3×1217 – Macarena

Publicado: 19/08/2019 en Al otro lado de la vida

1217

MACARENA Y BARTOLOMÉ

Frente a una vieja cabaña en la montaña, entre Etzel y Sheol

1 de octubre de 2008

La joven y dulce Macarena le dio la mano al viejo y vivido Bartolomé. Éste sonrió, y se la asió con suavidad y convicción. No había sido una decisión fácil la de abandonar la vieja cabaña que les había servido de cobijo y protección frente a aquellos seres sin entendimiento ni escrúpulos. Ambos dieron el primer paso juntos, en dirección al río del que habían tomado el agua las últimas semanas. La suerte estaba echada.

Después de la trágica muerte de Rafael a manos de Morgan, tras su corta pero intensa enfermedad, y de la partida de éste acto seguido, no habían vuelto a saber nada de él. La joven Macarena fantaseaba día y noche con que el rudo pero bondadoso policía volviese a por ellos, tras haber encontrado a su esposa sana y salva en Sheol. A medida que pasaban los días, y sobre todo las noches, aquella ingenua ilusión se fue tornando en la vívida certeza de que ello jamás ocurriría. Y lo que más la incomodaba era desconocer el motivo.

A medida que sus ilusiones iban menguando, también lo hacía la escasa comida de la que disponían, y por más que la racionaban, llegó un momento en el que seguir mirando a otro lado resultó imposible. Macarena había insistido en infinidad de ocasiones a Bartolomé que ella era quien debía abandonar la seguridad de la cabaña para ir a buscar provisiones. No en vano, era la más joven y además había estado alimentándose de todo cuando el viejo tenía sin aportarle más que compañía y conversación: algo que, por otra parte, el anciano agradeció mucho. Bartolomé se había negado en redondo todas y cada una de las veces.

Ambos habían perdido a todos sus seres queridos durante los primeros albores de la epidemia. El hecho de encontrarse tan cerca de la zona cero de la infección había resultado dramático. Al menos ellos conservaban la vida, aunque era lo único que les quedaba. Cada cual lidiaba con el duelo a su manera, pero tener un hombro amigo en el que llorar siempre era de agradecer, y más en momentos tan duros.

Pese a la evidente disparidad tanto en edad como en el mero planteamiento vital, ambos habían congeniado a la perfección desde el primer momento, pues sí había algo que tenían en común: ambos poseían un gran corazón. Llegó un momento en el que su compenetración fue tal, pese a hacer tan poco tiempo que se habían conocido, que se les antojó harto difícil imaginar un mejor compañero de risas y lamentos.

Ella se había quedado huérfana y sin hermanos el mismo día. Había sido la única superviviente de un episodio de violencia inaudito de aquellas bestias del que había salido intacta por pura suerte, principalmente por el hecho que los infectados estaban demasiado atareados alimentándose de los cuerpos sin vida de sus familiares para siquiera prestarle atención a ella. Eso fue poco antes que el grupo que capitaneaba Morgan la rescatase de la calle por la que deambulaba en estado de shock y la llevase a la escuela Sagrado Corazón, junto con otro montón de supervivientes.

Él vivía solo en un piso de alquiler casi tan viejo como él, en la periferia de Sheol, cuando comenzó todo. Se fue enterando de la muerte de sus familiares y amigos en pequeñas dosis, día tras día. El hecho que se cerrase en banda cuando le insistían para que viniera con ellos, argumentando que era viejo y que no sería más que una carga, había sido, paradójicamente el motivo por el que había sido el único en sobrevivir, a medida que quienes trataban de ayudarle perecían bajo el yugo de los infectados.

Para ambos fue un golpe muy duro saberse solos en el mundo, conocedores de que todos a cuantos habían amado se habían ido para no volver. Pero para él, convencido ya desde hacía mucho tiempo que sería el primero en irse, y que serían sus seres queridos quienes tuvieran que sobrellevar el luto de su muerte, resultó incluso peor. Perder a sus dos hijos, a sus tres nietos, a su único hermano vivo, a sus sobrinos… sabiéndose él el más viejo de su particular clan, se le antojaba increíblemente injusto.

Tras largas y argumentadas conversaciones, a medida que los víveres iban expirando, acabaron acordando que partirían juntos. Bartolomé podría ser viejo, pero aún conservaba cierta agilidad, además de aquella vieja escopeta de caza con seis cartuchos, que tanto bien les había hecho días atrás, una noche en la que habían recibido la visita de tres infectados. Esa fue la única visita que recibieron en todo el tiempo que estuvieron ahí conviviendo.

Aquella noche Bartolomé no había temblado al acabar con ellos del modo más atroz pero eficaz, de la misma manera que Morgan había hecho con Rafael, sin titubear.  Macarena, que en otros tiempos se hubiera llevado las manos a la cabeza al ser testigo de semejante acto de violencia, se limitó a observarle, con una expresión muy seria en el rostro y convencida que estaban haciendo lo correcto. Al fin y al cabo, y aunque aparentasen ser personas como él y como ella, estaba firmemente convencida que los infectados no eran más que demonios que habían robado esos cuerpos para cometer sus fechorías, y que sus legítimos dueños ya habían muerto mucho tiempo antes.

Llevarían algo más de media hora de camino cuando llegaron al pequeño y viejo puente de piedra, siguiendo contracorriente el curso del río. Hasta entonces no habían visto signo alguno de hostilidad ni señales del mal que había asolado la Tierra hacía poco más de un mes, sacudiendo sus cimientos. Era el puente por el que el anciano había llegado a aquella vieja cabaña abandonada en primera instancia, el mismo por el que presumiblemente Morgan había accedido a la ciudad en busca de su esposa Sofía días atrás.

Fue justo al llegar al otro lado del río cuando escucharon la explosión. Retumbó el suelo, y cientos de pájaros alzaron el vuelo en trescientos sesenta grados a la redonda. De no haber estado tan asustados, les habría parecido una imagen bellísima. Desde ahí no fueron capaces de ver la deflagración que emergió de la gasolinera que acababa de estallar en pedazos, pero sí la densa nube de humo negro que ésta dejó a su paso, a medida que el incendio comenzaba a propagarse.

La joven y el viejo se miraron el uno al otro, sin ser capaces de encontrar las palabras adecuadas para apaciguarse mutuamente, principalmente porque carecían de ellas. Esperaron cerca de un minuto, guardando un silencio sólo roto por el ruido de fondo que hacían los grillos, al que habían aprendido a ignorar, por necesidad imperante del contexto. Al ver que no ocurría absolutamente nada, continuaron adelante.

Llegaron a las afueras de Sheol en cuestión de cinco minutos, siguiendo un camino de tierra que se transformó en una vía burdamente asfaltada que no tardando mucho más se convirtió en una calle con todas las de la ley. Ambos estaban muy lejos de sus casas, y ambos hacía largo tiempo que habían perdido tanto las llaves como las ganas de volver: demasiados recuerdos resguardados entre sus paredes que no harían más que reabrir heridas.

La visión del incendio a lo lejos, que no parecía en absoluto que fuera a extinguirse por sí solo, si un caso todo lo contrario, no hacía sino impacientarles. Debían encontrar el modo de reabastecerse cuanto antes, o pronto no habría nada a lo que echar mano. Pese a que la calle no podía ser más tranquila, ninguno de los dos se sentiría seguro hasta que no estuvieran rodeados de cuatro paredes y un techo, lejos de los infectados y lejos del fuego.

Si una vez consiguieran lo que se proponían volverían a la cabaña o buscarían otro refugio en las afueras, era algo que aún no habían decidido. Había mil y un lugares en los que resguardarse de los infectados, pero la probabilidad de encontrar a uno de ellos descansando dentro era tan alta, que aunque tardasen una hora en volver con todo cuanto consiguieran a cuestas, esa perspectiva era mucho más tentadora que quedarse en la ciudad en la que se había originado todo.

Acababan de salir de un pequeño supermercado regentado en tiempos por una familia de pakistaníes, cuando notaron la vibración. La notaron incluso antes de escuchar el ruido de las pisadas. Ambos estaban algo decaídos, al haber comprobado que el local había sido saqueado a conciencia, dejando literalmente todas y cada una de sus estanterías completamente vacías. Sin embargo, tal sensación se esfumó tan pronto descubrieron la fuente de la inusitada vibración.

La calle que desembocaba en el camino hacia el bosque no era muy ancha, pero estaba abarrotada de infectados que corrían hacia donde ellos se encontraban, dejando a sus espaldas la nube de humo y el fuego. Por fortuna les vieron mucho antes que supusieran una amenaza real, aunque debían reaccionar rápido si no querían ser pisoteados hasta la muerte, y eso en el mejor de los casos.

Macarena sugirió resguardarse en el supermercado que acababan de visitar, que era el único lugar accesible que habían encontrado hasta el momento. Al fin y al cabo, no disponían de más de un minuto antes que les alcanzasen. Bartolomé negó con la cabeza, mientras le temblaban las piernas: si ellos habían conseguido entrar, los infectados también podrían hacerlo, y el escondrijo se convertiría en una trampa mortal. Señaló a los pies de la joven, calzada con unas deportivas sucias. Macarena estaba de pie sobre la tapa de una alcantarilla.

Entre los dos intentaron levantar la tapa no sin serias complicaciones. Lo intentaron con ahínco, apurados cada vez más por la inminencia de la necesidad de encontrar un lugar donde resguardarse, pero pese a que se hicieron daño en dedos y uñas, no lo consiguieron. Ya era demasiado tarde para buscar una alternativa. Incluso el supermercado estaba ya demasiado lejos.

Cuando los gritos de los infectados eran casi tan altos como el incesante repicar de sus pies en el asfalto Macarena agarró de la muñeca a Bartolomé, que seguía intentando sin éxito levantar la tapa metálica, y prácticamente le arrastró hasta la parte trasera de una vieja furgoneta blanca que había aparcada frente a una sucursal de banco, a escasos metros de donde se encontraban.

Los infectados llegaron, irremediablemente. Para su sorpresa, y aunque detectaron alguna que otra mirada fugaz que sin duda había reparado en ellos, aquellos seres sin alma siguieron adelante, ignorándoles a voluntad. Tampoco hubiesen podido parar a echarles el guante sin ser arrollados por sus compañeros. Iban demasiado rápido y estaban demasiado concienciados con su propósito de abandonar Sheol a toda costa.

