3×1238 – Gasolinera

Publicado: 18/12/2019 en Al otro lado de la vida

1238

 

Estación de servicio abandonada de camino a Sheol

25 de septiembre de 2008

 

Bárbara se despertó con la espalda dolorida. Estaba tumbada boca arriba sobre la cubierta de hormigón de una gasolinera, a la que se había encaramado la tarde anterior cuando empezó a oscurecer. Lo había hecho con la noble intención de no ser presa fácil de los infectados y porque fue la única construcción que había encontrado durante la última hora de su larguísimo peregrinaje hacia un desengaño del que ella misma era consciente, pero al que se esforzaba cada minuto por ignorar.

Había caminado durante horas por aquella carretera secundaria. Lo hizo durante el resto de la mañana y toda la tarde, hasta que encontró aquella bendita estación de servicio, cuando el sol estaba próximo a abandonar la bóveda celeste. Había mantenido un ritmo constante en todo momento, pero bastante lento. Estaba demasiado exhausta y hambrienta para darse más prisa.

Durante todo el tiempo que estuvo caminando no se cruzó con absolutamente nadie, lo cual le resultó a un tiempo sorprendente y tranquilizador. Ni una sola persona, ni un coche en la lejanía, y lo más importante: ni un solo infectado. Al menos ninguno vivo. Sí vio en un par de ocasiones lo que parecían los rescoldos de una batalla tan cruenta como rápida, que había acabado con la vida de, en este caso, seis infectados. Dos de ellos lucían impactos de bala, y los otros cuatro contundentes heridas de arma blanca. La imagen era escalofriante, y la profesora no tardó en seguir adelante, sin intención alguna de mirar atrás.

La sensación de encontrarse sola en el mundo se fue acrecentando a medida que pasaban las horas. Pese a que una parte de sí le gritaba que eso era bueno, porque en su lamentable estado físico a esas alturas difícilmente podría haber plantado cara a un infectado, ella no podía menos que sentirse realmente incómoda por ese hecho. Bárbara era una persona eminentemente social y amigable, que gustaba de estar rodeada de gente, y la sensación de aislamiento de los últimos días le estaba resultando francamente asfixiante.

Se incorporó, y lo primero que hizo fue mirar abajo, a la zona donde se encontraban los surtidores. Suspiró aliviada al descubrir que seguía sola. Tenía la espalda molida por haber dormido en una mala postura en una superficie dura y fría. Bajó torpemente de la cubierta, aún sin ser capaz de recordar muy bien cómo lo había hecho para encaramarse ahí arriba en primera instancia. Pensó en seguir adelante, pero el gruñido airado de su estómago le hizo cambiar de opinión. Y de rumbo.

No le costó demasiado encontrar un adoquín suelto con el que romper el cristal de la puerta de entrada a la pequeña tienda. A esas alturas, su cambio de mentalidad no había fraguado del todo, y al hacerlo, se sintió increíblemente incómoda por su fechoría, y atemorizada de que algún empleado pudiera haberla visto y le llamase la atención, o incuso que alertase a la policía.

Entró a la tienda y comenzó a husmear. Tenía el corazón en un puño, y temía encontrar un infectado detrás de cualquier estantería. Pero ahí no había nadie más que ella. La tienda estaba demasiado en orden como para haber resultado saqueada, pero de lo que no cabía la menor duda era que alguien se lo había llevado todo, desde las revistas de cotilleos hasta los chicles, pasando por el aceite para motor y los sobres de comida preparada. El último de los trabajadores que había ofrecido su servicio se había cobrado su última nómina en especias, y había dejado limpias todas las estanterías, para fastidio de la hambrienta profesora.

Bárbara fue incapaz de encontrar nada de utilidad por más vueltas que dio, cada vez más frustrada. Consciente que no hallaría lo que buscaba en la tienda, decidió cruzar una discreta puerta que había tras el mostrador. Se trataba de una diminuta sala de descanso, con un pequeño baño mixto, una mesa contra la pared con dos sillas y cuatro taquillas en la pared opuesta. Tres de ellas estaban cerradas con un candado idéntico. La cuarta carecía de candado, y al abrirla, Bárbara sonrió al descubrir que el dueño no había tenido tiempo de llevarse lo que contenía.

Obviando el uniforme, una bolsa con algo de marihuana y treinta y siete céntimos, el botín consistía en un par de chocolatinas de galleta y caramelo, de formato pequeño, y una lata de bebida energética sin calorías. Devoró con fruición las dos chocolatinas, notando un desagradable pinchazo en las papilas gustativas a medida que comenzaba a salivar. Acto seguido abrió la lata y le dio un sorbo a aquél refresco. El sabor le resultó repugnante, e incluso le hizo provocar una arcada. Llevaba demasiado tiempo sin comer, y ella detestaba ese tipo de bebidas. No obstante, se bebió hasta la última gota, consciente de la necesidad imperiosa de llenar el estómago.

Antes de abandonar la gasolinera hizo uso del baño. Trató de tirar de la cadena en repetidas ocasiones, pero la cisterna ya no tenía agua, de modo que el contenido de su vejiga quedaría en el retrete para el siguiente que pasara por ahí. Aprovechó para echarle un ojo al pequeño botiquín que había junto a la puerta, y utilizó las pequeñas tijeras que había para cortar sus tejanos por encima de las rodillas, con la intención que éstos no la frenasen si necesitaba salir corriendo. Pensó en llevarse las tijeras consigo a modo de arma blanca, pero eran ridículamente pequeñas, y concluyó que lo más fácil era que acabase haciéndose daño, de modo que las dejó donde las había encontrado, y volvió sobre sus pasos.

Algo más reconfortada al haber llenado el estómago, aunque sólo fuera un poco, continuó su peregrinaje a pie en dirección a Sheol, rezando en voz baja para no encontrar ningún infectado por el camino, y preguntándose por enésima vez cómo diablos había ido a parar a una carretera secundaria perdida de la mano de Dios, en un mundo que parecía sacado de la peor de sus pesadillas.

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