3×1213 – Marina

Publicado: 04/06/2019 en Al otro lado de la vida

Relatos desde el otro lado de la vida

 

 

1213

MARINA

 

Zulo junto a una cabaña forestal, periferia de Midbar

10 de noviembre de 2008

 

En esos momentos, la imagen de la plataforma petrolífera donde se encontraba Samuel era casi tangible. Apenas habían pasado cinco minutos desde que se despidieran. Su amigo parecía pletórico y se esforzó en contagiarle su ánimo explicándole mil y una historias. La conversación se había iniciado con la grata sensación de alivio por volver a saber el uno del otro, y se había prolongado mucho más de una hora, concluyendo cuando él decidió seguir con sus quehaceres en alta mar. Ella le dejó marchar sabiendo que no podía retenerlo por más tiempo, sintiéndose abrumada y abatida por la melancolía.

Marina estaba sola desde hacía más de un mes, tras la masacre ocurrida en el centro de refugiados de Midbar. Su padre era soldado y formaba parte del equipo de seguridad de aquél lugar. Marina, su madre y su hermana eran tres civiles más que anhelaban la supervivencia en aquellas instalaciones. La vida en el campamento estuvo marcada por los disparos al otro lado de las vallas y por la escasez de comodidades. Aún así, todos los días había raciones de alimentos para todo el mundo en un ambiente particularmente gentil.  No fue hasta el 1 de octubre que todo se fue al traste, cuando aquella marabunta de infectados arrasó con el campamento. Miles de esos seres desalmados entraron derrumbando las vallas metálicas del perímetro; aplastándolas como si fueran simples hojas de papel. La sangría que se produjo en ese lugar fue espeluznante.

Toda la familia de Marina murió ese día. Su madre sucumbió mientras ayudaba a sus hijas a subir a lo alto de una litera para resguardarse de la ira de aquellas bestias. Fue atacada por varios infectados hambrientos que no le dieron tiempo a subir detrás de ellas. El final de su hermana estuvo sentenciado por una fatalidad añadida; la mató con un tiro errado uno de los soldados del campamento. Ni mucho menos fue la única civil que murió de ese modo tan absurdo. Era tal la multitud de infectados que los soldados empezaron a disparar en todas direcciones, provocando muertes inocentes en demasía. Su padre murió aplastado por los primeros infectados que derribaron las vallas. Marina lo comprobó cuando huyó del lugar y vio lo que quedaba del cuerpo arrollado de su progenitor: una escena que nunca más podría borrar de su mente, igual que le pasó con todas las demás que presenció ese fatídico día.

Contra todo pronóstico, Marina se aferró a la vida y abandonó el campamento en una frenética huida más allá de la colina. Podría haberse dejado vencer, pero no lo hizo. Esquivar infectados e intentar perderlos de vista se convirtió en todo un reto. Gracias a que era una buena atleta pudo conseguir mantener una larga carrera que al final le salvó la vida. ¿Quién le iba a decir que los entrenamientos de triatlón del último año iban a ser decisivos en ese momento? Pasados unos cuantos kilómetros descubrió una cabaña entre la maleza. Dos infectados de mediana edad que también estaban en buena forma la seguían al trote a cierta distancia, olfateándola y alargando sus brazos como si así pudieran avanzar más rápido.

La puerta y las ventanas de la cabaña estaban perfectamente cerradas por dentro y no cedieron ni un ápice ante sus embestidas. Pero no estaba dispuesta a rendirse; hacía largo rato que lo había decidido. Marina optó por trepar por la pared. Ascendió con la ligereza de una lagartija y en un santiamén estuvo en el techo inclinado de aquella rústica edificación. Toda la cabaña era de madera y los tablones no estaban pulidos, por lo que los salientes irregulares del propio material le ayudaron a agarrarse e irse impulsando hacia arriba. Las dos bestias se quedaron abajo aullando mientras aporreaban con tanta furia las paredes que parecía que iban a hacerlas saltar en pedazos. El jaleo atrajo a otros infectados y en cuestión de escasos minutos una veintena se congregó imitando las embestidas de sus congéneres.

