3×1216 – Nemesio

Publicado: 01/08/2019 en Al otro lado de la vida

1216

NEMESIO

 

Establo abandonado junto a la mansión de Nemesio, isla Nefesh

24 de octubre de 2008

 

El crujir de las hojas secas bajo el cuerpo de Nemesio acompañó a los primeros espasmos de su resucitación. Fue bastante rápido. El anciano parpadeó repetidamente, analizando dónde se encontraba, algo molesto por la, por otra parte, escasa luz que entraba por las ventanas rotas. No era más que un viejo establo sin animales, sucio, descuidado y con un penetrante olor a humedad. Pese a que había pasado cientos de horas ahí con anterioridad, no fue capaz de reconocer absolutamente nada.

Pese a la semipenumbra que reinaba en el ambiente y el hecho que la noche anterior había caído en los brazos de Morfeo como persona ciega, ahora veía con total claridad. No hacía ni una hora lloraba de alegría al haber recuperado el sentido de la vista, para poco después perder la vida. Ahora ésta también la había recuperado, tal como él mismo había fantaseado en sus últimos minutos previos a su muerte, y gracias al mismo virus que se la había arrebatado en primera instancia, pero a cambio había tenido que pagar con su memoria, con su misma esencia. Pese a que cualquiera que le conociese le reconocería tomo tal sin dificultad, ese ya no era Nemesio.

Tan pronto el rigor mortis abandonó sus extremidades, Nemesio se levantó y comenzó a deambular por la estancia. Una primera inspección visual le indicó que estaba encerrado. Trató de salir de ahí, acuciado por una necesidad acuciante de alimentarse, pero no encontró modo alguno de hacerlo. Ello, lejos de acrecentar su ansiedad, le resultó del todo indiferente. Se limitó a seguir vagando sin rumbo ni prisa alguna pues, al fin y al cabo, tampoco tenía nada mejor que hacer.

Fue por el mero hecho que podía ver a través que descubrió el modo de escapar. Una vez encontró un punto débil, toda su atención se concentró en ello. Trató de apartar la contraventana, pero ésta se mantuvo firmemente sujeta. La madera estaba parcialmente podrida y maltrecha por el ataque de las termitas y la humedad, pero parecía más que dispuesta a impedirle recuperar la libertad de la que Christian y Abril le habían privado al ocultar ahí su cadáver poco antes de partir en una misión en busca de víveres.

Hicieron falta varios golpes y zarandeos para abrir una vía de escape, pero no tardando mucho acabó consiguiéndolo. Maya estaba en la mansión, pero demasiado lejos para oírle. A ello se le sumaba el hecho que estaba profundamente dormida y el incesante ruido de la caída de agua, que lo inundaba todo. Se rasgó la ropa al salir por entre las maderas astilladas, pero finalmente recuperó la ansiada libertad. El sonido de la pequeña cascada se hizo más intenso una vez fuera, y su recién adquirido instinto le empujó a alejarse de ahí. Deseaba hacerlo cuanto antes, aún sin saber muy bien por qué.

Nadie le vio salir. Nadie le vio alejarse. Más adelante le echarían en falta, pero para entonces ya sería tarde. Se alejó siguiendo el curso del río, alejándose del inquietante ruido, principalmente porque no encontró modo alguno de cruzar al otro lado y la pendiente iba en esa dirección. Aún tenía los músculos algo agarrotados por el rigor mortis, y dejarse llevar por la inclinación del terreno resultaba lo más sencillo.

No habría avanzado ni doscientos metros cuando aquella cristalina agua se tornó demasiado tentadora para seguir ignorándola. Desde ahí ya no se escuchaba el sonido de la caída de agua, y ello también ayudó mucho a que el anciano tomase la decisión de echar un trago. Caminó hacia la fangosa orilla del río, se arrodilló y comenzó a beber aquella agua fresca, enfatizando la ironía que traslucía del hecho que había sido esa misma agua la que le había hecho enfermar hasta morir en primera instancia.

Comenzó torpemente, dando dentelladas al agua, metiendo la cabeza prácticamente entera, con poco o nulo éxito. Lo hacía con un ansia impropia de la sed que realmente tenía, que no era demasiada. Al fin y al cabo, pese a su cuerpo ajado por la edad, en cierto modo acababa de nacer; todo era nuevo para él. Pese a las dificultades, no se arredró y siguió intentándolo, con más ahínco incluso.