Aún sin creer lo afortunados que habían sido, decidieron no tentar más a la suerte y se arrastraron hasta colocarse bajo la furgoneta, desde donde al menos pasarían desapercibidos. El espacio del que disponían era increíblemente angosto. No tendrían nada que hacer si alguno de los infectados se agachaba y tiraba de cualquiera de sus extremidades. Por fortuna, eso no ocurrió.

Macarena comenzó a llorar, superada por la tensión y presa de la claustrofobia y la impotencia. Bartolomé la cogió de la mano y trató de tranquilizarla, argumentando que ahí estarían seguros, que tan solo tenían que esperar. Por fortuna estaba en lo cierto.

Con frecuencia tropezaban y caían aparatosamente al suelo, tratando con serias dificultades de ponerse en pie de nuevo, aunque no siempre lo conseguían. Parecía que no fuesen a acabarse nunca. Pasaron más de media hora ahí abajo, en una posición francamente incómoda, incapaces apenas de moverse.

Al ruido atronador de aquella especie de estampida humana se sumó el olor a quemado del incendio que seguía extendiéndose por la ciudad, sin nada ni nadie que tuviese la menor intención de hacerle frente. Poco a poco ese ruido fue cesando, y tras los jadeos de algún que otro rezagado y de quienes habían resultado infectados en peor estado físico, todo se sumió de nuevo en un silencio sólo roto por sus propias respiraciones.

Bartolomé fue el primero en arrastrase de nuevo a la calzada y comprobó que, en efecto, ya no quedaba un solo infectado en las proximidades. De nuevo hombro con hombro miraron en derredor, y vieron los efectos que la estampida había tenido en el entorno: se habían llevado todo por delante sin ningún tipo de miramiento, tal como si en vez de personas hubiera pasado por ahí un pequeño tsunami. De lo que no les cupo la menor duda era que volver a la cabaña no era ya una opción: aquella increíblemente numerosa procesión de infectados había huido en esa dirección.

Pronto se darían cuenta que ello, lejos de un problema, había sido en realidad una bendición. Ahora todos los infectados que había en el centro de la ciudad y en las proximidades del incendio habían abandonado Sheol. Al menos todos cuantos habían tenido ocasión de salir a la calle, uniéndose a la larga marcha de sus semejantes. Un escalofrío les recorrió la espalda al pensar qué habría sido de ellos si hubiesen demorado un poco más su partida, pues la cabaña era vieja, y ellos no hubieran estado preparados para hacer frente a una horda de semejante calibre.

El contraste tras aquél desagradable incidente fue increíble. La ciudad había vuelto a quedar en silencio, pero ahora ambos sabían que aquél silencio era distinto. Los dos eran conocedores de la afición que tenían los infectados por resguardarse en lugares oscuros durante el día, y pese a que su empresa ahora mismo era revisar ese tipo de lugares, ahora estaban convencidos que no encontrarían ninguno. No se equivocaban.

Acuciados por la nube de humo que se veía en la lontananza, se adentraron más y más en la ciudad, con su objetivo original de encontrar provisiones desdibujado por la necesidad acuciante de hallar algún otro lugar donde resguardarse y poder pasar la noche, que no tardaría en cernirse sobre ellos, del mismo modo que lo hacía aquella grisácea y desagradable llovizna de cenizas llevadas por el viento.

No fueron pocos los infectados muertos que encontraron por el camino, que cada vez resultaba más frustrante, pues todos los locales frente a los que pasaban estaban cerrados a conciencia, para evitar ser saqueados, que era precisamente lo que ellos pretendían.

La mayoría estaban en un estado lamentable, herencia sin duda de los cientos y cientos de semejantes que les habían pasado por encima durante aquél corto pero intenso éxodo. Tal solo encontraron un infectado vivo, que no había podido huir dado el terrible estado en el que ya se encontraba cuando se produjo la estampida. Resultaba evidente que se había despertado cuando al menos una docena de sus compañeros estaban alimentando de él. A diferencia del resto, dada su particular posición a resguardo de los pisotones, no parecía haber sido arrollado como el resto.

No habían acabado con ninguno de sus órganos vitales principales, pero carecía de las dos piernas y de un brazo, y le faltaba medio torso, las dos orejas y parte de la mandíbula inferior. Eso no resultó obstáculo, no obstante, para que gruñese airado al verles y comenzase a perseguirles, arrastrando lo poco que quedaba de su ajado cuerpo con su único brazo sano. Bartolomé se vio tentado a acabar con su sufrimiento dándole el golpe de gracia que tanta falta le hacía, pero Macarena le invitó a no hacerlo. En tal estado no resultaba una amenaza, y ellos no sabían cuándo precisarían de aquellos preciosos cartuchos.

Ya empezaba a hacerse algo tarde, y la sensación de calma, que en un principio había sido tensa, se había acabado tornando en pura impotencia. Vieron a un hombre boca abajo en mitad de la calzada, uno de tantos. Resultaba evidente que había sido víctima de aquellas bestias, que le habían pasado por encima, del mismo modo que resultaba evidente que ya no volvería a levantarse. Bartolomé se arrodilló junto a su cadáver, algo tímido pero convencido de lo que hacía, observado de cerca por Macarena.

En los bolsillos de aquél pobre infeliz encontró justo lo que buscaba: las llaves del piso y su cartera. Ignoró tanto el dinero como las tarjetas de crédito del mismo modo que había ignorado el ya inútil teléfono móvil que tenía en el otro bolsillo, y se los enseñó a su compañera de viaje, mostrando una amplia sonrisa en el rostro. Si bien no sabía cómo se llamaba, había reconocido a aquél hombre, que trabajaba en una tienda de ultramarinos que él acostumbraba a frecuentar, no muy lejos de su casa.

No les costó ni diez minutos llegar a la dirección que rezaba el carnet de identidad de aquél vecino anónimo. Para entonces, y aunque aún no era noche cerrada, el sol ya había abandonado la bóveda celeste, que no mostraba estrella alguna. Todas estaban ocultas en parte por el humo del incendio y en parte por las nubes amenazadoras de lluvia que se habían ido formando durante el transcurso de la tarde.

Si bien resultaba evidente por el desorden y la escasez de provisiones que se trataba del piso de un soltero, todo invitaba a pensar que había abandonado su hogar mucho antes de ser consciente del peligro que reinaba en las calles. El dueño de aquél piso no había pasado semanas racionando la comida y mirando asustado por la ventana cómo los infectados se hacían con la ciudad, sencillamente la había abandonado, convirtiéndose él prematuramente en uno de ellos, y jamás había vuelto, pese a seguir ostentando las llaves. Así de estúpidos eran los infectados.

Sintiéndose seguros tras aquella vieja puerta cerrada a conciencia, ambos cenaron, a la luz de unas pequeñas velas, una improvisada ensalada hecha con un tarro de lentejas, maíz dulce, cebolla frita y un par de latas de atún en conserva. Se ayudaron de sendas cervezas sin alcohol para hacerla bajar. Habida cuenta de cuán mal lo habían pasado los últimos días racionando la escasa comida que les quedaba en la cabaña, ese resultó un inenarrable manjar. Lo hicieron en la mesa del salón-comedor, con la visión a lo lejos, a través de la ventana que daba a la calle, del incendio en el otro extremo de la ciudad, que seguía su imparable avance.

Agotados tanto física como mentalmente, no tardando mucho se fueron a acostar. Macarena lo hizo en el único dormitorio del que disponía aquél humilde piso, y Bartolomé hizo lo propio en el sofá cama del salón-comedor. A la dulce joven de los ojos verdes no le costó nada conciliar el sueño. Bartolomé, sin embargo, no tuvo tanta suerte. Tenía demasiadas cosas en las que pensar.

Macarena despertó sobresaltada la mañana siguiente. La había despertado el estridente ruido de un trueno cercano. Se sorprendió al escuchar también el incesante repiqueteo de gotas de agua de la intensa lluvia que estaba asolando toda la ciudad.

Aunque aún era algo temprano, decidió levantarse a beber agua. El dueño del piso había dejado media docena de garrafas en el lavadero antes de abandonarlo, y aunque la mayoría estaban vacías, eso era mucho más de lo que jamás podrían haber soñado durante su cautiverio en el bosque, pues para hacerse con ellas no debía exponerse a los infectados con un paseo al río. Ella, además de sedienta, estaba cansada de sentirse mal cada vez que echaba un trago en la cabaña, y bebió hasta quedar saciada.

Encontró a Bartolomé de pie frente a la única ventana de la que disponía el salón-comedor, con la mirada perdida en la lluvia que caía con fuerza en la calle. Se giró hacia ella cuando la joven estuvo más cerca y la invitó a colocarse a su vera, con una tímida sonrisa en los labios cuyo porqué Macarena no acabó de entender.

BARTOLOMÉ – ¿No lo ves?

MACARENA – ¿El qué, abuelo?

BARTOLOMÉ – Ya no hay fuego. Ya no hay humo.

Macarena echó un vistazo al pedazo de horizonte donde la noche anterior, mientras cenaban, ardía incontrolablemente Sheol. Ahí no había ya nada más que los cadáveres chamuscados de un buen puñado de edificios.

MACARENA – ¡Es verdad!

Ambos se quedaron contemplando la intensa lluvia, maravillados por su mágico efecto, y aún más al saber que los infectados la detestaban.

De repente Macarena dio un respingo, que hizo que Bartolomé salpicase el suelo con la taza de café que sostenía con ambas manos. Entre los dos, bajo la iniciativa de la sobreexcitada Macarena, hicieron acopio de todos los utensilios que encontraron en el piso que pudiesen albergar agua, y subieron el último tramo de escalera que les quedaba para llegar al terrado comunitario que, por fortuna, estaba cerrado con un simple pestillo manual y no con llave, pese a disponer de su propia cerradura.

