3×1212 – Enmarañado

Publicado: 01/06/2019 en Al otro lado de la vida

1212

 

La noche no tuvo nada que envidiar al día. Ni una solitaria luz en la lontananza, ni un triste infectado vagando por las calles desiertas, aún cuando esas eran sus horas preferidas para salir a merodear. Bárbara apenas pegó ojo en toda la noche, dándole vueltas a la cabeza a la propuesta de Zoe, tratando de convencerse que la ausencia de infectados no era más que una absurda coincidencia. Empezaba a dudar seriamente que realmente eso fuera la normalidad, y que Nefesh, al haberse infectado mucho más tarde que el resto del mundo, les hubiese mostrado una etapa distorsionada de la pandemia.

No quería hacerse ilusiones, pero todo parecía apuntar en la misma dirección. Al menos ese particular punto de vista. No paraba de mirar por la ventana, tratando de encontrar en ella una excusa para volver a Éseb y desoír los cantos de sirena de la niña de la cinta violeta en la muñeca. Por suerte o por desgracia, fue incapaz de encontrarla.

Aunque no sabía muy bien por qué, acabó por convencerse que era ahí, en Sheol, y no en otro lugar, donde debía nacer su primogénito, que así es como debía haber sido desde un buen principio, que la epidemia no tenía ningún derecho de privarles de ello. A ninguno de los dos. Aunque la razón y el sentido común le empujaban en dirección opuesta, algo dentro de sí le convenció que eso era lo que debía hacer. Finalmente consiguió conciliar el sueño, aunque Zoe la despertó pocas horas después, al romper el alba. Se levantó de bastante buen humor.

Habían acordado pasar la noche en el faro porque cargar todo aquello en el barco sin luz diurna era una insensatez, por más tranquila que aparentase ser aquella parte de Iyam. Esa mañana desayunaron retomando la discusión que habían dejado a medias durante la cena. Zoe se mostró gratamente sorprendida al ver el cambio de actitud de Bárbara. Ella no paraba de pensar en Morgan, y en cuán críticamente habría juzgado tal deriva. Pero él no estaba ya ahí, y ambas acabaron acordando que al menos lo intentarían.

Tan solo un choque de frente con la realidad les haría cambiar de rumbo a esas alturas. En los tiempos que corrían, resultaba harto complicado encontrarle un sentido a la vida, más allá del hecho de limitarse a sobrevivir, sabiendo que todo en lo que habías creído y todos a los que habías querido habían desaparecido para no volver. El mero hecho de tener un objetivo en ciernes, algo en lo que ocupar el tiempo y la mente, una excusa para alejar de la cabeza todos aquellos fantasmas, era tanto o más valioso que eludir la muerte que ambas habían tenido sobrevolándolas desde el inicio de esa pesadilla.

Pusieron rumbo de vuelta a Sheol con una sonrisa por bandera y el furgón cargado hasta los topes. No pudieron llevarse el barco, por más que incluso se lo llegaron a plantear. Ese fue el principal motivo de vacilación al respecto, aunque ambas se esforzaron bastante por apartarlo a un lado. Al fin y al cabo, el faro era un escondite excepcional para el navío, y siempre estarían a tiempo de volver a por él, si el interior de la península se demostraba más hostil que el litoral.

Su pésimo sentido de la orientación, sumado a la inexperiencia en la conducción, por más que éste último factor mejoró sustancialmente durante esos días, hizo que el camino, que ya de por sí era bastante largo, se demorase tres días, en los que tuvieron que hacer noche dos veces. Lo hicieron siempre en lugares muy alejados de las urbes, a medio camino de ninguna parte en algún kilómetro cualquiera de autopistas y autovías, donde el rastro de la infección se volvía prácticamente inexistente, más que por el fruto de algún que otro accidente, o algún coche abandonado, que les obligó a aminorar sustancialmente la marcha, o incluso a dar media vuelta en más de una ocasión.

Vieron infectados. Algunos de ellos lozanos y sanos como los que habían conocido los primeros días de la infección. Pero pudieron contarlos con los dedos de una mano, y era tal la diferencia de velocidad entre ellos y el furgón, que enseguida les perdieron de vista. Ello sirvió, no obstante, para devolverlas en parte a la realidad, y darles a entender que el peligro seguía presente. Ambas eran inmunes a sus mordedoras, y Zoe incluso se podía hacer pasar por uno de ellos, pero aún así, debían ser conscientes que bajar la guardia les podía salir muy caro.

Llegaron al límite municipal de Sheol a media tarde del tercer día de su partida. Ambas sentían un cosquilleo muy agradable en el estómago al encontrarse de nuevo en un lugar que por fin podían reconocer, un lugar que por primera vez en mucho tiempo, quizá en demasiado tiempo, les traía a la memoria recuerdos felices, recuerdos previos al inicio de la pandemia, recuerdos de una vida tranquila, serena e incluso anodina, a la que ambas tanto echaban a faltar.

Era Bárbara la que conducía cuando cruzaron aquél viejo puente de piedra. Pese a que estaban bastante lejos del lugar en cuestión, pasar sobre aquél río, el mismo río en el que aquella maldita serpiente a punto estuvo de acabar con la vida de Zoe, acabó por convencerlas que habían hecho lo correcto. No en vano, hacía más de veinticuatro horas que no veían un solo infectado, al menos ninguno que no llevase al menos un par de meses muerto. Las hojas secas que había sobre el puente, que el viento había traído en su soplar azaroso, dieron fe de que hacía mucho tiempo que nadie lo cruzaba. Ello aún las tranquilizó más.

La profesora se giró hacia Zoe, que observaba emocionada la ciudad medio chamuscada en el horizonte próximo. Era un día nublado y bastante húmedo, y la ciudad estaba iluminada por una luz fría, algo tétrica.

BÁRBARA – Volvemos a estar aquí. Tú y yo solas… como al principio.

Zoe, con la boca entreabierta, suspiró satisfecha.

ZOE – Sí. Solo falta Morgan.

Bárbara esbozó una sonrisa cansada y acarició el enmarañado cabello rojo de la pequeña.

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