Nemesio se fue inclinando más y más, perfeccionando su más que discutible técnica, que le había obligado a parar y toser aparatosamente en más de una ocasión, hasta que finalmente dio incluso con las rodillas en el lecho fangoso. Ahí la velocidad del agua era bastante elevada y en un momento dado, poco antes de poder saciarse definitivamente, perdió pie y cayó de bruces al agua.

La corriente se lo llevó río abajo, y pese a que él hizo todo lo que estuvo en su mano y en su escaso intelecto para volver a la orilla, le resultó totalmente imposible. Tragó mucha más agua de la que había bebido mientras tan solo intentaba saciar su sed. Incapaz de hacer pie fue llevado por la corriente río abajo, hasta que finalmente, con la panza a rebosar de agua, acabó perdiendo el conocimiento al darse un golpe en la cabeza con una roca.

Despertó una hora más tarde, manchado de barro de pies a cabeza, en una zona de vegetación bastante espesa llena de gruesas raíces. Fueron éstas las que frenaron su avance y evitaron que acabase dando con cuerpo inconsciente en el Mediterráneo, donde con toda seguridad hubiera acabado ahogándose definitivamente, y sirviendo de alimento para los peces. Ningún infectado que cayera al mar salía de ahí con vida, a no ser que la marea fuese bondadosa con él y le llevase a la orilla. Eran incapaces de aprender a nadar.

Vomitó agua, mucha agua, junto con lo poco que había cenado la noche anterior y algo de sangre, herencia de la enfermedad que le había arrebatado la vida, de cuyos síntomas ya no había rastro alguno. Una vez acabó, la sensación de vacío de su estómago aumentó sus ganas de alimentarse, que venían acompañadas de algo más, que él aún desconocía, pero a lo que se abandonaría sin ofrecer resistencia alguna tan pronto tuviera ocasión.

Antes de verla, la escuchó. Se trataba de una mujer joven. Emitía unos ruidos muy extraños, a su parecer, pero si de algo estaba convencido, incluso con su limitado conocimiento de aquella nueva y extraña vida que acababa de adquirir, es que se trataba de una persona diferente a él: una persona no infectada, una persona perfectamente apta para destruir con sus propias manos y de la que alimentarse con su cuerpo aún caliente.

Le costó dar con ella, y para entonces los ruidos que emitía parecían incluso haber cambiado de dueño. Cuando antes eran gritos graves y muy frecuentes, una especie de jadeos coléricos, ahora tan solo se escuchaba unos tímidos berreos agudos, más parecidos a un llanto. El olor de la carne y la sangre frescas seguía resultando indiscutible, y Nemesio, tras trepar por la enésima maraña de raíces, finalmente dio con ella.

La chica estaba tendida sobre una mullida sábana de verde césped salvaje, en un claro del bosque, junto a un viejo coche con la puerta del piloto abierta de par en par y el motor en marcha. Estaba muerta. Lucía desnuda de cintura hacia abajo, y tanto su falda como su ropa interior yacía hecha un guiñapo a su lado. Estaba tumbada sobre un charco de su propia sangre, y de entre sus sucias piernas emergía una especie de intestino en cuyo extremo pudo ver, para su sorpresa, un bebé. Era el neonato el que emitía aquellos sonidos, exigiendo la atención y el cuidado de su madre, que jamás recibiría.

Nemesio se acercó, cauto pero seguro de sí mismo. Se vio tentado a hincar los pocos dientes que le quedaban en la joven carne de aquél bebé llorón, pero su madre resultaba a todas luces mucho más apetecible. Aunque él todavía estaba vivo, resultaba evidente que no supondría un reto acabar con su vida, y la mujer tenía mucho, mucho más que ofrecerle.

Tal vez fuera el hecho que el olor de su sangre lo impregnaba todo, pero el caso es que Nemesio no se lo pensó dos veces. Se arrodilló junto a su cadáver y comenzó a alimentarse de la carne blanda de sus muslos. El placer que sintió en sus papilas gustativas al notar la carne fresca y jugosa, henchida de sangre aún caliente, que pronto comenzó a recorrerle la comisura de los labios, resultaba indescriptible.

