3×1219 – Christian, Maya, Abril, Ío, Carla, Darío, Josete, Olga y Gustavo

Publicado: 14/09/2019 en Al otro lado de la vida

1219

CHRISTIAN, MAYA, ABRIL, ÍO, CARLA, DARÍO, JOSETE, OLGA Y GUSTAVO

Barrio de Bayit, ciudad de Nefesh

27 de enero de 2009

 

Todos observaban en un silencio únicamente roto por el siseo de la brisa marina de aquél mediodía de invierno cómo se alejaba el coche conducido por el verdugo de todo cuanto ellos habían amado jamás. Junto a aquél demonio vestido de hombre iba su hermana, cómplice por omisión, y la pequeña Zoe, que aunque no tenía nada que ver con ello, hubiera acompañado a la profesora hasta el mismísimo fin del mundo, si ello hubiera sido preciso.

Christian no se arrepentía de lo que había hecho, pero al parecer era el único. Él era especialmente rencoroso, y en esos momentos no podía parar de pensar en su difunta madre. Entre los demás presentes cundía cierta congoja, fruto de lo precipitado que había resultado todo. Ninguno de ellos, ni siquiera el propio ex presidiario, había dado verosimilitud a las palabras de Juanjo, y cuando Guillermo había reconocido sus fechorías sin siquiera titubear, habían estado demasiado anonadados por la revelación como para ser conscientes de lo que estaban haciendo sentenciándolos al ostracismo.

Tendrían todo el tiempo del mundo para arrepentirse más adelante, pero ahora ya era tarde para enmendarlo. Guillermo, Bárbara y Zoe se habían marchado para no volver, y su destino resultaba una incógnita que probablemente ellos jamás revelarían. Había pasado más de un minuto después que el coche ya hubiese desaparecido por completo de su campo de visión cuando empezaron a dispersarse.

Los primeros fueron Carla y Darío, acompañados por el pequeño Josete: el Jardín ya no era un lugar seguro, y aunque a plena luz del día y después de la descomunal limpieza que habían hecho, la incursión de un infectado era cuanto menos poco probable, prefirieron no seguir tentando a la suerte más tiempo. Luego se fueron Olga y Gustavo, seguidos de cerca, aunque a cierta distancia, por una Ío que no paraba de llorar, demasiado afectada por los acontecimientos y abrumada por las últimas revelaciones.

Christian y Maya se quedaron hombro con hombro en el baluarte, aquella pequeña atalaya que de tan poco les había servido para prever los planes del maléfico Paris.

MAYA – ¿Ya está? ¿Así de fásil?

El ex presidiario se giró hacia su pareja, y la miró con el ceño ligeramente fruncido. Aún estaba muy nervioso y excitado. En cierto modo estaba avergonzado de su reacción, por precipitada, pero hubiera estado dispuesto a repetirla con los ojos cerrados.

MAYA – No hemos arreglado nada, tan solo les hemos mandado a freír espárragos.

CHRISTIAN – ¿Preferirías seguir viviendo con ellos? ¿Sabiendo que toda tu familia ha muerto por culpa de ese tío? Porque ya te avanzo que yo, no.

Maya tragó saliva. Pese a que los últimos meses había aprendido a marchas forzadas a dejar de sufrir, la imagen de su hermano Daniel se había vuelto increíblemente vívida en su memoria en el transcurso del día. Abrió la boca en más de una ocasión para ofrecerle una réplica a Christian, dándole una y mil vueltas a la cabeza, pero no fue capaz de encontrar ningún argumento consistente. Aunque su amor propio le decía lo contrario, en su fuero interno ella también se alegraba por aquella pequeña venganza, y ello le hacía sentirse francamente mal.

Lo primero que le vino a Christian a la mente fue ir a buscar a Juanjo. Al fin y al cabo, él había sido el que lo había propiciado todo, quien había empujado la primera ficha del dominó que había acabado con los hermanos Vidal fuera de la destruida Bayit. Maya no dudó un instante en acompañarle. Cada vez le gustaba menos pasar tiempo a solas, pues era precisamente en esos momentos cuando su mente comenzaba a dar vueltas a todo lo ocurrido, y ello jamás era agradable.

