3×1215 – Roberto

Publicado: 19/07/2019 en Al otro lado de la vida

1215

 

ROBERTO Y CLARA

 

A quinientos metros del puerto deportivo de Quéret

15 de octubre de 2008

 

Roberto se giró levemente hacia la derecha al notar cómo su esposa Clara le cogía de la mano. La expresión de su cara, ceñuda y circunspecta, se parecía mucho a la suya propia. Algo no andaba del todo bien.

Ambos se encontraban en la cubierta del lujoso yate de Roberto, observando el desierto puerto deportivo. Les había costado mucho volver a Quéret, mucho más de lo que habían previsto en primera instancia. Pero estaban de luna de miel, y él no tenía que rendir cuentas a nadie, pues era el último eslabón jerárquico de la empresa que había fundado su recientemente fallecido padre, que funcionaba a las mil maravillas sin sus más que dudosas aportaciones, de modo que ese era el último de sus problemas.

Habían vuelto al lugar del que partieron hacía más de un mes después de aquella opulenta y carísima boda a la que habían invitado a más de doscientas personas, pero que no había supuesto el menor revés en la abultada cuenta del banco del joven empresario, heredero del tristemente fallecido magnate de las prótesis. Pese a que tenía en regla la licencia desde hacía años, tan pronto perdió la señal GPS había tenido muchos problemas para orientarse, motivo por el cual habían demorado tanto su vuelta.

Ver el puerto deportivo en ese estado debería haber hecho que Roberto diese la voz de alarma, pero la paz que ahí se vivía era tal, que ello sirvió justamente para lo contrario, paradójicamente. Muy lejanos quedaban ya los descabellados consejos de aquella joven mujer de larga melena rubia que habían encontrado hacía unos días en alta mar, junto con aquél variopinto grupo de gente desequilibrada de diversa índole, que le habían encomiado reiteradamente que no volviese a tierra firme, bajo amenazas insensatas dignas de la peor película de serie B. Lamentablemente, apenas recordaban el fondo de aquellas sabias palabras.

A juzgar por cuanto veían, o más bien por lo que no veían, resultaba más que evidente que le habían mentido descaradamente. Ahí no había nadie, ni enfermo ni sano, ni pacífico ni mucho menos peligroso. No había nadie, literalmente. Roberto tenía la impresión que se hubiera producido el rapto, del que tanto hablaba el también fallecido padre Andrés, con la intención de meterle miedo a él y a sus demás compañeros en las tan lejanas sesiones de catequesis de su infancia.

Roberto guió el navío hacia su espacio privado en el amarradero, cuya cuota había domiciliado hacía dos años, cuando su padre le regaló el yate. Bien podría haberlo hecho en cualquier otro noray, habida cuenta que todos estaban libres. Jamás había visto el puerto deportivo en tal estado.

No paraba de darle vueltas a la cabeza, intentando dar una respuesta a tan inesperado giro de los acontecimientos. Pensó que quizá estuviesen haciendo obras, y por ello lo hubiesen desalojado temporalmente, pero todo estaba tal cual él lo recordaba, y no había ningún tipo de maquinaria, ni vallas, señalización al respecto ni mucho menos operarios, aunque era un miércoles no festivo.

Tras dejar el yate a buen recaudo, hastiados hasta cotas insospechables de ser de él prisioneros, pusieron rumbo al aparcamiento. Clara había enhebrado su brazo en el de él, algo incómoda, y apretaba con relativa fuerza, visiblemente tensa. Roberto, esforzándose por ocultar su propia inquietud, sintió la necesidad de tranquilizarla.

ROBERTO – ¿Qué ocurre, cariño?

CLARA – No sé… Esto es… muy raro.

ROBERTO – ¿No tenías tantas ganas de volver?

CLARA – Sí, pero… ¿Y la gente?

Desde ahí se veía con claridad el paseo marítimo, y ahí tampoco había nadie. Ni en las calles, ni en los balcones, ni coche alguno circulando por la calzada. Daba la impresión que ellos fuesen las últimas personas del planeta, y que el resto, por algún extraño motivo que a ellos se les escapaba, hubiese decidido abandonarlo durante su ausencia. Las palabras de aquél hombre de piel negra disfrazado de policía revoloteaban por su cabeza, pero Roberto se esforzó por apararlas de un metafórico manotazo.

