3×1242 – Reincidente

Publicado: 20/12/2019 en Al otro lado de la vida

RECETA PARA EL APOCALIPSIS: PASO 7 (PARTE II)

Recalentar en el horno si es menester

1242

 

Masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

27 de septiembre de 2008

 

Guillermo calculó que su hermana debía llevar al menos 24 horas muerta cuando finalmente dio con ella. Tanto su temperatura corporal como el rigor mortis que se había apoderado de su cuerpo, dotando a la situación de un cariz de irreversibilidad incompatible con la esperanza, parecían anunciarlo a gritos: ¡llegaste tarde!

En esos momentos se encontraba hecho un ovillo junto a ella. Aunque ya tenía los ojos secos, había llorado bastante. Lo último que hubiera esperado encontrar al entrar a la cabaña del abuelo era el cadáver de su hermana tirado en el suelo. No podía parar de mirar la horca que pendía de la viga del techo. Que Bárbara había tratado de quitarse la vida era un dato objetivo. El por qué ahora yacía muerta en el suelo con una brecha en la nuca que por fortuna ya no sangraba, y no pendiente de aquella soga de cáñamo era toda una incógnita para él, pero eso no cambiaba lo definitiva que resultaba tal tragedia.

Llevaría del orden de media hora ahí, lamentándose por cuánto mal había hecho, cuando finalmente reparó en la gorra que había sobre una de las baldas de aquella polvorienta estantería. El corazón le dio un vuelco, y se levantó a toda prisa, dejando a su hermana hecha un cuatro en el sucio suelo de la barraca, junto a aquella vieja escalera de tijera. Desde esa posición, Bárbara parecía plácidamente dormida.

Asió con delicadeza la gorra y se la quedó mirando con el ceño fruncido. Estaba parcialmente chamuscada, pero no cabía la menor duda: se trataba de su gorra. La gorra con la que había intentado pasar desapercibido los primeros días de la pandemia, cuando llegó a pensar que la policía daría con él y le encerrarían de por vida por la atrocidad que había propiciado con su acto de mayúscula irresponsabilidad al intentar devolver la vida a José. La misma gorra que llevaba la última vez que él y Bárbara se habían visto.

Desconocía cómo diablos había llegado esa gorra hasta ahí, pero de lo que no cabía la menor duda era que Bárbara, al igual que había hecho él con ella, había estado tratando de encontrarle. Debía haber estado pisándole los talones. El investigador biomédico se esforzó por hacer memoria.

La última vez que recordaba haber visto aquella gorra fue en el centro de Mávet. La llevaba Guille: él mismo se la había entregado. Imaginar a su hijo solo en Midbar le hizo sentir un pinchazo de culpabilidad en el costado. El chaval debería estar pasándolo fatal, debatiéndose en una encrucijada de Schrödinger, sin saber si su padre seguía con vida o por el contrario había fallecido, al igual que él lo había estado al respecto de su hermana hasta hacía escasa media hora. Cerró los ojos con fuerza, apartando esa idea de su cabeza. Guille debería esperar. Al fin y al cabo, le había dejado en buenas manos.

La gorra. Él no había vuelto a ver a Guille con la gorra desde que abandonaran a toda prisa el centro de Mávet, hacía poco más de una semana. Pensó que debía haberla perdido con todo el frenesí de la huida, mientras esquivaban la muerte que se escondía detrás de todas las esquinas. Bárbara debía haber ido a Mávet siguiendo el consejo de Jaime. ¿Cómo si no? Él le había dicho a su antiguo compañero de trabajo que si Bárbara acudía al centro, le dijese que él y Guille estaban en Mávet. Y ella lo había hecho, solo que al parecer, y al igual que él, había llegado tarde.

Guillermo se sintió increíblemente culpable por todo lo acontecido. Su irresponsabilidad y su cobardía habían abocado a Bárbara a una muerte prematura, con a duras penas poco más de un cuarto de siglo de edad. Él la había dirigido hacia dos centros de refugiados que acabaron destruidos. De algún modo, su hermana había conseguido burlar la muerte en ambos lugares, para acabar pereciendo ahí, presumiblemente mientras hacía los preparativos para suicidarse, evidentemente frustrada después de no haberle encontrado. Se maldijo por no haber llegado un poco más pronto.

Nada de eso tenía el menor sentido para él, pero el peso de la culpa se iba volviendo cada vez más insoportable sobre sus espaldas. Todo cuando le había ocurrido a su hermana era su culpa y de nadie más. Si él se hubiese estado quieto, ella seguiría hecha una mierda, sufriendo el duelo de su prometido y el de su padre, pero al menos seguiría con vida, y en un mundo muy distinto al que su intento de ser Dios había hecho digno de una espeluznante película de terror.

Fue entonces, sujetando con fuerza la gorra chamuscada entre los dedos temblorosos, y amenazando de nuevo en estallar en llanto, cuando cayó en la cuenta. Bárbara no aprobaba prácticamente nada de lo que había hecho su padre, principalmente por ser su padre. Ambos se habían llevado como el perro y el gato desde que ella era adolescente, y Guillermo sabía a ciencia cierta que su hermana, aunque por motivos muy distintos, pero al igual que él, no estaba vacunada. Si sus sospechas se demostraban ciertas, quizá aún quedase lugar para la esperanza.

Revitalizado, de nuevo con un claro objetivo en ciernes, cegado por la ambición de igual modo que lo había estado cuando creyó que podría traer a su padre de entre los muertos, se puso de nuevo en marcha. Dejó la gorra donde la había encontrado y se arrodilló junto a su hermana muerta.

GUILLERMO – Ahora vuelvo, Barbie.

Le brindó un beso en la mejilla, sintiendo en los labios el frío que manaba de su piel, y abandonó la cabaña del abuelo. No se percató de la mirada escrutadora de la gata blanca que se había adueñado de la masía los últimos años, acompañada de su prole de cachorros inquietos y vivarachos. Estaba extasiado por la magnitud de su idea. Salió por el agujero del muro sin mirar siquiera si había infectados, subió de vuelta a su coche y se alejó de la masía a toda prisa, con una sonrisa de loco dibujada en los labios.

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