Resultaba más que evidente que con aquella revelación, Juanjo no había intentado más que librarse de ellos, del mismo modo que lo había intentado con Paris con anterioridad, aunque en esa ocasión le había salido el tiro por la culata. Y de qué modo. Christian se veía en la necesidad de sentarse a hablar un buen rato con el banquero, pues creía que aún tenía muchas explicaciones que darles.

Armados y cautelosos, accedieron a la calle larga y se dirigieron a la vivienda, tan alejada del verdadero corazón de Bayit, donde el banquero había vivido desde que Paris le echase de su propio piso en el bloque del centro de ocio, que actualmente ya no existía más que como un puñado de escombros desperdigados por el jardín y ambas calles.

Sabían perfectamente dónde vivía, pero la casa estaba cerrada a cal y canto, y por más que insistieron, pese al peligro que ello entrañaba, habida cuenta que el barrio ya no era seguro, después de los destrozos que había provocado la venganza kamikaze de Paris, no fueron capaces de dar con él. Pronto se les unieron más habitantes de Bayit, que habían tenido idéntica idea de ir a demandar explicaciones, pero por más que buscaron por los alrededores, todo esfuerzo resultó estéril.

Ya empezaba a anochecer cuando finalmente se dieron por vencidos y decidieron echar abajo la puerta, convencidos que o bien Juanjo había muerto dentro o había abandonado el barrio en algún momento indeterminado entre la corta reunión que había mantenido con ellos y la expulsión de los hermanos Vidal en compañía de Zoe. No les costó demasiado: no en vano habían hecho eso mismo en multitud de ocasiones anteriormente en muchas de las viviendas y locales de la calle larga.

Él ya no se encontraba ahí, como tampoco estaba nada de cuanto había atesorado durante tan largo tiempo. Juanjo hacía ya mucho que había dejado de comer con ellos, y todos sabían a ciencia cierta que había estado sisando comida de la alacena del centro de ocio, ahora inaccesible por culpa de los escombros que había propiciado la explosión. Cada uno, a su manera, había hecho la vista gorda, principalmente por la pereza que les daba llamarle la atención, pues en cierto modo él tenía idéntico derecho de echar mano del fondo común que todos los demás.

La casa estaba completamente vacía. Tan solo había dejado los muebles, pero todo lo demás había desaparecido. No había dejado atrás una triste lata de guisantes. Entre ellos cundió un cierto desasosiego. Resultaba evidente que se había ido para no volver, lo cual no resultó molestia alguna para ellos. No obstante, y conociendo su trayectoria, todos dudaban mucho que ahí acabase todo.

Juanjo era un hombre mezquino y egoísta donde los hubiera, y no tardaron mucho en imaginar dónde había ido. Sabían a ciencia cierta que era demasiado cobarde para hacerles daño de manera activa. Él prefería manipular y maquinar en las sombras. Tenían serias sospechas que el banquero hubiese decidido huir haciendo uso de Nueva Esperanza, y ello les resultó ciertamente inquietante.

Ya era demasiado tarde para aventurarse a alejarse del barrio en su busca, de modo que prefirieron dejarlo estar, aún sin quedarse para nada satisfechos. Cada cual volvió a su propia vivienda. Todos atrancaron a conciencia las puertas, conscientes de lo vulnerables que resultaban ahora que el barrio estaba expuesto y que tales puertas carecían del más simple pestillo. El que más el que menos, todos echaron en falta al bueno de Carlos, que no hubiese dudado un momento antes de asaltar la ferretería de la calle larga y proveer a dichas puertas de cuanto necesitaban para mantenerse firmemente cerradas.

A la mañana siguiente una pequeña comitiva capitaneada por Christian tomó uno de los muchos coches que Fernando había dejado listos para usar antes de fallecer y abandonó el barrio en busca de repuestas. Le acompañaban Maya, Carla y Olga. El resto se quedarían en el barrio, cuidando los unos de los otros, y aguardando la vuelta de los peregrinos. Lo hicieron antes incluso de desayunar.

