3×1235 – Ultimátum

Publicado: 16/12/2019 en Al otro lado de la vida

1235

 

Piso abandonado a la entrada de Mávet

23 de septiembre de 2008

 

Bárbara se despertó de un sueño bastante anodino que echaría mucho de menos hasta que lo olvidase por completo en pocos minutos. En el sueño ella estaba paseando por el centro de Etzel un día soleado, y visitaba un par de tiendas en las que acababa no comprando nada, para luego encontrarse con un viejo compañero del instituto al que hacía años que no veía, que se estaba quedando calvo. Era el mundo previo a la pandemia, un mundo que ahora tan solo tenía cabida dentro de un sueño.

Despertó a media mañana alertada por un extraño ruido. Se incorporó en aquél gran colchón que había en el dormitorio del piso que había okupado hacía unos días, y miró hacia su mochila. Estaba abierta, y de ella emergía una cola de al menos 10 centímetros de longitud cuyo dueño, con el trasero peludo, quedaba oculto tras la cremallera.

Bárbara gritó para alertar al animal, y la enorme rata asomó por la cremallera, aún masticando lo que había estado comiendo mientras la profesora dormía para acto seguido salir corriendo por la puerta entreabierta del dormitorio. Bárbara la siguió hasta el pequeño lavadero que había junto a la cocina, pero ahí la perdió de vista para siempre.

El análisis de desperfectos delató que, mientras ella dormía, la rata se había estado alimentando del contenido de la bolsa en la que guardaba la poca comida que le quedaba. Bárbara había estado racionándola a conciencia desde que se encerrase en ese piso, del que no había salido ni una sola vez desde que llegase. Había estado pasando bastante hambre con la intención que esa poca comida le durase lo máximo posible.

Bárbara fue incapaz de ignorar todas las noticias que había escuchado durante el inicio de la pandemia en las que decían que habían sido los roedores los que la habían contagiado al ser humano y propagado en primera instancia, al igual que lo hicieran con la peste negra en el siglo XIV. Pese a que esa no era más que una de las docenas de versiones diferentes que se inventaron los medios de comunicación para tratar de esclarecer algo que tan solo sabía su hermano, la profesora prefirió no arriesgarse, y tomó la dura decisión de no consumir esa comida mordisqueada.

Para su consuelo, a duras penas le quedaba ya una quinta parte de cuanto había traído consigo, que tampoco era mucho, de modo que el mal no era tan grande. No obstante, esa poca comida había sido su salvaguarda ante la necesidad imperiosa de volver a salir del piso, cosa que hubiera preferido posponer tanto tiempo como hubiera sido capaz. Ahora ya no había más excusas para seguir postergando lo inevitable.

En los cinco días que llevaba ahí malviviendo no había visto ni oído a ninguna persona. En realidad sí había visto a personas, a muchas, muchas personas, deambulando por las calles, la mayor parte durante la noche, pero todas y cada una de esas personas estaban infectadas. Pese a que muchos la vieron, la escucharon e incluso la olieron, afortunadamente ninguno de ellos fue lo suficientemente inteligente para encontrar el modo de alcanzarla.

El aislamiento social al que había sido empujada por el destino le había hecho pensar mucho al respecto de su hermano. Una parte dentro de sí le decía que quizá aún había lugar para la esperanza, que quizá él fuera uno de los pocos que había conseguido huir a tiempo del atentado en el centro de acogida. Pese a que todo apuntaba en la dirección contraria, ella no estaría del todo convencida de la necesidad de tirar la toalla hasta que no viera su cadáver con sus propios ojos.

Fue la proximidad al centro de acogida la que le dio fuerzas para tomar esa importantísima decisión. Podía posponer unos pocos días más la partida, pero mientras más tiempo pasara, más débil estaría, y habida cuenta del peligro que reinaba en las calles, esa no parecía una idea muy sensata. Debía salir cuanto antes, y dejarse ayudar de una vez por todas. Aún había esperanza para ella, si de una vez por todas dejaba de deambular de un lado a otro en busca de un imposible y pensaba un poco más en sí misma. Su cabeza era un galimatías de contradicciones.