Marina observaba la escena de rodillas, consciente de que moriría si no cesaban en su intento de echar por tierra la cabaña. Con los ojos llorosos y un temblor incontrolado se dispuso a rezar en voz alta como le enseñaron en catequesis cuando tenía nueve años. A lo lejos vio correr a unos chicos seguidos por un buen pelotón de infectados. Pronto les perdió de vista entre el paisaje espeso. Incluso desde allí pudo adivinar que eran compañeros del campamento de refugiados. Para los infectados de la cabaña ese nuevo estímulo, más prometedor, fue suficiente para arrancarles de su actual propósito, lanzándoles a una apetitosa carrera. Con la inesperada paz que acababa de recuperar Marina se dejó caer hasta apoyar su cuerpo en los tablones y dirigió la mirada al cielo mientras pensaba en la tremenda suerte que le había sido concedida. No se lo creía. Se sentía aliviada y a la vez hundida; hundida por el peso de quien se sabe salvado a costa de la vida de otros inocentes. La impotencia que arrastraba desde que había huido del campamento le propinó un nuevo coletazo, desbocándose despiadadamente en su interior.

Cuando se volvió a incorporar sobre el tejado, el sol se estaba despidiendo tras el horizonte, proyectando el último abanico de cálidos colores del día. Tendría que pasar la noche a la intemperie si no encontraba la manera de entrar, pero no pensaba abandonar ese lugar elevado hasta no tener un plan en condiciones. A lo largo de la tarde había escuchado los gruñidos y los andares de varios infectados rezagados que se alejaban de aquella zona. No así los de otros supervivientes.

De pronto, Marina captó un reflejo brillante que se alzaba entre la maleza. El viento soplaba despacio haciendo bailar los matorrales circundantes de una especie de puerta metálica que yacía horizontalmente sobre la superficie del suelo terroso. Tenía forma cuadrada y estaba surcada por rodales de óxido. Desde allá arriba le pareció ver una cerradura y un tirador para levantarla. Al haber pasado la mayor parte del tiempo tumbada para procurar pasar inadvertida, no había tenido ocasión de otear el lugar que la rodeaba. Aquella puerta se le revelaba como un gran descubrimiento, y sentía la necesidad de saber cuanto antes si se podía abrir; quizás se trataba de un cuarto de herramientas o, en el mejor de los casos, de un almacén con provisiones. De lo que estaba convencida era de que si conseguía entrar, estaría realmente protegida.

Animada ante la perspectiva del nuevo plan, Marina empezó a descender con sumo cuidado. Aún así, se resbaló en un momento dado, profiriendo un breve quejido que alertó a alguien.

GALILEO – ¿Quién anda ahí?

La voz que salió de dentro de la cabaña en forma de susurro le hizo dar un brinco del susto. Estaba convencida de que aquél lugar estaba más que vacío; ¿por qué sino antes nadie le había abierto la puerta?

MARINA – Soy Marina. Estaba subida en lo alto del techo esperando a que esos bichos se largaran bien lejos.

Durante varios minutos no se oyó respuesta alguna ni ningún tipo de movimiento en el interior. Marina volvió a responder por si no le había escuchado cuando, por fin, se oyó levantar un tablón tras la puerta de entrada.

Marina accedió dubitativamente al interior de la cabaña, que estaba muy oscuro a pesar de que había una vela encendida en algún punto. El olor reinante era una mezcla entre humedad, sudor, orina y algo más que no pudo adivinar. El único habitante era un hombre grueso que lucía una chaqueta verde oliva con una placa nominativa, en la que se podía leer: “Agente forestal López”. Tendría unos cincuenta años y estaba muy sucio, más de lo esperado dadas las circunstancias. Su pelo era cano y lucía una barba totalmente descuidada.