El trayecto no era excesivamente largo, y pese a que no encontraron ningún tipo de impedimento por el camino, ni tampoco compañía de ningún tipo, fue más que suficiente para que el sentir general, que estaba muy a flor de piel, acabase derivando en una acalorada discusión.

Fue Olga la que comenzó, y Carla no dudó un momento en secundarla. Afirmaba, sin ningún tipo de tapujos, que habían sido injustos en su unánime votación de la jornada anterior, en la que expulsaron a Guillermo del barrio. No dudaban que el investigador biomédico mereciese un castigo por cuanto mal había hecho, pero sentían que habían sido injustos al no permitirle exponer serenamente su versión de los hechos, y que dicha decisión había sido tomada demasiado en caliente. Christian se opuso diametral y acaloradamente a dicha observación. Él estaba convencido que habían hecho lo correcto, por cruel que resultase.

Que Guillermo hubiera o no deseado aquél funesto desenlace, no hacía que este fuera menos punible. Al fin y al cabo, él tampoco tenían intención alguna de acabar con la vida de la pequeña Jéssica, y aunque a regañadientes, y principalmente porque no tenía alternativa, había acatado sumiso la orden del juez y había ingresado en prisión por ello, dispuesto a cumplir su pena. Guillermo no había acabado solo con la vida de una niña inocente, sino que prácticamente había erradicado la vida humana sobre la faz de la tierra. El ex presidiario estaba convencido que cualquier jurado del mundo hubiese sido mucho más contundente de lo que lo habían sido ellos.

El tono de voz general comenzó a elevarse, y Christian se lo tomó como un ataque personal, pues al fin y al cabo, la idea de castigarle por cuanto había hecho había sido suya, arrastrando en tal castigo a su hermana y a Zoe. Estaba convencido que habían sido incluso demasiado blandos con él, pero al parecer era el único. Christian se sintió especialmente dolido al ser consciente del silencio de Maya en tal discusión, pues si bien no se había adherido al alegato de las otras dos jóvenes, tampoco había abierto la boca para ponerse de su parte. Además, su cara decía tanto o más que lo hubiesen hecho sus palabras, con aquél exótico acento.

La estancia en el vehículo se tornó prácticamente insoportable, hasta que finalmente, y después de más de quince minutos sin abrir la boca, Maya rompió su silencio. Intentando ser lo más aséptica posible, propuso un cambio de rumbo. Argumentaba que con toda seguridad Guillermo y compañía se habrían dirigido a buscar asilo con Abril, y que quizá aún estarían a tiempo de contactar con ellos. De muy mal humor y más parco en palabras que nunca, Christian cambió de rumbo, y por ende, de destino, y los cuatro se dirigieron a la mansión de Nemesio. Juanjo debería esperar.

ABRIL – ¿¡Otra vez aquí!? Ya os dije ayer que no quería saber nada más de vosotros.

CHRISTIAN – Abril, soy yo.

La puerta de servicio se abrió, y vieron asomar a una Abril con cara de pocos amigos, y que daba la impresión de llevar muchas horas sin dormir.

ABRIL – ¿Qué… qué hacéis vosotros aquí?

CHRISTIAN – No están contigo, ¿verdad?

La médico negó con la cabeza y dio un paso al frente, quedando de ese modo visible a las acompañantes del ex presidiario. Aún acusaba una ligera cojera, y parecía más apática de lo que lo había estado nunca.

ABRIL – Vinieron ayer.

CHRISTIAN – Y te explicaron…

Abril asintió con la cabeza. No había pegado ojo en toda la noche dándole vueltas a la corta revelación de Guillermo. No le apetecía hablar al respecto.

MAYA – ¿Sabes… hasia dónde se dirigieron?

Abril negó con la cabeza.

ABRIL – Ni lo sé ni me importa.

Christian esbozó una sonrisa. Tan solo analizando la expresión facial de la médico, estaba más que convencido que ella sí hubiera estado de su lado, de repetirse aquella apresurada votación.

ABRIL – ¿Estáis buscándoles?

CHRISTIAN – Sí… Bueno… A ellos y a Juanjo.

