3×1241 – Muerte

Publicado: 19/12/2019 en Al otro lado de la vida

1241

 

Masía de los abuelos de Bárbara en la periferia rural de Sheol

26 de septiembre de 2008

 

El tacto de la soga en el cuello era demasiado duro, demasiado crudo. Raspaba y emitía el mismo olor rancio del resto de la cabaña. Bárbara tragó saliva con cierta dificultad y aflojó un poco el nudo, porque la sensación de ahogo le estaba resultando demasiado desagradable. No fue capaz de notar la ironía que se desprendía de esa reflexión. A esas alturas ya no pensaba con claridad. Aunque no tenía jaqueca, incluso le costaba mantener la vista fijada.

Con la mano sujetándose el cuello, aprovechó para respirar hondo, hasta que los pulmones dijeron basta. Luego soltó el aire lentamente, muy lentamente, mientras la mandíbula inferior le temblaba incontrolablemente. Estaba sumida en un mar de dudas.

Mientras preparaba su horca había llegado a convencerse que, dadas las circunstancias, una muerte rápida sería la mejor sino la única solución a sus problemas. A los suyos o a los de cualquier otro hijo de vecino. Vista la deriva que llevaba el mundo, las cosas, lejos de mejorar, aún se pondrían peor. Y ella consideraba que ya lo había pasado suficientemente mal. Sin nada ni nadie por qué o por quién luchar, seguir haciéndolo sencillamente carecía de sentido.

Cerró los ojos tratando de convencerse de lo que estaba a punto de hacer, y fue al cambiar de posición el peso de su cuerpo cuando el taburete se meneó, puesto que sus cuatro patas no se encontraban todas en el mismo plano. Bárbara se agobió muchísimo, y en un afán instintivo por recuperar pie, acabó dándole una patada al taburete y quedó colgada del cuello.

Por más que estiró las piernas en busca de un punto de apoyo, no fue capaz de hacer pie: al fin y al cabo, de eso se trataba. Por fortuna, cuando cayó tenía la mano metida entre el cuello y la soga, y ésta considerablemente suelta. Ayudándose de la otra mano y lastimándose considerablemente las orejas en un proceso lento y lastimero, finalmente consiguió liberarse de su funesto abrazo y caer a plomo al suelo, donde se golpeó el codo con el taburete caído.

Se pasó del orden de media hora hiperventilando y llorando a moco tendido, sentada en el sucio suelo de la barraca, con la espalda contra la pared del fondo y firmemente abrazada a sus propias piernas, con las rodillas como su propio lecho de lágrimas. Hubiese gritado de buena gana, para liberar la ingente cantidad de tensión que había acumulado, pero lo único que consiguió fue aumentar la cadencia de sus desesperados sollozos.

Todo lo que podía salir mal había salido mal. Estaba demasiado débil por la falta de alimento y demasiado nerviosa por lo que acababa de acaecer. Pero si de algo estaba convencida ahora, era que no quería morir. Si tenía que hacerlo, lo haría, tampoco es que ella tuviese la potestad para evitarlo si el momento finalmente llegaba, pero no sería ella la que tomase la decisión. Sentir a la muerte tan de cerca le había hecho cambiar diametralmente su perspectiva al respecto del valor de la vida.

Pasado un buen rato, consiguió atesorar la suficiente presencia de ánimo para ponerse de nuevo en pie. No sabía lo que haría el día de mañana, pero sí lo que quería hacer en esos momentos. Rastrearía los árboles que antaño cuidase su abuelo en busca de algo que llevarse a la boca, y echaría un buen trago del agua del pozo. Quizá algo de alimento y dormir bien abrigada y en blando en una de las camas del primer piso le permitiría poner en orden su cabeza. No las tenía todas consigo, pero tampoco tenía nada mejor que hacer.

Se disponía a abandonar la cabaña cuando las nubes dejaron paso al sol y una luz anaranjada y muy horizontal entró por la ventana, mostrándole la sombra de la horca recortada sobre la pared del fondo. Bárbara echó un vistazo a la cuerda y se maldijo por lo que había estado a punto de hacer. La vida era un bien demasiado preciado para frivolizar con ella. Siempre habría algo por lo que luchar: siempre que quedase un atisbo de esperanza, la de tirar la toalla era una idea que no debía siquiera plantearse.

Agarró la escalera de tijera que había utilizado para colgar la soga a la viga, y la colocó debajo. Todavía estaba temblando, y la cabeza le daba vueltas. Subió los primeros cuatro escalones hasta alcanzar la soga. Notar de nuevo su tacto rugoso, el tacto de la muerte que tan cerca había estado de apoderarse de ella, le hizo sentir un escalofrío que le recorrió toda la espalda, y le hizo sentirse aún peor consigo misma.

Durante su lucha por la vida había apretado muchísimo el nudo, y consciente de que le costaría horrores deshacerlo, decidió tirar la toalla. No tenía ni fuerzas ni presencia de ánimo para seguir esforzándose. Fue al descender por la escalera cuando ocurrió. Bajó hasta el penúltimo escalón, y una vez posó ahí su trémulo y descalzo pie, le sobrevino un nuevo mareo gentileza de su pésimo estado de malnutrición. Trastabilló y perdió el equilibrio, desplomándose al vacío. Una vez más.

El golpe no fue necesariamente mortal. De no haber estado sola, y si los hospitales hubiesen estado aún en activo, ese episodio no debería haber pasado de un buen susto, un viaje a toda prisa en ambulancia, una operación de urgencia, una fea cicatriz en el cuero cabelludo y algún que otro día de ingreso.

El impacto de su sien izquierda contra el duro suelo de la barraca le brindó una fisura en el cráneo de tamaño más que considerable, aunque bastante limpia. Perdió el conocimiento instantáneamente, quedando en posición fetal. La herida y el traumatismo propiciaron una hemorragia interna que acabó provocando la inflamación de su cerebro. El cuerpo no pudo ni supo hacer nada por enmendar tal desgracia, y en cuestión de minutos entró en coma. Sin supervisión médica, el problema se fue haciendo cada vez más irreversible hasta que, un par de hora más tarde, acabó derivando en su muerte.

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