GALILEO – No habrás traído a más muertos hasta aquí, ¿no?

El hombre no se anduvo con rodeos y se mostró frío y distante; ni siquiera miró a la chica a la cara. Todo él irradiaba un aura de desconfianza y Marina alzó los escudos imaginarios de protección que solía guardar para ocasiones hostiles.

MARINA – Ehh… No, no, puedes estar tranquilo. Hará más de una hora que el lugar está despejado.

Dialogar con él no iba a resultar agradable ni sencillo, por lo que Marina pensó en mantenerse prudente y esperar. El hombre se acercó a la cocina que había a la derecha de la estancia y sacó un par de cervezas de un armario repleto de botes y latas de conserva. A Marina no le gustaba la cerveza, pero cuando el agente forestal se la ofreció, comenzó a beber alegremente. Tenía sed, mucha sed. Mientras bebía aquel líquido agrio y caliente observó que la cabaña, además de la pequeña cocina, contenía un sofá de dos plazas, una mesa y dos sillas. Acto seguido localizó un par de puertas al fondo.

MARINA – ¿Qué hay ahí?

La chica escupió las palabras según las pensaba, sin cumplir con la prudencia que se había autoimpuesto. Temió alimentar la tensión palpable del ambiente. Contrariamente, el hombre pareció satisfecho con aquella pregunta y clavó su mirada en aquella dirección.

GALILEO – Un muerto y un váter. Ven, te lo enseño.

Marina se quedó de piedra al escuchar aquello. Por el tono de voz de aquél tipo supo que no estaba bromeando. Su curiosidad innata y el no querer llevarle la contraria, hicieron que le acompañara sin rechistar cuando éste cogió la vela y se dirigió al fondo de la estancia. Primero abrió la puerta del aseo liberando ipso facto un desagradable hedor. Le señaló el váter para demostrarle que lo que acababa de decir hacía unos instantes era cierto. Sin darle tiempo a que dijera ni una sola palabra, abrió la puerta contigua y señaló a la cama donde yacía un cuerpo escuálido con el rictus inconfundible de la muerte.

GALILEO – Ahí está el agente forestal López, más tieso que una estaca. La palmó por no querer comer ninguno de mis sabrosos guisos.

Con el último apunte sonrió fugazmente. Hablaba como quien le habla a una pared, sin esperar respuesta ni ningún tipo de feedback. Cerró la puerta y volvió a la sala central, dejándose caer sobre el mullido sofá. Se acabó de beber la cerveza antes de volver a hablar de nuevo. Ahora vez sus palabras sonaron a advertencia.

GALILEO – Si no me tocas las narices, todo irá bien. Si te quieres largar, coges ahora mismo la puerta y te vas cagando leches. ¿Entendido?

Marina respondió moviendo la cabeza en gesto afirmativo, aún sabiendo que se estaba metiendo en la boca del lobo. Acababa de llegar a un lugar que le había parecido seguro y sólo con pensar en volver a salir ahí afuera, cualquier alternativa le resultaba más apetecible.

Vivió más de una semana en una cabaña con un cadáver y con un hombre desconocido del que no sabía ni su nombre. Se lo llegó a preguntar hasta en tres ocasiones, pero todas las veces sólo recibió el silencio por respuesta. Una noche que el hombre bebió más de la cuenta le dio por hablar y confesó la verdadera historia sobre la muerte del agente forestal López; le había encerrado en el zulo que había bajo tierra. Marina acertó al pensar que el zulo del que hablaba estaba justo debajo de aquella puerta que había localizado desde el tejado. El verdadero agente forestal había cobijado sin saberlo a un hombre desequilibrado que pronto desató contra él sus instintos sádicos. Murió de hambre tal y como le había dicho el primer día de su llegada, pero le mintió cuando dijo que le había ofrecido comida. Realmente le había matado de inanición. Al cuarto día el agente forestal estaba en las últimas y el hombre desequilibrado lo subió a la cama de la cabaña para ver cómo moría, luego lo dejó ahí a modo de trofeo. Le explicó que quería saber qué se sentía al matar a alguien de esa forma.