ABRIL – Juanjo no iba con ellos.

CHRISTIAN – Lo sé, pero… él también ha desaparecido.

ABRIL – Pues mira que bien. ¿Os puedo ayudar en algo más?

Christian tragó saliva. Ambos mantuvieron una breve batalla de miradas. Había pensado en ofrecerle acompañarles, pero enseguida concluyó que no valdría siquiera la pena intentarlo. Ni se despidió de ellos ni les deseó buen viaje. Se limitó a cerrar la puerta tras de sí una vez la conversación hubo concluido. Todos volvieron al coche en silencio, acusando un cierto malestar, pero conscientes que Abril tenía motivos de sobra para sentirse de ese modo.

Acercarse a ese grupo de personas no le había traído más que problemas desde el primer momento, y ahora estaba más convencida que nunca que no volvería a acompañarles, por más que insistieran. Ya había arriesgado su vida inútilmente demasiadas veces. Si necesitaban de sus servicios, habida cuenta que era la única persona en la isla que sabía de medicina, se los ofrecería sin dudarlo. Pero tendrían que ser ellos quienes se acercasen a la mansión de Nemesio a demandárselos. Ella ya había tenido más que suficiente.

Con aún peor ánimo del que tenían al hacer aquél corto paréntesis en el viaje, se dirigieron de nuevo hacia su destino original. Habían perdido mucho tiempo en aquella parada tan poco fructífera como necesaria, y ya había pasado largamente el mediodía cuando finalmente alcanzaron su objetivo, en aquél paraje recóndito en mitad de los escarpados acantilados.

Tal vez tuviera algo que ver el hecho que el día amenazara lluvia, pero no habían visto a un solo infectado desde que abandonaran Bayit, hacía ya varias horas. Tras recorrer de extremo a extremo aquella larga calle residencial de la ostentosa ensenada, llegaron finalmente a la rotonda que daba acceso a la nave donde sospechaban se había dirigido el banquero. La joven de los pendientes de perla rompió el silencio que había reinado en el vehículo durante la última hora.

OLGA – ¿Ese no es el coche con el que se fueron Bárbara y su hermano?

Todos repararon en el vehículo, pero instantáneamente dejaron de prestarle atención. La nave estaba abierta de par en par, y frente a ella había dos cuerpos: el de un chico joven y el de un hombre adulto. Si estaban durmiendo o por el contrario habían perdido la vida, no lo sabrían hasta que se acercasen un poco más. No obstante, y pese al peligro potencial, toda su atención se centró en los grandes portones abiertos de la nave: el barco había desaparecido.

Christian guió el coche hasta dejarlo aparcado junto al otro vehículo y, arma en mano, uno a uno fueron saliendo a investigar los alrededores. Olga y Carla inspeccionaron el coche abandonado, que no tenía el seguro puesto, ni tampoco rastro de los víveres que les habían dejado llevarse al partir. Ello ya era una declaración de intenciones en sí mismo. Christian y Maya se dirigieron hacia la entrada de la nave. No se trataba de un efecto óptico por el ángulo: en efecto, Nueva Esperanza ya no estaba ahí.

Los dos cadáveres estaban bocabajo. Ambos habían sido acribillados a balazos, y resultaba evidente que no se levantarían. No obstante, Christian y Maya prefirieron no dejar nada al azar y se aproximaron algo más, cada cual sosteniendo su propia arma sin seguro. Ella empujó con el pie el hombro del chico, y comprobó que, en efecto, se trataba de un infectado. Christian se disponía a hacer lo mismo con el hombre, cuando le reconoció.

CHRISTIAN – Pero… ¡Es Juanjo!

Las tres jóvenes se giraron hacia él, sorprendidas. Christian tragó saliva, y se ayudó de la manga de su chaqueta para girar la cara del banquero, a tiempo de ver sus ojos, inyectados en sangre y carentes de vida. El ex presidiario no daba crédito a lo que veía. Las otras dos chicas se acercaron a ellos, conscientes que no encontrarían nada interesante en el coche. En esta ocasión fue Carla la que rompió el silencio.

