3×1228 – Madre

Publicado: 03/12/2019 en Al otro lado de la vida

1228

 

Cementerio de Sheol

28 de septiembre de 2009

 

Con aquél gran paraguas negro bien sujeto en la mano izquierda, Bárbara colocó el ramo de rosas silvestres blancas sobre la tumba de su madre. Aún recordaba que eran sus favoritas. Notó cómo Zoe la cogía por el costado, ofreciéndole su calor y protegiéndose así aún más de la lluvia. La miró a los ojos, removió su pelirrojo cabello y sonrió. La lápida de la tumba de su padre estaba justo al lado, pero Bárbara sabía a ciencia cierta que estaba vacía: de seguir ahí, el devenir de la Historia hubiese sido otro muy distinto.

La decisión de abandonar la masía por última vez antes del parto no había sido sencilla. Bárbara era plenamente consciente que una vez diera a luz, pasarían meses antes que encontrase de nuevo fuerzas, valor, y sobre todo un motivo de peso para salir. O para permitir a Zoe que lo hiciera. Visitar a su madre, que en breve hubiera podido ser abuela de no ser por la enfermedad que se la había llevado antes de tiempo, era algo que llevaba mucho rondándole la cabeza.

Desde la masía de los abuelos estaban demasiado cerca del cementerio para no pensar al respecto: a duras penas quince minutos en coche en el peor de los casos. Bárbara sabía a ciencia cierta que el camposanto había hecho de cortafuegos ante el avance imparable del incendio, y que, por ende, esa zona era segura. Al menos tan segura como lo era la masía, en cualquier caso. Ese, sumado al hecho que había amanecido lloviendo con fuerza, había sido el principal motivo por el que se había animado a proponerle esa pequeña excursión a Zoe. La niña, como era de esperar, había aceptado encantada. Ninguna de las dos había abandonado la masía desde el desafortunado incidente de las palomitas.

Bárbara mantuvo una breve conversación en voz alta con su madre, disculpándose por no haber venido antes a visitarla, e informándola de la buena nueva que, si todo iba bien, en algo menos de un mes tendría su primer nieto. Zoe se mantuvo en un silencio respetuoso. No era más que una espectadora en aquél emotivo episodio familiar, pero estaba convencida que se hubiese llevado muy bien con Ana, a juzgar por cuánto Bárbara le había explicado de ella.

La lluvia, lejos de amainar, se había intensificado desde que abandonaran el furgón, hacía unos diez minutos. No habían visto infectado alguno desde que se fueron de la masía, pero aunque hubiese habido alguno cerca, la idea que pudiera atacarlas resultaba cuanto menos impensable. Habida cuenta que ya habían hecho lo que venían a hacer, la profesora invitó a Zoe a volver al furgón. La niña asintió, y ambas se pusieron en marcha.

Bárbara escogió un camino distinto para la vuelta, forzándose a pasar frente al ataúd en el que tal día como ese, pero un año antes, había despertado. Ese era un episodio de su vida que no recordaba con especial cariño, pero algo dentro de sí la obligó a acercarse a echar un vistazo. El ataúd seguía exactamente en el mismo sitio, sobre aquél gran cajón de hormigón. El otro ataúd, el que había impedido su huida, haciéndola pensar que alguien la había enterrado en vida, seguía a sus pies. De lo que no había rastro alguno era de su antiguo morador. Bárbara se acercó un poco más.

El ataúd seguía en bastante buena forma, pese a haber pasado tantísimo tiempo a la intemperie, solo que ahora estaba anegado por agua de lluvia y lleno de hojas secas. Zoe parecía algo nerviosa, y Bárbara decidió no demorar más la partida: ya no se les había perdido nada más en el cementerio.

Pasaron frente a la fosa que Bárbara viera al poco de despertar, junto a aquella enorme excavadora. Ahora era poco más que un gran agujero en el suelo con una especie de sopa fangosa de la que sobresalían docenas de huesos y cráneos humanos: un espectáculo francamente desolador.

Continuaron hasta llegar a la entrada, y caminaron de nuevo sobre el portón de acceso al cementerio, que alguien había echado abajo arrancándolo de sus goznes desde la última vez que Bárbara había estado ahí, para acto seguido dirigirse de vuelta al furgón policial que habían aparcado justo delante. Zoe ocupó el asiento tras el volante, y ambas pusieron rumbo de vuelta a la masía.

Al poco de arrancar pasaron frente al edificio en el que se encontraba el piso del señor y la señora Soto. Bárbara se preguntó si la señora Soto seguiría encerrada en el lavabo, tal como ella la había dejado. Concluyó que debía llevar ya mucho tiempo muerta, pero no tenía la más remota intención de comprobarlo.

Avanzaron un poco más por la carretera, con los limpiaparabrisas funcionando a toda potencia, hasta que llegaron a la altura del portón trasero de entrada de suministros del supermercado donde ambas se habían conocido. Zoe frenó suavemente, hasta quedar a pocos metros de la persiana, que seguía parcialmente abierta. Cruzó su mirada con la de Bárbara y acto seguido, sin mediar palabra, se apeó del coche y caminó en esa dirección.

Aunque en el fondo tenía todo el sentido del mundo, Zoe no era capaz de dar crédito al hecho que su bicicleta roja siguiera ahí y en aparente perfecto estado. Tan solo necesitaría una mancha para hacer que recuperase por completo su pretérito esplendor. Una enorme sonrisa le surcaba la cara cuando sintió que la lluvia dejaba de azotar su joven cuerpo. Se giró a tiempo de ver a Bárbara cubriéndola con el paraguas negro.

ZOE – ¿Nos la podemos llevar?

BÁRBARA – Por supuesto.

Entre las dos introdujeron la bicicleta en la parte trasera del furgón y lo cerraron con contundencia acto seguido. La niña pretendía ocupar de nuevo su asiento tras el volante cuando se dio cuenta que Bárbara se había quedado parada en la acera, entre el furgón y la persiana del supermercado.

BÁRBARA – He tenido una idea. ¿Quieres que entremos un momento?

Zoe la miró, ceñuda e incrédula. Ese día la profesora estaba demostrando ser una caja llena de sorpresas.

ZOE – Sí. Sí, claro.

En menos de un minuto, ambas habían sorteado el estrecho espacio entre la persiana y el suelo. Bárbara lo tuvo especialmente complicado, dada su abultada barriga.

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