ROBERTO – Seguro que hay una explicación razonable, aunque ahora nos cueste imaginarla. ¡No se pueden haber evaporado!

Roberto soltó una sonora y forzada carcajada. Clara no le acompañó; si un caso, aún acentuó más la expresión de preocupación de su rostro.

ROBERTO – Vayamos a casa. Tenemos todo el tiempo del mundo para averiguar qué ha pasado aquí. No adelantemos acontecimientos.

Clara hizo un leve asentimiento con la cabeza. El coche deportivo seguía en el mismo lugar donde él lo había aparcado hacía algo más de un mes, en el parking privado del puerto deportivo. Lucía algo más de polvo y marcas de lluvia, pero arrancó a la primera. Con lo que le había costado, más le valía. También les llamó la atención el hecho que el parking estuviese prácticamente lleno, a diferencia de los amarraderos. De sus dueños, sin embargo, no había rastro alguno.

La barrera del acceso al recinto del puerto estaba levantada. Parecía forzada, dada su posición antinatural, pero seguía de una pieza. La garita del agente de seguridad que se encargaba de verificar la identidad de quienes entraban y salían estaba vacía. Roberto se apeó del coche y caminó hasta ahí, tratando de llamar la atención de quien resultaba evidente que estaba cometiendo una infracción gravísima. Él pagaba una cuota mensual muy alta para garantizar que hubiese alguien 24 horas al día salvaguardando sus bienes, y le sentó muy mal ver que el puesto estaba desatendido. Eso le resultó intolerable, aunque habida cuenta que no había un solo barco, no dejaba de tener sentido que no hubiera nadie para cuidar de ellos.

Se incorporaron al paseo marítimo. Las calles estaban sucias y descuidadas; los locales comerciales cerrados a conciencia. Había desperdicios por el suelo, y los contenedores estaban a rebosar de basura, mucha de la cual yacía desperdigada por la acerca y por la calzada, incluso con bolsas destrozadas que habían vertido por doquier su desagradable contenido. Roberto intentó tranquilizar a Clara, afirmando que debía tratarse de una huelga en el servicio de mantenimiento del ayuntamiento. No era la primera vez que vivían sus desagradables consecuencias en lo que iba de año. Ni él mismo fue capaz de dar crédito a sus propias palabras. Intentaba mostrarse sereno, pero estaba tan intranquilo como su esposa. Cada vez más.

El camino de vuelta al barrio de alto standing en el que vivían resultó excepcionalmente tranquilo. La imagen de dejadez y abandono de la ciudad estaba presente de un modo inquietante y en cierto modo desolador, pero a medida que comenzaron a subir la pequeña colina en la que se erigía el barrio, fue haciéndose cada vez menos acusada. Sin saber muy bien por qué, ello les calmó bastante.

De igual modo que ocurriese en el puerto deportivo, la garita que daba acceso al barrio estaba desatendida. Roberto tuvo que forzar manualmente la barrera para poder hacer entrar el coche, aunque después de haber pasado al otro lado, no hubiera sabido decir si eso le tranquilizaba o le ponía aún más nervioso. Si bien había hojas secas por el suelo, y resultaba evidente que ahí tampoco funcionaba el servicio de limpieza y jardinería hacía semanas, pese a ser éstos privados, volver a ese lugar seguro les hizo sentirse algo menos inquietos. Al fin y al cabo, el estado habitual del barrio era ese, salvo por algún vecino esporádico que saliera a pasear al perro o a hacer footing.

Llegaron de vuelta a casa sin haber tenido que lamentar el más leve contratiempo. No tardaron en percatarse que la corriente eléctrica ahí tampoco funcionaba. Al ser pleno día, no se habían dado cuenta de tal eventualidad por las calles, salvo por el hecho que los semáforos permanecían carentes de vida. Fue Roberto el que lo advirtió, al ir a buscar una cerveza a la nevera, cuya luz no se encendió al abrir la puerta, y al notar ésta a la misma temperatura que el exterior. Por fortuna, con un viaje tan largo en perspectiva, no habían dejado atrás ningún alimento perecedero que se pudiera echar a perder, y no tuvieron que lamentar malos olores.