CARLA – Creo que sé a dónde han ido…

Christian se giró hacia ella, con una mirada inquisitiva. Necesitaba respuestas.

CARLA – Y si estoy en lo cierto, no les volveremos a ver en la vida.

Resultaba evidente que no se habían equivocado al sospechar que Juanjo intentaría robar el barco, pero aunque ahora les resultaba tan inverosímil como ridículo, a ninguno se le había pasado por la cabeza que Bárbara y compañía hubiesen tenido la misma idea. Al menos no tan pronto. Llegaron incluso a plantearse que tal vez la isla albergase más supervivientes, y éstos, del mismo modo que habían hecho ellos con anterioridad y en ese mismo lugar, hubiesen podido robar el barco. Pero prefirieron decantarse por la respuesta más sencilla: que la explicación más simple era la más probable. La navaja de Ockham no acostumbraba a equivocarse. La presencia de aquél coche no dejaba lugar a dudas. El barco se lo había llevado la profesora.

Habida cuenta que el mal ya estaba hecho, no se maldijeron por lo ocurrido. Aquél barco, desde el momento en el que Bárbara y Carlos lo encontrasen, había sido un foco de discusiones. La controversia sobre si hacer uso o no de él para abandonar Nefesh había creado bastante tensión en el grupo. Ahora, ese problema ya no existía. Como contrapunto, en esos momentos carecían de modo alguno de abandonar la isla, lo cual, a priori, no supieron si era una buena o una mala noticia.

Nadie lo verbalizó por no avivar aún más las llamas de la tan reciente discusión, pero las chicas en el fondo se alegraron de lo ocurrido, al menos por Bárbara, y sobre todo por Zoe, por la que sentían verdadera lástima, al haberse visto envuelta en el fuego cruzado y haberse visto obligada a tomar una decisión tan precipitada como, a su juicio, errónea. Al menos en alta mar tendrían muchas más posibilidades de supervivencia que en la isla poblada por los infectados, por más provisiones y armas que tuvieran al abandonar Bayit.

De lo que no cabía la menor duda era que habían llegado demasiado tarde, y que ahí ya no había nada más que hacer. Además, ya empezaba a hacerse algo tarde, y concluyeron que lo más sensato sería volver al barrio. Así lo hicieron, habiendo obtenido parte de las respuestas que habían ido a buscar, aunque no les hubiesen gustado en absoluto.

Llegaron a Bayit poco antes del ocaso. Para entonces el peligro ya había cesado. Se acercaron, cautelosos, al Jardín, y contemplaron los cadáveres de tres infectados, frente a los olvidados invernaderos. Los tres tenían ensartadas varias flechas. Olga, inquieta, oteó el bloque de edificios azul y vio a su hermano asomado al piso que hasta hacía tan poco compartían los hermanos Vidal junto con Zoe. El chico asintió, y fue a reunirse con ellos.

Un par de horas después que ellos abandonasen el barrio se habían presentado dos infectados errantes que venían del norte. Josete estaba con Darío, e Ío no había abandonado su piso en toda la mañana. Fue Gustavo quien los detectó, y enseguida lo puso en conocimiento de sus vecinos y amigos. Habida cuenta que era el que mejor puntería tenía, con mucha diferencia, y que no les interesaba hacer ruido, acordaron que sería él el encargado de abatirles.

Tardó más de una hora en hacerlo, pero ello fue debido a que no tenía buen ángulo, y aún menos intenciones de bajar a la calle, ahora que las murallas habían caído. Un tercer infectado se había unido a los otros dos antes que tuviera ocasión de lanzar la primera flecha. Acabó con todos limpiamente y, por fortuna, ninguno más se acercó durante el resto del día.

Les llamó la atención especialmente, pues no era en absoluto habitual recibir visita a esas alturas, y mucho menos con aquél frío. Antes que Paris atrajese a tantos infectados al barrio, a duras penas veían a media docena en el transcurso de una semana, y normalmente era por la noche, no a plena luz del día, como había sido el caso.

