3×1245 – Derrota

Publicado: 21/12/2019 en Al otro lado de la vida

1245

 

Inmediaciones de la masía de los abuelos de Guillermo en la periferia rural de Sheol

28 de septiembre de 2008

Guillermo comprobó de nuevo que el cinturón sujetaba firmemente el cuerpo de Bárbara, que descansaba estirado cuan largo era en los asientos traseros de su vehículo. Resultaba irónico, pues aunque tuvieran un accidente, no le podría pasar nada peor, puesto que ya estaba muerta. No obstante, él la seguía tratando con extrema delicadeza.

Estaba increíblemente serio. La pena y la frustración disputaban una batalla en su interior en igualdad de condiciones, y resultaba imposible discernir cuál de las dos llevaba la delantera. Había llegado a ilusionarse, y mucho, imaginando que Bárbara despertaría como si de un largo sueño se tratase, y se uniría a él y a su hijo en la búsqueda de un lugar seguro donde vivir los tres juntos, lejos del peligro reinante en las calles. Todos sus sueños se habían visto truncados, una vez más.

Su plan había resultado un rotundo fracaso. Hacía más de doce horas que había aplicado aquella muestra de sangre a la corriente sanguínea de su hermana, y todo seguía exactamente igual. La única diferencia residía en el hecho que Bárbara había perdido el rigor mortis, pero él sabía que eso no tenía nada que ver con cuanto él había hecho, y que tampoco era una buena noticia. Tan solo evidenciaba que su cuerpo seguía los designios de la naturaleza para comenzar a descomponerse.

Durante la huída a la desesperada de Mávet había visto resucitar a personas muertas a una velocidad realmente increíble. Sabía hasta qué punto resultaba milagrosa la infección y había llegado a convencerse que con su hermana sería igual. Pero algo había ido mal. Quizá llevaba demasiado tiempo muerta, quizá no le había aplicado suficiente cantidad de sangre infectada, quizá tan solo obraba el milagro en los fallecidos que habían sido previamente vacunados… Todas esas incógnitas revoloteaban por su cabeza amenazando con hacerle perder la cordura.

Había estado vigilándola hasta bien entrada la madrugada, cuando acabó quedándose dormido. Se despertó horas más tarde, rayando el alba, y todo seguía exactamente igual. Buscó en ella el pulso en repetidas ocasiones, y quiso convencerse otras tantas de que comenzaba a ganar algo de temperatura, aún cuando eso era tan solo fruto de sus propias manos al acariciar las de ella.

Nada cambió las horas que estuvo sentado a su vera a medida que el sol iba ascendiendo en el cielo, y Guillermo se convenció de que nada cambiaría por más que esperase. De no haber sido por Guille, hubiera aguardado un poco más, pero no podía seguir haciendo esperar al chico, haciéndole creer que había muerto, no cuando resultaba evidente que ya no había nada más que hacer por su hermana.

Se había hecho ilusiones para nada. Pero ahora había llegado el momento de poner los pies en tierra firme y asumir la pérdida de una vez. No obstante, él no estaba dispuesto a abandonar su cuerpo en la masía, sin más. Él era el culpable de su fallecimiento en primera instancia, y quería tener una última deferencia con Bárbara antes de despedirse de ella para siempre: permitiría que descansara junto a su madre, como sin duda ella hubiera deseado.

Lo que no alcanzó a comprender era que Bárbara hubiese desaprobado con firmeza y contundencia tal idea, si para ello él debía ponerse de nuevo en peligro. Pero ella no estaba en condiciones de discutir con él, de modo que se hizo lo que Guillermo quiso. Una vez más. Con un nudo en el estómago, cerró la puerta trasera de su vehículo, dedicándole una breve mirada a Bárbara y ocupó su propio asiento, tras el volante.

El cementerio de Sheol estaba demasiado cerca para siquiera plantearse tirar la toalla por ese motivo. Podría llegar ahí en cuestión de quince minutos, si todo iba bien, y ese mismo día podría compartir el rancho del centro de Midbar con su primogénito, que sin duda estaría echándole mucho de menos. Con esa idea en la cabeza, y tratando de convencerse que al ser de día resultaría mucho más complicado encontrar hostilidad por el camino, puso rumbo al cementerio.

Intentó, en la medida de lo posible, seguir una ruta alternativa a la más rápida y lógica, con la noble intención de mantenerse lo más alejado posible de la urbe, consciente que ahí era donde más infectados se acostumbraban a congregar. Desconocía si era por ese motivo o por pura suerte, pero por más que avanzaban no fue capaz de encontrar un solo infectado por las carreteras secundarias por las que circularon, ni siquiera cuando se internaron en la zona urbana.

Guillermo empezó a ponerse cada vez más nervioso. No había rastro alguno de infectados allá por donde él conducía, y a medida que se aproximaban a su destino, una tímida bruma que acabó convirtiéndose en una espesa niebla que acabó envolviéndolo todo, haciendo que el trayecto fuera todavía más siniestro, hasta el punto que le obligó incluso a encender los faros antiniebla de su Audi.

Finalmente alcanzaron su destino: el cementerio en el que descansaba su madre y en el que de haber seguido descansando su padre, todo ese sufrimiento se podría haber ahorrado. Se había adentrado a lo que parecía el puro corazón de aquél espeso banco de niebla. Si un infectado hubiese estado en el otro extremo de la calle, esperando a que él abriese la puerta del coche y saliera de él antes de decidirse a atacar, Guillermo no hubiera podido preverlo. Prefirió no pensar en ello y no demorarse más. Si había llegado hasta ahí, llegaría hasta el final, pero tampoco quería correr más riesgos de los imprescindibles.

Caminó con paso dubitativo hacia los portones de entrada al cementerio. Estaba convencido que estarían cerrados a cal y canto y que debería echarlos abajo para poder pasar, pero aún así, lo intentó. Tiró hacia sí, pero la puerta no se movió, tal como esperaba. Sin embargo, al empujarla sí cedió, sin ofrecer resistencia alguna, aunque emitiendo un gruñido algo incómodo. El cerrojo estaba destrozado.

Guillermo asintió, respiró hondo, y se dirigió a la parte trasera del coche. Levantó de nuevo a su hermana, y con ella en brazos se internó en el cementerio donde pretendía darle sepultura y despedirse de ella para siempre.

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