3×1221 – Casa

Publicado: 09/11/2019 en Al otro lado de la vida

1221

 

Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

21 de abril de 2009

 

 

Zoe se internó, y tan pronto lo hizo gritó a pleno pulmón, llevándose las manos a la cabeza. Bárbara se adelantó, tratando de anteponerse entre la niña y su potencial enemigo, con el firme propósito de protegerla, pero no vio nada en aquél viejo distribuidor con la escalera al fondo.

BÁRBARA – ¿¡Qué pasa!?

ZOE – Nada… No… Una telaraña, que…

La niña de la cinta violeta en la muñeca comenzó a reírse, mientras se afanaba a quitarse la telaraña del pelo, y Bárbara, aún con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho, no pudo menos que imitarla. Ambas se relajaron considerablemente, y la profesora sintió que de nuevo la había recuperado. El desengaño al encontrar su casa destruida parecía haberse diluido a medida que se alejaban del lugar en cuestión.

La idea de volver a aquél pequeño reducto de su pasado se había demostrado un acierto. Pese a que aún no era noche cerrada, a esas alturas el sol ya había abandonado la bóveda celeste, y aunque ese lugar no tenía por qué ser mejor que cualquier otro de los miles a los que podrían haber acudido, vacía como aparentaba estar la ciudad entera, era un sitio harto conocido por la profesora, y ello le hacía sentirse mucho más segura y protegida.

Habían llegado en tiempo récord, y sin tener que lamentar ningún encuentro desagradable. Cualquiera hubiera podido jurar que los únicos infectados que poblaban Sheol en esos momentos eran ellas mismas. Aunque, en efecto, se habrían equivocado.

Entraron por aquél pequeño agujero del muro, para abrir acto seguido el oxidado portón principal y meter dentro el furgón con todo cuanto atesoraban en la vida. Aparcaron en aquella especie de porche previo a la vivienda, hecho de cemento resquebrajado, con las grietas llenas de malas hierbas, dispuestas a resguardarse del frío y del viento en el interior. Ese había sido un día largo y con muchas emociones encontradas.

Cenaron a la luz de una vela, sin apenas mediar palabra, y acto seguido se acostaron en uno de los dormitorios del piso superior, en una de las habitaciones donde no olía tanto a humedad. No llevarían ni dos horas durmiendo, cuando Bárbara despertó tras la enésima patada de Zoe. Dormir con aquella niña era realmente un engorro, pero Bárbara se había mostrado más que encantada cuando Zoe le propuso que durmieran juntas en la misma cama. No pudo volver a conciliar el sueño. La profesora se había desvelado, y ahora no paraba de darle vueltas a lo que harían a continuación.

Volver a Sheol no había sido más que un brindis al sol, un reto al destino, una afrenta a cuanto malo les había ocurrido desde el inicio de esa pesadilla. Volver a ver aquellos lugares familiares no era más que un pretexto para tener algo en lo que ocupar sus cuerpos y sus mentes, cuando la idea de volver a Éseb era la única aparentemente sensata. Pero el lugar no parecía mucho peor de lo que lo pudiera ser el propio islote. Si un caso, todo lo contrario. Hastiada por el silencio, se levantó de la cama, tratando de no despertar a Zoe, y bajó las escaleras, sujetando una pequeña linterna.

Al salir de nuevo al porche frente a la entrada principal de la masía, comprobó cómo media docena de pequeñas canicas brillantes la observaban desde la distancia, en el abandonado campo de cultivo. Bárbara creyó conocer los dueños de aquellos tímidos fuegos fatuos entre la oscuridad, y esbozó una sonrisa. Algún extraño magnetismo la hizo dirigirse directamente a la vieja cabaña del abuelo, aquél lugar que aunaba a un tiempo tan buenos y malos recuerdos.

Bárbara se internó, linterna en mano, en aquella pequeña estancia con olor a humedad. Todo seguía tal cual ella lo recordaba, de la última vez que estuvo ahí. Enfoco a aquella gran viga de madera que cruzaba el techo de un extremo al otro, y tragó saliva. Se le erizó el vello de los brazos, pese a estar bien abrigada. Respiró hondo, y enfocó a la estantería. La gorra deportiva gris de su hermano, medio chamuscada, todavía seguía ahí. No pudo soportarlo más y cerró tras de sí a toda prisa, consciente que volver a entrar ahí no había sido una buena idea. Desanduvo sus pasos y se metió de nuevo en la cama, donde se dormiría en cuestión de minutos.

La jornada siguiente amaneció lloviendo. No era una lluvia especialmente intensa, pero sin duda serviría para aumentar las reservas del pozo. Ambas se pusieron de acuerdo para cocinar un nutritivo desayuno haciendo uso de la cocina de leña. Pese a que el lugar estaba sucio y descuidado por el paso del tiempo, se sintieron genuinamente a gusto entre las cuatro paredes de aquella casita de campo centenaria, al abrigo del fuego de aquél pequeño hogar en un día como ese, frío y lluvioso.

Zoe se interesó por conocer la historia que contaban esas paredes, y Bárbara se la explicó encantada. La historia de su familia materna era mucho más anodina que la del gran magnate fundador de la empresa farmacéutica más prestigiosa del mundo, pero Bárbara se sentía más cómoda y orgullosa de esa parte de su herencia. Carecer de tabúes a la hora de explicar su origen, resultaba mucho más agradable. Nunca dejaría de lamentarse por haber ocultado gran parte de su pasado a la niña, aún siendo consciente que Zoe ya la había perdonado por ello.

Le explicó cómo había jugado con las cabras y con el burro aquellos lejanos veranos en su infancia, antes que sus abuelos fallecieran, y cómo su abuela le preparaba pan con aceite y azúcar para desayunar. Narró también el día que casi se rompe la crisma al caer del cerezo al que había trepado tan solo por saber cuán alto podía llegar, y la bronca que le había dado su padre esa misma noche. Lo hizo con una sonrisa en la boca, embriagada por la nostalgia, y Zoe la escuchó entusiasmada, sintiéndose parte de la historia.

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