3×1234 – Temeridad

Publicado: 16/12/2019 en Al otro lado de la vida

1234

 

Afueras de Mávet

18 de septiembre de 2008

 

De no haber sido por la luz reflejada en la luna, que aparecía y desaparecía a merced de las nubes, Bárbara no hubiera sido capaz de llegar tan lejos. El pueblo estaba completamente a oscuras. Ni una farola encendida, ni los faros de un coche en la lontananza, ni triste un brillo detrás de una ventana. Lo que otrora hubiese reconocido incluso como algo bello, ahora le ponía los pelos de punta. Detestaba estar ahí, y no veía el momento de ponerle solución.

Afortunadamente, ya se le había pasado la enajenación que sufrió tras la mala nueva, y ahora era el pánico el que copaba toda su atención. Estaba sola, desarmada, a oscuras, en una ciudad que no conocía, a merced de esos seres sin alma que no dudarían un instante antes de asesinarla con sus propias manos para alimentarse de su cuerpo aún caliente acto seguido.

Siguió caminando, buscando desesperadamente un lugar en el que guarecerse. A duras penas había avanzado una calle desde que cruzó por medio la glorieta que daba acceso al pueblo, cuando escuchó el tintineo de un cascabel. Ello la hizo ponerse aún más alerta. Abrió los ojos como platos al ver dos luces, dos pequeñas canicas brillantes que se acercaban a ella desde detrás de un contenedor de basura en el que no cabía nada más, y se quedó quieta como una estaca en mitad de la calzada.

Se relajó considerablemente al descubrir que el dueño de aquellos discretos fuegos fatuos no era más que un gato, evidentemente doméstico. El pequeño felino se acercó a ella y restregó su peluda frente en su tobillo, amistoso. Bárbara se agachó ligeramente y le acarició el lomo. El gato levantó la colita y ronroneó con fuerza. Bárbara se preguntó cómo habría sobrevivido tanto en los tiempos que corrían, con una actitud tan abiertamente sociable. Era poco más que un cachorro.

La profesora se arrodilló y le destrabó el enganche del collar, mientras el pequeño felino seguía ronroneando. Tan pronto le liberó de aquél sonido constante que hubiera dificultado aún más su supervivencia, el gato se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la calle opuesta.

BÁRBARA – Mucha suerte, minino.

Bárbara decidió seguirle, habida cuenta que no tenía idea de dónde se encontraba, y tiró el collar a una papelera cercana. Antes de cruzar la esquina de la calle por la que había desaparecido el gato, se asomó. Sus ojos hacía mucho que se habían amoldado a la falta de luz. Lo que estaba haciendo era una temeridad manifiesta, y a esas alturas, cualquier pequeño susto le habría hecho perder el conocimiento.

Al no ver hostilidad, cruzó y siguió observando los bajos de los edificios en busca de cualquier punto débil por el que poder acceder, aún siendo consciente que, de hacerlo, lo más probable era que encontrase un infectado dentro. Hasta el momento no se había encontrado con ninguno, pero ella sabía que eso no era más que una cuestión de suerte, y que ésta no le duraría eternamente.

Apenas había avanzado por la calle cuando vio la primera flecha. Se trataba de una flecha blanca, en mitad de la calzada, dibujada con spray en el suelo. Habida cuenta que no tenía un mejor lugar al que ir, y que aún no había sido capaz de encontrar una sola puerta, portal, persiana o acceso a local que no estuviese firmemente cerrado, decidió seguir la dirección marcada en el suelo.

Esa flecha la dirigió hasta el final de la calle, donde descubrió otra que la invitaba a girar hacia la izquierda. Ahí tampoco había nadie, de modo que también la siguió. Tardó tan solo un par de minutos en llegar al destino final de aquellas flechas. La última de todas señalaba una puerta entreabierta en los bajos de un edificio de viviendas en una fase muy avanzada de construcción.

Respiró hondo y empujó la puerta con suavidad. Por fortuna, era prácticamente nueva, y no hizo el más mínimo ruido. Allá dentro todo estaba sumido en oscuridad. Bárbara estaba ya dando media vuelta para volver sobre sus pasos, más que convencida que no se internaría en el edificio sin ver lo que tenía delante, cuando descubrió sobre una pequeña mesa de camping que había a su lado un par de linternas.