Marina comprendió que ese hombre era poco menos que un psicópata y que debía andarse con especial cuidado si no quería acabar igual que el agente forestal López. Después de aquella confesión, el comportamiento del hombre desequilibrado empeoró sustancialmente. Parecía que sus instintos anómalos se habían vuelto a despertar; le sorprendía mirándola fijamente cuando hasta entonces había evitado el contacto visual y limpiaba los cuchillos varias veces al día en un particular ritual. Primero los sacaba todos del cajón y los colocaba minuciosamente en la encimera sin que se tocaran, luego los iba cogiendo de uno en uno y los frotaba con un trapo amarillento. El último paso era volverlos a colocar en el cajón en su posición perfecta. Podía pasar cerca de una hora con esa tarea carente de finalidad. La gota que colmó el vaso fue cuando se encerró toda una mañana con el cadáver. No se le oyó hablar con el muerto ni moverse por la habitación y ella nunca le preguntó nada al respecto. De hecho, convivían sin apenas comunicarse, Marina siempre a la espera de que él le ofreciera algo que llevarse a la boca. En alguna ocasión que ella había tomado la iniciativa, él se la había arrebatado de forma autoritaria y hostil, dándole a entender que debía mantenerse en el mismo plano que el resto de los muebles. Aquella situación era insostenible y a cada segundo que pasaba, Marina se sentía al filo del abismo. De hecho, todas las noches luchaba contra el sueño para evitar rendirse al mayor estado de vulnerabilidad del ser humano. Siempre le pasaba lo mismo: primero luchaba y luego irremediablemente se acababa durmiendo, aunque tampoco tenía claro cómo podría batallar con él en el caso de que la atacara. Pronto lo descubriría.

Marina se había quedado dormida sobre la alfombra del salón después de su particular lucha cuando el tacto áspero de un trapo rozándole la barbilla la despertó de inmediato. Abrió los ojos en medio de la oscuridad y aún así, le vio. Sabía que ese depredador la tenía presa entre sus zarpas e incluso podía apreciar el brillo de sus ojos impregnados de locura. El trapo se incrustó en su boca y él lo fue empujando hasta provocarle arcadas. Debía controlarlas si no quería ahogarse con su propio vómito. Quiso moverse pero se descubrió inmovilizada de pies y manos. Al estirar sus extremidades notó la soga que las sujetaba y que le rasgaba la piel con cada sacudida. El hombre se mantenía en silencio, como de costumbre, pero podía escuchar con claridad su acelerada respiración junto a ella. Sintió asco al notarle tan cerca. Escuchó moverse algo y entonces alcanzó a ver un chispazo en el extremo de una cerilla, que pronto afloró en llama encendiendo la mecha de una vela. Aquella débil luz le permitió ver el rostro de quien más odiaba ahora mismo en el mundo. Su expresión era serena y expectante, y sólo la sutil muesca que nacía en sus labios revelaba su verdadero estado de excitación.

Marina pasó tumbada sobre la alfombra todo el día con ese hombre contemplándola. Estaba segura de que él quería saber qué se sentía al tener a una mujer aterrorizada sin posibilidad de moverse. La situación empeoró cuando el hombre volvió a la acción. Posó su mano sobre su abdomen y le subió la camiseta, acariciando su piel lentamente. Frunció el ceño con aparente gesto de repulsa, pero prosiguió hasta tocarle los pechos. En esta ocasión no fue capaz de mirarla a la cara. Marina se revolvió como una fiera para mostrarle su queja y él se rindió porque quiso, manteniendo aquella expresión de desagrado. Apartó su mano como un resorte y se dirigió a la cocina. Cogió un bote de alubias blancas y lo echó en un plato, luego le añadió un chorro de aceite y se sirvió un vaso de agua. Se acercó nuevamente a la alfombra con sus viandas en una bandeja y se sentó en el suelo frente a la chica atada. Ahora parecía realmente satisfecho.

