Vale! Me parece bien.

Zoe rodeó la parte delantera del furgón y abrió la puerta del piloto, sorprendida al ver aquél curioso cambio de actitud en Bárbara, que tan sobreprotectora había sido desde el primer momento. No pudo evitar recordar de nuevo a Morgan y sonrió nuevamente, convencida que él mismo hubiera estado satisfecho de la decisión de la profesora.

Hizo falta recalibrar la posición del asiento y los retrovisores, pero un par de paquetes de pañales fueron más que suficientes para suplir la baja estatura de la niña, sin impedirle llegar a los pedales. Zoe se demostró bastante más hábil al volante que la profesora, y sustancialmente menos precavida, sin llegar a resultar en ningún momento temeraria. Estaba siendo uno de los mejores cumpleaños de los que tenía recuerdo, y dadas las circunstancias que rodeaban el momento presente, eso era cuanto menos poco verosímil.

Se habían alejado bastante del punto de partida, en sus recurrentes rodeos para pasar por tantos sitios como pretendían, y el camino de vuelta se demoraría al menos veinte minutos, si seguían sin encontrar mayores trabas en el camino que algún que otro contenedor al que hubiese arrastrado el viento. En esta ocasión fue Bárbara la que se encargó de guiar a la conductora, que se lo estaba pasando en grande, con aquél aparatoso y enorme pedazo de papel desplegado.

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