Se empaparon de pies a cabeza al desperdigar por el mojado suelo bandejas de horno, sartenes, ollas, fiambreras, palanganas, y todos y cada uno de los vasos que había en el piso. Ambos rieron, y durante unos minutos olvidaron cuanto les rodeaba y el motivo real por el que lo estaban haciendo. Por fortuna, la lluvia persistió varias horas, en las que tuvieron ocasión de rellenar todas las garrafas del piso, así como los tarros de cristal que el antiguo dueño guardaba en la cocina y todos los demás recipientes con tapa que fueron capaces de encontrar. No tardando mucho se darían cuenta tanto de que no hubiera hecho falta alguna, como del hecho que habían sido excepcionalmente afortunados de escoger ese momento y no otro para abandonar la cabaña.

Los primeros días fueron genuinamente agradables, pese a las trágicas circunstancias que les habían llevado hasta ahí. Bajo su perspectiva, la ciudad estaba oficialmente vacía. No en vano ellos eran los únicos supervivientes en más de un kilómetro a la redonda. Si bien tenían algún que otro vecino infectado que no había podido huir del lugar cerrado en el que había sufrido su transición de enfermo a superhombre ávido de violencia y carne fresca, su propia condición al no poder escapar les hacía inofensivos, y más tarde o más temprano, acabarían pereciendo debido a la inanición. Pero incluso ellos estaban demasiado lejos siquiera para escuchar sus lamentos nocturnos.

Pese a que tenían agua y alimentos suficientes para aguantar varias semanas sin preocupaciones, la ambición o tal vez el tedio, pues no había mucho que hacer ahí más allá de ver pasar los días, les hizo ponerse en acción. Al sentirse seguros en el edificio, pronto decidieron seguir investigándolo sin necesidad de pisar de nuevo la calle. Carecían de las llaves del resto de viviendas, cinco en total, pues el bloque disponía de dos por planta, con un total de tres plantas, pero no les costó mucho destrozar las puertas lo suficiente como para acceder.

Resultó casi tan útil como divertido saquear piso tras piso. La mayoría tenían tan poco o incluso menos que ofrecer que el piso en el que por pura casualidad se había convertido en su nuevo hogar, pero su vecina de rellano, una mujer mayor que había vivido la guerra en su juventud y empezaba a coquetear con la demencia senil cuando empezó la epidemia, de la que vieron no había rastro alguno, les dio una grata sorpresa.

Encontraron un arsenal de tarros de conserva y garrafas de agua a todas luces incompatible con el estilo de vida que podría haber llevado una mujer viuda casi nonagenaria. Cada cual hizo sus cávalas al respecto de su hallazgo, pero ninguno de los dos la juzgó, aunque sí le agradecieron en silencio su inesperada y valiosa aportación.

Ello no haría sino aplazar más la necesidad de cambiar de aires, y allí donde Bartolomé se encontró de nuevo como pez en el agua, en una vida francamente similar a la que tenía antes de la pandemia, solo que con más compañía de la que en su momento recibía, apenas una o dos veces por semana de sus hijos o sus nietos, Macarena empezó a notarse cada vez más incómoda. Se sentía como la presidiaria de una extraña cárcel de la que sabía a ciencia cierta que podría escapar cuando quisiera, pero de la que no se atrevía a alejarse más de la cuenta.

Los días fueron dando paso a las semanas, y éstas a los meses. En todo el tiempo que llevaban ahí tan solo tuvieron ocasión de ver a dos infectados, la misma noche, una semana y media después que ellos llegasen. Ninguno de los dos sabía de dónde habían salido, pero tal como lo hicieron, desaparecieron de nuevo para no volver a hacer acto de presencia.

Pese a que ellos jamás lo averiguarían, y poca falta que les hacía, ambos infectados, dos enamorados que habían decidido quitarse la vida juntos, habían escapado esa misma noche de su largo cautiverio echando abajo la puerta de madera que les retenía. Ambos habían resucitado juntos, poco después de suicidarse aquejados de idéntica enfermedad, al haber resultado mordidos por una de aquellas alimañas. Abandonaron Sheol por el mismo lugar que lo habían hecho sus congéneres días atrás, dejando la ciudad aún más vacía de lo que ya lo estaba.

Una fría mañana de enero, una mañana cualquiera, pues a esas alturas ya todas eran iguales, y Macarena hacía mucho que había perdido la noción del paso del tiempo, la joven se levantó con la firme convicción de pedirle a Bartolomé que la dejase dar una vuelta por el barrio, en busca de más supervivientes, o de una nueva fuente de alimento o agua. El motivo real no era otro que el tedio.

Ya habían tenido esa discusión en más de una ocasión, pero Bartolomé, preocupado por la seguridad de la joven, siempre se había negado en redondo. Pese a que sus reservas se habían visto menguadas considerablemente durante todo ese tiempo, aún disponían de alimento y de agua más que suficientes para prolongar su estancia varios meses más. Nada justificaría ponerse en peligro, y Macarena era consciente de la sabiduría de las palabras del anciano, pero aún así no estaba dispuesta a cejar en su empeño.

Tras lavarse la cara con un poco de agua reciclada y algo maloliente, se acercó a la cama donde pasaba las noches el anciano, cama que habían traído al salón desde una de las viviendas del primer piso, y le observó con el ceño fruncido. Estaba tumbado boca arriba, tapado con una gruesa manta que le llegaba hasta el cuello. Él siempre se despertaba antes que ella y acostumbraba a agasajarla con un nutritivo desayuno. Ese frío y nublado día sería distinto.

Macarena se acercó a él, consciente que ya era media mañana, preguntándose si sería oportuno despertarle o por el contrario dejarle dormir un poco más. Sabía que le costaba conciliar el sueño, y decidió esperar. Fue hasta la cocina y preparó un desayuno parecido a los que hacía él. Tostó el pan en el horno, que habían convertido en un fuego a tierra improvisado, ayudándose de las patas de un par de sillas de la vivienda de la vecina de rellano. Untó mermelada de fresa en dos de ellas y paté en la tercera. Aprovechó las brasas para calentar un café. Negro, bien cargado y sin azúcar, como le gustaban a Bartolomé.

Lo llevó todo al salón en una bandeja que colocó en la mesilla que había frente al sofá. Con una sonrisa en los labios, orgullosa de su hazaña, colocó la mano en el hombro del anciano y le agitó levemente, mientras le invitaba con dulces palabras a que despertase. No despertó, y el modo cómo su cuerpo reaccionó al movimiento, rígido y frío, hizo que Macarena se llevase una mano a la boca, al tiempo que dos grandes lagrimones comenzaban a recorrer sus sonrosadas mejillas.

Bartolomé había sufrido un infarto durante la noche y había fallecido poco después que Macarena cayese rendida en los brazos de Morfeo. Poco hubiera podido hacer por él de haber descubierto el problema in situ, dado que desconocía por completo cómo proceder en tales circunstancias, pero de lo que no cabía la menor duda era que ahora ya era tarde para todo. Al menos para todo lo humanamente sensato. Bartolomé se había ido para no volver, del mismo modo que lo habían hecho todas las demás personas a las que ella había querido en su corta pero intensa vida.

Se pasó el día llorando, mientras el pan se ponía duro y el café se enfriaba. No pegó bocado. Estaba demasiado desanimada siquiera para eso. La vivienda que compartían era demasiado pequeña para obviar la presencia del anciano, y Macarena pasó el día en el piso de al lado. Su dueña, que en cierto modo aún conservaba la vida, estaba muy lejos de ahí en esos momentos, y jamás se lo echaría en cara.

Macarena le dio una y mil vueltas a lo que debía hacer a continuación. De lo único que estaba convencida era que no podía seguir viviendo en ese piso, no con el cadáver de Bartolomé tan cerca. Sabía a ciencia cierta que no tendría la presencia de ánimo suficiente para llevárselo y enterrarlo. En parte porque estaban en mitad de una zona urbana, y no hubiera sabido dónde hacerlo, pero principalmente porque le resultaba demasiado doloroso. Aquél hombre era su último nexo con la vida real, y sin él, un abismo se formaba frente a sí.

La mañana siguiente también se despertó algo más pronto que de costumbre, pese a que esa noche había tenido serias dificultades para dormirse. Entró al piso que hasta hacía tan poco compartía con Bartolomé, y se le heló la sangre al verle ahí de nuevo. Estaba exactamente en la misma posición que le había dejado, a diferencia del sueño del que había despertado hacía unos minutos, en el que el anciano se levantaba, dispuesto a matarla.

Sin saber muy bien por qué, se colocó la escopeta a la espalda, echó una muda limpia, algo de comida y un par de botellas de agua en una vieja mochila de trekking que encontró en un armario, se abrigó de pies a cabeza, tal como la estación lo exigía, y cumplió con cuanto llevaba anhelando durante meses. Por suerte o por desgracia, ahora ya no habría nadie que le aconsejase lo contrario.

Pese a que sabía a ciencia cierta que las calles no eran peligrosas, no pudo evitar sentirse increíblemente vulnerable y desprotegida al pisar de nuevo la calzada. Llevaba demasiado tiempo encerrada entre esas cuatro paredes, que si bien habían luchado con todas sus fuerzas por hacerle perder el juicio, al menos debía reconocerles el excelente trabajo que habían efectuado haciéndola sentirse segura.

No llevaría ni veinte minutos caminando cuando unos golpes, a escasos dos metros de donde se encontraba, la hicieron dar un respingo acompañado de un grito que podría haberse oído a tres manzanas a la redonda. Intentó echar mano de la escopeta, pero ésta se le resbaló y cayó aparatosamente al suelo. Con el corazón en un puño, dispuesta a huir, descubrió el autor de aquellos golpes y se tranquilizó bastante.

Se trataba de un infectado joven, unos años menor que ella. Estaba encerrado en el patio de lo que parecía un edificio de oficinas. Las vallas perimetrales que habían servido en tiempos para impedir el paso al personal ajeno al bufete de abogados que había en la planta baja ahora le impedían salir. El cómo había llegado hasta ahí resultaba una incógnita para ambos.

