3×1233 – Histérica

Publicado: 15/12/2019 en Al otro lado de la vida

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA: Nueve

 

La muerte sí es el final

1233

 

Inmediaciones del centro de acogida a refugiados de Mávet

18 de septiembre de 2008

 

El bombero agarró con firmeza a Bárbara por el antebrazo y la levantó del suelo. Era evidente que lo estaba pasando mal, habida cuenta de los lagrimones que recorrían sus mejillas, pero él se mostró inflexible. La profesora había conseguido acabar con su paciencia: ya le había hecho perder demasiado tiempo.

El centro había sido asaltado por unos terroristas que habían venido con la intención de robarles los suministros, echando abajo las vallas y haciendo cundir el terror soltando a un puñado de infectados que habían traído consigo. Todos y cada uno de ellos habían perecido por el fuego de los soldados que protegían el centro, del mismo modo que ocurrió con un montón de civiles y demás trabajadores del centro, entre los que la profesora sospechaba que se encontraba su única familia.

Bárbara acababa de asumir la muerte de su hermano y la de su sobrino, después de llegar unas pocas horas tarde al centro de acogida a refugiados al que ambos habían acudido. Pese a que no había sabido distinguir con sus propios ojos ambos cadáveres en aquella enorme pira, la gorra parcialmente chamuscada que sostenía entre los fríos y temblorosos dedos parecía gritarle a la cara que dejase de buscar excusas para seguir ilusionándose, y asumiera de una vez por todas que estaba sola en el mundo.

El hercúleo esfuerzo que había hecho por reencontrarse con ellos había resultado en vano. Como la vez anterior, y la anterior a esa. La profesora llevaba más tiempo del que era capaz de recordar tratando de reencontrarse con Guillermo. Esta vez parecía la definitiva, pero tan solo le había hecho golpearse de frente con otro muro, uno mucho peor, porque ahora ya no había espacio siquiera para la esperanza.

DAMIÁN – No se lo voy a volver a repetir. Si no me hace caso, haré que uno de los soldados se encargue de llevársela a rastras. ¿Entendido?

Bárbara, aún con los ojos anegados por las lágrimas, levantó ligeramente la mirada y la cruzó con la del enfadado bombero. Ambos tenían la frente perlada de sudor, a causa de la enorme pira de fuego que envolvía aquél montón de cadáveres de gente inocente, víctimas de la locura que se había desatado en todo el mundo las últimas semanas. El olor a carne humana chamuscada resultaba repugnante.

La profesora asintió y, sumisa, con la mirada gacha, volvió por donde había venido. El bombero respiró aliviado y siguió con sus quehaceres. Bárbara caminó arrastrando los pies de vuelta al acceso al centro, algo mareada por la contundencia de las malas noticias que había recibido. Había bastante gente trabajando con escaso ánimo, que vieron con muy malos ojos que una civil se pasease por ahí en medio.

Al volver al punto de partida descubrió apesadumbrada que el autobús que la había traído hasta ahí ya no estaba. Había partido en algún momento mientras ella trataba de esclarecer el destino de su hermano. Ahora bastante más nerviosa, deambuló de un lado para otro, pero no fue capaz de encontrar ningún otro autobús que pudiera llevarla a un lugar seguro. Porque de lo que no cabía la menor duda, era que el centro de Mávet ya no lo era.

Pese a las miradas reprobatorias que le ofrecían, Bárbara acabó acercándose a uno de los soldados que trabajaban en la reconstrucción de la valla caída.

SOLDADO – Señorita, no puede estar aquí. Este lugar no es seguro.

La profesora se limitó a ignorarle. No tenía fuerzas para discutir.

BÁRBARA – ¿Dónde está el autobús que había aquí?

SOLDADO – Recogió a todos los civiles que quedaban y se fue hacia Midbar.

BÁRBARA – ¿Cuándo?

SOLDADO – No sé… Hará unos cinco minutos.

Bárbara respiró hondo, tratando de tranquilizarse. Estaba francamente hastiada de llegar siempre tarde a todo.

BÁRBARA – ¿Y no queda ningún otro?

El soldado negó con la cabeza. Su compañera le llamó la atención. Él asintió, y se dirigió de nuevo a la profesora.

SOLDADO – Estamos trabajando en la reconstrucción del centro. Haga el favor de alejarse de aquí. Es peligroso.

BÁRBARA – ¿No van a venir más autobuses?

SOLDADO – No lo sé. No me haga perder más tiempo, se lo pido por favor.

BÁRBARA – Pero… ¿Entonces qué hago?

El soldado levantó los hombros, en señal de ignorancia. Aquél hombre también acababa de perder a toda su familia, y no tenía presencia de ánimo ni para resultar empático.

SOLDADO – No lo sé. No lo sé y no tengo tiempo de discutir ahora con usted. Haga el favor de abandonar las premisas del centro.

Bárbara miró hacia atrás, hacia la carretera por la que había venido. Las farolas estaban todas apagadas, aunque por fortuna, la luna estaba casi llena. Miró de nuevo al soldado, pero éste ya no estaba ahí. Se había alejado hacia otra porción de la valla caída, en compañía de la otra soldado.

La profesora empezó a reírse. Lo que comenzó como una risa discreta, acabó tornándose en una verdadera carcajada a voz en grito. Ambos soldados se giraron hacia ella, con el ceño fruncido. Bárbara se rió aún con más fuerza, histérica.

Comenzó a caminar por la carretera con la gorra medio chamuscada de su hermano sujeta en la mano, consciente que tal acto era una temeridad manifiesta, habida cuenta que era noche cerrada, y que los infectados eran seres eminentemente nocturnos. Algo dentro de sí la empujaba hacia el desastre. Algo dentro de sí deseaba con todas sus fuerzas acabar de una vez por todas con tanto sufrimiento.

Pasados unos minutos deambulando a solas por el arcén de la carretera vacía y desierta en plena noche, echó un vistazo a un enorme cartel blanco que pendía de unos robustos postes a lado y lado de la carretera. Tan solo mostraba dos indicaciones. La que hacía referencia al desvío a Mávet, hacia la derecha, estaba indicada en la parte superior de la señal. Debajo había una segunda indicación con una flecha apuntando hacia arriba, en la que pudo leer: SHEOL 40.

Su propio instinto la empujó hacia la derecha y cogió el desvío a Mávet, al que llegaría en menos de diez minutos. Por fortuna, aún no estaba lo suficientemente poco cuerda como para seguir tentando a la muerte.

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