3×1224 – Antojo

Publicado: 19/11/2019 en Al otro lado de la vida

1224

 

Tienda de ultramarinos abandonada al este de la ciudad de Sheol

25 de septiembre de 2009

 

Zoe había salido de madrugada sin avisar a Bárbara, que a esas alturas seguía durmiendo a pierna suelta en su propio dormitorio. Pedirle permiso hubiera roto la sorpresa, y hubiera resultado estúpido. Al menos en su cabeza tal razonamiento tenía sentido, aunque luego se arrepentiría de ello.

No era la primera vez Zoe salía de las premisas de la masía desde que llegaran hacía ya más de cinco meses, y aunque las primeras veces siempre lo había hecho en compañía de Bárbara, tampoco era la primera vez que lo hacía sola. Sí era, sin embargo, la primera ocasión que salía sin ponerlo en su conocimiento y consensuarlo previamente.

La razón era bien sencilla: el parto de Bárbara era más que inminente, y la noche anterior había mencionado que le apetecía mucho comer palomitas. Unas simples y mundanas palomitas de maíz con algo de sal: un antojo de embarazada como otros tantos que había tenido con anterioridad. Pero ellas no tenían maíz ni ninguno de aquellos sobres para microondas del alijo general de Bayit con los que Paris había arrasado en cuestión de días tras la llegada al barrio. Zoe quería agasajarla con ese pequeño regalo, y salir a buscarlo fuera fue la mejor idea que se le ocurrió.

Conducir el furgón, ahora ya vacío, habida cuenta que su contenido descansaba en el sótano de la masía, era algo que veía incluso con normalidad. Si un año antes alguien le hubiera explicado que conduciría un furgón policial, le hubiera tildado de loco. Pero las cosas habían cambiado mucho en ese corto período de tiempo.

Aquella zona de la ciudad parecía haber sido evacuada con mucha presteza. No en vano Sheol había sido la zona cero de la pandemia en todo el globo, y sus habitantes, los que no tuvieron ocasión de huir a tiempo, los primeros en sucumbir a ella. Muchos de sus comercios y locales, a diferencia de los otros tantos lugares que Zoe y compañía habían visitado durante su largo peregrinaje, estaban prácticamente intactos. Ella lo sabía porque no era el primero que visitaba.

Aquella humilde tienda de ultramarinos en concreto tenía incluso la puerta abierta de par en par, sin signos de violencia. Sus estanterías estaban cubiertas de una capa de polvo más que considerable y bastante desordenadas, y el interior estaba descuidado, con artículos caídos por doquier, pero las estanterías, pese a estar algo tocadas por previos saqueadores, no estaban vacías. Zoe supuso que por ese motivo aquellos cuatro infectados, dos mujeres, un hombre y una niña, habían decidido pasar ahí el día.

Entró con cautela, sorteando un paquete de azúcar casi vacío que parecía haber rodado por toda la tienda antes de acabar ahí. Los infectados estaban durmiendo, a resguardo de la luz que entraba por los ventanales que daban a la fachada, llenos de pósters de bebidas energéticas y artículos de bollería industrial, así como cartulinas de variopintos colores con ofertas escritas a mano con faltas de ortografía. Ella no tenía intención alguna de despertarles, pero su presencia no hizo que descartase el local.

Era extremadamente sencillo distinguir a los infectados recientes de los de la primera ola. De los cuatro que dormían en la tienda sólo uno de ellos era de los antiguos; una niña un año menor que ella, que respiraba con dificultad, haciendo un ruido parecido a un silbido cada vez que soltaba el aire por la boca. Zoe sintió lástima por ellos, pero en ningún momento hizo siquiera el amago de abatirles: tenía otro propósito en mente.

Después de dar varias vueltas por el local, cuando ya había abandonado prácticamente toda esperanza, finalmente encontró lo que había venido a buscar. Había dos paquetes, pero estaban en una estantería demasiado alta para ella. Zoe no había crecido ni medio centímetro desde que comenzase la pandemia. Era una niña baja incluso para su edad.

Con una radiante sonrisa en el rostro, se puso de puntillas, y consiguió tocar la caja de palomitas con la punta del dedo índice y el corazón, pero lo único que consiguió fue empujarla un poco más adentro. Entonces se resbaló con el azúcar que había desperdigado por el suelo y cayó de culo al suelo. Tragó saliva, y al levantar la vista se encontró con cuatro pares de ojos observándola con atención.

ZOE – Braur.

El infectado más viejo, un hombre medio calvo y entrado en carnes, el único de los cuatro que se había levantado, ladeó ligeramente la cabeza, extrañado. La mujer que había a su lado, que bien podría haber sido su esposa, respondió a Zoe una incongruencia similar.

ZOE – Exacto.

Ninguno de los cuatro parecía tener la menor intención de agredirla. Zoe lo sabía a ciencia cierta, por eso mismo había entrado en primera instancia, pese a saber que ellos estaban dentro. Aún así el corazón le bombeaba a toda velocidad bajo el pecho. Por más tiempo que pasara, jamás se acostumbraría a que la considerasen uno de ellos.

La niña infectada se acomodó de nuevo en el suelo y continuó durmiendo. El hombre se mantuvo de pie, de cara a la pared, mirando sabría Dios qué. Las otras dos infectadas tardaron unos segundos más, pero también se dispusieron a seguir durmiendo. Entonces la niña de la cinta violeta en la muñeca se relajó, y siguió a lo suyo, como si no hubiera pasado nada.

Intentando hacer el menor ruido posible para no volver a incomodarles, agarró un par de cajas de detergente en polvo y se subió encima para poder alcanzar las ansiadas cajas de palomitas para microondas. Las cogió y bajó de las cajas de detergente, que se habían hundido considerablemente con su peso y amenazaban con romperse. Se disponía a meterlas en la mochila que llevaba a las espaldas cuando le vio.

Estaba en pleno umbral de la puerta de entrada, y lucía mucho más abrigado de lo que exigía el inminente otoño. Era un chico de unos veinte años, y sostenía una pistola cargada en una mano y una linterna en la otra. Parecía tan asustado como hambriento. Fue entonces cuando enfocó a Zoe, cegándola por un instante, y vio con cristalina claridad el enfermizo color de sus ojos.

comentarios
  1. Drock9999 dice:

    Oh por Dios! Esa no la vi venir. Menos mal no falta tanto para el proximo 😀

    D-Rock.

  2. Angela dice:

    Nooo! ahora si que me entraron los nervios 🤦🏻‍♀️

  3. Josetxu dice:

    no a zoe no……. un saludo

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