Su aspecto era realmente escalofriante. Semidesnudo, su piel estaba cuarteada y grisácea. Estaba esquelético pero tenía la panza hinchada, y su olor era tan penetrante, incluso al aire libre, que Macarena se sorprendió de no haberlo notado mucho antes que él reparase en ella. El infectado metió uno de sus demacrados brazos por entre las gruesas barras de metal, tratando vanamente de alcanzar a Macarena con las pocas fuerzas que le quedaban, gruñendo las habituales incongruencias de sus semejantes. La joven tragó saliva, recogió la escopeta del suelo, y siguió su peregrinaje de destino incierto sin mirar atrás.

No paró hasta un par de horas más tarde, cuando ya era más que consciente que no sabría desandar el camino y volver al punto de partida, al menos no sin la ayuda de un mapa. Y no disponía de ninguno. Lo hizo al llegar a una zona de la ciudad que había sucumbido al incendio que provocó aquella ingente estampida que de poco no acaba con su vida y con la del difunto Bartolomé.

Se quedó maravillada ante el aspecto que lucía la ciudad de ahí en adelante. El tiempo y la lluvia habían hecho mella en los edificios calcinados, y la contemplación de los mismos se traducía en algo incluso bello. Habiendo perdido por completo el poco miedo que le quedaba, caminó sin prisa por las calles de aquél barrio, rodeada de los edificios medio destruidos por la fuerza del fuego. Muchos de ellos se habían derrumbado, escampando cascotes por doquier que le dificultaban considerablemente el avance, pero una gran parte aún conservaban su forma pretérita, heraldos de la catástrofe que se había cernido sobre ellos.

El frío del invierno jugaba en su contra pero la vegetación, ayudada por la lluvia y los incansables pájaros que volaban libres por doquier escampando semillas, ajenos a la caída del hombre, empezaba a mostrar su incuestionable intención de reclamar lo que los humanos le habían arrebatado durante siglos y siglos. Aquí y allá, en los lugares donde el terreno se había levantado, poco a poco emergían tímidas plantas y pequeños árboles que harían que en unos años la ciudad resultase irreconocible.

Sin saber muy bien cómo, Macarena acabó llegando al epicentro de la catástrofe. Al principio le costó distinguir dónde se encontraba. Ella tan solo veía un pequeño lago de forma muy irregular, con abundante vegetación a su alrededor, con las figuras ya irreconocibles de lo que en tiempos fueran edificios de viviendas. Se encontraba en el vértice de un parque público con los esqueletos chamuscados de docenas de árboles y un lago artificial en el centro, que ahora lucía completamente seco, sabría Dios por qué motivo. Desde ahí se podían ver los restos del hospital Shalom, en el que había nacido ella quince años atrás, al otro extremo.

Se centró de nuevo en aquél curioso lago. El agua era cristalina. Agua de lluvia que se había estancado en el cráter que habían formado las explosiones de los depósitos de combustible. No se lo pensó dos veces. Dejó la escopeta y la mochila sobre una roca enorme, que en tiempos había formado parte de la fachada del edificio de pisos que había delante, y se desnudó.

El agua estaba helada, pero eso no le importó lo más mínimo. Había descuidado tanto su higiene desde que comenzara aquella pesadilla, que poderse dar un baño se le antojaba el mejor de los regalos. Después de saciar su sed, pese a que no disponía de jabón ni de champú, se afanó, encantada, en limpiar su grasiento pelo y librar de suciedad su pálida piel.

Una vez estuvo satisfecha de su trabajo, se quedó en mitad del cráter, flotando boca arriba, limitándose a observar las blancas nubes que cruzaban el cielo azul sin mácula. Había olvidado la última vez que se sintió tan en paz consigo misma y con el mundo. Por unos minutos incluso olvidó el motivo que había desencadenado su partida.

Tenía las orejas bajo el agua, y por ello no escuchó el ruido del motor. Aarón giró la llave en el contacto, tragó saliva y se apeó del coche de su madre. Incapaz de creer lo que le decían sus ojos, se acercó un poco más al lago, y se ruborizó al contemplar la desnudez de la joven. El chico se la quedó mirando apenas unos segundos, incapaz de creer lo que le decían sus ojos, más por el hecho de haber encontrado a alguien vivo y sano que por la ausencia de ropa. Rápidamente se llevó el brazo a los ojos, rojo como un tomate, y llamó su atención.

AARÓN – ¡¿Hola?!

Macarena no se lo esperaba, y se asustó muchísimo al escuchar aquella aguda voz. No había distinguido lo que decía, pues tenía las orejas sumergidas, pero sí su capacidad para perturbar el silencio sepulcral que reinaba en la ciudad desierta y abandonada. Se incorporó como bien pudo, pues desde ahí no hacía pie, y miró en la dirección de la que había venido aquella voz.

Era poco más que un niño, un par de años menor que ella. Junto a él había un pequeño todoterreno cargado con un buen puñado de cajas de plástico y garrafas vacías. Ella se quedó quieta donde estaba, sin mover un músculo. Resultaba evidente que los infectados no sabían conducir coches, y ese coche no estaba ahí cuando ella llegó, pero aún así no pudo evitar temer por su vida.

AARÓN – ¿Estás… estás bien?

MACARENA – ¿Qué? Sí…

El niño se quedó callado, aún con los ojos tapados para no ver los incipientes pechos de la adolescente. No encontraba las palabras, y estaba increíblemente nervioso e ilusionado. Llevaba demasiado tiempo soñando con encontrar a alguien, tanto que incluso lo había olvidado. Macarena nadó en dirección a él, curiosa por su presencia y mucho más calmada. Resultaba evidente que el chico era inofensivo. De lo contrario ya habría echado mano de la escopeta.

MACARENA – Espera que voy a salir.

AARÓN – ¿Quieres una toalla? No está… no está muy limpia pero tengo por aquí…

MACARENA – No te preocupes. Gracias.

Macarena llegó hasta la orilla, se quitó el exceso de agua del pelo como buenamente pudo y, tiritando, se vistió con la ropa limpia que llevaba en la mochila. Se tomó su tiempo incluso para calzarse antes de acercarse al chaval. En todo ese tiempo, el chico no hizo siquiera el amago de echar un vistazo. Se plantó frente a él, mostrando una amplia y sincera sonrisa en el rostro.

MACARENA – Hola.

El niño apartó el brazo de sus ojos y la miró, maravillado, como si fuera la primera vez en su vida que veía a una persona que no estuviera infectada y tratase de matarle. Le llamaron especialmente la atención sus ojos verdes, pues hacía demasiado tiempo que no veía a nadie que no los tuviera encharcados en sangre.

AARÓN – Hola.

MACARENA – Yo soy Macarena. Encantada.

El niño tragó saliva, visiblemente nervioso.

AARÓN – Yo… yo me llamo Aarón.

Ambos se dieron dos besos, tal como les habían enseñado sus progenitores en un mundo que quedaba ya muy lejano, y fue ahí donde empezó su historia.

Aarón era hijo único de una madre soltera. Jamás conoció a su padre. Como todos los niños de su edad, estaba de vacaciones cuando empezó la epidemia. Él se encontraba en un campamento de verano, a unos treinta kilómetros de Sheol, cuando comenzaron los primeros brotes de violencia. Aún les quedaba una semana para que finalizase su estancia en los albergues, y la epidemia aún no había llegado hasta ahí, pero la dirección decidió devolver a los chicos a sus familias cuanto antes.

Avisaron a los tutores de todos los niños y les metieron a toda prisa en un autobús de vuelta al punto de partida, en pleno corazón de Sheol, donde deberían ir a recogerlos. A todos menos a la madre de Aarón. No consiguieron contactar con ella, aunque eso no resultó óbice para trasladarle de igual modo junto con el resto de sus compañeros. Lo intentaron un par de veces más durante el trayecto, y lo intentaron de nuevo al llegar al destino. Todos los demás niños ya estaban de nuevo bajo la protección de sus padres, pero no había habido manera de contactar con ella.

Por fortuna, Aarón disponía de las llaves de su casa, y uno de los monitores, un chico de dieciocho años que acababa de ver finalizar prematuramente su primer trabajo remunerado, se ofreció a llevarle. Así lo hicieron, y una vez ahí la llamaron de nuevo, con idéntico éxito. Ella ya hacía horas que había abandonado su puesto de trabajo, y sus compañeros afirmaban que se había presentado, había trabajado y se había ido a su hora, como hacía siempre. Nadie comprendía qué podía haber ocurrido.

El chico que había traído a Aarón a su casa acabó dejándole solo, seguro en su interior, disculpándose por ello, pues debía hacerse cargo de sus dos hermanos menores, que le estaban esperando en casa. Aarón esperó pacientemente el resto del día y lloró el resto de la noche, pero su madre no vino, ni cogió el teléfono las más de ochenta veces que la llamó, pese a que todas y cada una de las veces escuchó cómo daba tono.

Al día siguiente, lo primero que hizo fue llamar a la policía. Los brotes de violencia habían comenzado a escalar exponencialmente, por lo que tuvo bastante suerte, pues atendieron su llamada. Un par de agente se personaron en su casa a los pocos minutos y trataron de tranquilizarle. Le tomaron declaración, pero le dijeron que, al tratarse de un adulto, no podían hacer nada más, al menos hasta transcurridas 24 horas de la presunta desaparición. Ello no resultó en absoluto útil al pobre Aarón, pero cuando volvió a llamar al día siguiente, tan solo escuchó una locución que le invitaba a esperar, argumentando que todos los telefonistas estaban ocupados.

Llegó un momento en el que desistió de seguir llamando tanto a su madre como a la policía, y días más tarde, bien hubiera dado igual su determinación, pues no tardando mucho más su casa se quedó sin línea telefónica. Su caso de desaparición fue archivado, como otros miles esos días, y nadie más que él volvió a darle importancia al tema.

Aarón esperó la vuelta de su madre mientras las calles se convertían en el escenario de una película de terror, tanto de día como de noche, esperó cuando el ayuntamiento declaró el toque de queda, esperó, agazapado, cuando los furgones del ejército pasaron recogiendo a los pocos supervivientes que quedaban para llevarlos a los campos de refugiados habilitados en la periferia. Esperó y esperó, pero su madre jamás volvió.

