3×1227 – Arrepentimiento

Publicado: 30/11/2019 en Al otro lado de la vida

1227

 

Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

17 de septiembre de 2009

 

Bárbara estaba sacando agua del pozo para regar el huerto, tirando de la cuerda para que subiera el cubo de zinc, cuando escuchó en la lontananza el ruido del motor del furgón policial. Soltó la cuerda sin pensarlo un instante y corrió hacia las puertas de forja de entrada al recinto, tanto como se lo permitió su más que prominente barriga. A su espalda sonó el eco del chapoteo del cubo lleno al impactar de nuevo en el agua del pozo.

Estaba atacada de los nervios desde que descubrió al poco de despertar que Zoe no se encontraba en las premisas de la masía. Trató de dar con ella llamándola a voz en grito, pero tan pronto se dio cuenta que el furgón también había desparecido, perdió toda esperanza. Por más vueltas que le dio, no fue capaz de encontrar ningún motivo coherente para que la niña hubiese decidido partir sin avisarla, a sabiendas que aún estaba durmiendo, y fue incapaz de no ponerse en lo peor. Por fortuna, a duras penas hacía media hora que se había despertado.

Bárbara abrió el portón de acceso para dejar pasar el furgón, y cerró con contundencia acto seguido. Durante unos segundos, mientras ella corría hacia la parte delantera del vehículo para reencontrarse con su hija adoptiva, se prolongó en el aire el sonido de la vibración metálica del golpe entre ambos portones.

La profesora abrió la puerta del conductor del furgón con violencia. En esos momentos no sabía si estaba más enfadada o aliviada. Tan pronto vio el lamentable aspecto que lucía la niña, con toda la ropa manchada de sangre y algo más pálida que de costumbre, aunque no supo dilucidar si se trataba por el más que evidente contratiempo que había sufrido o por el bochorno que estaba pasando, se le vino el mundo encima.

BÁRBARA – ¿¡Estás bien!?

ZOE – No… yo… sí… Sí, estoy bien…

Bárbara la abrazó, y ambas se pusieron a llorar a moco tendido entre los campos de cultivo, mientras la madre gata que hacía ya largo tiempo que había perdido de vista a toda su prole, las observaba, lamiéndose las patitas para luego limpiarse la frente.

Segundos más tarde, Bárbara pareció despertar de un trance y prácticamente la arrastró de vuelta a la masía, ofreciéndole un brazo en el que apoyarse, por más que ella parecía necesitar más ayuda que la niña a ese respecto. La obligó a tumbarse sobre el sofá de la salita, que mancharon con su sangre, y la ayudó a quitarse la mochila, que quedó tirada en el suelo. Acto seguido, tras pedirle permiso por miedo a hacerle daño, hasta ahí llegaba su ceguera por la tensión del momento, la desnudó de cintura para arriba. Zoe estaba demasiado avergonzada por la situación como para ofrecer resistencia.

La profesora observó la herida reciente del impacto de bala. Parecía un pequeño esfínter manchado de sangre reseca, y estaba rodeado de un más que evidente moretón del tamaño de un pomelo. En cualquier caso, no parecía demasiado grave. Al menos no para los estándares en los que ellas vivían en esos momentos, estando ambas infectadas de aquella especie de panacea universal. Aún así, la profesora no se quedó para nada tranquila.

BÁRBARA – ¿Qué te ha pasado? ¿Te han atacado…?

Zoe negó con la cabeza. Quería que se la tragara la tierra.

BÁRBARA – ¿Qué es esto…? ¿Qué te…? ¿Cómo…?

La pequeña de la cinta violeta en la muñeca no podía seguir negando la evidencia. Además, no tenía intención alguna de mentir, y mucho menos a Bárbara.

ZOE – Me han disparado.

BÁRBARA – ¿¡Qué!? ¿Quién te ha disparado?

ZOE – Un chico… Un chico joven. Yo… salí a… salí a buscar…

BÁRBARA – ¿Te han seguido?

ZOE – No. Tranquila. No me ha seguido nadie.

Bárbara trató de ignorar la sonrisa triste que mostraba Zoe, perfectamente convencida de lo que decía.