Notó un escalofrío muy agradable recorrerle el cuerpo al comprobar que la linterna que había tomado funcionaba. Estaba en el portal de un bloque de pisos. Ahí todo parecía en regla. Lo único que faltaba eran los buzones y las puertas del cuarto de contadores, que aún no habían sido instalados, y que jamás lo serían. Desde ahí no había acceso a los locales en planta baja, y las primeras viviendas estaban un piso más arriba.

Sacando valor y fuerzas de donde parecía no haberlos, Bárbara comenzó a subir las escaleras, linterna en mano, más que dispuesta a salir corriendo ante el menor signo de que no estuviese sola. Su mente había obviado la presencia del ascensor, que la esperaba con la puerta abierta ahí en los bajos. De poco le hubiera servido.

Al llegar al primer rellano comprobó que tan solo tenía dos puertas. Ambas eran robustas puertas blindadas y estaban cerradas a conciencia. Subió otro tramo de escaleras y se sorprendió al ver un par de colillas tiradas por los escalones. El segundo rellano también tenía dos puertas, pero una de ellas estaba entreabierta. La profesora respiró hondo y entró al piso.

Pese a que la pequeña vivienda estaba prácticamente vacía, resultaba evidente que ahí había vivido alguien, y hacía muy poco. En el salón tan solo había una mesa de plástico barata con dos sillas de madera con el forro del asiento medio descosido. Sobre la mesa, un tarro bastante grande de aceitunas gazpachas lleno hasta la mitad de colillas. En la encimera de la cocina vio una lata de pintura llena de huesos de pollo, envoltorios de patatas fritas de bolsa, y varias latas de conservas vacías.

Tan solo había esa sala en la que convivían salón y cocina, un minúsculo lavadero adyacente, dos habitaciones y un baño. Las habitaciones y el lavadero estaban en regla. Una de ellas estaba completamente vacía, y en la otra tan solo había un enorme colchón tirado en el suelo. El olor que venía del baño era muy poco atractivo, pero Bárbara decidió entrar de todos modos: era la última estancia que le quedaba por revisar, antes de dar el lugar por seguro.

Gritó al ver el cuerpo en la ducha. Ahí estaba todo manga por hombro. Aquella mujer debía tener al menos veinte clavos distribuidos por el cuerpo. Los demás clavos que había por el suelo y las baldosas rotas daban fe de la cruenta escena que ahí se había producido.

La mayor parte de los clavos se habían alojado en su tórax, pero tres de ellos habían atinado en su cabeza, uno de los cuales había destrozado su ojo derecho. El izquierdo estaba abierto, y mostraba la indiscutible marca de la infección. Por fortuna, esa infectada no se levantaría a atacarla. Estaba bien muerta.

El retrete estaba cerrado, pero resultaba evidente que dentro había una colección más que generosa de heces y orines, que la ausencia de agua corriente no había podido llevarse. Bárbara salió y cerró la puerta del baño, más que convencida de no volver a entrar jamás. Por más vueltas que dio por el piso, no fue capaz de encontrar la pistola de clavos.

Pese a que había cerrado la puerta a su paso, Bárbara volvió a la entrada y le dio un par de vueltas al cerrojo. Caminó linterna en mano hacia el dormitorio principal, y observó de nuevo el panorama. No había rastro del somier, pero el colchón tenía aspecto de estar limpio, de haber sido robado hacía muy poco tiempo y apenas usado. Sería más que suficiente.

Horas más tarde, con el ruido de las pisadas de los infectados a los que había burlado deambulando por las calles, finalmente consiguió dormirse, con las mejillas refrescadas por las lágrimas que había vertido, el estómago vacío y el más absoluto desconocimiento sobre qué haría con su vida en adelante.

comentarios
  1. Angela dice:

    Gracias David
    Si no supiera que Barbara esta muerta, estaría comiéndome las uñas pensando en cuál seria el futuro de ella… parece que por fin sabré porque estaba en un ataúd y no recordaba nada.

    • Es lo que tanto tiempo llevabais reclamándome . Era parte de la concepción original de la novela, dar respuesta a esa pregunta al final de la misma, pero la espera ha llegado a su fin. 🙂

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