De nuevo a buen recaudo en el edificio azul, con el acceso al portal más reforzado incluso que de costumbre, se reunieron los ocho últimos supervivientes de Bayit. La nueva de la muerte de Juanjo se recibió sin excesivo alboroto. En cierto modo, después de pasar tantas horas buscándole la jornada anterior, todos habían dado por hecho que no le volverían a ver el escaso pelo que tenía. Ser conocedores que había intentado robarles el barco tampoco ayudó a que sintieran ningún tipo de lástima por él.

La conversación pronto se centró en la desagradable visita que habían recibido mientras los chicos iban a buscar respuestas. El sentir general, que debido a lo reciente y visceral de los últimos acontecimientos se había mantenido en segundo plano, acabó por estallar. Durante la cena concluyeron que ya no podían seguir demorando más lo inevitable: si querían seguir viviendo en Bayit, tendrían que hacer de él de nuevo un lugar seguro.

A partir de entonces, arreglar el desaguisado que había hecho Paris se tornó en una prioridad. No contar con la ayuda de Bárbara, y sobre todo la de Carlos, fue algo duro al principio, pero quienes habían participado de la construcción de las murallas la vez primera recordaban muy bien lo que debían hacer. Tan solo deberían enseñárselo al resto, y sería cuestión de ponerse manos a la obra.

En cierto modo, tener de nuevo un trabajo que les exigiera tanto tiempo y concentración les sirvió de gran ayuda para alejar de sus cabezas tantos demonios como habían acumulado los últimos meses. Llegó un momento en el que incluso Christian se arrepintió de haber echado a Guillermo del barrio. No porque no creyese que se lo mereciera, sino porque la incipiente curiosidad sobre lo que realmente había ocurrido, cómo había comenzado todo, le corroía por dentro todas y cada una de las noches, haciéndole francamente complicado conciliar el sueño.

Por fortuna, aquellos días los infectados de Nefesh parecieron haber acordado darles una tregua. En realidad tampoco era tanto el trabajo por hacer: las porciones de muralla que Paris había echado abajo eran mínimas. Tardaron mucho más en apartar los escombros y rellenar aquél gran cráter que en rehacer las porciones de muro que la explosión había echado abajo. Y lo hicieron con bastante mejor ánimo y entusiasmo de lo que ellos mismos habían imaginado en un primer momento.

Tras largas horas apartando escombros consiguieron por fin acceder de nuevo a la discoteca principal del centro de ocio, cuyo acceso había quedado impedido tras la detonación. Por fortuna, el enorme botín que ahí ocultaban se había mantenido intacto. A duras penas tuvieron que lamentar una pequeña capa de polvo en todas aquellas cajas llenas de alimento, bebidas, armas y munición. Era tanto lo que tenían en un buen comienzo, que ninguno echó en falta todo cuanto Juanjo había robado, que no era poco.

Pese a que todo invitaba a pensar que la estructura del edificio del centro de ocio aguantaría, lo trasladaron todo hacia el centro de día, hacia la sala donde hasta hacía tan poco habían vivido los bebés a los que Héctor había arrebatado la vida, al igual que había hecho con la de Marion. La idea era que fuese algo temporal, acuciado por la proximidad de ambos lugares, pero con el tiempo acabaría convirtiéndose en algo definitivo.

Tardaron dos largas semanas en deshacer el entuerto que había hecho Paris. Lo hicieron de igual modo que lo habían hecho la ocasión anterior, aunque con bastante peor ánimo, al menos los primeros días. La decisión de no utilizar maquinaria pesada para deshacerse los escombros y rellenar el cráter les hizo demorarse mucho más de lo que habían previsto. Tal decisión se debía a que no sabían dónde encontrarla, sumado a la falsa convicción que no les llevaría tanto tiempo.

Siempre que trabajaban fuera, al menos dos personas hacían guardia, dispuestos a dar la voz de alarma ante el más mínimo signo de hostilidad. Tan solo en una ocasión tuvieron que abatir a un infectado, una tarde en la que ya empezaba a oscurecer. No les supuso reto alguno: el infectado mostraba una más que evidente desnutrición, y caminaba arrastrando los pies, emitiendo unos gruñidos que incluso parecían cansados.