De entrada, ese hecho no les supuso mayor problema, obviando el que carecían de modo alguno de enterarse de qué estaba ocurriendo, tal como Clara intentó hacer al tratar, infructuosamente, de poner en funcionamiento la televisión del salón. Tal era su nivel de congoja desde que llegaran de vuelta a la península, que hubiera dado cualquier cosa por escuchar a Eusebio Cuesta dando repuesta a todas sus preguntas en su habitual magazín sensacionalista de la sobremesa.

Clara intentó ponerse en contacto con su madre para preguntarle qué estaba ocurriendo, pero el teléfono tampoco funcionaba. Ni siquiera daba tono. A efectos prácticos, hubiera sido igual de útil tratar de comunicarse con ella haciendo uso de la tostadora. Tras una corta ducha con agua fría, que dejó las reservas del depósito de cubierta en números rojos, Roberto dejó a Clara en casa y se propuso dar un paseo por el vecindario. No sabía aún muy bien por qué, pero se llevó consigo su enorme pistola plateada. Se había sacado la licencia de armas para poder ir de caza con su padre, pero tras un par de intentos infructuosos en los que había bebido más cerveza que disparos había efectuado, había olvidado tal afición. Aprovechando que ya la tenía, había comprado aquella pequeña belleza, que por fortuna, aún no había necesitado usarla jamás.

Su intención era la de que algún vecino pudiera explicarle lo que estaba ocurriendo, pero tras visitar más de dos docenas de viviendas, obteniendo en todas idéntica respuesta, absolutamente ninguna, acabó optando por volver por donde había venido. Clara estaba que se subía por las paredes. Le imploró ir a visitar a su madre, pues estaba convencida que le había ocurrido algo terrible en el trascurso del poco más de un mes que hacía que habían abandonado la civilización en aquella idílica luna de miel.

Su madre era viuda y vivía sola en casa con el gato. Sabía cuidar de sí misma. Tras una corta discusión algo tensa, Roberto acabó dando su brazo a torcer, y no sin antes prepararse un tentempié con la poca comida enlatada que tenían por casa, pusieron rumbo a la de la madre de Clara. Por fortuna, ésta vivía a poco más de quince minutos de ahí.

El corto trayecto lo efectuaron por una carretera secundaria, sin ocasión de cruzarse una sola vez con otro coche. Ninguno de los dos daba crédito a cuando veían. Si antaño les hubieran preguntado, ambos hubieran respondido encantados ante la perspectiva de vivir en un mundo en el que no hubiera nadie más, nadie con quien discutir, nadie a quien tener que soportar desplantes, pues aunque de cara a la galería se esforzaban por ocultarlo, ambos eran bastante misántropos. La perspectiva ahora distaba años luz y resultaba mucho menos halagüeña.

La sensación de abandono e indefensión era rayana en el dolor físico, y se iba incrementando a medida que continuaban adelante sin ver más que signos de abandono de la civilización que habían dejado atrás después de la boda. Aunque sabían a ciencia cierta que eso no podía ser cierto, se sentían como los dos últimos supervivientes en la tierra. La ausencia de tráfico les permitió llegar en tiempo récord, y el hecho que no hubiera un solo coche aparcado en la calle, les permitió estacionar delante mismo de la puerta.

Clara tocó el timbre en hasta tres ocasiones, cada vez más nerviosa, antes de darse cuenta que la ausencia de corriente eléctrica le había privado de vida. Entonces llamó a su madre a viva voz, deseando verla correr la cortina del salón y mostrar una grata y sincera sonrisa en el rostro al ver de nuevo a su primogénita y única hija, como hacía siempre. Para su desesperación, la cortina se mantuvo impasible. Clara sacó el juego de llaves del bolso y abrió la puerta de la verja exterior, que les permitiría el acceso a la rampa del parking privado y a los cuatro escalones que llevaban a la puerta principal, que la joven se afanó en abrir, cada vez más nerviosa.

