3×1223 – Arraigado

Publicado: 16/11/2019 en Al otro lado de la vida

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Lo que en un principio se planteó como un pequeño receso acabó transformándose en una estancia de larga duración sin fecha de partida. Ahí estaban bien, y tampoco tenían ningún lugar mejor al que dirigirse. Más de una vez se plantearon la vuelta al islote, pero en tal perspectiva tan solo veían pegas y un detrimento en su calidad de vida, de modo que lo que originalmente se postulaba como una mera posposición, acabó tornándose en un rechazo abierto y consensuado a volver sobre sus pasos.

Bárbara se encontraba realmente a gusto viviendo ahí. Incluso lo comentó con Zoe en más de una ocasión, que se sentía más segura que en Éseb o incluso que en Bayit en sus buenos tiempos. La niña parecía compartir dicha perspectiva. La isla estaba plagada de infectados, y aunque el barrio amurallado fuera seguro, la sensación era siempre de indefensión y francamente agobiante. El islote carecía de ese problema, pero paradójicamente ahí se sentían aún más inseguras, al no tener dónde esconderse si alguien las abordaba con el innoble propósito de robarlas o hacerles daño. Al parecer, sí habían aprendido de algunas de las lecciones que les había dado la vida sobre la naturaleza humana.

Sí que era cierto que desde que se asentaran en Sheol habían recibido la visita de infectados en más de una y más de diez ocasiones. La mayoría estaban ya muy desmejorados por la inanición y por ende resultaban prácticamente inofensivos, pero también les visitaron hombres y mujeres que era evidente que hacía muy poco que habían enfermado, y mostraban la vitalidad y la virulencia de esa especie de renovada juventud. Ninguno de esos infectados había conseguido burlar jamás, no obstante, el muro perimetral, y entre las dos habían acabado con ellos sin que tal percance supusiera el menor contratiempo.

Aprovechando que habían llegado en el momento preciso, al poco de asentarse en la masía comenzaron a trabajar en el huerto. Pese a que la mayoría estaban ya muertos desde hacía años, algunos de los árboles frutales habían conseguido sobrevivir por sí solos, y la atención extra no les haría ningún daño. En la zona del huerto propiamente dicha, hacía muchos años que el terreno no había sido cultivado, y parecía ansioso por recibir de nuevo el cariño que los abuelos de Bárbara le habían brindado tiempo atrás.

Zoe encontró un sinfín de semillas en el cobertizo de una granja vecina, y tras trabajar a conciencia la tierra y abonarla como era debido, pusieron todo de su parte para devolver la pretérita vida a la masía. Intentaron hacer algo similar a lo que hicieran en Bayit a destiempo, y aunque demostraron no ser especialmente hábiles y no todo lo que plantaron germinó, sí consiguieron algunos frutos, y ello las animó aún más a seguir trabajando duro.

Les hubiera encantado poder disponer de animales de granja que les aportasen aún más alimento fresco, tal como Abril hacía, a solas en mitad del bosque, pero al parecer los infectados ya habían dado buena cuenta de todo lo que pudiera ser cazado. Además, los animales que habían quedado abandonados a su suerte en las granjas, hacía muchos meses que habían muerto de inanición y ya no eran atractivos siquiera para las moscas.

Obtener algún que otro tomate o una lechuga no era tan relevante en sí, pues aún disponían de gran parte de la alacena que habían traído consigo, pese a que ésta menguaba a una velocidad alarmante. Lo que se demostró realmente importante fue el mero hecho de tener de nuevo un objetivo en ciernes: una excusa para levantarse a trabajar y mantenerse activas, cosa de la que carecían en Éseb.

Eso les hizo reflexionar, y lo pusieron en común en más de una ocasión en las largas aunque no siempre fructíferas jornadas de trabajo bajo el sol. Durante su estancia en Éseb, tener alimento de sobra, salud y un lugar seguro donde cobijarse se había transformado más en una condena que en un regalo. Cuidar del huerto no era tarea fácil, y en ocasiones resultaba hasta frustrante, pero les brindaba algo casi tan importante como tener todas esas necesidades cubiertas: el mero hecho de sentirse útiles e independientes.

El embarazo de Bárbara continuó adelante de manera cada vez más evidente. Las pérdidas seguían ocurriendo con cierta periodicidad, y Bárbara se esforzaba por convencerse que ello no tenía por qué significar nada malo. En más de una ocasión se arrepintió de haber antepuesto su orgullo y no haber ido a hacer una visita a Abril cuando aún estaban a tiempo, tras el fallecimiento de su hermano, pero para eso ya era tarde. En ningún momento puso en común sus inquietudes al respecto con Zoe, que a medida que su estado de gestación avanzaba más y más, asumió el rol de cuidadora con aún más ahínco que hasta el momento, encargándose prácticamente de todo, prohibiéndole hacer sobreesfuerzos y no permitiéndole hacer prácticamente nada más que dejarse cuidar, cosa que Bárbara no acabó de ver con buenos ojos.

La vida en la masía se tiñó, al igual que lo hiciera en el hotel, en Éseb o en Bayit, de una ligera congoja por sentirse de alguna manera atrapadas. Pese al poco tiempo que habían pasado siendo abiertamente nómadas, ambas echaban en falta en cierto modo ese estilo de vida. El nuevo mundo en el que les había tocado vivir parecía reacio a permitirles sentirse tranquilas asentadas en un mismo sitio durante mucho tiempo, como si por los condicionantes de ese nuevo status quo no lo mereciesen.

Pese a la dificultad añadida de no controlar demasiado bien el paso del tiempo, cuando empezó a ser evidente que el parto ya no se demoraría mucho más, habilitaron una de las habitaciones de la planta baja como la habitación oficial del hijo-hermano que tanto tiempo llevaban esperando. Colocaron la cuna que Zoe había escogido, llenaron un armario con ropa y todo tipo de útiles, e incluso la pintaron y la engalanaron con el fruto de alguna que otra salida furtiva de Zoe a los comercios de la periferia. Ahora ya sólo les quedaba esperar.

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