3×1218 – Ayira

Publicado: 24/08/2019 en Al otro lado de la vida

1218

AYIRA

 

Barrio de Gamoneda, ciudad de Sheol

30 de septiembre de 2008

 

La noche era fresca. Ayira paseaba tranquilamente por la ciudad abandonada. Parecía reírse en la cara del peligro, aunque en realidad no era en absoluto consciente de ello.

Se giró hacia una ventana cercana al ver algo moverse tras ella. Se trataba de una niña pelirroja, que la miraba con apariencia de no creerse lo que le mostraban sus verdes ojos. Había visto miles como ella en su corta vida, y no le dio la menor importancia. Estaba acostumbrada a ser observada. Tras la niña apareció una mujer joven con una larga cabellera rubia, y ambas se la quedaron mirando, mientras Ayira continuaba adelante. Pronto giró una esquina y las perdió de vista.

Hacía poco más de un día que había abandonado su largo cautiverio. Lo había hecho hambrienta, pues los últimos días nadie había ido a darle de comer, como dictaba su rutina vital hasta hacía tan poco. Ahora, ese era el último de sus problemas, pues prácticamente todo a su alrededor parecía estar hecho de comida. Era como un sueño hecho realidad, y aunque no toda resultaba igual de apetecible y nutritiva, había tanta variedad, y sobre todo tanta cantidad, que poco importaba. Disponía de una cantidad de alimento a todas luces inacabable en mil vidas.

Había pasado todo el día caminando erráticamente por la ciudad vacía, alimentándose de cuanto le ofrecía su entorno. En todo ese tiempo tan solo se había encontrado con un par de infectados, que la habían observado atónitos, guardando las distancias en todo momento. Ella se había limitado a ignorarles, como hacía siempre, y había continuado su peregrinaje de destino incierto. Había sido afortunada, pero su racha de suerte no le duraría siempre.

Poco más tarde, mientras cruzaba una calle cualquiera de aquella ciudad oscura, vio a un par de ellos saliendo por el escaparate roto de una joyería. Ellos también se la quedaron mirando, pero a diferencia de los que había visto durante el día, no se conformaron con ignorarla. Uno de ellos la increpó, en un idioma extraño, que no le pareció más extraño que el que utilizaba la gente que no estaba infectada. Ayira agachó un poco la cabeza para mirarle, y el infectado gritó de nuevo. Siguió adelante. El infectado la siguió. Ambos lo hicieron.

El infectado más alto corrió a su encuentro. Ayira empezó a ponerse nerviosa y apuró el paso. Ella era rápida, pero ellos, al verla alejarse, comenzaron a correr como si les fuera la vida en ello. Uno de ellos se abalanzó sobre su pata y le asestó un buen mordisco. Ayira notó el dolor y se lo quitó de encia de una fuerte coz, al tiempo que un tímido hilillo de sangre manaba de la herida. Afortunadamente era muy superficial. El otro infectado amenazó con repetir la agresión, pero Ayira ya estaba prevenida. Le dio un fuerte golpe con la pata en el pecho, y lo mandó a varios metros de distancia, rondando por el sucio suelo.

El infectado que la había mordido estaba tumbado de lado en el suelo, entre un contenedor y un coche aparcado, respirando con dificultad. Aún tardaría veinte minutos en recuperar la conciencia, y para entonces ella ya estaría bien lejos. El segundo se levantó enseguida y gritó de nuevo. Ayira, quieta como estaba, se le quedó mirando, amenazante. No le hizo falta más que dar un paso al frente para que el infectado corriese de nuevo con todas sus fuerzas, pero en esta ocasión, en dirección opuesta.

Fueron los primeros, pero no serían los últimos. Al menos, ahora ya sabía a qué atenerse. Ayira continuó caminando, alimentándose por aquí y por allá siempre que surgía la oportunidad. Al pasar frente a una fuente apagada pero aún llena de agua, agachó el cuello y comenzó a beber hasta saciar su sed. Hacía mucho que no bebía, y sintió cómo el frío líquido la revitalizaba de pies a cabeza, lo cual tenía especial mérito en su caso.

Para entonces la herida ya había dejado de sangrar y no tardaría en curarse. Por fortuna, ella era totalmente inmune al virus, tanto, que ni siquiera serviría como portadora. La naturaleza de aquellas bestias era demasiado diferente a la suya propia. Ello fue lo que permitió que siguiera con vida, pues a esas alturas hubiera estado igual de sentenciada a muerte que cualquier otro hijo de vecino.

No tardó mucho en encontrar un lugar donde descansar. Había caminado mucho ese día, y estaba algo agotada. Lo hizo recostada entre unos matojos en un parque público, pero alerta. No pudo conciliar el sueño ni cinco minutos antes que otro infectado reparase en ella. No le hizo falta más que levantarse para asustarle con su tamaño y hacer que volviera por donde había venido.

Caminó un poco más hasta abandonar definitivamente la civilización, y por fin, en pleno bosque de Pardez, consiguió descansar como era debido, sin sobresaltos. Abandonar la urbe le permitió recobrar cierta tranquilidad, pues la concentración de infectados ahí era menor. Con ello mejoró considerablemente su calidad de vida. Si lo había tenido fácil para alimentarse en Sheol, en mitad del bosque tal premisa se tornaba en algo incluso ridículo.

Los primeros días a duras penas encontró más hostilidad, ni depredadores que no fueran aquellos humanos a los que parecía haber poseído el mismísimo Satanás. Muchos de ellos mantenían las distancias con ella, sin duda intimidados por su imponente figura, pero otros, hostigados por el hambre, las ansias de violencia, o un peligroso cóctel de ambas cosas, la atacaban. Ella siempre les hacía frente, y habida cuenta que su fuerza era mucho mayor, jamás conseguían hacerle poco más que un rasguño.