Jimmy, el gato, salió disparado por la puerta tan pronto ésta se abrió. Ambos le vieron llegar a la calzada en tiempo récord y salir escopeteado calle arriba como alma que lleva el demonio. Clara hizo el amago de perseguirle, pero el animal parecía tener las ideas demasiado claras. Fue el olor lo que le hizo recuperar el hilo de sus pensamientos. Un desagradable hedor provenía del interior de la casa pareada en la que vivía su madre. Clara entró a toda prisa en la vivienda, seguida de cerca por Roberto.

Tras una corta inspección de la planta baja, en la que todo parecía en regla, ambos subieron las escaleras. Las piedras del gato estaban llenas de heces y orines del felino, pero aquél intenso olor no provenía de ahí. Era mucho peor, y resultaba evidente que procedía de la primera planta. Clara subió las escaleras a toda prisa y entró en el dormitorio de su madre. Incluso la cama estaba hecha. La puerta del cuarto de baño en suite estaba entreabierta, y mostraba sin ningún tipo de reparo el desolador espectáculo que se había producido dentro.

Clara comenzó a gritar a pleno pulmón, presa de la más absoluta congoja, al ver a su madre muerta en la bañera. La espuma de su boca hacía largo tiempo que había desaparecido, pero el tarro vacío de píldoras que había ingerido para quitarse la vida, haciéndolas bajar, al parecer, con un vino gran reserva del 85 del que parecía haber bebido a morro, resultaba lo suficientemente esclarecedor para entender lo que ahí había ocurrido. Si bien no el por qué.

El pobre animal se había limitado a hacer cuando estaba en su mano, más bien en su zarpa, para sobrevivir. Encerrado en la casa, sin modo alguno de salir, una vez se evaporó todo el agua que su ama le había dejado, que no era poca, y una vez se había acabado todo el pienso que ésta le había dejado, había hecho lo único que estaba a su alcance para seguir con vida. El agua de la bañera le había mantenido hidratado. El cuerpo de la madre de Clara le había mantenido alimentado. Al menos hasta hacía un tiempo, porque su actual estado de putrefacción era tan avanzado, que el pobre animal hubiera muerto de haber seguido adelante. De ahí la prisa que tenía por abandonar la casa.

Clara hubiera estrangulado al gato con sus propias manos hasta ver cómo su vida llegaba a su fin, de no ser por el hecho que el animal estaba ya a más de un kilómetro de ahí, comenzando una nueva vida que pronto le haría envidiar el cautiverio y la inanición a los que había sido sometido.

Roberto se esforzó en vano por calmar a la hiperexcitada Clara, aún sin ser capaz de dar crédito a cuanto habían presenciado. Resultaba evidente que hacía al menos dos semanas que su suegra había muerto, pero no había una triste nota que delatase el motivo de su suicidio. Ninguno de los dos entendía nada. La mujer había enviudado hacía más de un lustro, había recuperado la felicidad y estaba empezando a rehacer su vida. Que hubiera decidido quitársela, era algo que no albergaba el menor sentido para ellos, aunque ambos enseguida entendieron que tenía algo que ver con lo que estaba ocurriendo en las calles. Más bien con lo que no estaba ocurriendo.

Habida cuenta que el teléfono fijo de la casa tampoco funcionaba, decidieron acercarse a la comisaría a denunciar el aciago hallazgo. De haber decidido investigar algo más a fondo la casa, hubieran descubierto el periódico que yacía sobre la mesa de la cocina o los folletos del toque de queda que los soldados habían metido en los buzones de todas y cada una de las viviendas de la ciudad costera, que resultaban muy esclarecedores al respecto de por qué la madre de Clara había tomado tan drástica determinación. Pero Clara tenía demasiada prisa por alejarse de aquella pesadilla, y aunque ambos estaban convencidos que ahí tampoco encontrarían a nadie que pudiera ayudarles, partieron hacia ahí igualmente. ¿Qué más podían hacer si no?

