3×1237 – Desesperada

Publicado: 17/12/2019 en Al otro lado de la vida

1237

 

Centro de acogida a refugiados abandonado de Mávet

24 de septiembre de 2008

Bárbara recorrió el perímetro del centro arrastrando los pies, con muy poca presencia de ánimo, mientras las gotas de lluvia impactaban cada vez con más fuerza sobre su cuerpo abatido y agotado. Esta vez no rió. Lo que le estaba ocurriendo no tenía la más remota gracia. Sintió ganas de gritar y de llorar, pero lo único que hizo fue mantener un semblante excepcionalmente serio. Cualquiera que hubiese estado cerca, hubiera preferido mantener las distancias tan solo mirándola a la cara.

Los trabajadores del centro habían levantado una pequeña porción de la valla que los terroristas echaran abajo, pero el resto seguía tal como ella lo recordaba de aquella funesta noche. No le costó en absoluto encontrar un punto flaco por el que entrar. La inercia la llevó de vuelta al lugar donde aquella noche ardía con saña la pira humana más grande que ella había visto jamás.

Cualquier atisbo de esperanza por conocer de primera mano el destino de su única familia se había volatilizado junto con todos esos cadáveres. Si su hermano o su sobrino estaban realmente ahí, ella jamás podría ya reconocerles.

La pira incendiaria no era más que una caricatura de lo que fuese. Su tamaño había menguado sustancialmente. Ahora a duras penas se podían distinguir los cuerpos más que como una masa informe de huesos, carne carbonizada y ropa prácticamente irreconocible en un magma espantoso que no permitía siquiera discernir dónde empezaban unos cadáveres y dónde acababan los otros.

Bárbara se sorprendió envidiándolos. Toda esa gente ya no tendría que volver a preocuparse por su seguridad, por su alimentación, por su supervivencia ni por sus seres queridos. Toda esa gente era libre: la muerte les había exonerado de tan dura carga. Ella, sin embargo, seguía condenada a vivir, y esa perspectiva cada vez le parecía menos atractiva. No pudo evitar estallar en llanto, superada hasta cotas insospechables por la impotencia, el cansancio y el miedo.

Esa fue la primera vez que deseó haber sido una de las primeras bajas en aquella escalada de violencia sin sentido. Su mente trastocada no hacía más que gritarle que estaría mejor muerta que esquivando torpemente algo que no era más que cuestión de tiempo que acabase ocurriendo. Aquella insidiosa voz le repetía en voz alta que por más que se esforzase por mantenerse con vida, su muerte estaba ya escrita a sangre en el libro del destino, y que en su afán por aplazarla, lo único que conseguiría sería obtener aún más sufrimiento.

La ominosa visión de la pira era demasiado aciaga para soportarla más, de modo que se alejó de ahí, importándole bien poco que algún infectado estuviese merodeando por la zona. En esos momentos estaba sumida en un pozo desasosiego tal, que llegado el momento, incluso dudaba de sí misma sobre si se molestaría en defenderse si una de aquellas alimañas intentaba acabar con ella.

Dio un pequeño paseo por las inmediaciones, para acabar de convencerse de que ahí no había nadie, que durante los días que había estado ausente, por algún motivo, los encargados del centro habían preferido tirar la toalla y clausurarlo, abandonándolo a su suerte, eso sí, después de llevarse todo lo que pudiera ser mínimamente de utilidad.

Por más vueltas que dio, no fue capaz de dar con absolutamente nada que llevarse a la boca, ni armas ni municiones, ni tan siquiera medicinas. Se habían ido para no volver, pero antes habían arramplado con todo, de modo que el centro ofrecía aún menos atractivo que la ciudad infestada de infectados de la que había escapado hacía menos de una hora.

Bebió del agua que se había acumulado en un cubo que parecía limpio. Al principio lo hizo de manera comedida, pero luego vertió el contenido en su boca con fruición y deleite. Hasta ese momento no se dio cuenta de lo realmente sedienta que estaba. No paró hasta beber más de litro y medio, hasta que su panza, hasta el momento plana y coronada por unas costillas marcadas a lado y lado, acabó mostrando una ligera curvatura.

De lo que no cabía la menor duda era que no podía quedarse ahí eternamente: ahí no había nada que llevarse a la boca ni lugar seguro donde guarecerse de los infectados. Antes de abandonar definitivamente el centro llenó dos botellas vacías de litro y medio que había encontrado tiradas junto a un contenedor al que el viento había hecho volar la bolsa de basura, y se las llevó consigo metidas en una bolsa de plástico con el logotipo de los supermercados IFAI que encontró junto a una de las vallas caídas.

Desanduvo sus pasos por la misma carretera por la que había venido, sin saber muy bien qué hacía, limitándose a dejarse llevar por la inercia. Mantenerse a plena luz del día no parecía una idea muy sensata, de modo que se dirigió de vuelta a Mávet. Minutos más tarde, ahora con la luz grisácea que lo inundaba todo, vio de nuevo aquél enorme cartel blanco que marcaba el desvío.

Al contemplar aquella ominosa palabra en mayúsculas, SHEOL, un discreto atisbo de esperanza volvió a apoderarse de su ingenuo espíritu. De nuevo la imagen de la cabaña del abuelo, el lugar donde Guillermo afirmaba haber sido engendrado, el lugar al que Guillermo le había dicho que debía dirigirse para reencontrarse con él, se formó delante de sí. Ella estaba convencida de que su hermano había fallecido, y que ahí no encontraría nada, pero… ¿y si se equivocaba?

Trató de convencerse que esa decisión estaba siendo tomada desde la sensatez: al menos ahí tendría un techo que la protegería de la lluvia, algo de fruta que comer, agua a espuertas en el pozo y unos muros que la resguardarían de los infectados. Sin embargo, la realidad era muy distinta. Lo que estaba a punto de protagonizar, caminando más de cuarenta kilómetros a pie por la carretera a la búsqueda de una quimera, era una temeridad manifiesta. No obstante, obvió el desvío y siguió adelante, bajo la lluvia, rumbo a la ciudad que la había visto nacer, que sería la misma ciudad que la vería morir.

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