Siguió así cerca de quince minutos, incapaz de saciar su hambre, cuando de repente y sin previo aviso, la joven se despertó. Lo hizo de un modo tan inesperado que Nemesio, sorprendido y superado por la situación, se levantó a toda prisa, dio un par de pasos atrás, trastabilló con una roca sobresaliente, y dio con sus nalgas en el suelo terroso, sin parar de mirarla.

Aún algo aturdido, todavía sentado en el suelo y con la boca parcialmente abierta, manchada de sangre reseca, la vio levantarse a toda prisa, prácticamente de un salto. La infectada le miró, con los ojos bien abiertos y aquél conducto con el bebé en su extremo colgándole entre las piernas que no paraban de sangrar. Olisqueó el ambiente en su dirección, como tratando de discernir si Nemesio sería su próxima comida, pero en ese momento escuchó llorar a su hijo. Lo hacía con bastante menos ahínco que al principio, pero aún con ganas de vivir. A diferencia de su madre, pese a estar infectado, él no mostraba signo alguno de haberse convertido en una de aquellas alimañas. Aunque de poco le serviría.

La infectada no se lo pensó dos veces. Miró hacia abajo y le vio, como una especie de péndulo que amenazaba con hipnotizarla. Tiró del cordón umbilical y agarró al niño por el cuello. Éste lloró por última vez, emitiendo el sonido más alto que haría en vida, cuando su madre hincó los dientes en su sonrosada y sucia panza. Nemesio, molesto porque su banquete se hubiese despertado a medio comer, se levantó torpemente y se alejó de aquella horrible escena, consciente que ahí ya no era bienvenido.

El bosque era demasiado grande, y él carecía tanto de destino como de sentido de la orientación. Se limitó a deambular hasta que encontró una zona boscosa muy espesa, las copas de cuyos árboles formaban una cubierta que confería al lugar un aspecto lóbrego. Eso era todo cuanto necesitaba, ahora que ya había saciado su necesidad más acuciante: un lugar donde echar una cabezadita y poder librarse de los rayos del astro rey que tan molestos resultaban a su recientemente recuperada vista.

Durmió del tirón lo que quedaba de día, la noche entera y gran parte del día siguiente. Despertó con los primeros albores del ocaso, cuando el sol ya se había ocultado detrás del monte Gibah y no resultaba tan molesto. Con las pilas bien cargadas, después de aquél reconfortante sueño y la opípara cena que se había dado poco antes de caer en los brazos de Morfeo, se dispuso a continuar su peregrinaje de destino incierto.

La noche siguiente la pasó caminando prácticamente en su totalidad. La vegetación era muy espesa, y no hacía más que engancharse la ropa, desgarrándola cada vez más y más. Poco antes que amaneciera, estaba desnudo de cintura para arriba y con los pantalones hechos jirones, había perdido un zapato y su correspondiente calcetín, y lucía un feo corte en la planta del pie, aunque éste enseguida cicatrizaría y dejaría de resultar un problema. No encontró nada que llevarse a la boca, más que un par de ardillas que se limitaron a mirarle gruñir desde su atalaya en la rama de un árbol cercano.

A partir de entonces sus noches se transformarían en sus días. La luz de la luna y las estrellas le resultaba más que suficiente para poder orientarse y salir a cazar, y deshacerse del engorro que suponía tener que desplazarse con la tan molesta luz diurna, marcaba ciertamente la diferencia. Todos los días repetía una rutina similar, de destino francamente infausto. Su nueva vida se convirtió en un bucle del que era incapaz e salir.

Llevaba una semana de inanición severa, tan solo paliada por la ingesta eventual de agua del río, en la que no había visto a nadie más, ni sano ni infectado, cuando encontró el cadáver medio devorado de una vaca. A juzgar por las marcas de dentelladas que lucía, todo apuntaba a pensar que había sido víctima de uno de sus congéneres, aunque no solo había marcas de dentadura humana: al parecer había servido de alimento a medio bosque. Ahora había llegado su turno.