La comisaría se encontraba en pleno corazón de Quéret, y el sol ya había comenzado su inexorable declive para dar paso a la noche. Ambos comprobaron, para su mayor desasosiego, que del mismo modo que todos los electrodomésticos de su casa y los semáforos en las calles, las farolas tampoco tenían la menor intención de encenderse. Acordaron que si no encontraban ayuda en la comisaría, deberían posponer la investigación a la mañana siguiente. Pese a disponer de las luces de carretera y encontrar las calles desiertas, circular por la ciudad a oscuras les resultaba espeluznante.

Tardaron bastante más en llegar de lo que habían previsto, pues encontraron varias calles cortadas por coches en apariencia abandonados en mitad de la calzada. Algunos de ellos incluso con las puertas abiertas de par en par. Ambos se apearon del vehículo al llegar a su destino, aliviados en cierto modo, pese a lo irónico que ello resultaba, al comprender que tendrían que dar media vuelta y volver por donde habían venido, de vuelta a casa.

La comisaría no solo estaba desierta, igual que el resto de edificios, sino que estaba clausurada por varias decenas de metros de cinta policial, y cerrada a conciencia. Incluso parecían haberse molestado en soldar las puertas entre sí para que resultase a todas luces imposible abrirlas de nuevo. No obstante, no había cartel alguno que indicase el motivo de tal decisión: el viento y la lluvia se habían encargado de hacerlo volar lejos y dejarlo hecho migajas por el sucio suelo.

Tras buscar infructuosamente un punto débil por el que entrar, aún estando casi convencidos que dentro no encontrarían más que salas vacías, decidieron volver al coche. Clara ya había ocupado el asiento del copiloto, y Roberto iba a hacer lo propio tras el volante, cuando ambos escucharon un ruido proveniente de un cajón en forma de ataúd que había junto a la fachada. Todo apuntaba a pensar que se trataba de un trabajo provisional en el aparato eléctrico del edificio, a juzgar por los gruesos cables negros que emergían de su parte superior.

Roberto miró en esa dirección y acto seguido echó un vistazo a Clara. Ésta negó lentamente con la cabeza. Roberto hizo caso omiso y dio un paso al frente. Sacó la pistola de su escondite, donde la espalda pierde su nombre, y tragó saliva. Las puertas de aquél burdo armario de contrachapado estaban visiblemente forzadas. Donde antaño debiera haber colgado una gruesa cadena de eslabones metálicos sujeta con un candado, tan solo quedaban dos feos agujeros en la madera, astillada, que por su pequeña escala no permitían ver lo que había al otro lado.

Roberto se armó de valor y abrió la puerta de un tirón. Del interior emergió una barra de metal que de poco no le golpea en plena frente. Roberto trastabilló hacia atrás, sosteniendo el arma entre sus dedos temblorosos. Se tranquilizó sobremanera al descubrir de qué se trataba realmente: no era más que un niño asustado.

Ahí encerrado había un chaval de unos once o doce años que apestaba a sudor, vestido con harapos y con el pelo más sucio y enmarañado que Roberto había visto en toda su vida. Estaba sudando a mares. El chico comenzó a agitar aquella tubería medio doblada que sostenía con ambas manos, con los ojos prácticamente cerrados, más que dispuesto a golpear con todas sus fuerzas a cualquiera que se acercase más de un metro a la redonda de donde se había escondido, sólo Dios sabía por qué. Roberto, consciente que no corría ningún peligro, guardó de nuevo la pistola, metiéndola entre el cinturón y el pantalón, en su cadera derecha.

JOSÉ – ¡No! ¡No me muerdas! ¡Si te acercas un poco más te juro que te reviento!

El preadolescente dejó de agitar la tubería medio doblada que sostenía con ambas manos tan pronto dio fe que ni Roberto ni Clara tenían intención alguna de agredirle, pero la dejó alzada frente a sí, observando, ahora sí, con los ojos abiertos como platos a quien tenía delante.

JOSÉ – ¿Estáis… estáis vivos?

