3×1225 – Maldita

Publicado: 23/11/2019 en Al otro lado de la vida

1225

 

Tienda de ultramarinos abandonada al este de la ciudad de Sheol

25 de septiembre de 2009

Fue un reconocimiento fugaz, pues tan pronto Armando, el chico, descubrió la presencia de Zoe en la pequeña tienda, aquél infectado al que ella había despertado reparó en él y corrió a su encuentro. Armando pareció perder de un plumazo todo interés por la niña y se giró hacia el infectado. Descargó tres balas en su pecho, al tiempo que gritaba de puro pánico. El infectado cayó de bruces hacia delante, partiéndose la nariz al estamparse contra el suelo. No se volvería a levantar.

El ruido de los disparos despertó de nuevo a las otras tres infectadas. Las dos mujeres corrieron al encuentro del joven, y éste les brindó idéntico tratamiento al de su compañero ya muerto. Gastó mucha más munición de la necesaria para el gusto de Zoe, y apuntó sin pensarlo demasiado, a bulto, sin centrarse en los órganos vitales más importantes, pero aún así consiguió abatirlas antes que supusieran una amenaza real a su vida.

La infectada famélica, aquella que parecía llevar varios meses sin alimentarse, se había vuelto a despertar con todo el revuelo, pero por algún motivo que Zoe no alcanzó a dilucidar, no había imitado a sus congéneres, y por ende, había sido la única de los cuatro que había sobrevivido. Armando ni siquiera había reparado en ella, de tan sobrecogido como estaba por la situación.

Temblando de pies a cabeza y con la mandíbula traqueteándole nerviosamente dentro de la boca, Armando apuntó a Zoe. Ella levantó las manos, dejando caer la cajita con las palomitas para microondas y gritó, asustada.

ZOE – ¡No dispares!

Armando se quedo de piedra al escucharla hablar. Su cabeza no concebía lo que acababa de presenciar, y quiso convencerse de que lo había imaginado, fruto del estrés.

ZOE – Por favor, no, no… no dispares.

El chico respiró hondo. Era la primera persona con la que hablaba en más de ocho meses, y estaba francamente conmocionado. Apuntaba con la pistola y con la linterna a Zoe, incapaz de decidir qué hacer.

ARMANDO – Da un paso al frente.

Zoe acató presta la orden del chico. El crujido del azúcar resonó en la silenciosa estancia. La niña se quedó quieta. Armando parecía cualquier cosa menos amigable.

ARMANDO – Otro. Más.

La niña de la cinta violeta en la muñeca dio otro paso al frente, y al fin quedó bañada por la luz se filtraba por los huecos entre los pósters y las cartulinas que había pegados con celo a la luna que daba a la calle, mostrando con aún más claridad sus ojos de infectada.

ARMANDO – ¿Eres…? ¿Estás…?

Zoe hizo un rápido gesto moviendo la cabeza a lado y lado alternativamente, consciente que negar la evidencia sólo empeoraría las cosas. Hacía mucho, mucho tiempo que había dejado de utilizar las gafas de sol. Tras su improbable resucitación con la ayuda de Bárbara y Guillermo, las había llevado durante un tiempo en Bayit por puro complejo, pero ahora que vivía sola con la profesora, ya no tenía ningún sentido para ella, y por eso había dejado de utilizarlas. Resultaba evidente que se había cometido un error.

ARMANDO – Estás infectada.

ZOE – Déjame que…

Zoe dio otro paso al frente, tratando de encontrar la manera de hacerle entrar en razón. Se vio incluso tentada a echar mano de su propia pistola, que descansaba en la mochila que llevaba a la espalda, al menos para estar en igualdad de condiciones, pero concluyó que era demasiado peligroso.

ARMANDO – ¡No te muevas! Eres uno de ellos…

ZOE – No, no, no. Te equivocas. Yo sólo…

ARMANDO – ¿Qué hacías aquí dentro, con toda esta… escoria, si no? ¡¿Eh?!

ZOE – Puedo explicarlo, yo…

No le dejó siquiera acabar la frase. Armando apretó el gatillo y la bala voló por el aire hasta impactar en el costado derecho de Zoe, unos centímetros por debajo de su pezón.

ARMANDO – Putos infectados…

Zoe no notó dolor como tal con el impacto, pues hacía mucho tiempo que había perdido la capacidad de sentir dolor. Lo percibió más como un golpe, un golpe contundente que fue de todo menos superficial, y se internó en su joven cuerpo varios centímetros.

Con los ojos abiertos como platos, se llevó la mano al costado. Llevaba puesta una simple camiseta blanca con el logotipo de una extinta caja de ahorros que hacía años que había sido absorbida por un banco de mayor entidad. La mancha de sangre crecía a una velocidad alarmante, y enseguida le empapó la mano, escurriéndosele entre los dedos, y manchando el suelo lleno de azúcar.

Notó cómo las fuerzas la abandonaban, y cómo se le nublaba la vista, mientras Armando la observaba con extrema atención. Hincó las rodillas en el suelo, mientras todo a su alrededor daba vueltas.

El ruido de los disparos había alertado a otros infectados de la zona. Para cuando quiso darse cuenta, ya estaban demasiado cerca, y no había lugar al que huir. Trató de abatirles con su pistola, que había robado del cuerpo sin vida de un policía hacía un par de meses, pero ésta no respondió, por más que lo intentó una y otra vez: había gastado su última bala con Zoe.

Una mujer desnuda de cintura hacia arriba y con el pelo recogido en una trenza muy maltrecha se abalanzó sobre él. Armando trató de zafarse de ella, pero ésta le había asido con fuerza. A ella se unieron otros cinco infectados, y entre los seis le tiraron boca arriba al suelo y comenzaron su ritual de violencia y destrucción. El que menos, debía llevar unos dos meses sin llevarse nada a la boca, a juzgar por su aspecto. Estaban increíblemente hambrientos.

Armando cruzó su mirada con la de Zoe, que había apoyado su otra mano en el suelo con objeto de minimizar el golpe, consciente que caería de un momento a otro.

ARMANDO – ¡Ayuda! ¡Ayúdame, por favor!

Zoe le hubiera ayudado. Por más que hubiese demostrado que no se lo merecía, no hubiera dudado un momento en echarle una mano, pero fue incapaz. Desde su posición en el suelo, cada vez más mareada, lo único que pudo hacer, antes que las fuerzas le abandonasen definitivamente y se quedase sin conocimiento a causa de la ingente pérdida de sangre, fue ver cómo aquél joven era despedazado por los infectados que acababan de entrar a la tienda. Luego, la oscuridad lo envolvió todo.

comentarios
  1. Angela dice:

    Porque!!!
    Claramente no vas a dejar que la suerte las acompañe… parece que me perdí de algo pues aun no me entero porque Barbara estaba en un ataúd… estoy impaciente!!

    Gracias David.

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