Con el paso de las semanas, quienes no habían sucumbido a la infección transformándose en una de aquellas bestias, habían huido de Sheol sin mirar atrás. Pero Aarón no. Él esperaba el regreso de su madre. La ciudad se fue vaciando más y más de supervivientes con el paso del tiempo, hasta que Aarón acabó convenciéndose que era el último, rodeado por doquier de aquellas bestias que todas las noches le invitaban a salir, a reunirse con ellas y dejar de posponer lo inevitable.

Salir a la calle no era una opción, no si quería conservar la vida más de cinco minutos. Por fortuna, la casa en la que vivía tenía una piscina, una buena despensa y una valla perimetral lo suficientemente alta como para evitar que los infectados pudieran trepar con facilidad. Obviando la congoja por el saberse solo, ser consciente de la muerte de su madre, y saber a ciencia cierta que no podría abandonar jamás su casa, en el fondo fue bastante afortunado. Mucho más que la enorme mayoría de sus vecinos y conocidos.

Días más tarde, un día cualquiera de otoño, Aarón salió con su cubo atado a una cuerda a recoger agua de la piscina. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir a un infectado flotando boca abajo en el agua que hasta entonces le había mantenido con vida. Al parecer, aquél pobre infeliz se había colado sabría Dios cómo en algún momento durante la noche, y atraído por el agua de la piscina, se habría dispuesto a beber de ella, con tan mala fortuna que había caído dentro. Incapaz de nadar y sin hacer pie, había acabado ahogándose, después de hincharse de agua. Él no había escuchado nada la noche anterior.

De lo que no cabía la menor duda era que beber de esa agua ya no era una opción. Confiado con esa fuente aparentemente inagotable, Aarón no se había molestado en embotellar ni un solo litro, y un par de días más tarde, cuando ya estaba más que dispuesto a salir a la calle en busca de cualquier fuente de agua que le salvase de la muerte por deshidratación, surgió la explosión.

Subió las escaleras a toda prisa y se dirigió a la terraza del segundo piso, desde donde contempló, con la ayuda de los prismáticos que le había regalado su madre al inicio del verano y ayudándose de la posición elevada en la que se encontraba el barrio residencial del que él era rey indiscutible, la magnitud del incendio. Comió y cenó en la terraza, viendo acercarse más y más el incendio, cada vez más convencido que acabaría por llegar donde él se encontraba. Vio la marabunta de infectados alejarse de ahí, hasta que de nuevo todo quedó en silencio, pero no le dio la importancia requerida, al menos no por el momento.

Esa noche no pegó ojo: le hubiera resultado imposible. El incendio estaba tan cerca que notaba su calor abrasador en la piel. Si su casa no sucumbió al fuego, fue por pura suerte. La mitad del vecindario ya lo había hecho, y Aarón estaba ya más que dispuesto a abandonar su refugio, tal como los infectados habían hecho horas antes, cuando aquellas hinchadas nubes comenzaron a descargar su furia de relámpagos y aquella ingente tromba de agua sobre Sheol. Él llegó incluso a dudar si sus rezos a un ente superior, pues su madre era atea y en esa ausencia de creencia le había criado a él, habían surtido efecto.

Aarón no estuvo tan despierto como Macarena, pues estaba demasiado emocionado por haberse salvado del incendio. No aprovechó la oportunidad que le brindaba la lluvia para reabastecerse de agua, si bien a la mañana siguiente sí recogió lo poco que encontró en pequeños charcos aquí y allá y en los platos de las macetas, maldiciéndose por lo estúpido que había sido.

De vuelta al punto de partida, aunque con muchos menos lugares a los que dirigirse ahora a buscar agua en las proximidades, estaba convencido que debería partir al día siguiente, cuando reparó en algo, algo en lo que horas más tarde le resultaría impensable no haber reparado antes. No había infectados. Los que hubieran quedado atrapados en el incendio, sin duda habrían muerto carbonizados. El resto habían huido. Él los había visto. La ciudad estaba vacía, y eso lo cambiaba todo.

Sus primeras incursiones fueron tímidas y en las proximidades. Sin la amenaza constante de aquellas alimañas todo se volvía mucho más sencillo. No obstante, su éxito osciló entre lo escaso y lo nulo.

Un par de veranos atrás había habido una ola sin precedentes de robos con intimidación en la zona, y la enorme mayoría de vecinos, entre los que su madre también se encontraba, habían instalado un buen arsenal de mecanismos de seguridad activa y pasiva para impedir el acceso a los intrusos. Las alarmas de bien poco servían ahora, pero las puertas blindadas y los barrotes en las ventanas mantuvieron bien alejado a aquél pequeño ladrón de su tan necesario botín, por bien que los dueños de esas casas llevaban ya mucho tiempo muertos.

Consiguió la suficiente agua como para darse el tiempo necesario para averiguar cómo funcionaba el coche de su madre y coger algo de confianza. Por fortuna, no se lo había llevado el día que desapareció, y tenía el depósito lleno. Ella trabajaba en el centro, y hacía uso del transporte público para ello. Él se lo agradeció sobremanera.

Tras la primera incursión en la ciudad con el pequeño todoterreno de su madre, se convenció que eso era lo que debería hacer en adelante si pretendía seguir con vida. Fue un trayecto corto, pero increíblemente fructífero. Consiguió entrar a una tienda de ultramarinos en cuya trastienda encontró un par de cajas repletas de latas de refrescos. No era agua, pero le mantendría hidratado. Volvió a casa enseguida, increíblemente satisfecho de su hazaña.

Fue en su tercera incursión, semanas más tarde, cuando volvió a ver un infectado. Había abandonado su barrio siguiendo la ruta que tomaba su madre para llevarle al instituto, que era la que mejor conocía, y una infectada bastante gorda que no supo de dónde había salido, comenzó a perseguirle. Él aceleró y enseguida la dejó atrás, internándose en una zona de la ciudad que había sucumbido al incendio.

Se perdió, porque no era capaz de reconocer las calles en tal estado, y tardó casi una hora en volver a casa, con las manos vacías y hecho un manojo de nervios. Desde entonces había pasado más de un mes hasta que consiguió atesorar el valor suficiente para intentarlo de nuevo. El hecho que se le hubiesen acabado todas las latas de refresco y el poco agua que le quedaba en casa también ayudaron.

Era una fría mañana de invierno. Esta vez escogió un camino distinto, después de haberlo estudiado a conciencia en aquél mapa de Sheol a todo color que su madre guardaba en la guantera. Fue siguiendo la irregular línea que separaba el territorio arrasado por el incendio del que se había salvado de su yugo, mientras apuntaba en el mapa con un bolígrafo las zonas que no valía la pena peinar, pues no encontraría más que restos carbonizados.

Ningún infectado había vuelto a hacer acto de presencia desde su desagradable encontronazo con aquella obesa mujer, y en cierto modo había vuelto a recuperar la confianza en sí mismo. Además, pese a su corta estatura y el hecho de haber sido totalmente autodidacta, cada vez se le daba mejor conducir. Llegó un momento en el que se acabó cansando de garabatear el mapa y decidió ir a lo seguro.

Su intención era la de ir al supermercado IFAI de las afueras, y el camino más corto y más seguro, pues estaba convencido que la probabilidad de encontrar ahí un infectado era mucho más baja, era cruzando la ciudad incendiada. Eso fue lo que hizo, y por ese motivo encontró a Macarena bañándose en el cráter anegado donde antaño se había erigido la vieja gasolinera Amoco.

Tras unas cortas presentaciones, Aarón invitó a Macarena a subir al vehículo, argumentado que, aunque era de día, no era seguro quedarse a merced de los infectados, pues éstos eran muy rápidos. La joven miró en derredor. No había un solo edificio en pie en más de cien metros a la redonda, y ella no había visto infectado alguno desde hacía horas. No obstante, le hizo caso. Aquél gesto le resultó a la par entrañable y doloroso, pues le había recordado mucho a su querido Bartolomé.

Durante el trayecto al supermercado estuvieron charlando desenfadadamente, explicándose de modo muy superficial la trágica historia que tenían a las espaldas. El chico, que en un primer momento se había mostrado algo tímido, enseguida se soltó, al ver que su nueva compañera era tan inofensiva como extrovertida. Llevaba demasiado tiempo solo, con la única compañía de sus atribuladas reflexiones nocturnas.

El supermercado había sido pasto de las llamas, como todo en aquella zona de la ciudad. Aarón se mostró entristecido al descubrirlo, del mismo modo que se mostró encantado de seguir la extraña sugerencia de Macarena de ir a aquél enorme complejo de venta de plantas, flores y animales de compañía que habían dejado atrás minutos antes, mientras circulaban por aquella carretera secundaria abandonada.

Obviando el mal olor de la zona de la tienda donde descansaban los cadáveres ya irreconocibles de pequeños roedores, peces, conejos, perros y gatos, la visita fue mucho más fructífera de lo que ambos hubieran podido imaginar. Macarena había observado un sinfín de macetas de cerámica de todos los tamaños y colores a través de la verja del patio exterior de la gran tienda. Colarse había resultado muy sencillo haciendo uso de los alicates de corte de la caja de herramientas que Aarón tenía en el maletero.

La mayoría de las macetas pequeñas estaban completamente secas y vacías, pues hacía bastante tiempo que no llovía, pero las grandes aún conservaban algo de agua, y las enormes tenían mucha. No pararon hasta que todas y cada una de las garrafas que el chico llevaba en los asientos traseros y el maletero del pequeño todoterreno de su madre estuvieron completamente llenas, y no contentos con eso, se llevaron dos docenas de macetas de las más grandes, así como algunos snacks y barritas energéticas que encontraron en la trastienda, junto a la cajas.

Aarón invitó, algo acalorado, a Macarena a pasar la noche en su casa, o bien a llevarla de vuelta a la suya si prefería estar sola. La chica no se lo pensó dos veces. Volver hubiera resultado demasiado doloroso, y acompañada siempre tendría más posibilidades de sobrevivir. Más tarde, esa noche, mientras descansaba con los ojos abiertos como platos sobre la cama de matrimonio de la madre de Aarón, pensó en lo irónico que había resultado su encuentro con el chico. Si Bartolomé no hubiese fallecido ese mismo día, ella jamás se habría cruzado en su camino.