Roberto no respondió. Para él, esas palabras no albergaban el más remoto sentido. Resultaba evidente que estaban vivos, al igual que lo estaba él.

JOSÉ – ¿Os han mordido?

ROBERTO – ¿Eh?

JOSÉ – ¡¿Te estoy preguntando que si os han mordido, es que estás sordo?!

Roberto frunció el ceño, claramente molesto por la actitud del chico. Entendía que estuviera asustado, pese a que desconocía el motivo, pero en cualquier caso, esas no eran maneras de dirigirse a un adulto. El chico estaba obsesionado por saber si a ellos les habían mordido. Pensó que quizá hubiera una jauría de perros enfurecidos que rondase por la ciudad vacía, y que ello respondiese a su exacerbado estado de ansiedad.

ROBERTO – ¿Quién nos va a haber…?

JOSÉ – No me fío. Seguro que os han mordido. ¡Idos de aquí! ¡Dejadme en paz!

ROBERTO – No entiendo por qué… ¿Qué te ha mordido a ti…?

JOSÉ – ¡A mi no me ha mordido nadie! ¿¡Te enteras!? ¡Nadie!

Clara se apeó del coche, claramente afectada por la situación. Aquél chico, aún con la tubería, no suponía ninguna amenaza para ellos, pero aún así, se sentía muy incómoda con la situación. Clara y Roberto se miraron mutuamente, sin acabar de comprender las palabras de aquél chaval.

JOSÉ – Pensaba que ya no quedaba nadie… pen… pensaba que yo era el último…

El chico se puso a llorar desconsoladamente, bajando al fin la amenazadora tubería. Roberto respiró hondo y tragó saliva. No sabía qué debía hacer a continuación. Resultaba más que evidente que el chaval estaba al borde del colapso nervioso, y su más básico instinto le gritaba que le dejase ahí y se olvidase de él. No obstante, era la primera persona viva con la que se cruzaban desde que volvieron a la península, y ni él ni Clara estaban dispuestos a perder la oportunidad de hacerle un buen interrogatorio. Era demasiada la curiosidad que acarreaban como para dejarle ahí.

Roberto dio un paso al frente, y le puso una mano en el hombro, tratando de tranquilizarle. José dio un respingo al notarlo y se puso de nuevo en tensión, convencido que le iban a agredir. Fue la visión del brillo de aquella enorme pistola plateada el que le hizo perder el hilo de sus pensamientos. En ella vio la solución a todos sus problemas, una solución rápida, aunque no especialmente limpia. Al fin y al cabo, ya había perdido todo lo demás: la vida era lo único que le quedaba, y después de tanto tiempo burlando a la muerte, después de tanto tiempo limitándose a aplazar lo inevitable, prefería ser él quien tomase la decisión final.

JOSÉ – Buena suerte con los muertos.

ROBERTO – ¿Qué dices?

El preadolescente sonrió. Fue una sonrisa sincera. Roberto no alcanzó a entender nada, y se vio obligado a llevarse las manos a las orejas al notar el fuerte estallido de la detonación. Clara gritó, temiendo que el chico hubiese disparado a su esposo. Nada más lejos de la realidad. José le había arrebatado el arma a Roberto y se había disparado a sí mismo en el pecho, con la clara intención de quitarse la vida. Pretendía dispararse al corazón y acabar con todo su sufrimiento, pero sus conocimientos de anatomía eran aún muy limitados. De su boca comenzó a manar bastante sangre.

Pese al daño más que evidente que había sufrido y el dolor que sentía, trató de acabar lo que había empezado, pero Roberto fue más rápido. Le quitó la pistola de las débiles y temblorosas manos y la tiró a un lado. Ésta rodó por el suelo unos metros, hasta quedar frenada por los pies de Clara, que lo observaba todo, atónita, y sin dar crédito, desde su posición junto a la puerta abierta del vehículo.

Estaba perdiendo mucha sangre. La herida de bala había sido a bocajarro, y había desgarrado parte de su pecho. Sin embargo, tanto él como Clara se esforzaron al máximo por detener la hemorragia del moribundo chaval, que no atendía a razones. Roberto le arrancó la camiseta para tratar de ayudarle, aunque resultaba evidente que ya nada podía hacerse por él. Fue entonces cuando las vieron.