GALILEO – Para ti no hay comida ni bebida. Muérete de hambre tú también.

Su voz sonó tan cruel como el significado de las palabras que escaparon entre sus dientes. Su rostro mostraba la misma expresión apática que de costumbre, aunque sus ojos brillaban maravillados ante la situación que había creado. Se llenó la boca con tanta ansia que acabó tosiendo para no ahogarse, echando trozos de alubias enteros que salieron disparados como proyectiles. Marina tuvo que retener una nueva arcada.

Continuó comiendo sin dejar de mirarle a los ojos intensamente, pese a que Marina los cerró la mayor parte del tiempo a modo de desprecio. Cuando terminó se dirigió a la puerta de entrada y sacó el tablón de madera que hacía las veces de cerrojo, cogió una llave que pendía de un llavero en un clavo en la pared y se volvió para cargar a la chica sobre sus hombros como si fuera un saco de patatas. Ella se contoneó igual que haría un pez fuera del agua y consiguió caer al suelo de malas maneras. El hombre desequilibrado se afanó por recogerla propinándole un puntapié en medio del estómago.

GALILEO – Eres una puta, ni se te ocurra rebelarte contra mí. Antes te he quitado las manos de encima porque me das el mismo asco que una rata.

El hombre estaba enfurecido como nunca a pesar del temple que le había caracterizado hasta el momento. Marina no hacía más que empeorarlo, retorciéndose en el suelo mientras emitía sonoros lamentos.

GALILEO – ¡Que te calles de una puta vez! Joder, ¿también eres sorda?

Y se acercó para plantarle un tortazo que le giró la cara.

GALILEO – Y ahora te vas a quedar quieta cuando vayamos de paseo.

La mejilla le ardía como un fuego centelleante, despertándole temor y rabia a partes iguales. Se concentró en una respiración pausada para no estallar en llanto y que se le taponara la nariz, algo que la aterraba. Estaba rezando mentalmente para que su agresor no volviera a pegarle cuando éste volvió a colocarla sobre sus hombros boca abajo, igual que antes. En esta ocasión la chica no puso ningún impedimento.

Marina notó el aire dulce del campo el tiempo justo que duró el breve trayecto al zulo donde había sido retenido el agente forestal López. Los haces de luz del ocaso se despedían de la bella naturaleza, aunque con la cabeza colgando apenas pudo apreciarlo. Después de que el hombre se agachara para abrir la puerta bajaron por unas escaleras con una pronunciada pendiente, y ya en el suelo le cortó las cuerdas que la retenían. Por fin se pudo sacar el trapo de la boca que tanto le angustiaba. Por suerte, su captor se marchó presto arrastrando la soga que le había desollado la piel durante tantas horas. Escuchó el previsible sonido de la cerradura y a continuación algo imposible de olvidar: los gruñidos de los infectados.

Una encarnizada pelea se produjo sobre la puerta metálica del zulo. Las pisadas se oían ir y venir sobre aquella superficie, apagándose cuando pisaban la tierra e intensificándose cuando se posaban sobre el oxidado metal. Marina estaba asustada por lo terroríficos que resultaban aquellos sonidos que retumbaban y se intensificaban en el zulo. Parte de la tenue luz del anochecer se filtraba por las rendijas de la puerta del techo, produciendo vaivenes de sombras desde el exterior.

El zulo apenas lo conformaba un rectángulo de tres metros de largo por dos de ancho. El techo, al menos, era alto, restando parte de la sensación de claustrofobia. Había un colchón y una mesa con un aparato que al principio no supo qué era. Un taburete y un orinal completaban la decoración de los aposentos. El suelo y las paredes estaban enyesados aunque enormes manchas de humedad le conferían un aspecto lúgubre más similar al de una mazmorra.

