3×1232 – Reinicio

Publicado: 15/12/2019 en Al otro lado de la vida

CRONOLOGÍA DEL ÉXODO: Parte octava

 

Reinicio

 

 

1232

 

El destino de los infectados estaba escrito desde su propia concepción. Una sociedad basada exclusivamente en la caza indiscriminada de cualquier ser viviente, con especial predilección por sus semejantes, de la manera más violenta e irracional imaginable y sin la más básica noción de agricultura ni ganadería, estaba abocada a su propia extinción.

El infectado medio comenzaba su nueva vida lleno de vigor, y su propio instinto asesino, sumado al hecho de su antinatural salud, parecía que le empujaba en la dirección del éxito indiscutible. Pocos depredadores se atrevían a plantarles cara, más cuando se reían en la cara del peligro y se aliaban instintivamente para acabar con cualquiera que osase enfrentárseles.  Sin embargo, esa misma ansia, esa misma voracidad y violencia sin parangón, hacía que allá donde reinase su hegemonía, acabasen quedándose solos en cuestión de días. Semanas en el peor de los casos.

Los infectados, al carecer de nada que llevarse a la boca y no ser capaces de entender que una simple zarza llena de moras podía salvarles de la muerte por inanición, acababan pereciendo irremisiblemente. Tardaban muchísimo más de lo que cualquier médico del mundo previo a la pandemia hubiese considerado siquiera creíble, pero lo acababan haciendo. Incluso después de más de un año sin haber ingerido alimento ni agua en algunos casos, pero acababan muriendo.

Jamás les hubiera faltado alimento de no haber estado impregnado en su ADN ese raro nuevo instinto que les inculcaba el rechazo hacia el canibalismo entre ellos mismos. Pero lo estaba, e incluso cuando el hambre era tan atroz que se veían obligados a atacarse entre ellos con tal de llevarse algo a la boca, el remedio era peor que la enfermedad, pues todo cuanto ingerían acababan vomitándolo, cuando su cuerpo lo rechazaba con violencia, obteniendo como único resultado la muerte de un semejante.

Por otra parte, los infectados eran extremadamente fértiles, con un ratio de fecundación rayano en el 100% en la mayoría de los casos. Sin embargo, ello venía acompañado de una desagradable letra pequeña. Sus hijos nacían perfectamente sanos: estaban infectados, igual que sus progenitores, pero al no haber sido vacunados, tenían una salud de hierro.

Si tal idiosincrasia no era suficiente mala noticia para ellos, pues eran incapaces de perpetuar su especie, a ello se le sumaba el hecho que el parto siempre acababa, irremediablemente, con la vida de la madre, por una cuestión de incompatibilidades de flujos sanguíneos sumada a unas violentas hemorragias que ni la más fuerte de las infectadas era capaz de soportar.

Esos bebés, aún estando perfectamente sanos, y siempre que la madre muriese antes que ellos, porque en muchas ocasiones la madre, hambrienta y agotada, optaba por alimentarse de su propio bebé recién nacido, al carecer de nadie que cuidase de ellos, acababan muriendo de igual modo. En ocasiones era por pura inanición, pero otras muchas veces fallecían al servir de alimento a cualquier otro infectado que pasara lo suficientemente cerca para oler la sangre recién derramada.

Ese hecho les convertía en cierto modo en estériles, pues la única manera de seguir propagándose era la de infectar a nuevos huéspedes que hubiesen estado vacunados previamente, y los pocos supervivientes que quedaron, no tardaron mucho en detectar que las únicas personas que no enfermaban y se transformaban en esos seres eran precisamente quienes no habían sido vacunados, y por ende, nadie más se vacunó, y todas las vacunas que encontraron fueron destruidas. Eran destruidas con violencia y saña, conscientes que habían sido las culpables de todo en primera instancia.

Todas las personas que nacían después del inicio de la pandemia lo hacían ya inmunes a la enfermedad que había acabado con la vida de sus padres, sus tíos y sus abuelos. Porque al fin y al cabo, la infección como tal era una mera entelequia: no existía. Por su propia concepción, el problema estaba abocado a solucionarse por sí solo tan pronto muriese la última persona vacunada sobre la tierra. La supervivencia de quienes habían conseguido burlar a los infectados en primera instancia, por ende, era tan solo una cuestión de paciencia.

La sangre del roedor que Guillermo había guardado celosamente durante tantos años era en realidad la panacea con la que José había soñado, por la que había trabajado sin descanso, desatendiendo a su familia y alejándose cada vez más de su hija. De haber seguido trabajando en ella en vez de desecharla, de haberse dado cuenta que el efecto que tenía en los roedores era absolutamente inocuo al ser humano, al final habría podido transformarse en una realidad, sin que ello acabase traduciéndose en el destino más indeseable y atroz imaginable para la raza humana, como había sido el caso. No obstante, incluso después de muerto, lo había conseguido.

Pese al duro varapalo que había sufrido, la sociedad como tal estaba aún muy lejos de extinguirse. A pesar de haberse diezmado hasta un escaso 0,00458% de la población mundial previa a la pandemia, llegando a cotas de mil años antes de Cristo, la raza humana supo sobreponerse a ese duro golpe.

La evolución de la sociedad previa al desastre había sido tal, que el conocimiento de quienes habían sobrevivido, aunado a la vastísima fuente de información que había en libros y documentos digitales extendidos literalmente por todo el planeta, permitieron que la ciencia y la cultura no pereciera con ellos.

Lo hicieron en pequeñas sociedades que, aunque la mayoría de ellas nacía con la mejor de las intenciones, acababan inexorablemente cometiendo los mismos errores de las que las precedieron. Las pequeñas guerras por el control de los pocos suministros y bienes del mundo antiguo que aún funcionaban estaban a la orden del día, y los grupos nómadas de bándalos que se limitaban a llevárselo todo por la fuerza después de asesinar a sus legítimos dueños, lamentablemente también.

Llegó un momento en el que la entera totalidad de la raza humana estuvo infectada, pero no vacunada. Ello distorsionó por completo, una vez más, el concepto de la medicina y la propia esperanza de vida, que crecía en el peor de los casos por encima de los 130 años.

Los infectados estaban lejos de ser inmortales, y eso fue lo que permitió que la sociedad acabase afianzando esa segunda oportunidad que se le ofrecía para empezar de cero. Pero como no podía ser menos, volvió a cometer los mismos errores del pasado, discriminando por el color de la piel, adoptando actitudes abiertamente heteropatriarcales, alimentando venganzas por pura envidia, fomentando guerras, resucitando religiones cuando ya casi se habían extinguido…

Aunque por fortuna, ello no ocurrió en todos los casos. Aquí y allá siempre quedaban pequeños reductos de esperanza en los que había espacio para poder seguir soñando y luchando con ahínco por un mundo mejor.

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