Las marcas de aquella mordedura eran muy pequeñas, y formaban un arco. De no ser porque ello no albergaba sentido alguno, Roberto hubiera jurado que se trataba de la marca de una mordedura humana, no de un animal, como había pensado en primera instancia. Por algún motivo, ninguno de los dos se sorprendió demasiado al ver que la aparatosa herida enseguida dejaba de sangrar.

Entre los dos le llevaron a rastras al coche. Roberto puso el santo en el cielo al ver cómo la sangre de aquél chico manchaba la tapicería. Le dejaron recostado entre los dos asientos y ocuparon los suyos propios. Ya habían perdido demasiado tiempo. Pensaron el acercarse al hospital, pero para entonces ya habían aprendido la lección: ahí no habría absolutamente nadie, como no había nadie en ningún otro lugar. Volverían a casa, donde tendrían ocasión de pensar con más claridad.

Se alejaron justo a tiempo de evitar encontrarse con quienes, atraídos por los gritos y el disparo, habían acudido a ver qué ocurría, lo cual era al mismo tiempo una bendición y una maldición, pues ellos seguían igual de ignorantes del peligro al que se estaban exponiendo deambulando por la ciudad infectada al ocaso. El trayecto fue igual de tranquilo que todos los anteriores.

ROBERTO – ¿La gente se ha vuelto completamente loca? ¿Qué diablos está pasando aquí?

Por más que le daba vueltas a la cabeza, Roberto no era capaz de encontrar una respuesta plausible. Todo cuanto había ocurrido desde que pisaran de nuevo tierra firme parecía un mal sueño.

CLARA – Quizá se trata de una epidemia de suicidios.

ROBERTO – ¿Pero qué dices?

CLARA – No lo sé. Quizá la gente ha enfermado por algún… no sé… por algo, algo del ambiente, y… se han vuelto locos y han comenzado a suicidarse en masa.

ROBERTO – Si eso fuese así, ¿no crees que habría cadáveres por todos lados?

Clara cayó en la cuenta de la elocuencia de las palabras de Roberto. No dejaba de resultar irónico que, aunque ellos no lo vieron, al encontrarse al otro lado de una furgoneta aparcada, acababan de pasar junto a media docena de cadáveres que había tirados unos encima de otros en la acera, junto a la salida de unos multicines.

Para cuando llegaron de vuelta a casa, José ya había perdido el conocimiento. Trataron de reanimarle, pero les resultó imposible. Seguía con vida, no obstante. Le acostaron en el dormitorio de invitados, tras limpiarle a conciencia, para evitar que la herida se infectase, pese a lo irónico que ello resultaba, y procedieron a cenar. Lo hicieron en silencio, a la luz de las mismas velas que habían utilizado para dar ambiente a la tan lejana noche de bodas, mientras hacían el amor.

Roberto no preguntó a Clara por qué no lloraba, aunque no tenía otra cosa en la cabeza. La imagen del cadáver desnudo de su suegra, con la cara medio comida por el gato, le acompañaría de por vida. Había sido un día demasiado largo, y ambos acordaron que tenían que descansar, tanto el cuerpo como la mente. Ocuparon la cama de matrimonio. Clara se durmió enseguida, de tan exhausta como estaba. Roberto, sin embargo, no fue capaz de pegar ojo.

La despertaron los gritos. Los mismos gritos que enseguida se extinguieron, haciéndola creer que tan solo habían sido imaginaciones suyas. Se giró y comprobó, a su pesar, que Roberto no estaba junto a ella en la cama. Debía ser medianoche, a juzgar por la oscuridad que lo envolvía todo. Sintió miedo. Sacó la linterna de la mesilla de noche y llamó a su esposo. No obtuvo respuesta. Se armó de valor y bajó las escaleras, poco a poco.