Se sentó dolorida sobre el colchón, agudizando el oído con la intención de captar la evolución de la pelea. Deseaba con todas sus fuerzas que el infectado fuese el vencedor. Después de un rato, los gruñidos y gritos se apaciguaron, hasta que llegó un momento en que sólo se oían los grillos y los búhos noctámbulos.

Pasó esa noche durmiendo todo lo que no había dormido con anterioridad y al amanecer lo primero que hizo fue trastear el aparato que había sobre la mesa, que para su sorpresa, resultó ser una radio. Cuando la encendía e intentaba sintonizar alguna frecuencia, un sonido de estática rugía enérgicamente por los altavoces. Hubiera preferido encontrar alimentos o alguna bebida, aunque tampoco tenía intención de quejarse; al fin y al cabo, ese chisme le serviría de entretenimiento. En el mejor de los casos, a lo mejor le serviría para escuchar algún tipo de mensaje del gobierno con buenas noticias sobre el virus. Ese pensamiento la revivió.

Las tripas le rugían y la apremiaban, por eso rebuscó en el bolsillo de su pantalón, sacando el as bajo la manga que tan bien había escondido: la llave de la cerradura del zulo. La había cogido la noche en que el psicópata se emborrachó para tener un lugar donde esconderse si tenía que salir huyendo. La otra copia de la llave se quedó colgando en el clavo de la pared de la cabaña, la que él había utilizado para entrar. Se alegró de que no se diera cuenta de que faltaba una. Marina seguía dolorida, pero reunió el valor necesario para abrir la cerradura y salir al campo. Se acercó a la cabaña y comprobó que la puerta estaba abierta. Una vez dentro, descubrió que el hombre desequilibrado estaba durmiendo en el suelo, panza arriba, dejando ver las terribles heridas de la pelea. No sabía si estaba moribundo o si era un infectado en pleno sueño, pero no cabía duda de que aún respiraba. El color de su piel era mortecino, a pesar de las venas violáceas que le subían por el cuello. Aquello le puso los pelos de punta, pero el hambre y la sed la acuciaban. Con movimientos mudos y certeros consiguió recoger algunas conservas y una garrafa de agua, lo suficiente para sobrevivir algunos días. En adelante, tendría que volver a por más.

Volvió al zulo y se cerró por dentro, para mayor seguridad, mientras disfrutaba en pequeñas cantidades de sus manjares, racionándolos a conciencia. Desde entonces encendió la radio diariamente como parte de su rutina, aunque no fue hasta el 17 de octubre que contactó con él. Se llamaba Samuel y vivía atrapado en una estación petrolífera desde antes del inicio de la pandemia. No tenía forma de salir de allí y pasaba parte del día conectado a la radio, intentando contactar con otros supervivientes. Ahora que se habían encontrado no pensaba perder su frecuencia por nada del mundo. Él resultó ser una medicina en esos tiempos en que el corazón sangraba demasiado. Podían pasar horas y horas charlando, compartiendo anécdotas de vidas lejanas o explicando la sencillez de sus actuales vidas solitarias.

Semanas después Marina se tuvo que enfrentar al problema de la escasez de provisiones, ya que había acabado con todas las existencias recogidas aquél día. Le explicó a Samuel su situación y le dijo que debía volver a la cabaña donde sabía que seguía habiendo alimentos. Él se mostró optimista en su misión. Parecía realmente confiado de que todo iría bien, aunque en realidad no podía hacerse cargo del peligro que representaban esos seres infectados. A duras penas podía imaginarlo.