En adelante sus vidas se transformaron en una dulce monotonía. Aquellos dos hijos de vecino anónimos demostraron ser un buen equipo, hasta el punto que prácticamente se acabaron convirtiendo en hermanos. Se repartían las tareas, apenas discutían y se enseñaban el uno al otro. No fueron pocas las sesiones de improvisada terapia en las que ambos abrieron sus corazones, lamentándose por todo cuanto habían perdido, y al mismo tiempo sabiéndose afortunados al no estar solos.

En la ingente cantidad de tiempo libre de la que disponían a duras penas tenían ocasión de aburrirse. Jugaban a juegos de mesa y a las cartas, visitaban las casas de los vecinos en busca de secretos, se inventaban historias de terror… Macarena coqueteó con la pintura, tomando prestado bajo el permiso de Aarón los utensilios de su difunta madre. Aarón, por su parte, se pasaba horas practicando con la guitarra española, que había dejado abandonada desde hacía meses.

Con el paso del tiempo adquirieron la costumbre de leerse por las noches. La madre de Aarón era una ávida lectora, y ellos echaron buena cuenta de su biblioteca. Se turnaban para leer hasta que uno de los dos pedía una tregua, rendido al sueño. Fueron unos meses tranquilos y placenteros, en los que los infectados les permitieron vivir su vida sin sobresaltos.

Raramente salían a buscar más provisiones, conscientes del peligro que ello podía entrañar. Las macetas que hábilmente habían desperdigado por el jardín trasero se demostraron un acierto mayúsculo con la llegada de las lluvias, pero aún así, ese era un bien demasiado preciado y frugal, y más tarde o más temprano siempre se veían en la obligación de coger de nuevo el coche y salir a reabastecerse.

Hacía ya casi un año que convivían cuando en una de esas incursiones en la ciudad, una especialmente fructífera, después de salir de la biblioteca pública, a la que al parecer ningún superviviente ni ningún infectado había accedido desde que se clausurase poco después del inicio de los brotes de violencia, encontraron una pequeña horda de infectados esperándoles fuera.

Estaban demasiado mal acostumbrados, y la sorpresa fue francamente desagradable. De dónde venían o cómo habían ido a parar ahí, tantos, jamás lo supieron. Por fortuna, Macarena llevaba encima la escopeta de Bartolomé y sabía usarla, puesto que aún recordaba los sabios consejos de Morgan. Pese a su buena puntería, necesitó gastar hasta el último cartucho para hacerles frente, y aún así no consiguió matarlos a todos, aunque sí aturdirlos lo suficiente para que ambos pudiesen volver al todoterreno y salir de ahí a toda velocidad.

Aquellos infectados estaban en mucha peor forma que los que ella había conocido al inicio de la pandemia, los mismos que la habían dejado sin familia. Se veían famélicos y desesperados, e incluso daba la impresión que les movía más el hambre que las ansias de violencia, aún cuando el resultado de ello se hubiese acabado traduciendo en lo mismo, de haber salido victoriosos. Afortunadamente Macarena y Aarón salieron de una pieza, pero habían estado tan cerca de la muerte, que en adelante replantearon seriamente su modo de vida.

Pasó más de un mes antes que se armasen de nuevo de valor. Fue la necesidad la que les obligó a hacerlo, y no fue hasta estar francamente convencidos de lo que hacían. No volverían a cometer los errores del pasado, y menos ahora que no tenían armas de fuego con las que defenderse. Sheol era una de las ciudades más seguras en muchos kilómetros a la redonda, pero eso no significaba que pudieran levantar la guardia.

Esa vez intentaron de nuevo probar suerte en un supermercado. Las anteriores tres veces se habían demostrado un rotundo fracaso. El primero que visitaron estaba calcinado, y los otros dos saqueados hasta dejarlos limpios. En esta ocasión decidieron ir a uno de las afueras de Etzel, que Macarena recordaba por su proximidad a la escuela donde había pasado sus primeros días como huérfana.

Entraron linterna en mano, empujando un carrito de la compra que habían destrabado del resto con la moneda de euro que la madre de Aarón guardaba con tal propósito en el hueco de la ceniza del todoterreno. Al parecer, el dinero no había perdido todavía por completo su valor. Tras unos diez minutos dando vueltas por los pasillos arrasados, acabaron dándose por vencidos, conscientes que llegaban al menos un año tarde para poder echar mano a cualquier cosa de valor.

Al salir, se quedaron de piedra al observar dos grandes furgonetas aparcadas a lado y lado del todoterreno de la madre de Aarón. Un par de personas armadas estaban observando el interior del mismo y se giraron hacia ellos al escucharles. Un silencio tenso se apoderó del parking del supermercado. Macarena levantó las manos y suplicó que no disparasen. Le temblaban las piernas. Aarón la imitó, y ello hizo que los dos adultos estallasen en carcajadas.

Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, bastante más calvo de lo que su edad parecía exigir, y una mujer joven de procedencia suramericana, de unos veinticinco. Ella se llamaba Alexia. Él se llamaba Jordi. Mostraron su más absoluta sorpresa al haber encontrado supervivientes en una zona tan cercana a Sheol, y se mostraron aún más sorprendidos cuando los recién hallados les explicaron que la ciudad estaba prácticamente vacía, herencia del incendio que había arrasado un buen pedazo de la misma.

Ninguno de ellos dio crédito a que dos chicos tan jóvenes hubieran podido sobrevivir solos tanto tiempo. No lo dudaron un segundo antes de ofrecerles acompañarles. La explicación fue rápida pero esclarecedora: ellos vivían en una pequeña comunidad de apenas un centenar de personas que habían bautizado como Nueva Sheol, en un pequeño islote de a duras penas tres hectáreas en mitad de un gran lago. Si habían sobrevivido tanto tiempo era porque los infectados no habían aprendido aún a nadar.

Tuvieron la deferencia de acompañarles a la casa de Aarón, a recoger las pocas pertenencias que ahí albergaban, antes de llevarles con ellos. Luego, ambos subieron a la furgoneta de Jordi y partieron, seguidos de cerca por Alexia, hacia su nuevo destino, a escasos veinte kilómetros de ahí. Aquella tierra prometida se encontraba en una zona muy poco poblada, en cuyas proximidades había poco más que un camping, un minúsculo pueblo destrozado y abandonado durante la guerra civil, y un par de gasolineras perdidas de la mano de Dios.

Durante el trayecto Jordi les explicó, gustándose bastante a sí mismo, cómo era la vida en Nueva Sheol. Al parecer, vivían en una especie de microdemocracia en la que había un alcalde que se renovaba trimestralmente, y donde hacían frecuentes referéndums para tomar todo tipo de decisiones, tanto trascendentales como insignificantes. Había gente de todas las razas, edades y profesiones, y todos vivían en armonía, trabajando duro por el bien común.

El asentamiento estaba en un lugar recóndito y de difícil acceso, y al no haber sido en ningún momento un sitio habilitado como centro de refugiados por parte del estado, sino una especie de cooperativa de supervivientes anónimos, todo había ido francamente bien. Jordi dijo con mucho orgullo que ningún infectado había pisado jamás la isla, y los chicos se mostraron abiertamente sorprendidos por ello. Se trataba de una sociedad bien avenida, nacida de la necesidad, en la que encajarían a la perfección.

No tardaron mucho en llegar, mientras Jordi seguía explicándoles las maravillas de Nueva Sheol. Aparcaron junto a un pequeño amarradero que carecía de barcas. Aquella isla minúscula, que antaño no había sido más que un humilde reclamo turístico y el lugar escogido para la vivienda de verano de algún que otro ricachón, estaba bastante alejada de cualquier orilla del lago, y sólo se podía acceder a ella en barca. O nadando. Por fortuna Jordi y Alexia disponían de una barca. Les sorprendió bastante descubrir que la llevaban encima en la furgoneta que conducía la mujer. La echaron al agua, se subieron a ella y Alexia comenzó a remar.

Durante el corto trayecto entre las dos orillas les explicaron algo cuya reacción en los chicos sorprendió mucho a los adultos, por serena y madura. Al parecer, se tomaban muy en serio la no-propagación de la epidemia en la isla, y todo quien abandonase la isla debía pasar por una cuarentena de 48 horas antes que le dejasen deambular libremente por ella de nuevo. Ello también se aplicaba a los nuevos huéspedes. Macarena y Aarón estaban sanos como una manzana, pero mostraron su aprobación, afirmando que les parecía tan justo como necesario.

Al llegar al pequeño embarcadero de la isla les recibieron dos mujeres que rondaban los cincuenta años. Eran hermanas, y serías las encargadas de llevarles a la zona de cuarentena. Se mostraron algo decepcionadas al descubrir que no habían encontrado alimentos en su excepcionalmente corta misión, pero al mismo tiempo emocionadas al ver que habían podido rescatar a dos jóvenes e indefensos niños.

Les llevaron hacia la zona de cuarentena, que no era más que una enorme pajarera sin pájaros pero con muchas plantas enromes que había en un pequeño complejo cerca del embarcadero. Tenía una zona cubierta en la que habían habilitado una letrina, media docena de literas y un par de mesas con seis sillas cada una.

Les hicieron entrar, no sin antes ofrecerles mudas limpias y algo de comida y agua. Alexia entró con ellos, pero Jordi se quedó al otro lado de la puerta cuando una de las dos madres de familia les encerró con un simple candado y se guardó la llave en uno de los bolsillos de su delantal.

Aparte del embarcadero, el pequeño zoo especializado en aves y un par de quioscos, en la isla tan solo había dos docenas de casa de alto standing, un pequeño complejo deportivo, un pequeño dispensario médico y un bar.

Durante los siguientes dos días serían los únicos tres habitantes de la pajarera. Hacía semanas que no encontraban a ningún superviviente, y que ningún superviviente les encontraba a ellos. Enseguida se corrió la voz, y algunos curiosos se desviaron de sus paseos para echarles un vistazo a los recién llegados.

La cara de Alexia era todo un poema: resultaba evidente que no era su primera vez ahí dentro, y aún más evidente que les guardaba cierto rencor por hacerle pasar nuevamente por eso, sin haber tenido ocasión de traer nada útil a la isla en su peligrosa incursión. Macarena y Aarón no se percataron de ello. De hecho, se lo estaban pasando en grande.