BÁRBARA – No. De tranquila nada, Zoe. No te puedes fiar de nadie. Y si no, mira a Héctor, que pensábamos que…

ZOE – Te digo que no, Bárbara. En serio. No me ha seguido nadie.

BÁRBARA – ¿Cómo estás tan segura?

ZOE – No, Bárbara. Te lo digo de verdad. Está muerto. Hecho pedazos. Se lo han comido.

BÁRBARA – ¿Infectados?

Zoe asintió, triste. No se alegraba de la muerte de Armando, y no le culpaba por lo que había hecho. En cierto modo, incluso sentía lástima por él.

BÁRBARA – ¿Pero qué es lo que ha pasado? ¿Por qué te fuiste?

ZOE – Fui a una tienda… En… en la tienda había unos cuantos infectados, pero… estaban durmiendo.

BÁRBARA – ¿Entraste igualmente?

ZOE – Sí…

Bárbara puso los ojos en blanco. Habían hablado al respecto en más de una ocasión, y a ella le preocupaba mucho que Zoe se creyese invencible por el mero hecho que los infectados la ignorasen.

ZOE – Ellos no me hicieron nada. Ellos… se portaron muy bien. Pero… entonces vino un chico. Iba armado.

La profesora tenía una y mil preguntas para la niña, pero prefirió dejarla hablar.

ZOE – Los infectados le vieron y… le intentaron atacar, pero… él los mató. Con la pistola.

BÁRBARA – ¿Y se pensó que tú eras uno de ellos? ¿Te confundió con uno, por eso te disparó?

ZOE – No.

La expresión seria en el rostro de la niña hizo que a Bárbara se le erizase el vello de los brazos.

ZOE – Levanté las manos. Le pedí que no disparase, pero… lo hizo igualmente.

BÁRBARA – ¿Seguro que te oyó?

ZOE – Sí. Sí que me oyó. Me pidió que me acercase. Y en cuanto me vio bien los ojos…

Zoe comenzó a hacer pucheros. Bárbara, consciente de lo duro que debía resultar para ella, la abrazó de nuevo. No había mucho más que contar. Una vez ambas se tranquilizaron, Zoe se incorporó y agarró la mochila que yacía a sus pies.

ZOE – Pero mira. Te he traído esto…

Zoe sacó del interior de la mochila una de las dos cajas de palomitas para microondas que había traído consigo y se la ofreció. Bárbara la observó con el ceño fruncido, sin entender muy bien qué se proponía.

BÁRBARA – ¿Eso es lo que habías salido a buscar?

Bárbara chistó con la lengua, visiblemente molesta. Por fin lo había entendido. La niña lo único que había intentado era contentarla, obsequiándole con el fruto de su antojo de la noche anterior. Zoe esperaba que ello sirviera para apaciguar su estado de ánimo y que la perdonase, pero la reacción de la profesora fue muy distinta. Puso una mano en su huesudo hombro desnudo y la miró fijamente a los ojos.

BÁRBARA – No me vuelvas a hacer esto. ¿Me oyes? Sé que lo has hecho con buena intención, pero te has expuesto a un peligro innecesario. Lo que has hecho es muy estúpido.

ZOE – Lo siento…

Una lágrima recorrió la mejilla de Zoe, e impactó contra el tapizado del sofá.

BÁRBARA – Necesito que seas más consciente del peligro que hay ahí fuera, Zoe. Aunque los infectados no te ataquen, el mundo está lleno de gente mala. No nos podemos permitir separarnos.

Bárbara tragó saliva.

BÁRBARA – Tienes que prometerme que no me vas volver a dejar sola, y menos ahora, Zoe. Te necesito.

Ambas estallaron en llanto por enésima vez, y se volvieron a abrazar. Bárbara confió en que Zoe hubiese aprendido la lección, aunque no las tenía todas consigo. Esa niña era demasiado testaruda.

El proceso para extraer la bala alojada entre sus costillas, limpiar la herida a fondo y darle unos puntos que era evidente que no necesitaba para acabar de cerrar la herida que ellas mismas habían vuelto a abrir fue lento y farragoso. Pese a que ninguna de las dos lo expuso en voz alta, ambas recordaron y mucho a Abril. Al menos, el hecho que la niña hubiese perdido la capacidad de sentir dolor, ayudó considerablemente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s