3×1220 – Remembranza

Publicado: 05/11/2019 en Al otro lado de la vida

XXVIII. BÁRBARA

Cuidado con lo que deseas

1220

Ciudad de Sheol

21 de abril de 2009

 

Bárbara y Zoe deambularon por las calles vacías y olvidadas de aquella macabra instantánea del pasado con la boca entreabierta y en el más absoluto de los silencios. La pretérita presencia de los infectados en esas mismas calles resultaba ahora cuanto menos irrelevante. Eran los estragos de aquél descomunal incendio que todo lo había engullido los que copaban por completo la atención de aquella extraña pareja.

Las nubes dieron una pequeña tregua, y los rayos de sol emergieron de nuevo para iluminar aquél lamentable pero en cierto modo bello espectáculo de destrucción. Pese a que ambas conocían las calles de la ciudad, pues esa era la ciudad que las había visto nacer y crecer a ambas, tenían serias dificultades para orientarse. El estado en el que se encontraba aquella parte de la urbe era tan terrible que resultaba muy complicado reconocerla.

Algunas de las calles se habían anegado al colapsarse el sistema de alcantarillado, y lucían como auténticos lagos, impidiéndoles el paso. El aspecto de los cadáveres chamuscados de tantos y tantos árboles hasta hacía tan poco centenarios dotaba a aquél particular viaje de un cariz de desolación. Sin embargo, algunos tímidos brotes allá donde el asfalto lo permitía, y en ocasiones en esos mismos alcorques, daban fe que la naturaleza no tenía intención alguna de dejarse amedrentar por ese pequeño traspiés.

Gran parte de los edificios habían colapsado sobre sí mismos, haciendo harto complicada la conducción por las calles. Tuvieron que dar más de un rodeo, temiendo que toda aquella runa pudiese pinchar las ruedas del furgón y obligarlas a hacer una parada indeseada en el camino. Pronto descartaron las calles más estrechas, y se dirigieron a una de las principales arterias de la ciudad, desde donde obtuvieron una panorámica mucho más clara del desastre.

Pese a que les costó bastante orientarse, finalmente consiguieron dar con la vía que les llevaría al vecindario donde Paola y Adolfo habían estado cuidando de la ya no tan pequeña Zoe hasta hacía poco menos de un año. No tardaron mucho más en llegar, pues esa zona estaba mucho más despejada y los edificios, al ser más bajos, no habían causado destrozos especialmente reseñables en la carretera.

Zoe invitó a Bárbara a detener el furgón, y ésta lo hizo sin dudarlo un momento. Imaginar que pudiera haber infectados acechando era cuanto menos ridículo: ahí no había absolutamente nada que ellos pudieran echarse a la boca, ni lugar seguro donde resguardarse del astro rey.

La casa, que aún no estaba pagada cuando sobrevino la pandemia, era ahora poco más que una parodia de lo que fuera antaño. Toda la fachada frontal había sucumbido a su propio peso y se había hundido, esparciendo ladrillos y cemento por todo el patio delantero. Zoe observó, con una expresión muy seria en el rostro, su habitación, o al menos lo que quedaba de ella: el esqueleto metálico de la que fuera su cama, una masa irreconocible donde estaba el armario que contenía su ropa y sus juguetes…

La niña esperaba poder recuperar algún recuerdo, llevarse consigo algún pedazo de su pasado y guardarlo por siempre como un tesoro. Pero eso no sería posible: lo único que le quedaba era la cinta violeta que seguía fuertemente anudada a su muñeca. Ahora más que nunca estaba convencida que no volver directamente al islote había sido una pésima idea. Notó una ligera presión en el hombro y se giró. Bárbara estaba a su lado, visiblemente compungida.

BÁRBARA – ¿Estás bien?

La niña asintió, aunque su expresión facial delataba todo lo contrario. Estaba al borde del llanto, pero no derramaría una sola lágrima. Su intención había sido la de revivir los buenos momentos, pero la presencia ahí tan solo había hecho sumar más malos recuerdos a los que tan vívidamente recordaba cuando sus padres, ambos infectados, habían intentado acabar con su vida entre esas mismas paredes.

ZOE – Vámonos.

BÁRBARA – ¿Seguro que no quieres…?

Zoe negó con la cabeza, forzando una sonrisa que no convenció a Bárbara.

ZOE – Estoy bien. Aquí ya… no hay nada más que hacer.

Ambas se dirigieron de vuelta al furgón. Bárbara se planteó seriamente si ofrecer el volante a la niña, pero lo acabó descartando. Zoe necesitaba digerir lo que acababa de ver, y le vendría mejor estar tranquila. Le sorprendió descubrir que la niña no se giraba ni miraba por el retrovisor a medida que se alejaban del que había sido su hogar.

En cuestión de un par de minutos pasaron frente a la casa de José Vidal, el padre de Bárbara, pues ambas estaban en la misma urbanización. Su aspecto no desmerecía para nada el de la de Zoe, pero Bárbara no hizo ninguna mención al respecto, y siguió adelante, sin más.

Pronto accedieron a una zona de la ciudad a la que el incendio no había llegado, y la perspectiva cambió drásticamente. La fascinación por aquél curioso espectáculo dio de nuevo paso al recelo por la potencial presencia de los indignos herederos de la Tierra. Tuvieron que sortear el cadáver chamuscado de lo que bien parecía un cerdo que en vida pesara al menos un cuarto de tonelada. Ninguna de las dos supo distinguir de qué animal se trataba.

Ya estaba empezándose a hacer algo tarde, y aunque el lugar parecía del todo menos hostil, Bárbara no tenía ninguna intención de pasar la noche de nuevo en el furgón en mitad de una ciudad, aunque ésta aparentase estar tan desierta y muerta como Sheol. Siguió conduciendo, hasta internarse de nuevo en la zona incendiada. Por algún motivo ahí, se sentía mucho más segura.

Pensó por un momento en dirigirse a su propio piso, pero estaba demasiado lejos para llegar con luz diurna, y enseguida lo descartó. Además, tenía muy mal recuerdo de la última vez que estuvo ahí, con sus pretéritos okupas, y no tenía intención alguna de volver. Cualquier vivienda valdría, al fin y al cabo; ahí apenas había vivido antes de verse obligada a huir. Fue entonces cuando se le ocurrió.

BÁRBARA – Ya sé dónde vamos a pasar la noche.

Zoe apartó la vista durante un instante de la ciudad chamuscada, echó un vistazo fugaz a su madre adoptiva, y acto seguido centró de nuevo toda su atención en los irregulares cadáveres de tantos y tantos edificios, muchos de los cuales albergaban los cuerpos sin vida de los infectados que no habían tenido ocasión de huir a tiempo. No le preguntó dónde, pero Bárbara no se lo tuvo en cuenta. Al parecer, la visión de su casa incendiada le había afectado más de lo que ella había imaginado.

Sea como fuere, Bárbara no se amedrentó. Había dado con el lugar perfecto, y además no estaba muy lejos: en menos de quince minutos podrían llegar, y ahí sabía a ciencia cierta que no había llegado el incendio. Puso rumbo a la periferia rural de Sheol. Si bien no podrían regocijarse del lugar donde Zoe había vivido antes de la epidemia, sí podrían hacerlo con el lugar donde Bárbara había pasado gran parte de su infancia.

comentarios
  1. Angela dice:

    Por fin!! gracias David!
    Saludos.

  2. Fran dice:

    Bien, David.
    Ahora a seguir con buen ritmo las entregas 😉

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s