Jordi se acercó a ellos y Macarena se adelantó, posando sus manos en la malla que antaño había servido para evitar que los pájaros salieran de aquella enorme jaula.

MACARENA – ¿Tú no pasas la cuarentena?

Jordi negó con la cabeza, y se levantó la manga del anorak y la de la camisa que llevaba debajo, mostrando la cicatriz en forma de dos medias lunas de un mordisco humano. Macarena y Aarón se mostraron abiertamente sorprendidos por ello. No entendían nada.

JORDI – Yo ya estoy infectado.

AARÓN – Entonces…

MACARENA – Pero…

Jordi se tapó de nuevo el brazo.

JORDI – Me mordieron hace más de un año.

ALEXIA – ¿Otra ves vas a contar la historia de cómo te mordió tu vesina?

JORDI – ¿Tú no tienes nada más que hacer?

ALEXIA – Sí. Un túnel voy a haser, para salir de aquí y no oírte más.

Ambos estallaron en carcajadas. Macarena y Aarón seguían perplejos.

JORDI – Lo haré rápido, para no incomodar a la princesa maya. En efecto, me mordió mi vecina. Toda esta mierda… a duras penas acababa de empezar, y aún no sabíamos cómo funcionaba. Era de noche. Mi vecina…

Alexia puso los ojos en blanco.

JORDI – … no paraba de pedir ayuda a gritos. Yo corrí a echarle una mano, pero… tenía la puerta cerrada. Le pedí que la abriera, pero no lo hizo, y para entonces ya… ya no la oía. Me puse en lo peor. Eché abajo la puerta con un hacha, y entré. La muy perra estaba esperándome detrás, y me mordió. Vaya si me mordió. Se conoce que su hijo había vuelto a casa muy malherido tras un encontronazo con un infectado, y había muerto mientras esperaban la ambulancia, con tan mala fortuna que había vuelto a la vida y se había cargado a su madre. En el forcejeo él había caído al vacío desde el balcón. Vivíamos en un décimo. Ella acababa resucitar cuando yo conseguí abrir la puerta, y… supongo que le atrajeron los golpes o algo, y… Pues eso, que me mordió. Un minuto después llegó la ambulancia que ella misma había llamado poco antes. Consiguieron sedarla, y se nos llevaron a los dos, junto con los restos de su hijo dentro de una bolsa de plástico enorme con una cremallera.

MACARENA – Pero no entiendo nada. Si te mordió, entonces, ¿cómo es que tú no…?

JORDI – ¿En serio no lo sabéis? Bueno, no sé de qué me extraño. En las noticias no dijeron nada. Los muy… seguro que recibieron presiones del gobierno para no soltar prenda.

MACARENA – ¿Pero de qué…?

JORDI – Es la vacuna, el fármaco ЯЭGENЄR. Todos los que están vacunados, todos, si se infectan enferman y se transforman en… pues eso. ¿Qué os voy a contar que no sepáis? A los que no lo estamos, no nos pasa absolutamente nada.

MACARENA – ¿No puede ser una coincidencia?

JORDI – Puede ser, pero es demasiado… no. No lo creo. En Nueva Sheol hay cinco personas igual que yo, y todos y cada uno de ellos afirman no haber sido vacunado en ningún momento. ¿Vosotros estáis vacunados?

Macarena y Aarón asintieron al unísono agitando la cabeza arriba y abajo.

JORDI – Bueno, no tiene por qué pasaros nada. Toda la demás gente que vive aquí también lo está. ¡Prácticamente todo el mundo lo está! Nosotros… vivimos todos juntos en una de las casas, para… Quiero decir, no… No es que estemos enfermos, ni… pero… esto es jodidamente contagioso, y… a nosotros no nos va a pasar nada, pero preferimos mantener ciertas distancias, ¿sabes?

Macarena asintió. Nunca se había planteado cuál era el origen y la naturaleza de la infección, y si bien sí había oído que había gente inmune, su mente había preferido obviar esa información. La respuesta que les había ofrecido Jordi le había resultado algo ingenua, pero no por ello menos verosímil. Al fin y al cabo, la pandemia comenzó en la misma ciudad donde se encontraban los laboratorios.

JORDI – Bueno, no os entretengo más. En cuanto salgáis os daré un pequeño tour por la isla. No es muy grande, pero ya veréis que os encanta.

El resto del día fue todavía más entretenido. Después de tanto tiempo viviendo solos y haber aprendido a valerse por sí mismos, encontrarse de nuevo formando parte de un colectivo les resultaba muy gratificante. Recibieron la visita de docenas de personas, que les dieron la bienvenida. Muchos de ellos eran niños y niñas que estaban deseosos de que les liberasen para poder jugar con ellos.

En Nueva Sheol, que en realidad se llamaba Sitrah, aunque la mayoría de quienes ahí vivían lo ignoraban, había más gente que casas, pero por fortuna las casas tenían más habitaciones que gente había. Quienes aún conservaban parte de su familia o amigos, la mayoría de los cuales se habían forjado durante la epidemia, vivían juntos en la misma vivienda. Quienes llegaban ahí solos eran emparejados con personas de las casas menos habitadas.

Hasta el momento, esa dinámica les había funcionado francamente bien, aunque verdad sea dicha, hacían más vida en las zonas comunes que en las casas, donde muchos sólo pasaban a dormir, pues desayunaban, comían y cenaban todos en la sala polivalente del pequeño zoo aviario. Había habido discusiones, e incluso peleas, pero nunca habían trascendido, y muchos de sus protagonistas habían acabado siendo los mejores amigos, o incluso pareja.

Una de de las visitas que recibieron fue la de la alcaldesa vigente, que ya había escogido la casa en la que vivirían. Ese era uno de sus acometidos, y lo hacía gustosa. Había decidido que compartirían una casa del centro de aquél pequeño barrio residencial junto con una pareja que había perdido a sus tres hijos de manos de los infectados, y un anciano que requería bastantes cuidados, atención y cariño, que casi nunca abandonaba la casa. Los integrantes de aquella pareja tenían aproximadamente la edad de sus propios padres, y acompañaban a la alcaldesa. Ellos también les dieron la bienvenida, y aseguraron que lo tendrían todo listo para cuando pasaran el período de cuarentena.

Macarena y Aarón no cabían en si de gozo, sorprendidos por lo bien que les habían acogido, y preguntándose cómo era posible que no hubiesen sabido nada de Nueva Sheol hasta ahora, pese a llevar tanto tiempo viviendo tan rematadamente cerca.

Cuando se hizo de noche Alexia, que había mantenido un perfil bajo toda la noche, se interesó al escucharles leerse uno de los libros que habían traído de la biblioteca de Sheol. Les preguntó si podía unirse a ellos, y ambos accedieron encantados. El libro estaba bastante avanzado, pero ella disfrutó de igual modo. Estuvieron leyendo, a la luz de una pequeña bombilla con una batería que se había ido cargando con luz solar durante el día, hasta bien entrada la medianoche. Luego cada cual ocupó su litera. Aquellas camas no eran tan cómodas como las que tenían en la casa de Aarón, pero como tan solo tendrían que pasar ahí dos noches, no le dieron demasiada importancia.

A media tarde de su segundo día de cautiverio, cuando incluso habían tenido ocasión de hacer amigos al otro lado de la valla, les liberaron. La pareja que afirmó que les acogería en su casa vino, en compañía de las dos mujeres que les habían encerrado ahí, que a todas luces eran las funcionarias de prisiones de aquella minúscula ciudad. Alexia se despidió de ellos, dirigiéndose a la suya propia, y los siete fueron al que sería su nuevo hogar.

Aquella casa era mucho más lujosa de lo que ellos podrían haber imaginado. De hecho, todas en aquél vecindario lo eran. La casa tenía seis habitaciones, cuatro de las cuales tenían su propio cuarto de baño. Les presentaron al anciano, y Macarena sintió un pinchazo de nostalgia al recordar a su querido Bartolomé. Aquél hombre era unos años mayor de lo que lo fuera su viejo mentor antes de fallecer, pero estaba bastante más estropeado por el paso del tiempo. No obstante, era increíblemente educado y muy parlanchín.

Desde el inicio de la pandemia, todo el mundo había tenido un destino cerrado. En la mayoría de los casos ese destino era la muerte, o mucho peor, transformase en un infectado que siguiese propagándola. En el caso de Macarena y Aarón, ese destino parecía tener otro nombre: Nueva Sheol. Se adaptaron a la perfección, y se sintieron incluso fuera de lugar al recibir tantos agasajos por parte de sus nuevos vecinos. Un par de grupos de las casas vecinas les trajeron dulces que habían confeccionado en sus propias casas, invitándoles a pasar a visitarles cuando gustasen.

Cuando finalmente les dejaron a solas, después de más de dos días siendo el centro de atención de sus nuevos vecinos, Aarón se puso a llorar, sentado en la que sería su cama, en el cuarto contiguo al de su compañera. Macarena se acercó a él, contrariada, y le preguntó que qué le ocurría. Eran lágrimas de felicidad. Después de haberlo perdido todo, primero la había encontrado a ella, y luego a toda esa gente fantástica que hacía incluso difícil recordar cuanto malo había ocurrido en sus vidas hasta llegar ahí. Macarena le abrazó, y ambos se mantuvieron todavía un buen rato en silencio, soltando alguna que otra lágrima.

La vida real en aquél pequeño oasis en medio del Apocalipsis resultó ser tan idílica como se la habían contado. De vez en cuando se acercaban infectados a la otra orilla, atraídos quizá por el ruido o por las luces en la noche cerrada, pero como no tenían modo alguno de alcanzarles, más tarde o más temprano acababan desistiendo, y seguían su deambular errático por el resto de sus dominios.

Más de una vez vieron a algunos de ellos bebiendo en la orilla, y Macarena se escandalizó al ser conocedora de que el origen del agua que bebían y la que utilizaban para asearse era la misma. La alcaldesa le dijo que jamás utilizaban el agua sin antes haberla hervido, y habida cuenta de cuánto tiempo llevaban ahí viviendo, eso sirvió para apaciguar considerablemente la creciente ansiedad de la adolescente.