Las moscas habían dado buena cuenta de la res, pero él no tuvo reparo alguno en hundir sus mandíbulas en la carne burbujeante de gordos gusanos blancos. Estaba demasiado hambriento, demasiado desesperado por llevarse algo a la boca como para preocuparse de esas nimiedades. Comió como si le fuera la vida en ello, aunque en cierto modo, así era. Comió mucho más de lo que debería haber comido, hasta que su otrora hundido estómago se mostró hinchado. Entonces, lo vomitó todo.

Su propio instinto de supervivencia le hizo alejarse de la carne corrompida de aquél cadáver, y aún con peor cuerpo y ánimo que antes de encontrarla, continuó su peregrinaje. Los días dieron paso a las semanas, y él deambuló y deambuló, durmiendo durante el día y caminando durante la noche. No tardando mucho se quedó definitivamente y completamente desnudo, aunque ello no le importó lo más mínimo. Aunque tampoco era ese su objetivo, jamás consiguió llegar a la civilización.

En más de una ocasión descubrió animales de granja que habían sido liberados, pero ellos demostraron ser más rápidos que él, que cada día estaba más débil y cansado, y fue incapaz de darles caza. En una ocasión se pasó más de diez horas persiguiendo a un potro, más allá incluso del alba. El animal se limitaba a trotar un poco y seguir paciendo cada vez que Nemesio se acercaba más de la cuenta, hasta que finalmente le perdió de vista.

Durante del orden de un mes tan solo se alimentó del cadáver de un ratoncillo de campo que se había partido la espalda al caer de un árbol y de los pocos restos del bebé cuya madre había asesinado el mismo día de su resucitación, al que por fortuna, las moscas habían ignorado. Carecía de rumbo y no hacía más que dar vueltas sobre sí mismo, incapaz de alcanzar la costa norte.

El monte Gibah y la propia orografía del terreno hacían de barrera virtual para él, en cierto modo, y Nemesio, cuando la pendiente se hacía demasiado acusada, siempre escogía el camino más fácil, volviendo sobre sus pasos una y otra vez. Ello propició que nunca cruzase al otro lado, donde hubiera encontrado las granjas, la zona industrial y la ciudad, donde sin duda hubiera tenido muchos menos problemas para alimentarse. En más de una ocasión se cruzó con alguno de sus semejantes, pero ambos se limitaron a ignorarse el uno al otro, y siguieron su camino en solitario.

Las excursiones en busca de alimento eran cada vez más cortas y escasas, paradójicamente, pues las noches eran cada vez más largas. A medida que se acercaba el invierno llegaron las lluvias y empezaron a bajar las temperaturas, y ello hizo que aún saliera menos. Para entonces él estaba ya muy débil. Las costillas se le marcaban en su viejo cuerpo desnudo y lleno de cicatrices de arañazos. Su cara, que parecía sacada de una pesadilla, era todo un poema.

Él se encontraba oculto en una grieta en la roca, que a duras penas podría llamarse cueva, cuando cayó la primera nevada. Se limitó a observarlo todo, fascinado, desde su posición privilegiada. La nieve cubrió la abertura de la grieta, y él, lejos de tratar de escapar, se quedó tumbado donde estaba, demasiado cansado y hambriento para hacer nada más.

Pasadas unas horas, cuando ya era noche cerrada, intentó salir, pero el frío había endurecido la nieve a medio descongelar, transformándola en una barrera impenetrable, de modo que se limitó a hibernar, aunque su cuerpo no estaba preparado para eso. Hacía demasiado frío para hacer nada más. Ahí permaneció encerrado, incapaz apenas de moverse, durante más de una semana.

Cuando finalmente el hielo se derritió lo suficiente y pudo salir, lo hizo arrastrándose. Trató de ponerse en pie durante horas, pero sus músculos estaban demasiado agarrotados. Consiguió desplazarse más de cien metros antes que las pocas fuerzas que le quedaban le abandonaran definitivamente. No obstante, aún sin energía para moverse, tendido como estaba boca arriba en mitad de una zona llena de arbustos, con pocos árboles alrededor, desde la que se veía el cielo estrellado, no tuvo presencia de ánimo para morir.

Pasaron los días y las semanas. Su cuerpo se fue marchitando más y más, secándose y cuarteándose, pero Nemesio seguía aferrándose a la vida como a un clavo ardiente. Con la llegada de la primavera, un día espléndido, con el cielo azul sin mácula, escuchó un ruido en las proximidades. Ya no podía ni siquiera mover el cuello, que se había quedado agarrotado, pero su vista, su bien más preciado, más incluso que la vida, seguía funcionando a la perfección.