Al asomarse por la ventana que daba a la calle por la que había entrado al bloque de pisos vio a un par de infectados caminando por la acera de enfrente. Afortunadamente, ninguno de los dos se percató de su presencia. Salir por ahí no parecía ser una opción, pero esperar a que se fueran tampoco, pues en esos momentos el sol lucía en todo su esplendor, aunque aquellos dos rezagados parecían no darse cuenta, y ese era sin duda el mejor momento para burlarlos. Eso lo sabía cualquiera. De noche, sería mucho peor.

Bárbara caminó hacia el pequeño lavadero que tenía el piso, abrió la ventana que daba a una calle mucho más estrecha y se puso a dar voces, tratando de atraer a los infectados. Se pasó así un par de minutos, y acto seguido volvió a mirar la por la ventana del salón. Los infectados que viera frente al portal habían desaparecido. En su lugar tan solo quedaba aquella gran flecha blanca dibujada en el asfalto.

Salió de nuevo a cielo abierto tan solo ataviada con la ropa que llevaba puesta, la gorra de su hermano embutida en el bolsillo trasero del pantalón y su mochila, mucho más liviana, después de haberse bebido hasta la última gota de agua que tenía. La calle estaba vacía, pero ello no hizo menguar su asfixiante sensación de vulnerabilidad. Caminó en sentido opuesto al de las flechas que la habían traído hasta ahí, consciente que así podría volver sobre sus pasos y encontrar el camino de vuelta al centro, que con algo de suerte, a esas alturas ya habría recuperado la normalidad.

No llevaría recorridas ni un par de calles cuando dio con un infectado, que había estado oculto de su vista tras una furgoneta azul. Era un hombre de la edad y la complexión de su hermano, con un bigote muy parecido al de su hermano. Pero aunque durante un instante el corazón le dio un vuelco al confundirle con él, enseguida cayó en la cuenta que era otra persona, un vecino anónimo de Mávet al que probablemente nadie echaría en falta, pues todos sus seres queridos estarían muertos a esas alturas. Y eso en el mejor de los casos.

El infectado corrió hacia ella, gritando las habituales incongruencias de los de su estirpe. Bárbara huyó en dirección contraria y resbaló con una lata aplastada, perdiendo un tiempo precioso. Para cuando quiso levantarse, el infectado ya estaba a su altura. Trató de agarrarla pero tan solo consiguió asir su mochila. Desgarró una de las asas y Bárbara se deshizo de la otra, en un intento desesperado por salvar la vida. El infectado cayó rodando, sosteniendo su botín, y la profesora aprovechó la oportunidad para escapar.

Cruzó a la carrera la esquina que tenía más cerca, escuchando a su espalda los gritos frustrados de su persecutor. Miró en derredor en busca de un lugar donde guarecerse, consciente que de la decisión que tomase dependía en entero su supervivencia. La decisión fue rápida y muy eficiente. Se metió en un contenedor de basura orgánica que había a escasos dos metros de ahí, con el corazón latiéndole a toda velocidad bajo el pecho.

El olor del pánico y la adrenalina que supuraba en forma de sudor por sus poros se mezcló con el de los desperdicios sobre los que había ido a parar. Quizá fue por ello que el infectado, al cruzar la esquina y no verla, tras deambular un poco por las proximidades, acabó abandonando la zona.

Triste, sola y asustada, mientras las lágrimas le recorrían las mejillas, habiendo perdido lo poco que le quedaba en aquella ridícula mochila, Bárbara se quedó ahí dentro, tapándose la boca con una mano para evitar que ese infectado, o cualquier otro, la escuchase, y la nariz con la otra para paliar la repugnancia del fétido olor que reinaba en aquél contenedor que le había salvado la vida.

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