La convivencia con el resto de sus vecinos no estaba exenta de trabajo, pero el modo en el que se lo repartían era ciertamente curioso. Había quienes se encargaban de cocinar, quienes lavaban la ropa, quienes cultivaban el terreno, quienes cuidaban de los animales de granja que criaban y de los cuales se alimentaban, quienes, como Jordi y Alexia habían hecho, salían al exterior en busca de víveres, útiles o más supervivientes…

No siempre eran los mismos. Lo único que sí estaba prohibido era no tener una tarea asignada: ese privilegio tan solo lo ostentaban los niños menores de diez años y los ancianos, e incluso éstos aportaban su granito de arena al bien común con otro tipo de funciones. Unos enseñaban a otros, y una vez éstos eran duchos en tales lides, se encargaban de enseñar a terceros. La vida ahí eran sencilla y placentera.

Se adaptaron tan rápido, que pronto les resultó incluso extraño recordar cómo habían sido sus vidas antes de formar parte de aquél bien engrasado engranaje de cooperación y buena voluntad. Fueron pasando los meses y aprendieron muchísimo, rotando de una tarea a otra. Había tanta gente en la pequeña isla dispuesta a enseñar a los demás las cosas en las que eran expertos, y tanta gente dispuesta a dejarse enseñar y tener algo útil en lo que ocupar su tiempo, y sobre todo su mente, que todo salía a pedir de boca.

Con el paso de los años, Macarena y Aarón decidieron alistarse en algunas misiones de abastecimiento y reconocimiento. El volumen de infectados que venía a visitarles había disminuido drásticamente, principalmente porque los infectados eran demasiado estúpidos para valerse por sí mismos, y acababan pereciendo a la inanición prolongada, al no tener qué llevarse al estómago. Ello hacía de tales incursiones una tarea mucho menos peligrosa, pero ambos eran conscientes que eso no tenía por qué significar nada, pues como todos bien sabían, tan solo hacía falta un solo infectado para empezar de nuevo la pesadilla.

La relación de Macarena y Aarón fue derivando, con el paso del tiempo, en algo mucho más profundo. Se adoraban el uno al otro, y el amor platónico acabó derivando en otro tipo de amor. Crecieron juntos, hicieron amigos, discutieron, se reconciliaron… Ya no eran niños ninguno de los dos cuando Macarena quedó embarazada, y aquél niño no sería el primero ni el último que nacería en Nueva Sheol. Incluso se casaron, siguiendo un curioso ritual autóctono.

Con el paso de los años, la isla se les acabó quedando pequeña, y las misiones de reconocimiento, en un mundo considerablemente menos hostil, fueron alejándose cada vez más de ese epicentro. No todos los que se iban volvían, y en ocasiones traían a nuevos supervivientes, aunque éstos eran cada vez más escasos. Fue entonces cuando descubrieron que Nueva Sheol no era el único asentamiento de supervivientes que había en el país, y no por previsible les pareció menos llamativo.

Al parecer, había muchos más repartidos por todo el mundo, pero ellos se no se habían enterado por lo peculiar de su ubicación. Al fin y al cabo, ¿quién en su sano juicio querría siquiera acercarse al lugar donde se originó todo?

La idiosincrasia en tales asentamientos era drásticamente dispar entre unos y otros, pero lejos de generar disputas o rivalidades, lo que hizo fue fomentar el comercio de bienes y la libre circulación de personas, de modo que la isla pronto dejó de tener aquél alarmante nivel de superpoblación. Ello permitió que se generasen muchos excedentes, lo cual repercutió positivamente en el comercio, y por ende, en la calidad de vida de quienes decidieron quedarse. Macarena, Aarón y su hijo fueron de quienes decidieron no abandonar el que para entonces era ya su hogar.

Ocurrió años más tarde, al volver de una de aquellas expediciones a otro asentamiento, que había a unos cien kilómetros de Nueva Sheol. Macarena había ido sola, pues el hijo común que tenía con Aarón estaba algo enfermo, y ella conocía de buena tinta a un médico excelente que de bien seguro podría recetarle y dispensarle las medicinas que necesitaba, cuando Macarena descubrió que ya no había sitio a lo que volver.

Un hilillo de humo aún emergía de alguna de las casas que habían perecido al fuego. Pese a la distancia, desde esa orilla se veían con claridad los cadáveres. Macarena estaba aterrada, aunque resultaba evidente que ya no había nadie ahí y que no podría hacer nada por quienes ahí vivían cuando ella se fue días antes, pero debía acercarse a verlo con sus propios ojos.

Puesto que no tenía otro modo de acceder a la isla, nadó. Nadó hasta extenuarse, pese al frío del inminente invierno, y llegó empapada y tiritando a la otra orilla. Entonces lo comprendió. No tenían modo alguno de huir. La isla que hasta entonces les había servido de protección, acabó convirtiéndose en una ratonera. Habían sido rodeados, reducidos, asesinados, y quienes quiera que habían perpetrado tal atrocidad habían robado impunemente todo cuanto ellos habían atesorado con tesón, ahínco e ilusión durante tantísimo tiempo.

Encontró los cadáveres de su esposo y su hijo, entre otro montón. Les habían abatido con armas de fuego, sin darles siquiera ocasión a defenderse. Ellos hacía muchos años que se habían quedado sin munición de su escaso arsenal, y estaban convencidos que no la necesitarían, habida cuenta del declive que había sufrido la hegemonía de la Tierra por parte de los infectados.

Lloró y les maldijo a voz en grito. No eran capaz de imaginar una mente lo suficientemente perversa como para perpetrar semejante atrocidad. Pasó ahí la noche, con el alma a los pies, después de haber enterrado a sus dos seres más queridos en el mundo. Del mismo modo que no había podido soportar seguir viviendo junto al cadáver de Bartolomé, a la mañana siguiente cruzó de nuevo el lago y comenzó a caminar, sin mirar atrás.

Sus pasos, lentos y abatidos, la dirigieron, sin que ella se percatase muy bien de cómo había sido, de vuelta a aquella vieja cabaña en la montaña, entre Etzel y Sheol. Para su sorpresa, seguía de una pieza. Al entrar, descubrió que todo seguía tal como lo habían dejado ella y Bartolomé al salir, aquél día que tan alejado quedaba ya en la lontananza. Para la cabaña no habían pasado los años. Macarena, sin embargo, era ya toda una mujer.

Llevaría cerca de un año viviendo ahí sola, cual ermitaña en mitad del bosque, cuando una mañana escuchó un ruido muy cerca de la entrada. Trastornada por el miedo y el rencor a las bestias que le habían arrebatado todo cuanto amaba, echó mano de la vieja escopeta de Bartolomé, que había guardado con celo desde hacía más tiempo del que sería capaz de recordar, pese a que ya no era más que un trasto inútil, al carecer de munición.

Abrió la puerta rápidamente, con tal ímpetu que ésta chocó contra la fachada al girar ciento ochenta grados. Dio un paso al frente sosteniendo la escopeta con ambas manos, y apuntó a quien había al otro lado.

ABRAHAM – ¡Por favor, no dispares!

A Macarena le faltó tiempo para bajar el arma. Una bonita sonrisa se dibujó en su cara. No era más que un niño, unos años menor de la edad que tenía su hijo cuando le arrebataron la vida. Macarena invitó a pasar al chico y le invitó a comer en su mesa. Estaba increíblemente hambriento. Le explicó su historia: al parecer, un grupo de bandidos había atacado su poblado, matando a todos sus habitantes, incluidos sus padres. Él había conseguido salvarse por los pelos, y llevaba más de una semana vagando a solas, hasta que dio con ella.

Esa historia resultó curiosamente familiar a Macarena. Quizá los infectados hubieran dejado de ser una amenaza real a esas alturas, pero resultaba evidente que el ser humano no había aprovechado la valiosa oportunidad que se le había dado para empezar nuevamente de cero.

comentarios
  1. Betty dice:

    Excelente el relato de Macarena y Bartolomé lo he disfrutado de principio a fin. 😎

    • ¡Mil gracias por tus palabras, lady Betty! 😀

      Ha sido un interesante ejercicio de improvisación por mi parte, que no estoy para nada acostumbrado a ello, y me ha resultado ciertamente complicado, a la par que entretenido. Y también ha servido para concienciarme aún más de que mi modo de escribir es otro, aunque… salir de tanto en tanto de la zona de confort tampoco está mal.

      Ya sólo quedan dos relatos más, uno de los cuales preveo que será también bastante largo, aunque muy distinto al de Macarena. Luego continuará la trama troncal, en su ÚLTIMO tramo. Más adelante habrá más sorpresas, pero la novela en sí está prácticamente en su recta final.

      David.

  2. Sandra Luz Flores Puertos dice:

    Buenísimo relato este de Macarena y Bartolome, lo sufrí y lo disfrute lo mismo y lo leí varias veces… Felicidades!!!

  3. Angela dice:

    Excelente relato, igual que Sandra, lo he leído ya tres veces, muchas gracias David.

    • Caray, me dejáis de piedra. En esta ocasión me planteé el relato como una historia que también me estuviese contando a mí mismo, y cada vez que me sentaba escribía aproximadamente unas 1000 palabras y sencillamente seguía la historia dónde lo había dejado el día anterior y seguía escribiendo a sentimiento lo que la intuición me pedía. Luego a medida que me iba acercando al final sí que es verdad que ya empecé a tener claros algunos conceptos y lo que hice fue ir derivando la acción hacia ese punto. Y me hace especial ilusión porque ahora que en breve comenzaré a escribir un libro nuevo después de 12 años escribiendo el mismo, y creo que la sensación puede ser similar, de todavía tener cosas que me puedan sorprender a mí mismo porque en Al otro lado de la vida ya lo tenía todo cerrado desde hacía muchísimo tiempo. Y no es en absoluto aburrido escribir sobre algo que ya sabes pero tener ideas frescas es mucho más reconfortante.

      David.

  4. Carol dice:

    Hola!. De acuerdo con todos los comentarios. Me parece un capítulo fantástico, la verdad. Y, si has improvisado, solo me queda quitarme el sombrero 😁. Me voy a por el siguiente…..

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