3×1222 – Tiempo

Publicado: 12/11/2019 en Al otro lado de la vida

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Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

22 de abril de 2009

 

Ambas vestían con la ropa vieja que habían desenterrado de una carcomida cómoda que encontraron en los dormitorios del primer piso. La que lucía Bárbara había pertenecido a su abuela. La recordaba con especial cariño. La de Zoe no fue capaz de reconocerla, pero estaba convencida que debía haber pertenecido a su madre, a Ana, y lejos de sentir rechazo por ello, le había resultado harto gracioso ver a la niña ataviada con aquellos ropajes tan pasados de moda.

Bajo el pretexto de que hacía muy mal día, y que llevaban tres jornadas prácticamente ininterrumpidas en la carretera, habían acordado darse una pequeña tregua antes de partir de nuevo. Aquél lugar parecía bastante seguro, y bien podrían pasar ahí el resto del día sin mayores contratiempos. La intención era la de descansar un poco, pero estaba todo tan sucio y descuidado, que orgánicamente habían acordado ponerse a limpiar a fondo, y por ello habían necesitado tan particulares uniformes de trabajo.

Se pasaron toda la mañana limpiando telarañas, quitando el polvo, barriendo y fregando, hasta dejar el interior de la masía prácticamente irreconocible. Bárbara se sorprendió de lo rápido que acabaron. Si bien obviaron limpiar los establos y los cuartos con los útiles de labranza y demás enseres que había anexos al edificio principal de la vivienda, ella recordaba que la masía era mucho más grande, pero acabó convenciéndose que no era la masía la que había menguado, sino que ella había crecido en todo ese tiempo.

Limpiaron también a fondo el sótano. Por fortuna, ahí no hacía tanto frío. Bárbara se sorprendió al verlo tan vacío: a duras penas había una mesa y media docena de sillas de plástico apiladas en una esquina. Ella lo recordaba atestado de cacharros, poco más que un trastero. Por algún extraño motivo le recordó a aquella gran sala de baile en el edificio del centro de ocio de Bayit que habían estado utilizando de alacena hasta que Paris había echado abajo medio edificio, y ello hizo que se encendiese una pequeña bombilla en su mente.

Tan pronto amainó, Bárbara propuso a Zoe reparar el agujero del muro por el que habían entrado la jornada anterior. Conocía dónde guardaba su abuelo los útiles de albañilería, y no se quedaría tranquila hasta saber a ciencia cierta que ningún infectado pudiera colarse y darles un buen susto, por más que no habían visto ninguno con vida desde hacía demasiado tiempo. Zoe se mostró entusiasta ante tal propuesta.

El trabajo fue sucio y lento, pero ambas se lo pasaron en grande. Se trataba de un viejo muro de piedra, no tan alto como la muralla de Bayit, pero lo suficientemente alto para que ningún infectado pudiese soñar en cruzar al otro lado. Ese era el único punto débil por el que se podía acceder a la parcela, de modo que una vez acabaron, una hora más tarde, ambas tuvieron la clara convicción que nadie podría molestarlas. Ahí estaban únicamente ellas y aquella pequeña familia felina que les había estado observando desde la distancia mientras trabajaban en la reconstrucción del muro.

Tras un pequeño tentempié, Bárbara enseñó a Zoe a sacar agua del pozo. Por fortuna, éste seguía en muy buena forma, y el agua que extrajeron era cristalina y tenía muy buen sabor. No era ese su objetivo, no obstante. Llevaron cubo tras cubo a la sala de estar, y encendieron de nuevo el fuego. Había leña de sobras. Llenaron varios barreños con agua caliente, que acto seguido utilizaron para llenar la bañera del cuarto de baño de la planta baja.

Bárbara fue la primera en bañarse. Zoe, maravillada por el tamaño de su vientre y el gracioso aspecto de su ombligo, la ayudó a limpiarse la espalda y el pelo. Éste había crecido bastante desde que Marion se lo cortase, tras el desagradable incidente del tren de la bruja en Nefesh, pero aún deberían pasar varios años para recuperar su pretérito esplendor. Bárbara no tenía intención de volver a cortárselo ni a corto ni a medio plazo.

Deshacer los enredos del pelo de Zoe no fue tarea fácil, pero ambas pusieron mucho ahínco, y una vez acabaron con el más que necesario baño, se sintieron increíblemente satisfechas. En Bayit habían alcanzado un nivel de higiene personal que si bien hubiera resultado insuficiente en el mundo previo a la pandemia, era mucho mejor que el que acarreaban en la pretérita etapa nómada de su peregrinaje en busca de un lugar seguro. Disponer de una fuente inagotable de agua dulce, como la de aquél pozo o la del río que discurría a pocos minutos a pie de la masía, haría que tal empresa resultase harto más sencilla.

Habían comido algo a media mañana, y ahora ya se les había hecho tarde para volver al furgón y echarse de nuevo a la carretera, de modo que decidieron preparar una buena cena y posponer la partida al menos un día más. Ambas estaban agotadas tras tan productiva jornada de trabajo, pero satisfechas de cuanto habían hecho por convertir el lugar en un sitio más habitable y acogedor. Sacaron un par de sillas y una vieja mesa de madera a la terraza de atrás, y cenaron al abrigo de la dorada luz del ocaso, con un cielo casi despejado que pronto se llenaría de estrellas.

Ocurrió durante la cena. A ambas les rondaba la misma idea por la cabeza desde primera hora de la mañana, pero para sorpresa de Bárbara, fue Zoe quien la expuso. No tenían por qué ser más que unos días: un más que merecido descanso después de tan larga travesía. Ese fue el trato al que llegaron, aunque las dos sabían que no sería así, y ello, en el fondo, sería bueno para ambas. El lugar disponía de todo cuanto necesitaban, pero al fin y al cabo, ambas ya tenían lo más importante para poder seguir adelante: se tenían la una a la otra.

comentarios
  1. Angela dice:

    Muchas gracias David; buen capitulo.

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