Le descubrió bajo el umbral de la puerta principal, abierta de par en par. Estaba tumbado boca abajo en el suelo, y bajo él había una sospechosa mancha negra que crecía por momentos. Clara enfocó el haz de la linterna hacia la habitación en la que José debía estar debatiéndose entre la vida y la muerte. La puerta también estaba abierta, pero sobre la cama no había ya nadie. Se arrodilló junto a Roberto y trató de despertarle.

Roberto había muerto. Tenía un desgarrón en el cuello del que había manado toda aquella sangre. Clara no entendía nada. Entonces sí lloró, abrazada a su cuerpo, echada junto a él en el manchado suelo, superada con creces por la situación. Pasó cerca de veinte minutos velando su cadáver, sabiéndose sola en el mundo, sintiendo un enorme vínculo empático e incluso comprendiendo de un modo doloroso la decisión que había tomado su madre al quitarse la vida.

Levantó la mirada y vio la pistola, ahora no tan brillante al estar manchada con la sangre reseca de quien había arrebatado la vida a su esposo, del que ahora era viuda. Resultó demasiado tentadora. Su disparo fue más certero que el de José, y acabó con su vida en el acto. Al fin y al cabo, ya no había ningún motivo para seguir adelante. El mundo se había acabado, ¿qué pintaba ella ahí?

Minutos más tarde, el cadáver de Roberto volvió a la vida. Roberto descubrió el cuerpo sin vida de su esposa junto a la mesa del comedor y se dirigió hacia él. Comenzó a morder el brazo de Clara, y al infectar con sus flujos salivales su recientemente extinta corriente sanguínea, ésta comenzó a reactivarse, produciendo una curiosa reacción exotérmica que hizo que la carne aún adquiriese un mejor sabor.

Veinte minutos más tarde, Clara resucitó, y Roberto, muy a su pesar, tuvo que dejar de alimentarse con su cuerpo. De todos modos, tampoco estaba demasiado hambriento, pues no hacía mucho que había cenado. Tras unos cortos espasmos, Clara se levantó y miró de arriba abajo a su esposo, olisqueándolo. Se dirigió hacia él, que estaba observando la calle desierta desde el umbral de la puerta.

Roberto se giró levemente hacia la derecha al notar cómo su esposa Clara le cogía de la mano. Creyó leer en su rostro un atisbo de sonrisa cuando sus miradas se cruzaron, pero ello no fue sino fruto del azar. Con las ensangrentadas manos entrelazadas, comenzaron a caminar calle abajo, movidos por una extraña fuerza que les invitaba a dejarse llevar por esos nuevos instintos que acababan de despertar en ellos, más que dispuestos a abrazar gustosamente la nueva vida que tenían por delante.

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comentarios
  1. Lamento haber tardado tanto en colgar el siguiente. He tenido un mes de locos en el trabajo, descansando sólo un día a la semana, y en ocasiones trabajando incluso todos los días una media de 9 horas. Tuve unos días libres y los aproveché para viajar a Londres y visitar a mi hermana, que vive cerca, y tampoco pude dedicarle mucho tiempo a la novela. A ello se suma que éste es el capítulo más extenso que he escrito jamás, el equivalente a más de cinco de los habituales, y como no lo he colgado hasta tenerlo acabado, ello se ha traducido en un incremento considerable en la demora. Espero no haceros esperar tanto los próximos. En una semanita cojo vacaciones y tengo el firme propósito de ponerme a tope a escribir, que al fin y al cabo la novela ya está prácticamente acabada, y me hace ilusión finalizar el trabajo de más de doce años de mi vida, el mayor proyecto que he hecho jamás. Mil gracias por vuestra paciencia.

    David.

  2. Ma. Del Rosario Verdayes G.. dice:

    Mil gracias a ti David y en verdad hace falta leer los fragmentos que nos haces favor de enviarnos, pero el pensar que tienes l novela casi terminada y su pronta phblicacion lo compensa.
    todo mi agradecimiento y saludos desde Mexico. Gracias, muchas gracias!!!.

  3. Angela dice:

    Muchas gracias David por todos los capítulos que nos vas brindando, espero que disfrutes tus vacaciones al máximo, te mereces eso y mucho mas.

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