Escuchó gritos, seguidos de voces, seguidos de disparos, seguidos de carcajadas y algún que otro reproche airado. Su olfato le indicó que habían acabado con uno de sus congéneres. No sintió ningún tipo de lástima por él. Luego su olfato le indicó que sus verdugos se acercaban. Escuchó voces, aunque no entendió una sola palabra.

VÍCTOR – Anda, mira, ahí hay otro.

ABRIL – ¡¿Dónde?!

VÍCTOR – Ahí, tirado, entre los matojos.

Abril se acercó a Nemesio y no tardó en reconocerle. Se llevó una mano a la boca, incapaz de creer lo que le decían sus ojos. La otra sostenía el arma con la que había quitado la vida a aquél otro pobre infeliz. Al fin Abril entró en el limitado campo de visión de Nemesio. Llevaba el pelo más corto que de costumbre, e iba vestida como un vaquero del antiguo oeste. Entró en escena uno de los hombres que la acompañaban, que le apuntó con un rifle. Abril apartó con suavidad el arma, mientras negaba con la cabeza.

VÍCTOR – Ya sé que dijimos que sólo acabaríamos con los que supusieran una amenaza, pero… más vale prevenir que curar. No hace falta que…

ABRIL – No. No es eso. No es eso.

Víctor tragó saliva, con el ceño fruncido. Otra persona les invitó amablemente a que se dieran prisa en volver al jeep con el que habían llegado hasta ahí, pero ambos le ignoraron.

VÍCTOR – ¿Le conocías?

Abril asintió. Víctor también asintió y se alejó, para dejarle algo más de intimidad a su compañera. Una lágrima acudió a sus ojos. Abril creyó ver en sus suyos, inyectados en sangre, un brillo de reconocimiento. Se equivocaba. Lo único en lo que pensaba Nemesio era en abatirla, destruirla con sus propias manos y alimentarse de su cuerpo aún caliente. Pero ni siquiera podía moverse.

ABRIL – Abuelo…

Nemesio, que de buen grado la hubiera matado ahí mismo, emitió un leve gruñido, apenas audible, que ella confundió con un saludo, aunque perfectamente que no era así. Abril negó con la cabeza y se limpió con el dorso de la mano la lágrima que recorría su mejilla. Le apuntó con la pistola a la frente. Nemesio no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, por lo cual no sintió miedo a la muerte.

ABRIL – Lo siento mucho, abuelo.

Abril apretó el gatillo, acabando por segunda vez con la vida de Nemesio. Paradójicamente, el pobre anciano hubiera muerto igualmente horas más tarde, sin su ayuda.

comentarios
  1. Jose dice:

    Grandisimo libro y trilogia, de las mejores que he leido del genero y eso que he leido mucho. Lastima que todo lo bueno tenga un final. Enhorabuena y esperando proximos proyectos.

    • Mil gracias, Jose. 🙂

      A “Al otro lado de la vida” ya no le queda mucho, lamentablemente. Poco más que cerrar tramas y ofrecer el final que muchos de vosotros lleváis demandando desde el primer momento (que confío esté a vuestra altura). Por fortuna, como bien aventuras, seguiré escribiendo. Tan pronto acabe con la actual trilogía, escribiré una novela autoconclusiva de corte fantástico titulada “Al otro lado de la realidad”, y acto seguido escribiré otra novela individual autoconclusiva titulada “Al otro lado de la muerte” que será secuela directa de “Al otro lado de la vida” retomando uno de sus personajes, trasladada varias décadas en el futuro, en un mundo en el que ya no existen los infectados y los pocos que les sobrevivieron intentan rehacer de nuevo la sociedad. Tengo mucha ilusión puesta en ambos proyectos, pero primero… tengo que acabar ésta, cuya longitud se me fue MUCHÍSIMO de las manos, pero de la que no puedo sentirme más satisfecho.

      Gracias por venir al otro lado. Aquí siempre serás bienvenido. 🙂

      David.

  2. Angela dice:

    Gracias David, sentí nostalgia por el grupo que quedo en la ciudad al leer que Abril encontró compañía.

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