En una ocasión, cuando ya había recorrido del orden de cien kilómetros en dirección al sur, donde algún extraño instinto le invitaba a dirigirse, una noche cualquiera se encontró con una horda de aquellas bestias. Eran demasiadas. Muchas más de las que jamás había visto juntas. El hecho de estar en grupo parecía envalentonarlas, y no lo dudaron un momento antes de atacarla.

Ayira pateó a unos y a otros sin miramientos, mientras varios se le agarraban a las patas y hundían sus mandíbulas en su dura piel, no demasiado satisfechos con el sabor de su carne ni con el olor de su sangre. El dolor pareció darle aún más fuerzas. Mató a siete de ellos, pateándoles sin miramientos, hundiéndoles las patas en la cabeza y en el torso, haciéndoles picadillo. Por fortuna, el mero hecho de ver la suerte que habían corrido sus congéneres sirvió de escarmiento para el resto, pues no tardaron en dejarla en paz.

Ella estaba increíblemente excitada, y hubiese acabado con la vida de cualquiera que se le hubiera puesto a tiro sin siquiera pestañear. Lamentablemente, entre los infectados no se corría la voz, y siempre que se encontrase en una situación similar, tendría que empezar de cero. Pero había aprendido a hacerlo, y no lo dudaría un instante si se veía de nuevo en apuros de tal calibre. Se metió en un riachuelo para remojarse las patas heridas y beber algo de agua, aún agotada por el esfuerzo, y acto seguido continuó adelante.

Tras semanas y semanas de duro esfuerzo llegó al punto más alejado de la península. Lo hizo en pleno invierno, cuando la actividad de los infectados era menos intensa. Pero una vez ahí, sencillamente no pudo continuar. Sabía que debía seguir dirigiéndose al sur, pero el inmenso mar se lo impedía, de modo que no se lo pensó dos veces, y procedió a dar media vuelta y buscar un camino alternativo. Al fin y al cabo, tampoco tenía prisa. Tenía toda la vida por delante.

Caminó y caminó. Durante días, durante meses. No siempre escogía la mejor vía, y su deambular era errático y zigzagueante. Finalmente consiguió abandonar la península y comenzó a dirigirse hacia el este. A medida que pasaba el tiempo, los ataques que recibía por parte de los infectados que se cruzaba por el camino eran cada vez menos frecuentes y entusiastas. La inanición hacía mella en ellos, y si bien siempre había nuevas remesas dispuestas a ponerle las cosas difíciles, ella había aprendido a hacerles frente, ya fuera atacándoles como limitándose a huir, pues ella era mucho más rápida, y en resumidas cuentas, jamás supusieron un problema mayúsculo.

En los últimos años de su largo peregrinaje no vio a ningún infectado, al menos a ninguno con vida, o que fuese medianamente reconocible. Bien era cierto que había aprendido la lección, y siempre se esforzaba por evitar las zonas pobladas antaño por humanos, y que a medida que se acercaba a su destino, éstas escaseaban cada vez más, pero no por ello tal hecho dejaba de ser menos reseñable.

Tardó siete largos años en llegar a la sabana. Lo hizo como adulta, y con bastantes cicatrices en las patas, pero de una pieza. El tramo final, por el desierto, fue el más duro. La omnipresencia del Nilo le ayudó muchísimo a ese respecto. Ahí los infectados parecían haber desaparecido del mapa, tal y como si jamás hubiesen existido. No le costó mucho guardarlos en un recoveco de su memoria al que no tenía la menor intención de volver a acceder jamás.

Fue una fresca mañana de primavera, con un cielo azul sin mácula, cuando encontró a la que sería su nueva familia. En aquél idílico paraje había al menos una docena de jirafas como ella, todas hembras, así como cuatro crías que no tendrían ni un mes. Ayira se acercó a ellas, tímida pero ilusionada, consciente de que su larga marcha había llegado a su fin.

La adaptación no fue rápida ni sencilla, pero con el paso del tiempo, aquél grupo de hembras la acabó acogiendo bastante bien, más al volcarse tanto con el cuidado de las crías. Meses más tarde ella misma sería madre, y entre todas sus nuevas compañeras cuidarían de sus dos retoños, en un mundo en el que los humanos y sus tribulaciones no tenían cabida.

comentarios
  1. Mari Carmen dice:

    vaya este a sido cortito jeje

  2. Drock9999 dice:

    Que lindo! Me encantan las jirafas y es una vision desde una perspectiva totalmente diferente y sorpresiva. Gran y corto capitulo

    D-Rock

  3. Carol dice:

    Qué bueno!. Realmente al principio pensé que era una niña 😂. Ya no dirás por qué una jirafa…..

    • ¡Es la jirafa que Zoe y Bábara ven por la ventana en el capítulo 41! Raro será que la recordéis, pero yo la tenía bien presente, y me pareció una buena candidata para un relato. Mientras lo escribía, tenía mucha curiosidad sobre qué carajo creeríais que estaba contando, habida cuenta que no expongo la identidad de Ayira hasta el final. ¡Así es más divertido!

      David.

      • Carol dice:

        Gracias por la respuesta, David. Madre mía!. Hilando fino, si señor 😉. Yo, desde luego, no la recordaba…. Que se manifieste quien si 😂!

  4. Angela dice:

    Me encanto! nunca recordaría que Zoe y Barbara vieran un jirafa pero ahí están, viéndola por la ventana!
    gracias David, excelente como siempre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s