3×1239 – Previsible

Publicado: 18/12/2019 en Al otro lado de la vida

1239

 

Periferia rural de Sheol

26 de septiembre de 2008

 

Bárbara llevaba más de seis horas caminando sin parar y estaba realmente exhausta y algo mareada. En esos momentos se encontraba recostada sobre el antepecho de aquél viejo puente de piedra, desde el que se había despedido de las cenizas de su difunto padre, tratando de recuperar las fuerzas, cuando la infectada reparó en ella.

La profesora sabía que esa era su última carta, que si al volver a la cabaña del abuelo no encontraba señales de vida de su hermano, ya no tendría motivos para seguir luchando. En cierto modo, y por la envergadura y proximidad de tal revelación, había decidido posponer un poco más ese punto de no retorno saboreando la tranquilidad que manaba de aquél idílico paisaje natural que tantos recuerdos de su infancia le evocaba.

Se trataba de una tarde despejada y en cierto modo calurosa, con un cielo azul sin mácula. El trinar alegre de los pájaros que revoloteaban de árbol en árbol no hacía más que enfatizar esa falsa sensación de paz y seguridad. Bárbara estaba tratando de hacer memoria del día que debía ser, pues hacía mucho que había perdido la noción del tiempo, y de imaginar qué debería haber estado haciendo de no haber sobrevenido la pandemia, cuando la infectada se le echó encima.

La profesora gritó asustada, más por la sorpresa que por el miedo. La había cogido por completo con la guardia baja. No la había escuchado acercarse, lo cual le resultó cuanto menos inverosímil, a sabiendas de la costumbre que tenían esos seres por armar jaleo. Ahora ya no había tiempo para entretenerse con vagas ensoñaciones. Cada cual tenía un objetivo muy claro: la infectada matarla para alimentarse, y Bárbara librarse de ella para poder seguir adelante, aunque tan únicamente fueran unos pocos minutos más.

El principal problema residía en el hecho que llevaba demasiado tiempo sin llevarse nada nutritivo a la boca, y estaba exhausta, tanto física como mentalmente. La inanición le estaba pasando factura, y se encontraba cada vez peor. La infectada estaba mucho más en forma que ella. La fea cicatriz de su antebrazo daba fe del lugar por el que la infección había entrado a su cuerpo, hasta reemplazarla como su dueña al apoderarse de él. El feo rictus de su boca abierta y llena de dientes daba fe del lugar por el que la infección pretendía salir de él y apoderarse también del de Bárbara.

La profesora cayó de bruces al suelo con la embestida y se dio un golpe en el hombro que le hizo ver las estrellas. En esos momentos ella todavía no estaba infectada, y notó el dolor como el común de los mortales. Trató de rodar por el suelo terroso para librarse de la infectada, pero ésta fue más rápida. La agarró por la camiseta, asiéndola con tal fuerza que le desgarró tanto ésta como el sujetador que llevaba puesto, partiéndolo por la mitad en el encuentro entre las dos copas.

Bárbara aprovechó la oportunidad para echarse a un lado y, a costa de desgarrar un poco más su camiseta, mostrando medio pecho desnudo, consiguió zafarse definitivamente de la infectada. Su propio instinto la empujó a subirse al antepecho de piedra y saltar al río que discurría por debajo del puente. Se dio cuenta a mitad de camino que no había sido una buena idea, instantes antes de estamparse contra las piedras redondeadas por la erosión del agua.

Quedó suspendida por una pierna, con la cabeza a un metro del agua. Algo había frenado su caída. Al mirar hacia arriba vio a la infectada sujetándola por el talón. Bárbara meneó histérica ambas piernas, y finalmente consiguió librarse del mordisco que la infectada pretendía darle en el gemelo. El chapuzón fue inevitable, y el golpe en la espalda más que considerable, pero al menos había conseguido librarse de ella.

Bárbara se puso en pie y miró hacia arriba. La infectada la miraba con odio desde lo alto del puente, con su bamba firmemente sujeta con ambas manos. La profesora vadeó el río, cuya agua le llegaba por la rodilla, hasta quedar debajo del puente, lejos del campo de visión de su pretendida verdugo. Tiritando de miedo más que de frío, aunque estaba empapada de pies a cabeza, se quedó ahí, esperando que ocurriese algo.

Se giró asustada al escuchar un chapoteo. El rápido movimiento de cabeza le provocó un nuevo mareo, y le costó unos instantes enfocar de nuevo la vista. Tan pronto lo hizo vio su bamba emergiendo del agua desde el lugar desde donde la infectada la había dejado caer, y cómo el río se la llevaba, en su discurrir ininterrumpido hacia el Mediterráneo, con el calcetín todavía dentro. Esperó y esperó, pero, para su tranquilidad, la infectada no vino detrás. Un extraño miedo atávico al agua le impidió seguir el ejemplo de Bárbara, y al pasar unos minutos sin verla ni oírla, acabó asumiendo que había huido, y siguió su camino de destino incierto.

La profesora la vio alejarse por el mismo camino por el que había venido, que era el mismo por el que ella había llegado al puente. Aquella mujer no era la primera infectada con la que se había cruzado desde que abandonase Mávet, pero sí la primera que había conseguido echarle el guante. Pasó más de media hora antes de reunir el valor suficiente para abandonar la seguridad que el puente y el río le habían ofrecido.

Al volver a la orilla se quitó el sujetador roto y lo dejó colgado en la rama baja de un árbol cercano. En ese estado ya no le serviría de nada. Bastante más alerta que antes, siguió adelante: ya no le quedaba mucho para llegar a su destino. Tras caminar tan solo con una bamba durante cerca de medio kilómetro, acabó concluyendo que sería mucho más sensato hacerlo descalza, pues de ese modo, lo único que conseguiría sería tropezar o ralentizar su huida si necesitaba salir corriendo. Al menos conservaba un pequeño calcetín deportivo blanco, cuya suela, al igual que la de su pie descalzo, enseguida se ennegreció.

Minutos más tarde, finalmente consiguió llegar, de una pieza contra todo pronóstico, a la vieja masía de sus difuntos abuelos. Acceder al interior de la parcela no fue difícil. El agujero por el que acostumbraba a colarse de pequeña parecía haber menguado, pero ella no encontró dificultades para cruzar.

No se permitió siquiera titubear y fue directa a la cabaña del abuelo. Abrió la puerta de un empujón, y al observar el interior se le vino el alma a los pies. Estaba todo exactamente igual que ella lo dejase la última vez que partió de ahí. Seguir negando la evidencia de que Guillermo, al igual que su sobrino, estaban muertos, no era más que una ingenua estupidez.

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