3×1244 – Anhelo

Publicado: 21/12/2019 en Al otro lado de la vida

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Inmediaciones de la masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

27 de septiembre de 2008

 

A Guillermo le temblaban los dedos sobre el freno de mano. El viaje de vuelta a la masía de los abuelos había sido sustancialmente más accidentado que el de su quimérica partida en busca de un imposible. De nuevo había tenido que ser un baño de realidad el que le había recordado dónde estaba y a qué se enfrentaba. Por fortuna, aquellos infectados no habían tenido ocasión de echarle el guante, pero las marcas de sus manos ensangrentadas en la ventanilla daban fe de que lo habían intentado. Y de qué modo lo habían hecho.

Miró en derredor trescientos sesenta grados para cerciorarse que ninguno de aquellos seres sacados de la peor de sus pesadillas le hubiera seguido, y no fue hasta entonces que se armó de valor y osó quitarle el seguro a la puerta. Con la cajita con las jeringuillas firmemente sujeta finalmente abandonó su Audi, y sin dejar nada al azar, se escabulló sin demora por el estrecho hueco que dejaba el muro perimetral de piedra.

La pícara sonrisa que llevaba dibujada en el rostro se esfumó instantáneamente tan pronto entró a la cabaña del abuelo. Lo que encontró ahí dentro era literalmente lo mismo que había dejado al irse, no obstante. La visión de aquella soga pendiente de la viga del techo le resultaba demasiado dolorosa. Tras dedicarle unas cariñosas palabras de aliento al cuerpo sin vida de su hermana, la cogió con suavidad, sorprendido por su ligereza, y se la llevó de ahí. Detestaba ese lugar, y si de él dependía, no volvería a entrar jamás.

Llevó en brazos a Bárbara hasta el dormitorio del abuelo, en la primera planta del edificio de la vivienda. Pese a que había telarañas entre las vigas del techo y un olor bastante similar al de la cabaña, ese era un lugar mucho más acogedor. Él recordaba haber dormido ahí en infinidad de ocasiones durante su infancia, cuando era muy pequeño, protegido entre sus dos abuelos, pues por esos entonces tenía un miedo atroz a la oscuridad.

Guillermo respiró hondo, observando de reojo el cuerpo sin vida de su hermana, al que había arropado. La hora de la verdad había llegado. Posó la cajita con las jeringuillas sobre la vieja cómoda, aquella cuyos cajones no se podían abrir por la noche sin despertar a todo el mundo que estuviese en la masía, y sacó la jeringuilla con aquél rojo líquido que podía significar la diferencia entre la vida y la muerte para su hermana. Le sorprendió sobremanera comprobar que la jeringuilla no estaba fría.

Dio un paso hacia ella, y se disponía a dar ese definitivo salto de fe cuando una macabra idea se le cruzó por la cabeza. Sin pensarlo dos veces introdujo de nuevo la jeringa en la caja, y comenzó a abrir los cajones de la cómoda a toda prisa, provocando el acostumbrado ruido de vieja madera quejumbrosa. Detestaba con toda su alma lo que se disponía a hacer, pero no estaba dispuesto a dar ese paso sin garantías. Sabía demasiado bien a qué se enfrentaba.

No tardó ni cinco minutos en inmovilizar de pies y manos el cadáver de Bárbara. Una vez ambas muñecas estuvieron firmemente atadas a la cabecera de forja de la cama, de igual modo que ambos tobillos lo estuvieron contra las patas inferiores, finalmente se vio con cuerpo de dar rienda suelta a la última fase de su plan.

La visión era realmente desalentadora, e incluso grotesca, más al tratarse de su hermana, pero no podía exponerse a un peligro perfectamente evitable si la cosa salía mal, no cuando su hijo aguardaba ansioso su vuelta. Todavía le quedaban muchas lecciones pendientes, pero al menos eso lo había aprendido.

Asió de nuevo la jeringuilla y apretó el émbolo con suavidad, haciendo que una gota de sangre volase por la estancia hasta impactar contra la cortina de encaje que había en la ventana que daba al patio trasero. La cortina era de un blanco impoluto, y la mancha roja destacaba sobremanera sobre ese níveo lienzo. Guillermo se esforzó por ignorar lo que parecía una señal, y se aproximó a su hermana con paso firme.

No le costó demasiado encontrar el lugar preciso donde hincar la aguja. Bárbara era donante de sangre habitual, y tenía pequeñas cicatrices distribuidas por la flexura del codo. Él se limitó a escoger una de ellas, ayudado por la luz anaranjada del ocaso que entraba por la ventana, e hincó la aguja, hasta que ésta encontró la vena. Introdujo la sangre infectada en la corriente sanguínea de su hermana con más que evidente nerviosismo, temeroso que ésta fuese a despertar de inmediato, exigiendo su tributo de sangre.

Por suerte o por desgracia, tuvo ocasión de vaciar por completo la jeringuilla antes que nada ocurriese. También tuvo ocasión de devolver la jeringuilla ahora vacía a la caja de la que la había sacado, sin parar de mirar de reojo a su hermana, e incluso de quedársela mirando boquiabierto durante lo que le pareció una eternidad.

Pese a que estaba hambriento, no estaba dispuesto a abandonarla hasta que surgiera el milagro. Quería estar presente cuando Bárbara recuperase la vida, ya fuese sana o como vulgar infectada. Se había propuesto librarla de ese castigo si ese aciago momento finalmente llegaba, pero algo dentro de sí le decía que eso no ocurriría. Que Bárbara hubiese optado por vacunarse precisamente en el impás de tiempo transcurrido desde la última vez que se vieron y el presente le parecía cuando menos poco verosímil.

Pasados unos veinte minutos, viendo que el tan esperado milagro no sucedía, se sentó en la vieja mecedora de su abuela, donde tantas veces se había dormido en sus brazos cuando aún era un bebé, y se la quedó mirando, esforzándose incluso por no parpadear, mientras el sol se hundía más y más en el horizonte, dando lugar a la noche. Pasó en esa misma posición horas y horas, sin que, para su desconsuelo, ocurriese absolutamente nada, hasta que inexorablemente, acabó cayendo rendido al sueño.

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