Una vez lo dejaron todo listo para comenzar con la reconstrucción del muro, priorizaron el foco de la explosión original, la de las cargas que Paris había ocultado durante la noche, y que había hecho estallar remotamente. Resultó tan sencillo y tan rápido, en comparación a cuanto habían tardado en apartar todos aquellos cascotes de en medio y devolver a aquél pedazo de calle a la cota original, que en cierto modo se sintieron incluso decepcionados. Una vez acabaron, se diferenciaba con meridiana claridad la porción nueva de muro de la vieja. En cierto modo daba la impresión de ser una cicatriz.

Recuperada la pretérita seguridad, se dieron cuenta que también deberían arreglar el desaguisado que Paris había provocado en el taller mecánico si pretendían reiterar en las diferentes barreras de seguridad. Si se limitaban a tapiar la abertura que había dejado la destrozada persiana, la comunicación entre la calle corta y el Jardín quedaría impedida. Ellos no tenían intención alguna de dejar de vivir en el bloque azul, al que a esas alturas consideraban su hogar, de modo que buscaron una solución que aún les demoró más.

Tardaron dos días en instalar la persiana que habían robado de la joyería de la calle larga en el taller. Sería bastante más pequeña que la original, pero estaba hecha de una malla de rombos, lo que facilitaría sustancialmente abatir a los infectados que consiguiesen entrar al Jardín, lo cual era cada vez menos probable. Trabajaron con entusiasmo, ahínco, y cada vez mejor ánimo. Pero incluso esa tarea acabó concluida, y muy bien concluida, y de nuevo se vieron abocados a la anodina y monótona vida en Bayit. Al menos ahora podían dormir tranquilos, lo cual era una mejora sustancial.

Fue una mañana de mitades de febrero. Josete vivía con Carla, Darío y Carboncillo en uno de los pisos del bloque azul, y él siempre era el primero en levantarse. Carla se había ido a dormir algo tarde la noche anterior, alargando la sobremesa con Olga, con la que había aprendido a hacer muy buenas migas las últimas semanas. La veinteañera entreabrió los ojos al notar cómo el niño la zarandeaba con un entusiasmo teñido de intranquilidad. No era la primera vez que tenía pesadillas, y ella enseguida se enderezó, dispuesta a tranquilizarle.

CARLA – ¿Qué ocurre, cariño?

JOSETE – Hay un… Hay… Hay… Hay un montón de barcos.

Carla frunció ligeramente el entrecejo.

CARLA – ¿Cómo… qué…?

JOSETE – Mira, ven. Ven. Ven.

El niño agarró a Carla de la manga de su pijama, y prácticamente la arrastró por el piso, mientras ella bostezaba con la boca bien abierta. Le sorprendió que no la llevase a su habitación, sino al salón. La puerta corredera del balcón estaba abierta de par en par, y ambos se posaron tras la barandilla, observando el horizonte marino por encima de la recién reconstruida muralla.

Más de treinta barcos copaban el horizonte marino. Los había grandes, los había pequeños. Los había humildes, los había lujosos. Muchos de ellos tenían las velas abiertas al viento. Varios remolcaban embarcaciones más pequeñas, y a un sinfín de botes de remos. Parecían saber muy bien a dónde se dirigían. Carla escuchó un ruido a sus espaldas, y vio a su abuelo Darío aparecer tras la puerta del pequeño distribuidor que daba a las habitaciones.

El viejo pescador se quedó mirando el horizonte marino entre su nieta y el pequeño Josete, pensativo. Darío y Carla se miraron el uno al otro, manteniendo una conversación muda, haciendo uso únicamente de los ojos. Acto seguido miraron de nuevo aquella miríada de barcos.

comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Barcos? No se si me perdi pero, de donde rayas???

    D-Rock.

  2. Betty dice:

    Uy!! Esto no me huele nada bien…

  3. Angela dice:

    Barcos a la vista… se me hace que o son los del islote o los asaltantes de este… haber si ahora queda alguien vivo…
    Gracias David, muy buen capitulo.

  4. Fran dice:

    Nos tienes un poco abandonados… 😉
    Nos come la impaciencia!!!
    Jajaja

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