Marina salió al campo aprovechando la luminosidad de la mañana y el aire le besó el rostro tan pronto asomó la cabeza por la puerta metálica. La sensación, lejos de intimidarla, la reconfortó y se contagió del ánimo que había querido transmitirle Samuel minutos antes. La cabaña forestal seguía erguida allá donde ella la recordaba, con la puerta abierta de par en par. Anduvo con cuidado hasta asegurarse de que el inquilino no estaba en casa y se entretuvo en guardar varias latas, botes y botellas en un viejo capazo. La intuición le mandó abandonar la misión para asomarse por la puerta de entrada en el preciso momento en que el infectado psicópata ya tenía las piernas dentro, barrándole el paso. Al final se había transformado. Marina corrió hasta el cajón de los cuchillos y agarró uno de los más grandes mientras su antiguo enemigo vociferaba macabros sonidos. Cualquiera hubiera podido jurar que la maldecía por haberlos desordenado. Marina estaba invadida por la más pura adrenalina cuando le clavó el arma blanca en la parte baja del cuello. Lo deslizó con tal ímpetu que la hizo tambalearse cual muñeco de trapo. La sangre comenzó a salir a borbotones de una herida indudablemente mortal, aunque el infectado aún pudo forcejear con ella durante casi un minuto antes de sucumbir a la muerte definitiva. En sus dos vidas había intentado arrebatarle la suya.

Marina volvió al zulo aferrando su botín y se tumbó en el colchón, con la mirada detenida en la luz que se filtraba por la puerta del techo. Los rayos del sol luchaban por hacerse un hueco en aquel lugar en apariencia inhóspito, pero que a ella la había tratado tan bien. Podía sentir el latido apresurado de su corazón, que se resistía a volver a la normalidad. Pensó que le había ido de muy poco y se estremeció. Aquél nuevo infectado casi acaba con ella, sobre todo en el último forcejeo, que le había pillado totalmente por sorpresa. Inconscientemente se miró los brazos. Llevaba puesta una camiseta oscura de manga larga, intacta. Esa imagen le permitió liberar el aire contenido formando un silbido.

Se levantó y la invadió un ligero mareo que ignoró para reunirse, por fin, con Samuel. Se sentó en el taburete y encendió el aparato. Su amigo contestó de inmediato y se mostró entusiasmado con su regreso. Cuando llevaban hablando cerca de una hora, Marina notó un incipiente dolor de cabeza; debía comer algo pronto para que se le pasara. La conversación estaba siendo realmente divertida. Se rascó la muñeca izquierda un par de veces, sintiendo un ligero escozor que no remitía. Volvió a rascarse mientras acababa de explicarle a Samuel la anécdota del traje militar teñido de rosa para unos carnavales. Invadida por un mal presentimiento, se levantó la manga, topándose con la cruda realidad. El infectado le había dejado su sello impreso para acceder al inframundo. Sintió el revés del destino en sus entrañas mientras asimilaba que un ridículo arañazo la había sentenciado definitivamente.

Marina siguió hablando con Samuel como si nada, esforzándose sobremanera por ocultarle lo que acababa de descubrir en su piel. Sin embargo, él captó su notable bajón anímico. La chica intentó salir del paso como pudo. Lo consiguió. Hubiera querido decirle que iba a morir para que él pudiera apaciguarla y mecerla entre sus brazos, aunque sólo fuera con palabras lejanas. Pero no iba a hacerlo, de ninguna manera, sencillamente no podía. De saberlo, él habría querido acompañarla hasta el último de sus suspiros, y eso era totalmente injusto. Marina le diría que mañana volvería a la cabaña a por más cosas, proponiendo una nueva posibilidad de peligro para que él pudiera hacer cábalas si no volvían a contactar jamás. Aunque aquello también era injusto, al menos, sería menos doloroso.

Ese día Samuel se despidió con la ignorancia de que ésa sería la última vez. Por el contrario, Marina sabía perfectamente lo que ese adiós significaba. Quiso alargarlo un poco más y estirarlo hasta que fuese eterno, pero el arañazo que manchaba el reverso de su muñeca la devolvió a la realidad. Volvió a estirarse en el colchón mohoso y se quedó mirando la puerta metálica del techo que le impedía ver el azul del cielo, que por segundos se le antojaba el azul del mar donde estaba su querido Samuel. Sus ojos rebosantes de lágrimas tenían serias dificultades para ver siquiera los rayos del sol del mediodía que a esas horas se filtraban a raudales por las rendijas.

