3×1243 – Demente

Publicado: 20/12/2019 en Al otro lado de la vida

1243

 

Farmacia abandonada a las afueras de Sheol

27 de septiembre de 2008

 

El contenido de aquella caja poco más grande que una cajetilla de tabaco algo robusta podría marcar la diferencia entre el aciago destino del que ya era dueño y señor, o la ansiada solución al mayor de sus anhelos. Guillermo estaba exultante. Que su hijo estuviese llorando desconsoladamente en esos mismos momentos convencido de que su padre había fallecido, o el hecho que su hermana yaciera muerta en el frío y sucio suelo de la masía donde habían vivido su abuelos parecía importarle bien poco.

En esos momentos el frenesí por dar rienda suelta a su plan maestro era de tal envergadura que el investigador biomédico era incapaz de entender que, al igual que había ocurrido cuando intentó hacer lo mismo con su padre, su obsesión por jugar a ser Dios le podría salir muy cara. Ahora tan solo tenía una idea en la cabeza, y no se quedaría tranquilo hasta llegar a las últimas consecuencias con ella. Con la cajita de jeringuillas estériles apoyada en el pecho, contra su galopante corazón, Guillermo se agachó y pasó por debajo de la persiana rota de la farmacia. No se dio cuenta del cartelito que había pegado con celo a la cristalera que anunciaba una campaña de vacunación gratuita del fármaco que había inventado su padre.

Al encontrarse de nuevo a cielo abierto, la sensación de extrema vulnerabilidad ganó por un momento a la del enajenamiento demente del que era víctima. El coche estampado contra un semáforo que cortaba el paso a la circulación, con su único ocupante mostrando una cabeza medio devorada asomando entre la luna rota que había sido su verdugo al no llevar el cinturón puesto, ayudaba considerablemente a acrecentar esa sensación en extremo incómoda.

Guillermo se acercó temeroso al coche accidentado, mirando en derredor continuamente, dispuesto a salir volando hacia su Audi al primer signo de hostilidad. Los infectados parecían haber acordado darle una pequeña tregua. La cabeza estaba tan maltrecha que resultaba imposible dilucidar si se trataba de un hombre o de una mujer. Los infectados parecían haber dado buena cuenta de todo cuando habían podido mordisquear, y el aspecto, más al carecer de nariz, era realmente escalofriante.

El investigador biomédico miró en derredor y agarró la colilla de un cigarro que era ya poco más que el filtro. Tragó saliva y lo utilizó para abrir la pestaña de aquél pobre diablo. Al contemplar la mirada perdida del fallecido, chistó y tiró la colilla de nuevo al suelo, decepcionado. Donde esperaba encontrar el color rojo antinatural y turbador tan típico de los infectados, tan solo encontró un iris marrón, muy parecido al suyo propio.

Caminó de vuelta a su fiel vehículo y colocó la cajita de jeringuillas sobre el asiento del copiloto. La primera parte de su macabro plan había resultado todo un éxito. Había conseguido llegar hasta aquella vieja farmacia de guardia sin el más mínimo contratiempo. Dadas las circunstancias, debía considerarse un hombre excepcionalmente afortunado. Su sensación era muy distinta, no obstante. En esos momentos se sentía increíblemente ansioso por llevar a término su propósito, y no tenía otra cosa en la cabeza.

Sentado tras el volante, trató de concentrarse, consciente que no disponía de demasiado tiempo. No tardando mucho comenzaría a oscurecer, y pese a que era precisamente un infectado lo que buscaba en esos momentos, Guillermo no tenía la más mínima intención de seguir en la calle cuando el sol abandonase definitivamente la bóveda celeste. Y lo que tampoco podía hacer era posponerlo hasta el día siguiente, porque su hermana llevaba ya demasiado tiempo muerta.

Cualquiera hubiera podido jurar que encontrar sangre de infectado en esos momentos debía haber sido tan fácil como quitarle el caramelo a un niño, pero nada más lejos de la realidad. Él quería encontrar uno, pero no uno que estuviese vivo y pudiese, como sin duda alguna haría, atacarle. Lo único que él necesitaba era una muestra de sangre infectada, y la mejor manera para conseguirla y no perecer en el intento era tomarla de un huésped que o bien estuviese ya muerto, o lo suficientemente malherido para no resultar una amenaza.

La idea surgió por sí sola. Él carecía de armas con las que agredir a un infectado, pero disponía de algo tanto o más poderoso que una pistola o un machete. De hecho, estaba sentado en ello en esos momentos. Una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. Guillermo se puso el cinturón y arrancó de nuevo el motor. Comprobó que el indicador de combustible todavía estaba por encima de la mitad de su capacidad. Puso la primera marcha, quitó el freno de mano y se alejó de la farola caída a una velocidad moderada.

Tardó más de veinte minutos en dar con su objetivo. Durante ese período de tiempo tuvo ocasión de encontrar a más de un infectado, pero todos eran adultos y se les veía en demasiada buena forma para siquiera plantearse acercarse a ellos. Incluso sobre ruedas. Lo que hizo fue literalmente lo contrario: huir todo lo lejos y todo lo rápido que pudo, hasta dejarles lo suficientemente atrás como para sentirse de nuevo a salvo.

Esa infectada no era más que una niña. Debería tener unos ocho o nueve años. Diez en el mejor de los casos. Era morena y vestía un bonito vestido veraniego de color turquesa, manchado de sangre en el costado izquierdo. A diferencia de lo que habían hecho sus congéneres mayores, persiguiéndole, la niña, en vez de correr hacia él lo que hizo fue caminar en dirección opuesta, sin parar de mirar atrás, a más velocidad a medida que Guillermo se acercaba a ella, apretando cada vez más el pedal del acelerador.

El traqueteo de los amortiguadores al pasar por encima de la niña fue mucho menor de lo que Guillermo había imaginado. Frenó en seco, y notó una nueva sacudida. Con el corazón latiéndole a toda velocidad bajo el pecho, salió del vehículo y contempló los frutos de su fechoría. La niña estaba apisonada bajo la rueda trasera derecha, que descansaba en el mero centro de su espalda.

Gritaba en un tono muy agudo, algo extrañamente similar a un llanto desconsolado mezclado con una petición de ayuda en una lengua ignota, que Guillermo se esforzó por ignorar. Agitaba los brazos y arañaba el asfalto tratando de librarse del abrazo de caucho que la mantenía inmovilizada, pero no pataleaba. Guillermo le había roto el espinazo al atropellarla, volviéndola parapléjica, de un modo tan atroz que ni siquiera la infección podría curar.

Sin el menor atisbo de culpabilidad, y mucho menos al contemplar, maravillado, el carmesí de sus asustados ojos encharcados en sangre, echó mano de una de las jeringuillas que acababa de robar y la llenó por completo haciendo uso de la arteria femoral de una de las dos, ya inútiles, piernecitas de la joven infectada.

De nuevo en el vehículo, increíblemente excitado por el rotundo éxito de su misión, puso rumbo a la masía de sus abuelos, dejando a la pobre infectada malherida en mitad de la calzada, arrastrándose por el suelo mientras emitía gimoteos lastimeros que no despertarían la compasión de ninguno de sus congéneres.

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