3×1226 – Amargo

Publicado: 26/11/2019 en Al otro lado de la vida

1226

 

Tienda de ultramarinos abandonada al este de la ciudad de Sheol

25 de septiembre de 2009

De no haber estado infectada, en esos momentos Zoe ya estaría muerta. Había pasado casi una hora desde que perdiese el conocimiento, pero a esas alturas la herida ya se había cerrado por sí sola, y no sangraba. Contraviniendo las leyes más básicas de la biología humana, su joven cuerpo estaba regenerando a marchas forzadas toda la sangre que había perdido tras el disparo, que no era poca. Esa noche tendría mucha hambre.

Zoe notó algo húmedo en la mejilla. Entreabrió los ojos y vio a la niña infectada, la única moradora original de la tienda que había sobrevivido a los disparos de Armando, sosteniendo algo entre los dedos y acercándoselo a la cara repetidamente. Le costó un poco enfocar de nuevo y amoldar sus ojos a la luz que entraba por los ventanales, pero distinguió que se trataba de un dedo índice humano, del que colgaba un trozo de tendón sanguinolento.

El silencio de la sala era únicamente roto por un leve murmullo húmedo con una cadencia irregular, y el inconfundible sonido de masticación con boca abierta. El olor metálico de la sangre sumando al de las heces y el sudor rancio tan típico de los infectados resultaba francamente desagradable. La pequeña de la cinta violeta en la muñeca se incorporó, lo que hizo que la pequeña infectada hundiese la cabeza entre los hombros, algo cohibida, desde su posición en el suelo. Se llevó una mano a la sien, y acto seguido la estiró para recoger el obsequio que la infectada le ofrecía.

ZOE – Gracias…

La infectada, que la observaba con la boca abierta, hizo un pequeño asentimiento con la cabeza y una mueca con los labios manchados con la sangre de Armando, que Zoe confundió con una sonrisa. Acto seguido le dio la espalda y comenzó a reptar hacia la entrada de la tienda. Al parecer, había perdido la capacidad de andar, pues se desplazaba únicamente con la fuerza de sus escuálidos brazos.

Zoe tenía sentimientos muy encontrados. Observó aquél macabro obsequio. Se preguntó si era el mismo dedo que había apretado el gatillo de la pistola que a punto había estado de acabar con su vida. Se levantó, aún algo mareada, y descubrió a cuatro infectados arrodillados alrededor de lo que quedaba del cuerpo de Armando, que a esas alturas resultaba irreconocible. La pequeña infectada se unió a ellos. El suelo estaba empapado de sangre, y había marcas rojas de pisadas y restregones por todos lados. A ninguno de ellos pareció importarle mucho que Zoe hubiese despertado. Estaban demasiado ocupados con sus propios quehaceres.

La niña caminó hacia ellos, pues estaban obstaculizando parcialmente la única vía de salida. Al acercarse un poco más, uno de los infectados se giró hacia ella, le gritó, y trató de darle un manotazo, visiblemente molesto. Zoe dio un rápido paso atrás, más sorprendida que asustada. El infectado le mostró los dientes, amenazante, protegiendo su botín. Tenía toda la cara manchada de sangre, y la barbilla le goteaba.

ZOE – No, no te preocupes, que no te voy a quitar nada…

El infectado le aguantó la mirada un par de segundos más, pero al ver que Zoe no le enfrentaba, continuó a lo suyo. Su aspecto delataba que hacía mucho que no se llevaba nada a la boca, y estaba disfrutando sobremanera aquél jugoso manjar. Zoe sintió una mezcla de asco, pena y alivio al verles de esa guisa. Resultaba evidente que esos seres no tenían nada que ver con las personas que fueran antes de enfermar, pero era indiscutible que tenían las mismas necesidades que el común de los mortales.

Zoe les rodeó, y se disponía a abandonar la tienda, tranquila al ser consciente que nadie la iba a atacar, y mucho menos ahora, cuando cayó en la cuenta que había dejado atrás lo que había venido a buscar en primera instancia. Volver con las manos vacías no compensaría tanto sufrimiento, de modo que dio media vuelta.

En esta ocasión, ninguno de los infectados le prestó la más mínima atención, y Zoe se planteó si le hubiesen ofrecido idéntico tratamiento de no haber estado infectada. En cualquier caso, prefería no saberlo: no tenía la más mínima intención de compartir el mismo destino de Armando.

La niña infectada tenía la cabeza hundida en el vientre abierto de aquél pobre diablo. Zoe aprovechó que no la veía, y tiró el dedo que aún sostenía detrás del mostrador. Aliviada al ver que no la había descubierto, anduvo hasta el lugar donde descansaban aquellas dos pequeñas cajas de palomitas para microondas y se las llevó consigo de vuelta.

Antes de salir echó mano de la pistola descargada de Armando y de su riñonera, que alguno de los infectados le había arrancado al tratar de acceder a la carne blanda de su estómago. Se dirigió al furgón, que había aparcado justo delante de la tienda, apurada al pensar lo preocupada que debía estar Bárbara a esas alturas por su ausencia. Pero antes decidió comprobar el contenido de la riñonera.

Encontró un paquete de tabaco empezado, un mechero, una navaja enorme y al fondo, una bolsa de plástico con cierre hermético que contenía al menos dos docenas de pequeñas bolsas de plástico que a su vez contenían un polvo blanco muy similar al azúcar que había esparcido por el suelo de la tienda. Zoe no sabía a ciencia cierta qué era eso, pero no le gustó una pizca. Lo tiró todo menos la navaja a una papelera cercana, que hacía meses que había perdido la bolsa a causa del viento, y se subió al furgón.

Sorprendida por lo bien que se encontraba, después de lo cerca que había estado de la muerte, puso rumbo a la masía. Le gustaba conducir, pero sabía que el combustible era un bien demasiado preciado para malgastarlo con frivolidades. Por fortuna, la felicidad de Bárbara no era frivolidad, al menos bajo su punto de vista.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David, ya pensaba yo que ahora nos dejabas sin Zoe.

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