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comentarios
  1. ¡Saludos chic@s! 🙂

    Aquí comienza una tanda de capítulos bastante especiales, que narran autoconclusivamente, la historia de siete personajes que aparecieron en la novela de manera fugaz y superficial. Un “qué fue de” de manual. El primero de todos, y más especial, es éste, el de Marina, la amiga de Samuel de la que se habló muy poco en la novela, y que inspiró el concurso de relatos que ganó nuestra buena amiga y lectora del blog Sonia Gil. Modifiqué mínimamente algunos aspectos del estilo para adaptarlos a la dinámica global del conjunto de la novela, con su permiso, pero todo el mérito de este magnífico capítulo es suyo.
    Ella también es escritora, y ha autopublicado una novela en Amazon, como hice yo en su momento con AOLDLV. Si os ha gustado el relato de Marina, Sonia se merece que le echemos todos también un vistazo a su opera prima, “La destrucción del mundo”. Yo ya me hice con él en Amazon, y tan pronto acabe la saga de La torre oscura, que estoy leyendo actualmente, le meteré mano y le ofreceré la reseña que merece. Si vosotr@s también os animáis, os dejo aquí abajo el enlace para que podáis disfrutar también de él.

    Gracias por seguir al otro lado, y hasta la próxima. 😀

    David.

    • Betty dice:

      Yo que tuve la suerte de poder leerlo la primera (gracias a Sonia) puedo decir que ha hecho muy buen trabajo y como resultado ha escrito una historia interesante, muy ágil y que vale la pena darle una oportunidad. 😊

  2. battysco dice:

    ¡¡¡Muchísimas gracias David!!!

    Qué sorpresa encontrarme con esta entrada tan linda en tu blog. Me acabas de hacer muy feliz 🙂

    Cuando propusiste el concurso de minirelatos me entusiasmé como una niña chica. No sabía que me gustaría tanto escribir, aunque te aseguro que puse ilusión en cada línea. Poco después me lancé a la piscina lejos de la mano de Marina, que en su momento había velado tan amablemente por mí. Atreverse a escribir es un proceso, y estoy convencida de que David tuvo algo que ver en el mío.

    Muchas gracias por servirme de ejemplo y de inspiración, por empujarme sin saberlo hacia las letras y las historias. Me siento muy agradecida por esta oportunidad. Orgullosa de tener un pedacito propio en AOLDLV.

    Sonia.

    • Gracias a ti por regalarnos esta joyita. Para mi es todo un placer tanto el haber servido en cierto modo para darte ese empujoncito hacia esta afición tan sana y gratificante, como poder ofrecer en mi propia obra tu excelente aportación. 🙂

      David.

    • Carol dice:

      Hola, Sonia. Recién aterrizada de mis viajes laborables por el mundo, me encuentro este estupendo capítulo y mejor noticia. Acabo de comprarme tu libro :-). Ya te contaré!. Por cierto, Betty, critica genial y convincente. No he necesitado descargarme el fragmento, lo he comprado directamente 😉.

      • Betty dice:

        Saludos Carol!!
        Espero que todo te vaya genial!! Y que disfrutes con la lectura de nuestra recién estrenada escritora 😎

      • battysco dice:

        Hola Carol, siempre es una dicha encontrarnos por aquí y, si encima me dices lo que me dices, pues me instalas directamente una sonrisa de gratitud. Te diré que ahora mismo (literalmente) estoy enfrascada subiendo a Amazon la segunda y última parte de esta historia (es una bilogía). A ver si no me tengo que pelear mucho con el ordenador 😉
        Muchas gracias por el cariño que percibo, Carol. Un fuerte abrazo!!!!

  3. Angela dice:

    Excelente! muchas gracias por compartir esta historia y ademas el enlace al libro, ahora le daré un vistazo en Amazon.

  4. mari carmen dice:

    daviiiid estoy ya con el monazo , me como las uñas jejejeje

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